Prólogo

Carina Maguregui

Publicado el: 2013-08-03


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Quisiera comenzar este prólogo haciendo referencia a la selección de las escenas que lo sustentan. Las tres provienen de manifestaciones diferentes de la cultura:...





Prólogo

por Carina Maguregui

"¿Qué esta es una mala época?. Pues bien, estamos aquí para hacerla mejor".
Thomas Carlyle.



Quisiera comenzar este prólogo haciendo referencia a la selección de las escenas que lo sustentan. Las tres provienen de manifestaciones diferentes de la cultura: la novela, la pintura y la crónica histórica. A pesar de su aparente heterogeneidad intentaré poner al descubierto el hilo invisible que de alguna manera las vincula.

Aquel que nos permitirá construir una visión reveladora de la condición humana a partir de la cual sea posible comenzar a reflexionar. En cierto modo, estas tres escenas hablan entre sí, dialogan en forma interminable sobre distintos aspectos de lo mismo: la naturaleza del hombre. Creo no equivocarme al afirmar que en ellas se condensan los elementos básicos que luego se convertirán en los temas que conversaremos con los entrevistados.

Empezaré con una escena de Justine del Marqués de Sade. Uno de los personajes, Monsieur Rodin, científico y cirujano, se dispone a realizar un experimento con su propia hija: "Nunca, dijo Rodin, llegará la anatomía a su último grado de perfección hasta que el examen de los vasos no se haga en un niño de catorce o quince años expirado en muerte cruel; sólo de esta contracción podemos obtener un análisis completo de una parte tan interesante" -a lo que, para justificar su posición, añade- "es odioso que consideraciones fútiles detengan así el progreso de las ciencias...Es un sujeto sacrificado para salvar a un millón; ¿debe vacilarse a ese precio?. ... ¿Qué?. ¿Porque es mi hija?. Bonita razón. ...yo no comprenderé jamás que un padre que dio perfectamente la vida no sea libre para dar la muerte. Creyendo que la existencia es el mayor de los bienes, estúpidamente nos imaginamos que cometemos un crimen al quitársela al que goza de ella...".

Jesús González Requena, filósofo y analista del discurso, nos recuerda que cuando se habla del Marqués de Sade suele omitirse el hecho de que el goce citado en su obra, no es otro que el goce de lo siniestro que se instala una vez que el discurso de la ciencia ilustrada, de la enciclopedia, en fin, de la razón cientificista -cuya pretensión es arrojar una luz decisiva y absoluta sobre todos los objetos- ha desplazado y ocupado el lugar de los relatos, de los mitos, de las narraciones, de lo que podríamos llamar la dimensión simbólica del hombre.

"No hay modo de entender ninguna sociedad, incluyendo la nuestra, que no pase por el cúmulo de narraciones que constituyen sus recursos dramáticos básicos. La mitología, en su sentido originario, está en el corazón de las cosas." Por ello el discurso de Monsieur Rodin suena aberrante y lo que se deduce de él es que no hay un lugar sagrado desde el cual pueda fundarse una ética.

La imposibilidad de narrar, o al menos la dificultad para hacerlo, en esta contemporaneidad donde la palabra y la virtud han perdido tanto crédito, en el vértigo de nuestro presente del cual la corrupción -en sus múltiples manifestaciones- es uno de los síntomas más notables, ha puesto en peligro a los mitos y a los relatos como sistemas capaces de preparar al hombre para la vida a través de los ejemplos y la propuesta de valores morales que ellos ofrecen.

Los relatos y los mitos son "ensayos" o "experimentos". Cuando el hombre se apropia de ellos "juega" a representar distintos papeles y de esta manera pone a prueba las alternativas, las opciones que podrían presentársele en la vida real como se les presentan a los personajes en la ficción. Son ejercicios de conciencia con consecuencias morales. Forman al ser humano.

Tomando en préstamo las palabras de Paul Valadier, epistemólogo, puede decirse que la ciencia, para vivir, tiene necesidad del mito. La voluntad de la ciencia debería alimentarse tácitamente del mito, ya que tal voluntad tiene necesidad de creer que es bueno conocer, que es mejor errar que no equivocarse, que es correcto aprender de los errores pero por sobre todas las cosas que es preciso dudar . ¿Vale la pena situar por encima de todo, y a cualquier precio, la voluntad de conocer?. ¿Puede ser la ciencia el valor indiscutible?.

Simultáneamente a que en Occidente, el discurso de la ciencia y de la tecnología le quitara protagonismo y desplazara al discurso de la filosofía, del mito, de los relatos, de la religión; la ciencia, la tecnología y la expansión audiovisual del mercado pasaron a formar parte dominante del tejido de la posmodernidad. Pero la posmodernidad de la que hablamos no es la etapa que sigue a la modernidad sinola que surge de su propio vientre; como el lado oscuro de la modernidad, como su misma sombra.

En este clima posmoderno en el que la persona (el sujeto de derecho, ese sujeto que sabe que hay un tiempo marcado por la muerte) perdió su lugar, se ha entronizado el "método científico". Desde allí todo parece poder ser dictado por los discursos objetivos de la ciencia. Los de las ciencias naturales en los tiempos de Sade pero hoy también -dice González Requena- los de las ciencias sociales, los de la sociología, los de la psicología social. Obsérvese por ejemplo, como hay una cierta sociología de mercado, una estadística que sustenta, que respalda e inclusive hace posible el gran espectáculo del cuerpo como mercancía, como valor de cambio que cotiza en el mercado.

¿Y el espacio interior, el de los sentimientos y las emociones, el de la ética?. Parecen definitivamente proscriptos del dogma científico. Y éste es el marco en el que se instala la mirada devoradora y el goce de lo siniestro, de los cuerpos tratados como objetos desprovistos de un universo moral. Como si lo moral por ser invisible no fuera real. J.G.Ballard lo dijo mucho mejor en su novela Crash: "El matrimonio de la razón y la pesadilla que dominó el siglo XX ha engendrado un mundo cada vez más ambiguo. Los espectros de siniestras tecnologías y los sueños que el dinero puede comprar se mueven en un paisaje de comunicaciones".

Quizá esto explique la proliferación de soluciones mágicas y "terapias alternativas" de la New Age. E n un mundo cegado por la ciencia el hombre siente la necesidad de buscar otras respuestas. Por supuesto, no siempre halla las adecuadas.

Ante el predominio de este discurso que, en ocasiones, confunde el adelanto científico y tecnológico con la insensibilidad, con la pérdida de humanidad; como seres responsables que somos, tenemos que construir una nueva mirada para que no suceda lo que me conduce a la segunda escena que anuncié: una de las corrosivas pinturas negras de Francisco de Goya. La que nos muestra al dios Saturno con rostro de fiera y despreocupada anatomía devorando a uno de sus propios hijos, a quien ya le faltan la cabeza y un brazo. Las sanguinolentas manchas del cuerpecillo muerto del hijo ponen la única nota de color sobre el cuerpo del padre salvaje que se destaca sobre el fondo negro.

Tal vez, una de las interpretaciones posibles a la metáfora de este dios enloquecido tragando a su hijo sea la frase que el mismo Goya acuñó: "Los fantasmas de la razón engendran monstruos". Estos espectros de Goya bien preanuncian el surgimiento de la posmodernidad como sombra, como fantasma sórdido de la modernidad.

El mundo posmoderno se caracteriza, entre otras cosas, por la velocidad, la espectacularización de los hechos, el bombardeo histérico de información, la fragmentación y un brutal predominio del mercado. Si todo, como parece -y esta es una hipótesis que sinceramente deseo eliminar- puede llegar a tener un precio, quiere decir que somos y existimos en función de nuestro poder adquisitivo. Qué sucede entonces en un mundo así, con las personas que no pueden pagar por su salud. ¿Acaso la salud no es un derecho inherente al ser humano o cotiza como acción en la bolsa de valores? Obviamente me pronuncio por el derecho, no por el valor de mercado. Y aquí entra en juego la ética.

Sin duda existe una voluntad ética desde el momento en que uno enfrenta la cuestión de saber si la decisión por tomar puede ser considerada como verdaderamente buena, realmente humana y humanizadora, para uno y para los demás: ¿está bien para mí y para el otro, hacer lo que voy a hacer? El mito puede ayudarnos a situar nuestra decisión y nuestro lugar en el mundo, pero no nos dispensa de la responsabilidad personal que la decisión implica. Las ciencias pueden y deben iluminar la decisión, revelando los riesgos de la elección y mostrando las diversas posibilidades que se plantean en cada caso preciso y contexto particular, pero la decisión ética es íntima y personal. Por ello, uno debe estar preparado para asumir la propia responsabilidad de cada paso dado. Todos y cada uno de nosotros somos responsables de nuestras acciones y de sus consecuencias. La ética es una invitación personal a reflexionar sobre la manera de manejar esa libertad de ser que tenemos.

Porque creo que existe una forma alternativa más humana de encarar las cosas es que los invito a conversar con los entrevistados. Antes de iniciar el diálogo, cierro el prólogo con la tercera escena prometida. Ésta pretende desdibujar la famosa máxima del hombre como lobo del hombre: " Homo homini lupus " o el poderoso se apodera del indefenso y lo aniquila. La última imagen corresponde a un naufragio en las costas vírgenes de América. El que sufriera un viajero agudo observador de pueblos y costumbres del siglo XVI, Don Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

"...nos dió tal golpe de agua que nos mojó a todos; y como íbamos desnudos y el frío que hacía era muy grande, soltamos los remos de las manos, y a otro golpe que la mar nos dio, trastornó la barca; el veedor y otros dos se asieron de ella para escaparse; más sucedió muy al revés, que la barca los tomó debajo y se ahogaron"..."Los que quedamos escapados, desnudos como nacimos y perdido todo lo que traíamos, y aunque todo valía poco, para entonces valía mucho. Y como entonces era noviembre, y el frío muy grande, y nosotros tales que con dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos propia figura de muerte"..."y así, estuvimos pidiendo a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados, derramando muchas lágrimas, habiendo cada uno lástima, no sólo de sí, mas de todos los otros, que en el mismo estado veían".

Hasta que se produjo el temido encuentro con los indios, al que el explorador español se refiere de este modo: "...mas cuando ellos nos vieron así ... se volvieron atrás. Yo salí a ellos y llámelos, y vinieron muy espantados; les hice entender por señas cómo se nos había hundido una barca y se habían ahogado tres de nosotros"..."Los indios, de ver el desastre que nos había venido y el desastre en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y esto les duró más de media hora; y cierto ver que estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía creciese más la pasión y la consideración de nuestra desdicha. Sosegado ya este llanto, yo pregunté a los cristianos, y dije que, si a ellos parecía, rogaría a aquellos indios que nos llevasen a sus casas; y algunos de ellos que habían estado en la Nueva España respondieron que no se debía hablar en ello, porque si a sus casas nos llevaban, nos sacrificarían a sus ídolos".

De todas maneras, Cabeza de Vaca pidió a los indios que los refugiaran: "...llevándonos asidos y con mucha rapidez, fuimos a sus casas; y por el gran frío que hacía, y temiendo que en el camino alguno no muriese o desmayase, proveyeron que hubiese cuatro o cinco fuegos muy grandes puestos a trechos, y en cada uno de ellos nos calentaban; y que veían que habíamos tomado alguna fuerza y calor, nos llevaban hasta el otro tan rápido, que casi los pies no nos dejaban poner en el suelo; y de esta manera fuimos hasta sus casas, donde hallamos que tenían hecha una casa para nosotros, y mucho fuego en ella; y hacía una hora que habíamos llegado, comenzaron a bailar y a hacer gran fiesta, que duró toda la noche, aunque para nosotros no había placer, fiesta ni sueño, esperando cuándo nos habían de sacrificar; y la mañana nos tornaron a dar pescado y raíces, y hacer tan buen tratamiento, que nos tranquilizamos y perdimos algo el miedo del sacrificio".

El llanto conmovedor y maravilloso de los "salvajes" representa la mimesis de lo humano con lo humano, el encuentro del hombre consigo mismo, el reconocimiento que trasciende las culturas, las costumbres y remonta a lo esencial: la capacidad de compartir, de reconocerse en el dolor y el sufrimiento ajenos. De más está decir que no hubo ningún sacrificio sino tan solo solidaridad . Únicamente en la convivencia fundada en el respeto por el otro es que la razón tiene valor. La esperanza está en la frase que, desde otro famoso dibujo de Goya, murmura un anciano: " Aún aprendo ".



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