Un síntoma prêt-a-porter: Las adicciones.

Sergio C. Staude

Publicado el: 2016-05-03


       Facebook               Texto en Word 


    


Los síntomas hablan, así podemos definir el descubrimiento freudiano en
la medida en que pone de relieve una verdad, singular y fundante para cada sujeto, que el...




Un síntoma prêt-a-porter: Las adicciones.

Sergio C. Staude

(*) Escuela Freudiana de Buenos Aires. Jornadas de carteles - 1998

El síntoma en psicoanálisis

Retomo, sintetizando, algunas cuestiones centrales que fueron planteadas en un texto que escribimos con Osvaldo Couso "Las adicciones: el fracaso del síntoma" (1).

Alli decíamos:

Los síntomas hablan, así podemos definir el descubrimiento freudiano en
la medida en que pone de relieve una verdad, singular y fundante para cada sujeto, que el síntoma vela y revela al mismo tiempo.

Esta verdad se presenta, en principio, como un significante reprimido. Una representación reprimida -dirá Freud- como un capítulo tachado o arrancado de un texto. Lacan dirá que el síntoma es la metáfora de una palabra amordazada.

En un segundo momento en la obra de Lacan, el síntoma no será y un significante reprimido, sino aquello que queda excluido de toda articulación significante. Aquello que no puede ser dicho cuando algo se dice. El enigma y el mito son modos de decir a medias esa verdad.

El síntoma, en su opacidad, encarna a una verdad, pero como esa verdad es la de aquello que se excluye de todo saber, el síntoma pasa a ser lo que se opone a todo intento de totalización del saber. Es indicador de que algo no anda, que no encaja.

Hay otro aspecto del síntoma que Freud conceptualizó como "solución de compromiso" entre defensa y satisfacción. Satisfacción que es pulsional y que llamamos goce. El síntoma es entonces un recurso y un atolladero. Por si mismo no permite una salida, pero posibilita la transferencia. La transferencia del síntoma, incluso como práctica y lazo social. abre la instancia de una lectura, la posibilidad de recorrer los pasadizos significantes donde se anudó un goce y produce un "efecto de verdad". La transferencia es una senda, una transformación posible. Que esto ocurra dependerá de tres factores: 1) que el síntoma se haya podido constituir, como recurso subjetivo, 2) que se pueda transferir y, 3) la dirección de la cura que se adopte.

La dirección de la cura puede apuntar al descifrado o al aplastamiento del valor que el síntoma conlleva. La fuente de dificultad es entonces doble: la imposibilidad singular de estructurar síntomas y de transferirlos, o que la dirección de la cura, o bien el contexto social en que se despliega, no permitan su lectura y su tramitación.

Hay contextos sociales, o momentos históricos, en el que el Otro social ejerce una presión muy grande, pero no en la dimensión de la prohibición del goce. como en la victoriana época de Freud, sino en la demanda de goce. Cuando esta se ejerce sobre estructuras en las cuales la función paterna no fracasó totalmente pero no terminó de constituirse, nos encontramos con lo que habitualmente llamamos comportamientos "locos" (pero no psicóticos): los actings-out, los pasajes al acto, las manifestaciones psicosomáticas, lo ataques de pánico, las adicciones. Son pacientes que ubicamos como "patologías de borde" por la imposibilidad de constituir un borde a un goce que siempre amenaza con una invasión devastadora.

Hay siempre un factor cuantitativo difícil de calcular: por el lado del sujeto la labilidad de posicionamiento subjetivo; por el lado del Otro social la presión del empuje al goce. Del interjuego de ambos factores dependerá el éxito o el fracaso del síntoma.

Hasta aquí la referencia de aquel trabajo

El fracaso del síntoma

En estos pacientes encontramos un equilibrio inestable, que se perpetúa en un tiempo en el cual el síntoma no logró estructurarse o no logró ser tramitado, lo que inevitablementre lleva a que caduque o se diluya su función. Es el tiempo que podemos llamar del fracaso del síntoma.

Ese tiempo en el que el síntoma fracasa es posible situarlo a partir de la matriz de doble entrada con el que Lacan trabaja el tríptico freudiano de inhibición, síntoma y angustia. La matriz permite ubicar el inicio de un movimiento desde la inhibición que abre el entendimiento a las patologías del acto (el agieren freudiano) siempre presente en las adicciones. Presente como acto evitado o inhibido, o en la misma acción de drogarse al modo del acting-out o al dramático pasaje al acto.

Esta matriz esta desplegada en el Seminario X: "La Angustia" (2). Es esta:

Dificultad

INHIBICION Impedimento Embarazo

Movimiento

Emoción SINTOMA Pasaje al acto

Turbación Acting-out ANGUSTIA



Los tres términos no son homogéneos y por lo tanto fue preciso ubicarlos en columnas e hileras distintas. El pasaje de uno a otro no es "natural", requiere siempre de una operatoria.

No voy a a entrar en el detalle de esta matriz, pero destaco lo siguiente: hay un recorrido que parte de la inhibición -la un acto que tramita un deseo- que puede desembocar en el acting-out o en el pasaje al acto, sin que llegue a constituirse como síntoma y que evita, al mismo tiempo, el despliegue de la angustia.

La posibilidad de intervenir cuando el impedimento o el desborde emocional nos requieren abren el camino para trasformarlo en síntoma. La turbación y el embarazo nos indican que estamos cerca del desbarranco del pasaje al acto. Cuando el sujeto permanece en estos circuitos sin acceder al arreglo transaccional del síntoma no se establece el tiempo de espera, de demora, de apertura al tiempo de comprender, desembocando en los comportamientos "locos".

En el Seminario mencionado hay dos referencias que quiero destacar porque llevan al centro de lo que quiero tratar. La primera dice asi: "El síntoma necesita de la transferencia para ser interpretado [para que diga su verdad], pero en principio no necesita de ustedes -los analistas- como el acting-out" (3). Es decir, el acting-out nos convoca, requiere algo de nuestra presencia. Algo que al no poder ser expresado en palabras, al no poder ser estructurado como una demanda de ayuda, se muestra, se da a ver. El acting-out, como el agieren en Freud, tiene algo de acción, pero también de puesta en escena, es una llamado, dramático y ruidoso, para que alguien le permita a ese sujeto, en peligro o sufriente, sostenerse en una escena.

La segunda referencia es casi el corolario de la primera: [el acting-out] "es, a diferencia del síntoma un esbozo de transferencia, es la transferencia salvaje"(4).

Las adicciones como un síntoma préte-a-porter.

La dificultad central en el tratamiento psicoanalítico de las adicciones está en que, en la mayoría de los casos, no se hacen representar -ni ellos ni a su problemática- por la palabra. Es más, son quienes acentúan el carácter ficticio - que interpretan como mentirosa- de la palabra. La palabra siempre puede mentir. La droga no. Son sujetos que buscan respuestas de un modo perentorio, impaciente, generalmente antes de saber cuáles son las preguntas que los apremia. En otras ocasiones la utilizan precisamente para no saberlo. Buscan un remedio en la droga sin saber de qué están enfermos.

Pero la droga aparece aquí, más que en la dimensión de estrago, de peligro o de desafío, como un recurso. Un recurso que intenta lograr un mecanismo de autoconservación, que es siempre paradojal y la búsqueda de engendrar un cuerpo distinto, diferente. Recursos del ego en quienes está menoscabada tanto su impronta narcisista como el sostén fantasmático de sus deseos. Dudan de ellos y no saben qué desean ("no sé lo que quiero, pero lo quiero ya", es una frase que popularizó un cantante de rock en al Argentina).

El recurso es paradojal y está siempre al borde del naufragio. Sin embargo la clínica nos indica que logran durante mucho tiempo, una estabilidad y una constancia notables. Por eso surge el interrogante de si algo, en esta estabilidad, reemplaza a la insuficiencia y a la inoperancia sintomática. Es un recurso que dice de la imposibilidad del síntoma, pero que también puede ser tomado como una diferente "envoltura formal" cuyas características tenemos que indagar, al igual que la especificidad de su modalidad de goce.

Si es una nueva envoltura formal, podemos pensarla como un recurso frente a las demandas del Otro y constituye una incipiente metaforización subjetiva. Envoltura formal que no es una formación del inconsciente, sino una formación del yo.

Este "seudo-síntoma" tiene caracterísitcas particulares: no tiene una historia significante que lo sostenga. No está entramado, como los síntomas, de las marcas significantes de los deseos y sus luchas. Es una solución encontrada ya hecha, ofrecida por el entorno social, apta para los más disímiles conflictos, y utilizada por las diferentes estructuras psicopatológicas, que se busca una y otra vez en momentos de inanidad subjetiva. Un tapa agujeros siempre disponible. William Bourroughs lo decía con precisión: "para qué decir nada, ya que NADA OCURRE JAMAS en el mundo de la droga"(5). No hay relato, ni trama discursiva.

Al no tener dimensión significante no resulta operativo intervenir desde la interpretación. El efecto de verdad que este conlleva no produce cambios ni modificaciones. Pero siempre es posible tomarlo en su valor de indicador de malestar y de cambios subjetivos. Cuándo ocurre, frente a qué acontecimientos, entre quienes ocurre. O como signo de salidas extremas "lo único que quería era no pensar, borrar de mi cabeza todo pensamiento".

Tomado como recurso necesita la reiteración de un complejo operativo, (siendo la ingesta solo un aspecto del mismo) y que requiere siempre un montaje de componentes. La droga, su adquisición, el tráfico que la rodea, la ceremonia (solitaria o comunitaria), los cómplices y destinatarios, etc. A diferencia del síntoma que dice de la escición subjetiva, aquí se trata de "dar forma" a un ego que intenta paliar la amenaza de algo insoportable.

Qué es aquello insoportable y cual es la defensa frente a esa amenaza es lo que va a producir diferenciaciones dentro del "sintoma préte-a-porter", distinguiendo montajes con objetivos diferentes.

En los casos más extremos, bodeando episodios psicóticos, es un recurso buscado para evitar que una estrucura se desanude y desmorone. En otros casos, ni tan graves ni tan extremos, es utilizado para construir y sostener una máscara yoica, un articulado imaginario que sostiene una acción. Esa máscara intenta paliar la emergencia de angustia, o evitar el dolor, o sale al cruce de inhibiciones que detienen a un sujeto en un impedimento que precipita en sufrimiento,.

En estos últimos casos la droga permite ocultar la existencia de síntomas que angustian y perturban al poner en evidencia la inevitable división subjetiva. La máscara armada por esas impostaciones -que la eficacia de la droga ayuda a sostener- facilita un blasón y es una contraseña habilitante de un particular, e inestable, lazo social

La máscara necesita de la reiteración de una operación y de un montaje que implican siempre el compromiso -ingenuo o cómplice- de otros. Si bien el efecto de la droga lleva al ensimismamiento subjetivo -en la sueñera o en la actividad casi maníaca- los medios de reproducción del montaje requieren siempre de un otro: el compañero con el que se anima a empezar, el proveedor, el grupo de adictos, el entorno familiar. Nunca hay un adicto aislado.

El recurso es siempre complejo y ahí radica muchas veces sus posibilidades de fracaso.

La principal es que si bien es un recurso de estabilización, es también un medio de goce. Lo que plantea varios problemas. Por un lado no sabemos de qué goce se trata. Es autoerótico, pero no guarda relación con el goce fálico. No hay una zona erógena implicada y la droga no constituye un objeto pulsional. No tiene nada de arrancado al cuerpo del Otro ni con las zonas del propio cuerpo. Es, si cabe otra paradoja, un goce incorporal aunque necesite del cuerpo como escenario y como laboratoria de experimentación.

Remedo pulsional, remedo identificatorio y de lazo social, impostación de un narcisismo fracasado, el "síntoma préte-a-porter" intenta solucionar esos déficits y apela a aquello que la cultura y lo social le ofrecen listos para usar, características que nos dicen, al mismo tiempo, de las modalidades imperantes del Otro social.

La enseñanza de los montajistas.

Si el acting-out podemos definirlo como el arte de poner en escena una queja o un sufrimiento, la intentona del análisis es alcanzar "el arte de producir una necesidad de discurso" (6). Que el decir se constituya en una necesidad y que sea necesaria (lógicamente) implica que la palabras tenga una presencia real. En la dirección de la cura ese propósito es buscado, desde su inicio, en la posibilidad que abre el síntoma en transferencia, y consiste en llevarlo hasta el límite donde "la envoltura formal del síntoma se invierta en efectos de creación". El límite lo da la constatación de que el síntoma es precisamente una estructura formal que envuelve una materia gozante, y por lo tanto es posible transformarlo y hacerlo producir más allá de las formas preexistentes en el Otro.

Precario y prefabricado, el montaje adictivo intenta construir una envoltura formal que envuelva el goce, si bien el goce encontrado suele invadir o desbordar los intentos de formalización. Las alternativas que buscamos para tramitar las adicciones al consumo de droga son las de reubicar aquello que este esconde de síntomático, o bien, dada su imposibilidad, será un llamado y un intento de construirlo.

La clínica nos advierte que no es infrecuente que sea el mismo montaje adictivo el que se transfiere, en vez del síntoma, de un modo complejo, confuso y siempre con caracter?sitica de una demanda perentoria. ¿Cómo producir allí un borde?, ¿cómo crear una necesidad de discurso?.

Tomarlo como un montaje implica ya la posibilidad de desmontarlo. La pulsión es un montaje, el fantasma, los soportes yoicos y las modalidad de lazo social también lo son. La ruptura de los adictos con el goce fálico intenta constituirse como una modalidad diferente de goce en su intento de hacer aparecer en su propio cuerpo, un cuerpo más allá de las imagenes y de las palabras que lo enmarcan, algo que exceda la parcialidad pulsional y la división subjetiva.

Se busca un salto a la infinitud, a un "todo es posible" o "no hay barreras" en la que el adicto busca afirmar su singularidad y su derecho al goce. Se busca un sujeto libre de cualquier amarra de sujeción al Otro (social, de la cultura, del lenguaje). Las adicciones son un intento de conmover las fijezas de las fijaciones fantasmáticas en un movimiento que no se produce sin angustias ni sufrimientos, que lleva facilmente a producir situaciones similares al del "brote psicótico" o al más común "ataque histérico", y que le confiere al adicto el estatuto de un "loquito" sin que, en general, lleve a la psicosis e, incluso, defendiéndose de esta.

Cuando el montaje espontáneo fracasa, cuando llega a límites insoportables para el mismo adicto o para quienes lo comparten, rápidamente se vuelve a estructurar otro a su alrededor. Se crea una nueva red para evitar la caída al vacío. A veces estos montajes terapéuticos no hacen sino reproducir y acrecentar las mismas características el montaje previo. Pero en muchas ocasiones permite crear escenarios diferentes donde es posible leer lo enigmático de la adicción en la medida en que esta puede empezar a hablar.

Esto no se logra solo producirendo una ampliación o fortificación del yo, promoviendo nuevas figuras de identificación, más completas o mejor ajustadas. Se trata más bien de establecer un nuevo espacio imaginario en el que pueda desarrollarse la dimensión de los síntomas, como un interior externo y extraño del mismo sujeto. Proyección de una superfiecie que permite acontecimientos y que sirve para establecer puentes entre las formaciones narcisistas y la sublimación. El analista debe intentar poner al paciente en relación con su movimiento pulsional a fin de organizar bordes que circunscriban objetos. Esos objetos serán los buscados por el deseo. Por eso lo buscado, como los "montajistas" es lograr el advenimiento de un objeto sobre la escena analítica, acto inaugural de la transferencia. Entre el analista y el paciente debe ubicarse una formación que en un comienzo se asemeja a un cuerpo extraño.

Por eso menciono la enseñanza de los montajistas, pensando en los dispositivos del montaje cinematográfico que van logrando una gramática y el inicio de un derrotero narrativo a partir, precisamente del corte y del ensamble de escenas, operaciones hechas sobre la dimensión imaginaria misma, que va adquiriendo dimensión significante, creando condiciones para producir una "necesidad de discurso".

New York, Febrero de 1999

Bibliografía

1) Osvaldo M. Couso; Sergio C. Staude ; ""Las adicciones: el fracaso del síntoma", Rev. Contexto en psicoanálisis. No 2. , pag. 95

2) Jaques Lacan: Seminario X, "La Angustia". Inédito. Circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Clase 14/11/62

3) Op. Cit Clase del 23/1/63.

4) Op. Cit. Clase del 23/1/63

5) William Bourroughs: "El almuerzo desnudo". Ed. Leviatán, pag. 14

6) Jaques Lacan: Seminario "...o peor...",Inédito. Circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Clase 19/1/72



Opiniones sobre este texto:




Condiciones de uso de los contenidos según licencia Creative Commons

Director: Arturo Blanco desde Marzo de 2000.
Antroposmoderno.com © Copyright 2000-2017. Política de uso de Antroposmoderno