La guerra de los justos

Imannuel Wallerstein
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Publicado el: 2027-04-03


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George Bush está a punto de lanzar a las valientes tropas a la batalla en la guerra de los justos contra el despótico tirano.


La guerra de los justos

Imannuel Wallerstein


George Bush está a punto de lanzar a las valientes tropas a la batalla en la guerra de los justos contra el despótico tirano. No dará marcha atrás, con independencia de lo que los pusilánimes o venales políticos europeos, las mayores figuras religiosas del mundo, los generales retirados y otros antiguos amigos de la libertad y de EE.UU. puedan pensar o hacer. Nunca una guerra fue precedida de un debate semejante ni tuvo tan escaso apoyo por parte de la opinión pública mundial. ¡No importa! La decisión de hacer la guerra, basada en cálculos sobre el poder de Estados Unidos, fue tomada en la Casa Blanca hace ya mucho tiempo. Debemos preguntarnos por qué. Para empezar, tenemos que dejar de lado las dos principales teorías que han circulado insistentemente acerca de las motivaciones del gobierno de EE.UU. La primera es la de aquellos que están a favor de la guerra. Éstos argumentan que Saddam Hussein es un tirano perverso que representa un peligro inminente para la paz mundial, y que cuanto más rápido se lo enfrente, con mayor probabilidad se le impedirá hacer el daño que intenta hacer. La segunda teoría es sugerida fundamentalmente por los oponentes a la guerra. Éstos argumentan que EE.UU. está interesado en controlar el petróleo mundial. Irak es una pieza clave del edificio. El derrocamiento de Hussein pondría a EE.UU. al frente del volante.
Ninguna de las dos tesis es demasiado convincente. Prácticamente todo el mundo coincide en que Saddam Hussein es un tirano perverso, pero muy pocos están convencidos de que sea un peligro inminente para la paz mundial. La mayoría de la gente lo ve como un jugador cuidadoso en el tablero geopolítico. Con seguridad, está acumulando las denominadas armas de destrucción masiva. Pero es dudoso que desee utilizarlas ahora contra alguien, por miedo a las represalias. Tiene menos probabilidad, no más probabilidad, de utilizarlas que Corea del Norte. Está en un estrecho rincón político, y si no se hiciera absolutamente nada, sería probablemente incapaz de moverse de ahí. En cuanto a sus vínculos con Al-Qaeda, todo el asunto carece de credibilidad. Podría jugar táctica y marginalmente con Al-Qaeda, pero no tan intensamente, uno contra diez, como el gobierno de los Estados Unidos lo hizo durante mucho tiempo. En cualquier caso, si Al-Qaeda se desarrollara lo suficiente, él ocuparía los primeros puestos, como apóstata, en su lista de condenados a muerte. Estas acusaciones del gobierno de EE.UU. son propaganda, no explicaciones. Los motivos tienen que ser otros.
¿Qué ocurre con el punto de vista alternativo, de que todo gira en torno del petróleo? No hay ninguna duda de que el petróleo es un elemento crucial para el funcionamiento de la economía-mundo. Y tampoco de que a EE.UU., como al resto de las mayores potencias, le gustaría controlar la situación del petróleo tanto como pueda. Y tampoco, si Saddam Hussein fuera derrocado, de que las cartas petroleras se podrían volver a barajar. ¿Pero el juego justifica los costos? Hay tres cosas respecto al petróleo que son importantes: la participación en los beneficios de la industria petrolera; la regulación del precio del petróleo (que tiene siempre un gran impacto sobre todos los otros sectores de la producción); y el acceso al suministro (y la potencial negativa a que accedan los demás). En lo que se refiere a estos tres puntos, EE.UU. lo está haciendo perfectamente bien por ahora. Las compañías petroleras estadounidenses se llevan en la actualidad la parte del león de los beneficios mundiales. El precio del petróleo ha sido regulado de acuerdo con las conveniencias de EE.UU. la mayor parte del tiempo desde 1945, a través de los esfuerzos del gobierno de Arabia Saudita. Y EE.UU. domina absolutamente el control estratégico del suministro mundial de petróleo. Quizá la posición de EE.UU. en cada uno de estos tres ámbitos podría ser mejorada. Pero este ligero mejoramiento, ¿justificaría los costos financieros, económicos y políticos de la guerra? Precisamente porque Bush y Cheney han estado en el negocio del petróleo, seguramente son conscientes de cuán pequeña podría ser la ventaja. El petróleo puede ser a lo sumo un beneficio colateral de una empresa acometida por otros motivos.

Entonces, ¿por qué? Empecemos por el razonamiento de los halcones. Éstos creen que la posición mundial de EE.UU. ha declinado fuertemente al menos desde la guerra de Vietnam. Creen que la explicación básica de este declive consiste en el hecho de que los gobiernos de EE.UU. han sido débiles y vacilantes en sus políticas mundiales. (Creen que esto es cierto incluso en relación con la administración Reagan, aunque no se atreven a decirlo en voz alta.) Contemplan un remedio, un sencillo remedio. EE.UU. debe afirmarse a sí mismo enérgicamente y demostrar su voluntad de hierro y su abrumadora superioridad militar. Una vez hecho esto, el resto del mundo reconocerá y aceptará la supremacía de EE.UU. en todo. Los europeos volverán a ser disciplinados. Los potenciales poderes nucleares abandonarán sus proyectos. El dólar estadounidense surgirá supremo una vez más. Los fundamentalistas islámicos desaparecerán o serán aplastados. Y entraremos en una nueva era de prosperidad y de gran beneficio.

Es preciso entender que ellos creen realmente en todo esto, y con una gran sensación de certeza y determinación. He aquí la razón por la cual el debate público, en todo el mundo, sobre la sabiduría de lanzar una guerra ha caído en oídos sordos. Están sordos porque se hallan completamente seguros de que todos los otros están equivocados, y pronto los otros comprenderán que han estado equivocados. Es importante anotar un elemento adicional en la autoconfianza de los halcones. Creen que una rápida y relativamente fácil victoria militar está al alcance de la mano: una guerra de semanas, no de meses, y ciertamente no más larga aún. El hecho de que prácticamente todos los generales retirados de los EE.UU. y del Reino Unido hayan declarado públicamente sus dudas respecto a esta evaluación militar es simplemente ignorado. Los halcones (casi todos ellos civiles) no se han tomado la molestia siquiera de responderles. No sabemos, por supuesto, cuántos generales en activo de EE.UU y del Reino Unido dicen, o al menos piensan, lo mismo.
La actitud de adelante-a-toda-máquina de la administración Bush ha tenido ya cuatro efectos negativos importantes sobre la posición mundial de Estados Unidos. Cualquiera con el conocimiento más elemental de geopolítica sabría que, después de 1945, la única coalición a la que Estados Unidos tenía que temer era la de Francia, Alemania y Rusia. La política de EE.UU. había sido ajustada para que esto fuera imposible. Cada vez que se presentaba la menor insinuación de tal coalición, EE.UU. se movilizaba para mantener fuera a por lo menos uno de los tres países. Esto fue cierto cuando De Gaulle hizo sus primeros gestos a Moscú en 1945-46, y cuando Willi Brandt anunció la Ostpolitik. Hay toda clase de razones por las cuales ha sido absolutamente difícil poner en pie semejante alianza. George Bush ha vencido los obstáculos y ha logrado la realización de esta pesadilla para Estados Unidos. Por primera vez desde 1945, estas tres potencias se han alineado públicamente contra Estados Unidos en relación con un asunto de la máxima importancia. La reacción de EE.UU hacia esta postura pública está teniendo el efecto de cimentar la nueva alianza. Si Donald Rumsfeld piensa que blandiendo ante sus narices el apoyo de Albania y Macedonia, o incluso de Polonia y Hungría, hace temblar de miedo al nuevo trío, debe de ser realmente muy ingenuo.
La respuesta lógica a un eje París-Berlín-Moscú sería para EE.UU. establecer una alianza geopolítica con China, Corea y Japón. Los halcones de EE.UU. están garantizando que una respuesta de este tipo no sea fácilmente alcanzable. Han acicateado a Corea del Norte para que muestre sus dientes de acero, han ofendido a Corea del Sur al no tomar sus preocupaciones con seriedad, han hecho a China más suspicaz que antes, y han llevado a que Japón piense en convertirse en un poder nuclear. ¡Bravo!

Luego está lo del petróleo. Controlar el precio mundial del petróleo es el más importante de los tres aspectos mencionados anteriormente. Arabia Saudita ha sido la clave. Este país ha hecho durante cincuenta años el trabajo para EE.UU. por una sencilla razón. Necesitaba la protección militar de Estados Unidos para su dinastía. La embestida de EE.UU. hacia la guerra, su obvio efecto de rebote sobre el mundo musulmán, el franco desdén de los halcones estadounidenses por los sauditas, el apoyo prácticamente total a Sharon, han llevado a los saudíes a preguntarse, en voz alta, si el respaldo de EE.UU. no es más bien un pájaro de paso antes que un modo efectivo de sustentarlos. Por primera vez, la facción de la casa real favorable al abandono de los vínculos con EE.UU. parece estar obteniendo ventaja. EE.UU. no va a encontrar fácilmente un sustituto para los sauditas. Recordemos que éstos han sido siempre más importantes para los intereses geopolíticos de EE.UU que Israel. EE.UU apoya a Israel por razones políticas internas. Ha apoyado al régimen saudí porque ha necesitado de él. EE.UU. puede sobrevivir sin Israel. ¿Puede sobrevivir la agitación política en el mundo musulmán sin el apoyo saudí?
Finalmente, las administraciones de EE.UU. han tratado de detener valientemente durante cincuenta años la proliferación nuclear. La administración Bush ha logrado en tan sólo dos años que Corea del Norte, y ahora Irán, aceleren sus programas y no teman declararlo públicamente. Si EE.UU. utiliza artefactos nucleares en Irak, como ha insinuado que podría hacerlo, no romperá meramente el tabú, sino que también asegurará una veloz carrera de una docena más de países para adquirir tales artefactos.

Si la guerra de Irak marcha espléndidamente para EE.UU., quizá pueda recuperarse algo de estos cuatro reveses. Si la guerra va mal, cada negación será reforzada de inmediato. He estado leyendo recientemente algunas cosas sobre la guerra de Crimea, en la que Gran Bretaña y Francia fueron a combatir contra el tirano ruso en nombre de la civilización, la cristiandad y la lucha por la libertad. Un historiador británico escribió en 1923 sobre estos motivos: «Lo que los ingleses condenan es siempre digno de condena, supuesto que haya ocurrido». El Times de Londres era en 1853 uno de los partidarios más fuertes de la guerra. En 1859, los editores hicieron público su arrepentimiento: «Jamás se hizo un esfuerzo tan grande en pro de un objetivo tan inútil. Es con no poco disgusto que admitimos que un esfuerzo gigantesco y un sacrificio infinito se han hecho en vano». Cuando George Bush abandone su cargo, habrá dejado a Estados Unidos significativamente más débil que cuando lo asumió. Habrá convertido un lento declive en otro mucho más veloz. ¿Redactará el New York Times un editorial parecido en 2005?
Traducción: Round Desk (revisada por el autor).
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