Esa mala costumbre de desear

Alejandro Sacchetti

Publicado el: 23/05/2009

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“Vivimos en una ensalada fantásteca (...) estamos en la tierra de la carbonada (...) te lo sancóchano todo e te lo sirveno. Trágalo, trágalo o reviente.
¡Jesús, que Babilonia! Que paise fantasmagórico. No te respetano nada, te lo improvísanno todo, te lo transformano todo. E come una galera de prestidiyitadore, pone un anillo e te sacan un paragua, pone un pañuelo e te sacan... un ganso vivito y coleando”. Discépolo.

 

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“Vivimos en una ensalada fantásteca (...) estamos en la tierra de la carbonada (...) te lo sancóchano todo e te lo sirveno. Trágalo, trágalo o reviente.
¡Jesús, que Babilonia! Que paise fantasmagórico. No te respetano nada, te lo improvísanno todo, te lo transformano todo. E come una galera de prestidiyitadore, pone un anillo e te sacan un paragua, pone un pañuelo e te sacan... un ganso vivito y coleando”. Discépolo.

Todo empieza con un devaneo que nos conduce –si la guía es adecuada– al diván. Devaneando comienza Lacan la apertura de la sesión clínica de 1977 en Vincennes, donde afirma que la clínica psicoanalítica tiene una base en lo que se dice de ella.

Lo que se dice de ella involucra un tiempo, tiempos en el análisis, en el cuestionamiento de la praxis, y en el decir de los analistas. La historia hace posible un retorno, abre la puerta a la resignificación, donde se inscriben y producen los acontecimientos en y desde el campo psicoanalítico, y en el mundo que tiene su orden, estructura, también su adorno o compostura que son distintas formas del cosmos. Atentos a esto no basta con que sólo se enuncie el inconsciente, es menester apremiarlo.

En el mundo de París en 1977 por iniciativa del presidente de la República Francesa se inaugura el Complejo Georges Pompidou, centro moderno, muy resistido por perturbar la tradicional arquitectura parisina. Yibuti en África, antigua Somalia Francesa y territorio de los Afars y los Issas, –los primeros estaban a favor de los franceses y los segundos de los ingleses– se descoloniza en 1977 del imperio francés, último grito de independencia hacia Francia. Avatares del mundo y sus territorios, del Norte y el Sur, de la dependencia y sus separaciones.

En Argentina, ese mismo año se atisbaba una guerra, el conflicto por el canal de Beagle con Chile, que luego arbitraría el Papa. Sin la Iglesia, Francia y el Reino Unido también delimitan su plataforma continental, fronteras que no son simplemente líneas, campos o comarcas, antiguamente representaban franjas sagradas, que enmarcaban el culto a los muertos.
En 1974 Massotta funda la Escuela Freudiana en Buenos Aires, posteriormente se traslada a España, donde en 1977 creó la Biblioteca Freudiana de Barcelona. En Buenos Aires muere Rodolfo Walsh –se tiene constancia de su muerte–, ocurrida el 25 de abril de 1977, cuando un pelotón especializado pretendió detenerlo en plena calle de Buenos Aires. Él se resistió e hirió a uno de sus agresores, pero, lo mataron allí mismo, aunque su cuerpo nunca ha aparecido.
Esta asociación histórica en el lapso de un año, puede funcionar como una criba, que es una red que tamiza las semillas, eso con lo que se siembra, y se preparan almácigos. En una asociación libre hay cosas que se filtran en la red y adquieren un valor, otras se pierden.
Ahora ¿cuál es la libertad de la asociación? Siguiendo el texto de la apertura, el inconsciente que trabaja es necesario, y la relación con el exterior, donde hay un mundo; dice: está “escamoteada”, esto connota un tipo de prestidigitación en la magia, donde ciertas cosas adquieren “prestigio”, fascinación o ilusión con que los prestidigitadores embaucan a la gente, haciendo que desaparezca o descentremos aquello que vemos o creemos ver.
¿Quién tiene la razón? Cuando de “cortocircuitos” se trata, entre la razón y lo bello, y esto no ajeno a una cosmovisión, donde también hay un Norte y un Sur. Cantaba Charly García: “Cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo”, 1980, Buenos Aires.

Lacan apuntaba a un reordenamiento de lo que Freud decía, y al nacimiento de una nueva lengua, decía: “la lengua es un chicle” (2), y ahí adquiere su importancia la existencia del significante, en la lingüística y el psicoanálisis, hasta llegar a la hipótesis de que no sea tan seguro que el inconsciente tenga mas peso que el lenguaje. Su hipótesis: “Si he hablado de retorno a Freud, es para convencernos hasta que punto esto renguea. Y me parece que la idea de significante explica, no obstante, como eso marcha”.

Hace poco escuché a un psicoanalista enunciándose como lacaniano, que le costaba hacerle entender a ciertos colegas, que el retorno a Freud de Lacan, era realmente freudiano, ¿más ortodoxo que los ortodoxos? No creo que haya sido el sueño de Lacan.

“Pues si hay una lengua, esta tiene su uso, también su abuso, cuando sean masivas se podrá tener la ilusión de que se ha hecho conciencia” (3), agregaría esto, expresa una ilusión porvenir.
Por eso interroguemos lo que dice el psicoanálisis, y los psicoanalistas, pues, el sentido de los sueños crea nuevas cartas y letras, nuevas declaraciones, que nunca fueron impresas, es donde “el error es costumbre” es ético, dice de esa buena, mala costumbre de desear. Y ese ethos comprende un “carácter o manera de ser” (4) que no es ajeno a la costumbre y a los hábitos, en que se construye nuestro lazo social en el cual se aloja nuestra subjetividad, –realidades del Norte, realidades del Sur– y desde el lugar del deseo del analista, las asociaciones o devaneos del decir del deseo puedan conmover lo real.
Siguiendo esta línea podemos releer esta ironía: “El inconsciente, entonces, no es de Freud; es necesario que lo diga: es de Lacan. Lo que no impide que el campo sea freudiano” (5). Con el mismo argumento podemos afirmar que el inconsciente no es de Lacan, pero el campo es lacaniano. Pues cada uno dice de su inconsciente y en Argentina hay bastante campo.
“¿Qué ves cuando me ves? Cuando la mentira es la verdad”, canta el grupo de rock Divididos –sin ninguna connotación, creo yo– al sujeto barrado, un retorno consiste en reinterrogar lo que Freud ha escrito, también lo que Lacan ha dicho. Un inconsciente y una dirección, entre contradicciones, formas de la negación, y la verdad en la mentira, que muestra la hilacha.

En un congreso de psicoanalistas en Madrid, en el año ’89, en una charla informal un amigo me presentan a J. A. Miller, comentándole que –en esos tiempos– estaba viviendo en España, con un tono muy amable y educado me preguntó: ¿Exiliado? Quedé sorprendido y lo miré en silencio, atiné a contestarle: –quizá, por la vía de mis orígenes europeos– no, retornado. En estos tiempos creo que esta anécdota adquiere otra dimensión. Por la consecuencia que proyectan ciertas globalizaciones, y lo apremiante y fecundo de la pregunta por el psicoanálisis en la Argentina. No sea cuestión de constituir deudas falaces e impagables.
Lacan bien propone, interroguemos a los analistas, y lo riesgoso de su práctica, toda experiencia –no solo la freudiana– es relativizable, y todo retorno es valido, en tanto hable, y nos permita seguir escribiendo.

Un escritor de ciencia-ficción, Philip K. Dick, con algunas versiones cinematográficas, entre ellas Blade Runner, film de culto, escribe: “La herramienta básica de la manipulación de la realidad es la manipulación de las palabras. Si se controla el sentido de las palabras, se puede controlar a la gente que usará las palabras”.

Dick nunca llegó a ver Blade Runner, tal como se conoció el 25 de junio de 1982, murió cuatro meses antes. Un periodista planteó que “el leit motiv de Vangelis le habría provocado más daño que las anfetaminas que ingería... creía haber visto a Dios (6). ¿Otro caso de paranoia?
Hace un tiempo se estrenó la película Minority report, basada en un cuento de Dick, donde unos telépatas llamados precogs, podían con su premonición impedir un crimen, una acción, confesando preventivamente la escena de un crimen sin su desenlace real. Consecuencia, por la vía del terror, esta policía, podía bajar los índices de inseguridad, a riesgo de encarcelar a un inocente, pues ya no se podía ni fantasear con un crimen. Sabemos que esto es un factor fundante del deseo. Hamlet decía al fin de su monólogo, que la cuestión era poder encontrar “el nombre de la acción”.

Hay cortocircuitos, entre la acción y el pensamiento, entre la razón y lo bello, entre el cuerpo y lo real. Sería necesario darle cuerpo al goce del Otro como inexistente, sin olvidar que lo imaginario forma parte de lo real. Pero eso sí, no sin la providencia de lo simbólico, que no es ponerle palabras a las cosas –controlando su sentido– sino honrar el uso de la lengua. Y la lengua en Argentina tiene sus particularidades, y en psicoanálisis –es claro– no se trata de manipular las palabras.


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1. Texto de Pichone, cocinero de la obra teatral Babilonia de Armando Discépolo.
2. J. Lacan, “Apertura de la sesión clínica de 1977”, Ornicar, Núm. 9, 1980.
3. Ídem
4. J. Corominas, Diccionario etimológico, Gredos, 1990.
5. Ídem
6. Pablo O. Scholz, “las pesadillas de Mr. Dick”, Clarín, 11 de agosto del 2002.



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