Haciendo visible lo invisible

Josué González Pérez

Publicado el: 29/08/2016


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De entrada, advertimos que este alegato no pretende ser una afilada arma contra la homofobia y la misoginia en el rap, por mucho que alguno así lo merezca. No será así pues sería perder una oportunidad para que unas palabras maricafeministas puedan apuntar hacia diversas partes.



Haciendo visible lo invisible (1)

Por Josué González Pérez (*)

A Pau y a Víctor,

De entrada, advertimos que este alegato no pretende ser una afilada arma contra la homofobia y la misoginia en el rap, por mucho que alguno así lo merezca. No será así pues sería perder una oportunidad para que unas palabras maricafeministas puedan apuntar hacia diversas partes.

Especialmente, desde aquí será posible mostrar aquello que no se pretende visible pero que pugna por llegar a serlo. Y de ello el rap sabe mucho, pues sabemos que los signos que emite son la expresión de numerosos gritos a priori violentamente silenciados. En efecto, todo un ejercicio de responsabilidad con los oprimidos cuya ausencia en nuestro caso, en el caso de las transmaricabibollo y de las mujeres, resulta lamentable y chapucera. Visibilicemos, pues, “la política”, nuestra “política”.

Bastante a menudo, por no decir siempre, el arsenal de losthink tank del neoliberalismo- o los intelectuales orgánicos de Gramsci- arrojan todo un taxativo discurso que se pretende como lectura “objetiva” e “imparcial” de la mal llamada “crisis” económica. Que si vamos hacia la recuperación, que si el PIB crecerá para el próximo año... todo un relato infectado de términos económicos que, a menudo, esconden de quién realmente hablan, ocultando aquellos llantos, aquellas resistencias y aquellas rabias que imprimen las biografías de nuestras vidas. Y es que nuestras ganas de reventar en el trabajo y decir lo jodidamente maricones o bolleras que somos se resisten a ser acotadas por unas cifras económicas sustentadas por la misma reforma laboral que impone el armario asfixiante en el que somos explotadas. Sin duda, nuestros relatos son diferentes porque nuestra posición en el mundo es dispareja: de entrada, no nos ha tocado matar de hambre a miles de personas, a miles de bolleras en el mundo.
“Qué tiempos serán los que vivimos, que tenemos que defender lo obvio” afirmaba acertadamente Bertolt Brecht. Asistimos, igualmente, a una rearticulación de la hegemonía heteropatriarcal que vuelve a ponernuestra existencia en peligro. La respuesta al antagonismo resultante no se hace esperar y nos encontramos recuperando consignas tan “obvias” como “las calles y las noches son nuestras”. El (mal)“sentido común” impuesto agita la idea de que el espacio público es masculino y heterosexual y que nosotras, o bien sobramos, o bien debemos comportarnos como si no estuviéramos para no ser agredidas, insultadas o vejadas. De esto ya saben bastante nuestras compañeras transexuales y travestis que trabajan como putas en las calles, que llevan años aguantando y combatiendo abusos policiales, burocráticos y sexuales sin que sus voces sean visibles desde aquellos lugares donde se legisla contra ellas, contra “las únicas combatientes que tenemos en las calles” como las pensaba Ti-Grace Atkinson. Al final, qué duda cabe de que la ley que dicta lo que resulta visible o lo que no, obedece a si has nacido entre sábanas de seda o en una caja de cartón, de si te has ajustado al imperativo deber ser de hombres y mujeres como Dios manda o si lo has estallado, de si tienes “papeles” o has sido una marica con la fortuna de haber nacido en el “primer mundo” gayliberal.

En su alianza, capitalismo y heteropatriarcado funcionan divinamente para (intentar) conseguir su objetivo: subordinarnos al statu quo, negarnos una vida que merezca la pena ser vivida. Siempre la misma maquinaria: recortes en educación, en sanidad, en políticas sociales... en todos aquellos aspectos de lo social que, ni siquiera antes, eran lugares muy demasiado habitables para nuestros culos y nuestras tetas de silicona. Ahora, nos convertimos en chivos expiatorios de toda una clase social jamás conocida por dar un palo al agua y, aún así, pagamos su deuda y“crisis” (¿pero lo nuestro no era una cuestión meramente cultural?). Obviamente que de manera doble o triplemente hiriente, porque nuestros relatos ya estaban manchados de sangre y de lágrimas derramadas por la violencia del patio del colegio o por las muertes a causa del SIDA. Por esto último sería imperdonable no hablar, aquí y ahora, de los recortes en prevención del VIH, porque cada vez somos más las que vivimos con el VIH y algunas, las no agraciadas con la nacionalidad española, empezamos a correr peligro de muerte. De ahí que sea urgente y necesaria aquella construcción de relatos colectivos de época que empiecen a llamar a las cosas por su nombre: “no son recortes, son ejecuciones” apuntaban las compañeras de la Asamblea Transmaricabollo de Sol.

Por si pareciera poco, hay quién nos culpabiliza y nos dice que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Ante esto, lo importante es precisamente hacer visible aquello que, hasta hace poco, no lo era: que somos el 99% que ha sido estafado por una minoría que secuestra la democracia para sus propios intereses. Aún más, necesitamos expandir mucho más estas páginas con nuestras historias, particulares y comunes, para confrontarlas con el discurso único; con aquel relato que nos pretende hacer responsables del machismo, el racismo y la explotación que sufrimos, pero que se debilita con cada pequeño gesto rebelde que emerge de nuestras resistencias y luchas. Para Jacques Ranciére, eso es “la política”: hacer “visible” aquello que no lo era. Y seguimos queriendo un rap político, como instrumento contestatario y de transformación social, pero igualmente lo anhelamos responsable frente a todas las luchas de las de abajo, de nosotras mismas. A fin de cuentas, nadie cuestiona que hemos salido a ganar, pero en eso estamos todas y ganaremos todas.

(*) Josué González Pérez Activista feminista LGTBI. Co-coordinador de ALEAS-IU.

(1) Publicado en el libro/ disco “La estanquera de Saigón” (páginas 28-9) de Los Chikos del Maiz (LCDM). Editado por Boa Música (2014). Se incluyen también textos de Pablo Iglesias, Tania Sánchez, Alberto Garzón, entre otros.



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