La influencia de los grupos subalternos y los movimientos populares en la investigación social de nuestra América.

Roberto Vila De Prado (1)

Publicado el: 04/04/2016


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Una de las características más importantes de las relaciones entre los países centrales occidentales y los periféricos es la resistencia cultural que oponen algunos intelectuales de estos últimos a los códigos sociales de los primeros. La globalización de las comunicaciones ha provocado por reacción, junto con otros factores, el recrudecimiento de las tensiones entre lo dominante y lo dominado, lo colonizador y lo colonizado.




Primeros aportes teóricos de académicos y políticos latinoamericanos, en la reseña de Alcira Argumedo.

Alcira Argumedo, ya en el año 2004, abordó la temática de la fundamentación epistémica en las ciencias sociales, ocupándose del eurocentrismo epistémico, la ubicación social del sujeto hablante y las fundamentaciones contingentes. Para ello realizó una revisión de aportaciones teóricas de los académicos latinoamericanos, aunque no incluyó estudios que tomaron posteriormente gran difusión, como los de la escuela subalternista y las corrientes del pensamiento poscolonial y decolonial.

En su ensayo, Argumedo pone de manifiesto los esfuerzos de autores que, no perteneciendo a las escuelas precitadas, buscaban concepciones autónomas basadas en la experiencia de las luchas contra la dominación colonial; sobre todo, las grandes movilizaciones de masas por la dignidad y las identidades populares. Los principales hallazgos que fueron rompiendo lo que en términos de Khun se suele denominar “paradigma normal”, surgieron de las luchas de los movimientos sociales. Más adelante, considerando el recorrido de la filosofía del conocimiento en Occidente, Argumedo analizó el recorrido de:
“Un hilo de Ariadna que une a las diferentes epistemes que predominaron […] en el viejo continente, alrededor de esa idea que define a Europa como la única propietaria indiscutida y legítima, de la religión, del conocimiento, la Razón, la Ciencia y por lo tanto, la Verdad” (p. 149).

Según José Luis Romero (1987), el término “cristianismo” desde la Edad Media significó más una cultura que una religión. Esto se observó principalmente en España y en menor grado en Portugal e Inglaterra. Dicha formación ideológica impulsó a los conquistadores y sirvió para legitimar la conquista y la colonización. Tomando como precedente la guerra contra los turcos, vista como un choque de culturas, los europeos se vieron a sí mismos como el nuevo pueblo elegido, el dueño de la verdad, y el depositario de una cultura superior.

Luego, llega así a la conclusión de que las ideas de la Ilustración fueron el resultado de una larga elaboración intelectual que culminó con un sistema coherente y de creciente simplicidad que, pese a estar basado en múltiples experiencias, no logró una síntesis universal. Según A. A. Roig (1981):
“Las filosofías de la historia, en particular las que produjo el siglo XIX, pueden ser consideradas como discursos políticos abiertamente intencionados, en los que se ha planteado como objeto señalar el camino que se debía recorrer como a sí mismo los escollos que se debían evitar para que las potencias europeas pudieran cumplir con un destino al cual se sentían convocadas dentro del vasto proceso de dominación del globo iniciado en el Renacimiento”.

De ese modo surgió una “filosofía imperial” que establecía cómo Europa debía asumir el destino de toda la humanidad.

Recurriendo a Piaget y García (1984), Argumedo señala que los nuevos conocimientos se obtienen por ajustes, reorganizaciones y correcciones de aquellos que los han precedido. Es decir, de todo un proceso de asimilación que condiciona la coherencia interna del sujeto cognoscente (pp. 144-145).

Teniendo en cuenta lo expuesto, el análisis de Argumedo parte del proceso por el cual se forma la concepción del mundo en el ser humano, y afirma que dicha concepción (Weltanschaung) condiciona la asimilación de cualquier experiencia nueva (2015, p. 147). Por lo expuesto, ella considera que el método científico está subordinado a nuestra concepción del mundo y a la naturaleza del problema que afrontamos.

Max Weber (1904) afirmó que sin las ideas de valor del investigador no existiría ningún criterio para seleccionar el tema a investigar. Entonces, el conocimiento científico-cultural se halla ligado a premisas “subjetivas”, en tanto se ocupa de elementos de la realidad que mantienen algún tipo de relación con los procesos a los cuales atribuimos un significado cultural. Si bien estos juicios de valor determinan una parte del obrar del científico, en la aplicación de la metodología debe excluir de antemano toda toma de partido. Es decir, dejar de lado los valores y las normas porque no pueden ser sostenidos científicamente.
Según Fals Borda (2015), la visión o concepción del mundo ha servido, a los científicos, de fundamento para:
la elección del tema a investigar y las prioridades que se asignan a los posibles temas;
el examen de las posibilidades de creación y originalidad que se abren con su decisión, sobre todo cuando por el compromiso que se tiene con las causas de determinados colectivos sociales, se rompen los viejos moldes para elaborar formas de pensamiento autónomo; para determinar grupos clave que se consideran dignos de ser apoyados por la ciencia, los que serán tomados como grupos de referencia por el científico (pp. 245-246).

Fals Borda abandona la neutralidad objetiva weberiana, sobre todo cuando afirma:
“Las principales orientaciones nuevas en teoría económica, aquellas conectadas con nombres como los de Adam Smith, Malthus, Ricardo, List, Marx, John Stuart Mill, Walras, Wicksell y Keynes, eran todas respuestas al cambio de condiciones y posibilidades políticas [y] estuvieron conscientes del público de sus obras” (p. 239).

Incursionando en las relaciones entre el poder y el saber, Argumedo, citando a Gramsci, argumenta que en el seno de la sociedad civil, la clase dominante ha enclavado verdaderas reservas estratégicas que están desparramadas en la conciencia de las clases subalternas.
Una de las consecuencias para los pueblos de ultramar, es que el poder del centro no depende solamente de la concentración de recursos económicos, sino también del monopolio que le permite someter a la producción y administración del conocimiento a una cultura declarada como superior. De manera que “los hindúes, vietnamitas, argelinos, chinos o negros – que no eran verdaderamente humanos – solo podían aspirar al privilegio de ser civilizados por el dominio blanco” (Argumedo, 2015, p. 136).

Hay “una visión contundente del mundo que subyace al pensamiento académico y político europeo; que absorben fascinadas las oligarquías y ciertas elites ilustradas de América Latina” (Argumedo, 2015, p. 137). Es que las clases dominantes ven en la modernización refleja el único proyecto que les permitirá alcanzar el progreso, juntamente con el mantenimiento de su poder y sus privilegios (Ribeiro, 1973, p. 16).

En los países periféricos, hay pequeñas elites locales que se beneficiaron de la dominación capitalista-colonial y que ejercieron, a su vez, dominación sobre los grupos subalternos; siendo una de las dimensiones de esa relación asimétrica la dimensión epistemológica Sobre este tema, dice Darcy Ribeiro (1973):

“El atraso de América Latina no es natural ni necesario, sino que existe y persiste porque hemos sido conniventes con sus factores causales. [...] No hay cómo descartar la conclusión de que las causas están en nosotros mismos, no en carencias naturales, innatas o históricas, sino en connivencias que son culpas nuestras. En efecto, nadie duda hoy día de que el proyecto de explotación colonial y neocolonial de América Latina – desastroso para nuestros pueblos que pagaron su costo en opresión, penuria y dolor – fue altamente exitoso para aquellos que lo dictaminaron y rigieron como clases dominantes. [...] para generar excedentes, para alimentar las regalías de una capa social superprivilegiada en la cual la intelectualidad universitaria logró siempre incluirse” (pp. 11-12).

Agoglia (1978) afirma que la filosofía en el siglo XX se hace desde las ciencias sociales e históricas, por lo que ellas se interrelacionan en marcos más amplios (transdisciplinarios) según las formas de percibir el mundo; y por lo tanto están en íntima conexión con los proyectos político-históricos. Es decir, que se trata de incorporar datos a marcos más comprensivos para obtener versiones científicas que hablen de un nosotros, pero también de los otros que integran las masas populares.

Las disciplinas que podrían interrelacionarse con la sociología y la historia son la economía, la geografía, la psicología, la antropología, la ciencia política y el derecho, configurando lo que Marx y Engels denominaban la teoría crítica, que luego retomaron otros científicos sociales quienes la revisaron, criticaron, reformularon o combatieron.

La crisis del paradigma normal se manifestó como la acumulación de problemas y decisiones, cuyas respuestas no podrían ser satisfactorias sin un trabajo interdisciplinario. Según Fals Borda (2015, p. 238), “la crisis exige una ‘ciencia integral del hombre’, sin distinguir fronteras artificiales o acomodaticias entre disciplinas afines”.
Algunos investigadores marxistas, como Umberto Cerroni y Ellen Meiksins Wood, utilizan la demarcación de las ciencias en un primer momento del análisis, para en un segundo momento, integrar las humanidades en una totalidad dialéctica en permanente movimiento.
Argumedo (2004) habla de la necesidad de una trans-episteme que penetre las cosmovisiones que impregnan el pensamiento de las clases dominantes y que niegan la historicidad de lo periférico y lo subalterno. De Souza Santos, (2010) usa el término ecología de saberes ante la diversidad epistemológica del mundo y la existencia de una pluralidad de saberes que van más allá del conocimiento científico; y rechaza al mismo tiempo, a cualquier forma de epistemología general. La ecología de saberes se basa en la idea de que “el conocimiento es interconocimiento” (pp. 32-33).

Otros aportes
Entre los investigadores y ensayistas latinoamericanos que realizaron aproximaciones a la mirada colonial sin pertenecer a las corrientes subalternistas, postcoloniales o decoloniales, cabe mencionar a:
Los filósofos y los historiadores sociales citados por Argumedo (2004): José Luis Romero, A. Salazar Bondy, Leopoldo Zea, A. A. Roig, R. Agoglia.

Los cientistas sociales académicos mencionados por Fals Borda (2015) quien los considera como parte de una contracorriente intelectual, en la que se incluye: Rodolfo Stavenhagen, Pablo González Casanova, Eliseo Verón, Theotonio dos Santos, Aldo Solari, Darcy Ribeiro.

Los “parasociólogos”, llamados así por J. F. Marsal (1963): Jorge Abelardo Ramos, Haya de la Torre, A. Jauretche (este último citado por Argumedo, 2004).

El término “parasociología” fue acuñado por Marsal con él designa a ensayistas literarios, cuyas obras tienen estructura científica y carne literaria. Sobresalen las que combinan el marxismo con el nacionalismo ochocentista. Sus textos están ligados a los objetivos actuales de la sociedad y tienen amplia difusión (p. 152). Marsal los excluye del ámbito de las ciencias sociales por su falta de rigor en el empleo del método y porque utilizan a la sociología como ciencia normativa, considerando además que el conocimiento científico tiene exigencias tales como la coherencia interna del sistema y la verificación experimental en el caso de las ciencias no deductivas.

Es de destacar la cita que hace Marsal de las críticas de Ramón Alcalde (1955), donde éste pone de manifiesto la ubicación epistémica de J. A. Ramos:

“Tiene gran razón su crítico Alcalde al rechazar ‘el simplismo infantil’ de las antinomias centrales de Ramos (lo europeo versus lo nacional; imperialismo cultural versus cultura nacional; literatura oligárquica versus literatura popular), aun admitiendo como principio general aceptable el poder de la crítica literaria en función del concepto de clase y su relación entre política y cultura” (p. 153).

Por lo expuesto, no se puede negar que Ramos es un precursor en este tipo de estudios. Fals Borda (2015, p. 238) opina que entre la “sociología científica” y el “ensayo literario” se pueden señalar diferencias en los aspectos formales; pero, en el fondo, dichas diferencias son espurias. En tano, no hay sociología sin política, vale decir sin que afecte los intereses de la colectividad.

La ciencia se fundamenta en una concepción del mundo construida con conceptos que surgen de experiencias socio-históricas concretas, las que son abordadas desde puntos de vista particulares.

Las principales obras sociológicas, que han promovido escuelas de pensamiento e introducido teorías importantes, han tenido siempre consecuencias políticas (Fals Borda, 2015, p.239). Estudiosos contemporáneos han exigido, y se han exigido, la plena identificación de los agrupamientos sociales que se investigan, tanto para obtener información válida como para contribuir al logro de las metas de cambio de dichos agrupamientos (p. 261-262). Este criterio supone el abandono, y hasta el rechazo de la búsqueda de la universalidad, y la adopción de una razón que resalta la diferenciación y acepta fundamentaciones contingentes relativas a marcos de referencia que las legitiman (Samour, 2007, p.3).

Reflexiones finales
Finalmente, para comprender la complejidad del problema, es pertinente comparar las ideas de Ricoeur con las de Foucault y el subalternista Chakrabarty, sobre la verdad científica:

Para Ricoeur (1990), hay una subjetividad buena cuando el investigador evita caer “en una interpretación que se deja dominar por el rencor o seducir por el silencio cómplice” (Beltrán López, 2005, p. 167).

En la concepción de Foucault (1979), cada sociedad tiene su “política general” de la verdad, que es la que establece quienes están a cargo de decir lo que debe funcionar como verdadero, los métodos y técnicas que están calificados para obtener la verdad, y el lugar y momento en que se produce una verdad y se oculta otra.

En lo que respecta a Chakrabarty (1992), el discurso académico de la “historia”, producido en Europa, “continúa siendo el sujeto teórico soberano de todas las historias, incluyendo aquellas que llamamos ‘indias’, ‘chinas’, ‘kenyanas’, etc.” (p. 1); siendo estas últimas simples variaciones de la historia de Europa.

Mientras Ricoeur se refiere al investigador individual; Foucault enfatiza lo institucional, la dominación del poder sobre el saber; y Chakrabarty aborda el tema de la hegemonía eurocéntrica, que engloba a los anteriores. El locus de enunciación es la ubicación geo-política y corpo-política del sujeto que habla.


Bibliografía
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Citas

*1 Profesor Emérito de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública (Universidad del Salvador, Buenos Aires). Magister en Sociedad de la Información y del Conocimiento (UOC, Barcelona).

2 La Filosofía de la Liberación tiene como punto de partida una obra publicada en 1973 por E. Dussel, pero esta corriente, adoptando también el nombre de decolonialidad adquiere gran difusión varias décadas después. Véase E. Dussel (1973) Para una ética de la filosofía de la Liberación donde ya indica el comienzo del discurso de la filosofía de la liberación.

3 El trabajo que aquí comentamos lo hemos tomado de Alcira Argumedo (2004), “Las matrices del pensamiento teórico-político”, En S. Caggiano & A. Grimson, Antología del pensamiento crítico argentino contemporáneo (2015), Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CLACSO.

4. Véase, A. Argumedo, Op. Cit., p. 149.

5. A. A. Roig (1981) Citado por Argumedo, Ibídem, pp. 131-132.

6. Las cursivas son de la autora precitada, p. 149.

7. Argumedo cita a Gramsci, Cuadernos de la cárcel (1958;1962), Buenos Aires, Lautaro

8. La selección de párrafos se basa en la efectuada por R. Fernández Retamar (2004, p.7).

9. Véase R. Agoglia (1978) Conciencia histórica y tiempo histórico, Quito: PUCE, Cit por Argumedo (2004).

10. Véase U. Cerroni (1976), U. Cerroni,; Introduzione alla scienza sociale, Roma; N. Bobbio. (1959). “L'integrazione delle scienze sociali, città e campagna”, Atti del primo congresso nazionale di scienze sociali, 2 voll., Il Mulino, Bologna 1959, vol. 2; A. Boron (2016) “Ellen Meiksins Wood: Su fallecimiento”. [http://www.atilioboron.com.ar/2016/01/ellen-meiksins-wood-su-fallecimiento.html].

11. Por “ecología de saberes”, R. Grosfoguel entiende “la posibilidad de que la ciencia no entre como monocultura sino como parte de una ecología más amplia de saberes donde el saber científico pueda dialogar con el saber laico, con el saber popular, con el saber de los indígenas, con el saber de las poblaciones urbanas marginales, con el saber campesino”.

12. Además de los autores citados por Fals Borda, hay otros como J. Martí, J. C. Mariátegui, Helio Jaguaribe, A. Guerreiro Ramos, A. Methol Ferré, Rodolfo Puiggrós, J. J. Hernández Arreghi, Véase R. Vila De Prado (2007) “El pensamiento de los intelectuales sudamericanos de la corriente nacionalista popular (194-1965). Un análisis crítico”. En Sincronía N° 2. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.

13. R. Alcalde (1957) “Imperialismo, cultura y literatura nacional”, En Contorno N° 5-6 (setiembre 1955), Buenos Aires.

14. La cita de Beltrán López (2005) corresponde a P. Ricoeur (1990), Historia y verdad.,Madrid: Ediciones Encuentro, p. 23

15. D. Chakrabarty, pertenece a la corriente subalternista integrada por historiadores y sociólogos hindúes.



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