La Silla en la Cabeza. Presentaciones

Diversos escritores

Publicado el: 16/05/2014


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Distintas presentaciones al libro 'La Silla en la Cabeza' de Juan Carlos Marín.

Autores:
Primera presentación: Gustavo Forte Julio 2008
Segunda: Gabriel Erdmann
Tercera: Damián Pierbattisti



"Esta nueva edición de "La silla en la cabeza", que el Programa de Investigaciones sobre Cambio Social (PICASO) contribuye y comparte en su realización, es el producto de la iniciativa de un conjunto de personas del ámbito académico, interesados en el conocimiento, difusión y prolongación de un tradición teórico-cultural. Es, a su vez, el modo de enfrentar en el presente la prolongación y actualización de ciertos procesos del pasado.


Se trata, más que un libro en el sentido convencional de la tradición académica, del registro y desgrabación de una conversación informal del autor con un grupo de personas que desarrollaban una actividad en el campo de la filosofía. Material al cual el autor incorpora una serie de fragmentos correspondientes al cuerpo teórico de quien era uno de los personajes de la convocatoria: Michel Foucault. El propósito: otorgar referencias empíricas a las afirmaciones y proposiciones como modo de confrontar la prolongación de una insistente y reiterada irrealidad.



Este trabajo que toma la forma de libro, y que refiere a las condiciones culturales precedentes a las conformación del PICASO, es la expresión de una confrontación en el plano de la teoría y de los desafíos de una tradición cultural, en un momento muy particular como lo era a mediados de los 80. Un período donde se expresaban confusamente los efectos de un largo proceso que desencadenó una guerra civil, que tomó la forma de dictadura cívico-militar, la cual llevó adelante en nuestro país un proceso de aniquilamiento de gran parte de aquellos que expresaban más radicalmente la desobediencia al carácter inhumano del orden social y al monopolio del ejercicio de la violencia; decisión genocida que, por otra parte, formaba parte de un proceso más amplio que tuvo como resultante a escala regional, la hegemonía imperante de las clases dominantes en gran parte de América Latina. En ese período, hacer presente, recuperar y actualizar una cultura teórica crítica, contestataria, era también el modo de enfrentar y luchar contra los efectos resultantes de ese proceso[1] y al mismo tiempo instalar la necesidad de interrogarse acerca de los nuevos procesos políticos que se estaban constituyendo en el país.



Se transitaba los primeros años de un gobierno elegido por el voto popular, proceso que había concentrado una amplia y diversa expectativa de cambio político[2]. Se anunciaba un momento de reestructuración del orden político y en la cultura de los más fervientes impulsores y defensores del carácter de ese cambio, la imagen de "la democracia" -aunque sea al precio de su versión "formal"- cobraba un valor trascendental, al borde de la superstición, opuesta en una apariencia polar a la dictadura: de esta última provenían los males, la muerte, mientras que la primera representaba la vida.



No obstante, desde su inicio, comenzaban también a evidenciarse los obstáculos que debían enfrentarse para lograr construir las condiciones de realización de esas expectativas. Una serie de transformaciones en el amplio campo de la realidad social (en lo económico, político y cultural), como resolución a la crisis de expansión y desarrollo capitalista, habían creado nuevas condiciones, procesos e identidades sociales, las cuales exigían un mayor conocimiento, tanto para lo que en ese momento era la nueva conducción institucional del país, como para cada uno de aquellos que se enfrentaban en cada ámbito a las expresiones de ese nuevo proceso y ordenamiento.[3] Un diagnóstico se imponía: la carencia de un conocimiento de lo pasado pero también de lo que estaba aconteciendo. La reflexión y la toma de conocimiento sobre estás condiciones, llevará a Marín tiempo después, a formular un programa de investigaciones y a advertir, entre otros muchos aspectos, que la refundación buscada del orden de lo político no podía asentarse en el desconocimiento del modo en que se produce y reproduce el orden de lo social.[4] En este sentido, este modesto libro, es una buena muestra de algunos de los desafíos que se planteaban en el ámbito académico e intelectual, en el plano de la teoría y la investigación, en ese momento.



Conocer y enfrentar el modo en que se produce y reproduce el orden de lo social exigía contar con las herramientas pertinentes en el plano de la teoría y el conocimiento; implicaba en el ámbito de la Universidad, enfrentar el vaciamiento y la ausencia de los principales cuerpos teóricos y del trabajo investigativo en el campo de las ciencias sociales -proceso que se había dado complementariamente a la transferencia de la investigación al ámbito privado-, y la ruptura de la relación histórica que la universidad había construido con el resto de los sectores de la sociedad, particularmente, los más pobres.



Es en este contexto, que se produce esta conversación, este encuentro en torno a las lecturas (presupuestas, realizadas o ausentes) de Michel Foucault. Pero toda lectura, digámoslo así, no es neutral, presupone un esquema previo a través del cual se asimila un objeto -en este caso una basta producción intelectual y de investigaciones como el desarrollado por Foucault-, y también ciertos intereses que guían la mirada. Según sea este esquema y estos intereses, ciertas cosas serán observables o no observadas, "pasarán de largo". Al mismo tiempo, tanto losesquemas de asimilación como la identidad de los objetos del conocimiento no son independientes de un contexto o medio social y cultural que le otorga una significación determinada, es decir, se presentan inmersos en un sistema de relaciones con características muy diversas[5].



Una sociogénesis muy particular había ido constituyendo ciertas identidades y ciertos objetos del conocimiento en cuya interacción expresaban una cultura, la cual reflejaba un proceso social perverso y muy complejo que había recortado e instalado una parcialidad de Foucault. La mirada se orientaba a ciertos temas y problemas más que otros, a ciertos textos más que otros, conformando una cierta forma de la verdad.



Por otro lado, parte del instrumental teórico pertinente a la observabilidad de un campo de problemas del ámbito de lo social, como lo es el cuerpo teórico de Marx, formaba parte también de esas ausencias o era fuertemente rechazado e invalidado. Y esto, no sólo por la política sistemática que había implementado la dictadura[6], sino también, como consecuencia de un largo proceso a escala mundial, donde se conjugaban momentos represivos a las expresiones intelectuales más radicalizadas de algunas Universidades del mundo -como en los 60 y 70-, con losefectos de las deformaciones -y en algunos casos aberraciones- que se hacían del pensamiento de Marx, por parte de distintas variantes del marxismo, en sus análisis de los procesos políticos y sociales.[7]



Si alguien había aportado de manera creativa y original al conocimiento del modo en que se produce y reproduce lo social, retomando un campo de observación ausente, ese era (y lo sigue siendo) Foucault. En este sentido, este libro es un esfuerzo por hacer presente, al Foucault que en ese momento, ha desaparecido; el que expresa, en parte, una tradición teórico-cultural vinculada a Marx. Asimismo, en la medida que avanza en esa dirección refleja también algunas de las formas sociales y las personificaciones en que se expresaba ese procesamiento de Foucault como de Marx.



La silla en la cabeza es un esfuerzo por hacer observable ese proceso de desarme intelectual -y moral en correspondencia-, de su naturalización y normalización: la exclusión del campo de la formación intelectual y académica de aquellos cuerpos teóricos cuyos instrumentos permitirían observar ciertos procesos, leyes, mecanismos, contradicciones en la génesis estructurante de un orden social. Desarme que también se expresaba, en una cierta deformación, en la mediación que construye una relación no directa, a partir de otros intereses y esquemas de asimilación; en el aislamiento y desconexión de los cuerpos de conocimiento que se desprendían de dichas teorías así como de sus interacciones con los avances científicos en otros ámbitos de la ciencia, lo cual, tornaban inobservables las dimensiones del proceso por el cual una teoría se amplia y actualiza; en consecuencia también inhibía el desarrollo de futuras investigaciones en esa tradición teórica y cultural.



Este texto muestra en Foucault (si bien no lo reduce a esto), el proceso por el cual una teoría, una tradición teórico cultural se amplía y actualiza a la luz de nuevos conocimientos. En ese sentido, la teoría no es un sistema cerrado, sólo anclada a las condiciones que le dieron origen, sino una estructura abierta en un proceso complejo en permanente estructuración y equilibración en la medida en que es asimilada como tal: una guía para la observación, y no para su recitación; que exige un permanente enriquecimiento y actualización con las condiciones de la realidad político-social imperante mediante investigaciones fuertemente empíricas y sus correspondientes análisis vinculados a cambios que se producen en situaciones históricas concretas y con relación a la diversidad de las confrontaciones que mantiene con otras teorías.



Finalmente, el desenvolvimiento del intercambio entre la exposición y las intervenciones que componen el libro, deja entrever la existencia de un operador que hacía aún más compleja esta relación. Es una conversación muy cercana al proceso genocida acontecido en nuestro país y en esa medida, refleja de algún modo los efectos del proceso de aterrorizamiento de una parte de la sociedad argentina[8]. El operador del terror instalado en cada cuerpo pareciera constituir entonces otra dimensión explicativa de la ausencia de ciertos temas y/o problemas. Por otra parte, la convocatoria a éstos o el simple hecho de reflexionar sobre ellos, dispara un conjunto de imágenes, sensaciones corporales que producían en ciertas identidades una resistencia, una parálisis o el sentimiento de la huida inmediata. A la vez y como contrapartida, se atribuye al que habla, al que refiere a ciertos procesos, el desencadenamiento o la reinstalación fantasmal de ese terror, como si, de algún modo, se expresara una relación fetichista con la amenaza de muerte[9].



Quizás sea esto lo que permita comprender el reclamo de la legitimidad de prolongar una identidad aficionada del saber bajo la forma de su propio deleite intelectual. Un refugio para una reflexión y una acción mutiladas. No nos parece que sea esta la forma de enfrentar el problema. Por el contrario, se trata de asumir de modo más conciente, con mayor conocimiento la raíz de las condiciones reales de existencia (biológicas, psicológicas y sociales) de la especie, y como bien señaló Marx, "la raíz para el hombre es el hombre mismo".



Gustavo Forte

Julio 2008



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[1] También una tradición teórico cultural formaba parte del campo de los desaparecidos, los mutilados, losdemolidos moralmente y se imponía recuperarla en su identidad plena.

[2] El antecedente inmediato a la llamada "apertura política" o "democrática" lo había constituido la derrota militar de la dictadura en la guerra de Malvinas por una potencia extranjera. Esto, sumado a las preexistentes luchas políticas internas, le imponen un repliegue, para lo cual entra en acuerdos con la clase política.

[3] Sólo por mencionar algunos, los cambios en la estructura empresarial a partir de la constitución de nuevos grandes grupos económicos diversificados; la magnitud y peso que había alcanzado la deuda exterior del país y la presión de los acreedores y los organismos de crédito internacionales; la construcción de la identidad del desaparecido y la del sobreviviente como consecuencia del proceso genocida; el procesamiento judicial dominante como modo de relación con lo sucedido; etc.

[4] Juan Carlos Marín, Documento fundacional del Programa de Investigaciones sobre Cambio Social (PICASO), Instituto de Investigaciones de la Carrera de Sociología, 1988, Buenos Aires.

[5] El aspecto individual, la psicogénesis del conocimiento en este proceso, estaría dada por los mecanismos de adquisición de esos objetos en dichos contextos y con tales significaciones. Ver, Jean Piaget y Rolando García, Capítulo IX: Ciencia, psicogénesis e ideología, en Psicogénesis e Historia de la ciencia, Siglo XXI editores, 1998, México.

[6] Incluso, llegó a prohibirse la matemática de conjuntos por sus referencias a las clases, y a una lógica de la reflexión.

[7] Un ejemplo de un esfuerzo por desestructurar estos esquemas limitantes del pensamiento de Marx, puede verse en J. C. Marín, Conversaciones sobre el poder, Oficina de Publicaciones del Ciclo Básico Común, Bueno Aires, 1996. Para una mayor amplitud de estas cuestiones ver también el excelente trabajo de Eric J. Hobsbawm "El marxismo hoy: un balance abierto" en Storia del Marxismo, t. IV, ed. Einaudi, Turín, 1982.

[8] Una aproximación a la magnitud y características de los efectos de este proceso, puede verse en Jacoby, Roberto ¿Se puede vencer el miedo? Una exploración sobre el miedo en la sociedad argentina. Revista Crisis Nro. 48, noviembre 1986, Buenos Aires.

[9] Tal vez esto formaba parte y daba fundamento también a esa difundida imagen de falsa equivalencia que se denominó teoría de los dos demonios.





Segunda presentación:



La cabeza en la silla A Edgardo Vannucchi





(...) Propiedad no significa entonces originariamente sino el comportamiento del hombre con sus condiciones naturales de producción como con condiciones pertenecientes a él (...) como con presupuestos naturales de sí mismo, que por así decirlo, sólo constituyen la prolongación de su cuerpo (...).

(Marx, Karl. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, México, Siglo XXI, 1978, Tomo 1, p. 452).



(...) Si en Marx hay cosas verdaderas, se pueden utilizar como instrumentos sin tener que citarlas, ¡ya las reconocerá quien quiera! o quien sea capaz (...).

(Foucault, Michel, en Pol Droit, Roger, Entrevistas con Michel Foucault. Buenos Aires. Paidós, 2006, p.92).



(...) Me parece que un cierto modo de interpretar estas cuestiones Marx o después de Marx forma parte de un terror que me remite a hace 10 o 15 años, del cual nosotros, los que nos quedamos hemos padecido (...). (Abraham, Tomás en Marín, Juan Carlos. La silla en la cabeza. Michel Foucault en una polémica acerca del poder y saber. Buenos Aires, Nueva América, 1987, p.105).







Democracia y terror subjetivo



Queremos comenzar este análisis considerando como punto de partida un momento clave de la historia política argentina de las últimas décadas: el gobierno de Raúl Alfonsín y la reapertura democrática, con sus promesas de cambio, paz social y justicia, que un conjunto importante de intelectuales compraron"in toto"1, sin advertir que en varios aspectos no era el mejor antídoto contra el terror que vivía la sociedad argentina en su conjunto. El alfonsinismo, como así también el partido justicialista y sectores importantes de la izquierda en sus más variadas versiones, expresaban fehacientemente los efectos de esa lobotomía social que el país sufría luego del experimento genocida. Uno de los ejemplos más cabales en ese sentido y en esa dirección fueron los denominados juicios a las juntas militares, frenados por las leyes de Punto final y Obediencia Debida2, cuyo argumento más aceptado sostenía que ese problema se resolvería en el marco de un proceso de judicialización que la sociedad debía acompañar en su totalidad. Se creía (aún se cree) que los mecanismos jurídicos eran las mejores armas para enfrentar una realidad atravesada por el terror al que muchos argentinos se asomaban por primera vez cuando la TV y la prensa escrita informaban de la aparición de cementerios clandestinos, tumbas NN, campos de concentración y otras imágenes del horror. Lo que ahí aparecía era la encarnadura misma de ese terror que la última dictadura militar había implementado sistemáticamente sobre la sociedad argentina. El desafío que ese momento planteaba (y que aún hoy no se ha procesado socialmente en su totalidad) era intentar preguntarnos: qué pasó, cómo pasó y por qué pasó.



Considerar que esta problemática crucial para la Argentina como sociedad podía ser resuelta únicamente por la maquinaria judicial3, era caer en la trampa de la operación discursiva y política de los sectores dominantes. Era esconder bajo la alfombra aquello que no queremos y debemos enfrentar porque nos aterroriza, en definitiva es el nombre de nuestros miedos.



En función de lo que estamos describiendo, cabría precisar una cuestión nodal que vincula a ese pasado no tan lejano con este presente que nos invita a esta reflexión: nos referimos al terror subjetivo. La base del mismo se sustenta en un mecanismo de dominio que el poder ejerció implacablemente sobre los cuerpos (individuales y colectivos) cuestionadores del bloque dominante. Esto implicó un quiebre de la relación que cada uno establece con su propio cuerpo. Tanto que el intento por recuperar esto que se ha perdido, al actualizar la posibilidad de la lucha, plantea un desafío contra la diseminación de este terror, siempre amenazante. Porque dicho de un tirón: lossectores populares (sobre todo entre 1966 y1976) fueron dueños de sus propios cuerpos en diversas instancias políticas, sociales y culturales, poniendo en peligro a la "corporeidad" burguesa. Por eso, si algo nos recuerda la marca de la dictadura, es la pérdida de nuestra capacidad de generar efectos sociales, a partir del motor que es nuestro propio cuerpo, que es materialidad y conciencia crítica a la vez. Es en este contexto político, social e ideológico que aparece la primera edición de La silla en la cabeza (1987). Tanto que el trasfondo de esta cuestión es la que late en este texto que hoy se reedita.



Un encuentro necesario



En 1984, Juan Carlos Marín publica la primera edición completa4 de Los Hechos Armados. Un ejercicio posible, que es el primer libro clave dentro del campo de las ciencias sociales que trata de responder a algunas de estas problemáticas acuciantes, centrándose en la etapa previa a 1976 y localizando sus análisis en lo que él llamó "la acumulación originaria del genocidio en la Argentina". Es por este acontecimiento que Tomás Abraham lo convoca en el marco del CAF5 (que él dirigía) para discutir algunos ejes que estarían presentes en ese trabajo, varios de loscuales estaban vinculados con la actividad teórica que Marín venía desarrollando en la Argentina (y fuera de ella también) y que establecía una lectura muy particular de Michel Foucault en la constelación de una profunda mirada marxista de la realidad, que, relacionadas con otras concepciones, el autor viene trabajando desde hace más de 50 años.



Tanto Marx como Foucault se debían un encuentro no sólo posible, sino necesario, diríamos imprescindible. Ambos estaban prácticamente ausentes de la Universidad y del campo intelectual argentino. Y si asomaban por un rato lo hacían en forma sesgada y fragmentada, fuera de un programa de investigación sobre bases rigurosas. Marín fue la primera excepción al respecto6. Aún así consideramos que no se trata de demostrar quién tiró la "primera piedra", sino de establecer si es posible seguir un determinado andamiaje categorial. En esa dirección tanto en Los hechosarmados (cuyos originales se remontan a 1977) como en Las conversaciones sobre el poder7 (las primeras son de 1978) hacen explícita y discuten esa relación, antes que muchos en el campo intelectual local. Estas ausencias y desencuentros entre Marx y Foucault que el autor viene a cuestionar, están sostenidas muchas veces en la apoyatura de un artefacto teórico inadecuado y atravesadas por la marca del terror subjetivo ya aludido que también alcanzó a muchos de nuestros intelectuales. Esta marca recurrente dibuja un recorrido que está presente a lo largo del libro que hoy vuelve a aparecer.



La circulación social de un rumor a partir de la frase "la silla en la cabeza" por sobre lo que se discutió ese día, fue el disparador más importante que llevó a Marín a publicar el texto. El mismo, en su versión definitiva, tiene toda una historia. Es que una cosa es la desgrabación del material en bruto y otra distinta es la operación de "montaje" que Marín realiza con los textos de Foucault. Aquellos que él tiene en la cabeza en el mismo momento que discute con el auditorio y que el efecto de la escucha de la cinta le provoca. Arrastrado como por una "ráfaga de voluntad" escribe en tres días este texto, que será otro, ya definitivo: "La silla en la cabeza". ¿Qué había sucedido? En la primera transcripción se da cuenta que "su" Foucault no es el mismo que el de sus supuestos "contendientes". Lo que no sólo justifica la interpolación de textos que apoyen su posición, sino que a partir de esta interesante operación (a la que no estamos acostumbrados cuando debatimos) buscó intencionalmente provocar un "eco", generar respuestas, no sólo de ese auditorio en cuestión, sino del denominado campo intelectual argentino, porque a él también estaba dirigido. Ni en forma oral o escrita, en estos últimos veintiún años, sucedió eso. Lo que es un síntoma.



La modificación del título (no así del contenido) no es un mero homenaje al autor de El Capital, sino la necesidad de hacer explícita una relación que en conjunto con el "objeto Foucault" navega en el texto y tiene sus evidentes anclajes. Es a partir de este nuevo encuadre que surge el deseo de escribir un nuevo prólogo, lo que motiva asimismo redefinir la clave de lectura, para pensar esta Argentina de 2008.



Desde dónde leerlo hoy



Hay un par de interrogantes que requieren de respuestas precisas, y que además fijan nuestra posición ante el objeto de análisis que queremos inteligir: ¿qué nos interesa del texto?, reposicionar a Marx hoy. ¿Desde qué perspectiva?, como un elemento político-teórico fundamental para (re)pensar el capitalismo, como un eje nodal para crear un arma moral en lucha contra el sistema. Es lo que esencialmente queríamos destacar, y a partir de esta motivación política-teórica, intentar promover el encuentro con Foucault, aquel que se inserta en el análisis emergente del concepto de poder en sus diversas facetas, y que abarca el período entre 1968 y 1976, en donde Foucault quiere establecer su proyecto analítico del orden burgués, perspectiva que sin lugar a dudas lo "emparentan" con Marx.



En ese sentido, en la constitución de estas coordenadas la relación no es de oposición (a contramano de lo que muchos creían en esa reunión) sino de complementariedad. En esa dirección nos sirven para pensar la construcción social de la subjetividad en el sistema capitalista. Desde Marx, analizando cómo es posible la relación de la explotación del capital sobre los cuerpos; desde Foucault, en función de indagar la acción sobre los mismos de determinados mecanismos de saber-poder. Marín encuentra este cruce en la operación de lectura focalizada, por un lado en La contribución a la Crítica de la Economía Política (1859) por el otro en Vigilar y Castigar (1975). En ambas obras emerge con claridad uno de los ejes teóricos-metodológicos absolutamente indispensables para pensar el capitalismo de los últimos doscientos años: el cuerpo-los cuerpos como el ámbito de desarrollo de la explotación, la lucha de clases, el disciplinamiento y los nuevos dispositivos de saber-poder que la etapa industrial del capitalismo trae aparejados. Es dicho eje, este observable subjetivo y social, el terreno fundamental que la última dictadura burguesa unificada y criminal elige como el lugar para desarrollar sus experimentos desaparecedores y sobre todo generar mecanismos y efectos que serán el nombre de muchos de nuestros temores aún hasta hoy.

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El desafío que "La silla" viene a proponer, implica la necesidad de establecer una programática de investigación que contemple esta relación, para profundizarla y utilizarla como "formidable arma de lucha". En el texto que analizamos el cruce de estas líneas es clara, la separación también. La misma tiene que ver con los recorridos de la historia política y epistemológica del autor8. El mismo trabaja estas cuestiones desde un operador teórico básico, política y socialmente hablando: la lucha de clases y la complejidad de sus manifestaciones. Es desde el "marxismo de Marx" que Marín se choca con Foucault, "se lo lleva por delante". De ahí la necesidad de reposicionar a Marx, para pertrecharnos con el filósofo francés y recuperar un terreno perdido en la tragedia social y cultural por efectos del sistema capitalista, a partir de la cual la dictadura logró una de sus victorias más importantes: una sociedad disciplinada y una franja considerable de sus intelectuales "desarmados", perfectamente acoplados a ella. Si algo refleja este texto es esta problemática.



Por eso retomando lo que decíamos en el contexto, uno de los ejes fundamentales que atraviesa el libro es el efecto del terror subjetivo sobre la sociedad argentina, cuya permanencia todavía hoy es evidente9. Marín y sus "contendientes" no solamente no hablaban del mismo Marx o Foucault: la dificultad emerge en la impotencia de intentar relacionar las problemáticas pensadas por estos autores en función de un presente marcado por el efecto de dicho terror inaugurado en 1976. El mismo que creó las condiciones de instauración de una democracia, con sus promesas de paz social y olvido. Marín remarca esta situación que duerme en el sueño de un sistema político que sólo llevaba tres años en el momento en que se desarrolla esta discusión. Si antes de 1976 en el "bosque de lossignos" la palabra polémica (que tiene su origen en polemos-guerra) estaba cargada de un significado que no remitía únicamente al peso de las armas, sino a las armas de la crítica, después del 24 de marzo, polemos es muerte, destrucción, desaparición[1]. El peso de los muertos atormenta la conciencia de los vivos. Una vez más el terror nos alcanza. En este recorrido Marx y Lenin, son sinónimos de revolución y revolución es muerte. Foucault tampoco se salva, pues en su faceta que lo muestra a galope de la crítica a la democracia liberal, trayendo a colación por ejemplo el tema de la guerra o la lucha de clases, también actualiza el terror[2]. Es el pasado que nos acecha, entonces mejor "hacer las valijas" (como dice Abraham), o quedarse y ver "cómo podemos cambiar la realidad, pero sólo un poquito" (otra vez Abraham).



La otra cuestión la plantea el propio Marín y es en verdad el momento más político del texto, casi un giro militante: "o esta realidad social en la cual vivimos (inserta en el sistema capitalista y sus formas de acumulación) nos incomoda o todo lo contrario". En el primer caso tenemos un problema que nos incita a pensar y actuar. En la segunda instancia, pensamos con las armas categoriales del "enemigo" (otro término diluido por efectos del terror del discurso "democrático"). Por eso una cosa es "jugar" a la filosofía y otra muy distinta es poner el cuerpo[3]. Desde esa incomodidad plantean sus proyectos tanto Marx, Foucault como Marín. El enemigo es común a los tres, de ahí la necesidad de establecer un puente, vasos comunicantes, y vinculaciones con el presente. En estos recorridos encuentra su marca "lo político del texto", de la mano de motivaciones teóricas. Por esto último sostenemos que aquello que puede llegar a constituir una estrategia política, sería endeble de no ser acompañado de un proyecto de investigación en función de la construcción social de conocimiento. Si hay algo que le faltó en muchos aspectos a esa generación que hizo del "cuerpo su política" fue esto último. Por eso no debe asustarnos el desafío que tanto en 1986 como hoy sigue manteniéndose incólume: retomar los recorridos y trazos que en materia de pensamiento dejaron inconclusos tanto Marx como Foucault y seguir avanzando (la otra figura espejada al respecto es Gramsci).



Hay otra problemática que recorre el texto y nos vincula con el presente, pero que el terror ocluye, bloquea y muchas veces impide pensarla: es la cuestión de la violencia como un entramado discursivo y extradiscursivo en tanto que remite a experiencias circunstanciadas, insertas en la cotidianeidad de las relaciones sociales. ¿Qué es la explotación-el plustrabajo, si no violencia? ¿Qué es el panóptico o la acumulación social de los cuerpos, si no violencia? ¿Cómo comprender la acción punitiva sobre los mismos que fue ejercida por la dictadura en tanto suplicio, castigo y disciplina sin tener en cuenta este operador analítico? Lo que es más grave aún: ¿Cómo entrever sus efectos en ese ayer (que se hace carne cuando sale a la luz el tema Malvinas o desaparecidos) y su prolongación más de veintiún años después? Negar o soslayar este tipo de relaciones, problemáticas, tópicos, implica no ponerse "uno mismo" como objeto de análisis social, es "desarmarse ante el enemigo". No se trata de extrapolar a Marx o Foucault en función de encontrar simetrías y caer en reduccionismos improductivos, como hanhecho muchos al respecto. La cuestión es aprovechar la riqueza teórica de estos dos grandes intelectuales a nivel "general" como base y estímulo para enfrentarnos con los dilemas que nos tocan vivir en nuestra "localización" pertinente, esto es: la sociedad argentina. La actualidad de La Silla es que es un texto en donde late una profunda motivación política en función de la construcción social de conocimiento en tanto posible herramienta de trasformación de la realidad. En este camino sin embargo nos encontramos con un severo límite: la ausencia de Marx en la Universidad y en el campo intelectual local (y no sólo local) tanto en ese contexto pos-dictadura de 1986 como incluso hoy. El libro es la manifestación de un microespacio en donde esa ausencia es notoria y devela un síntoma mucho más amplio y complejo. No se lee a Marx, no se lo conoce, y sin esta operatoria clave ¿cómo se puede leer a Foucault? ¿Qué se entendió del mismo? De allí que consideramos imprescindible el reposicionamiento, la recontextualización de Marx en la actualidad. La modificación del titulo apunta a esa manifiesta, imperiosa necesidad política y teóricamente "no correcta", de resituar a Marx, cuando muchos lo creen muerto y enterrado desde la caída del Muro. Y desde ahí provocar el encuentro con el Foucault que más nos interesa, desgajándolo de lecturas exclusivamente nietzscheanas[4] o posmodernas, que nos han "intoxicado" bastante, porque en verdad ambas problemáticas responden en algún punto a dos fenómenos que forman parte de una misma faceta: la derrota del socialismo a nivel mundial[5] y la acumulación originaria que llevó al genocidio conlos 30.000 desaparecidos en nuestro país. Esto último no significa negar la posibilidad de la lucha hoy, de generar nuevos espacios de resistencia y avances en la construcción de nuevas subjetividades, de la necesidad de metabolizar nuestros miedos. Simplemente implica registrar la dureza de una huella que nos robó una generación, y que cerró un ciclo de luchas, basado en la ampliación de una territorialidad social que por primera vez en nuestro país (a pesar de sus limitaciones) mostró la posibilidad de derrotar al enemigo en su propio campo. Por eso la represión y la consiguiente desarticulación del campo popular fueron tan grandes buscando no dejar lugar a dudas.



Ahora, si entre 1976 y 1983 la dictadura implementó un mecanismo de terror en donde el suplicio se combinó con otras formas de control social[6] en gran escala, ¿qué nuevas configuraciones adquiere el disciplinamiento social desde 1983 a nuestros días? Es una pregunta clave, difícil pero necesaria. Sólo Marín y unos pocos se la formulaban en 1986 cuando muchos creían blanco sobre negro que el pasado era nada más que una larga pesadilla. Algo ambiguo, difuso, que muchos creían que podía ser espantado por la caja vacía de un olvido sin sentido o por la amenidad y la charla entre amigos. Pero la caja está llena y el pasado burila nuestras conciencias, vuelve. Ése es el problema. Claro que no cualquier pasado. El mismo se hace presente de alguna manera cuando ese auditorio se encuentra con una pregunta reubicada en función de un hoy insoslayable. De ahí la necesidad de interrogarse sobre las nuevas formas de disciplinamiento antes mencionadas que se despliegan sobre la Argentina y los mecanismos en ese momento necesarios, para garantizar el nuevo régimen de acumulación de la sociedad capitalista. Si la masacre tal cual la conocimos, ya no tiene esa funcionalidad, justo y coherente es plantearse por esas nuevas modalidades en relación a un presente en donde se articula dicha discusión. A Foucault le hubiera interesado encontrar una respuesta posible a esta cuestión y la carga de desafío que la misma lleva implícita, tanto como (eso suponemos) a un auditorio en donde este intelectual tiene tanta presencia como Marx en Marín. Sin embargo, no hay respuesta. Nos preguntamos si en verdad es porque no la tienen o porque el terror les impide pensar (o las dos cosas) ¿Pero solamente a ellos? Es que uno de los rasgos distintivos de ese disciplinamiento social estaba presente en los intelectuales universitarios en ese momento de la "primavera democrática". El cuerpo académico es el producto de un cuerpo aterrorizado, la reestructuración de ese ámbito es un campo propicio para el desarme intelectual. Es un ejemplo en pequeña escala de lo que paralelamente sucedía en gran parte de la sociedad argentina, y que se acentuó en los noventa cuando los panópticos se refinaron y la sociedad de control[7] puso su impronta. Ya no hace falta el Ejército en las calles, porque el terror subjetivo es la nervadura que organiza y sostiene el espacio social. Esta prolongación nos hace preguntar hoy, por las características actuales de este proceso: si la ausencia de Marx en la universidad y en el campo intelectual-político argentino, sigue constituyendo el efecto de ese desarme. Si esta ausencia no explicaría en parte nuestra imposibilidad de pensar estrategias políticas-sociales y construir armas morales en la lucha contra un sistema que nos oprime y nos sigue incomodando. De ahí, creemos, la dificultad del encuentro con Foucault que el libro pone en evidencia.



Es un texto que trabaja con las claves del presente desde la perspectiva materialista de la historia. Hay una constatación fáctica: el análisis no se ha modificado y las transformaciones políticas y culturales de estos últimos veintiún años no han erosionado algunas hipótesis que siguen siendo válidas y merecen ser profundizadas en un presente surcado por los mismos interrogantes sumados a otros nombres y circunstancias. El texto nos sigue interpelando. A nosotros y a nuestros miedos. De ahí su vigencia. Es un puzzle que nos incita a pensar. Porque de lo que se trata es de poner las cosas en su lugar, esto es: rescatar la importancia y la actualidad de un libro que radica en algo mucho más trascendente que en la circulación de un mero rumor. Se trata de poner "la cabeza en la silla".





Gabriel Erdmann

Profesor de Historia

Buenos Aires, agosto de 2008



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1 Aquí hago referencia a un sector muy importante del campo intelectual argentino, que ya desde el exilio (otros desde acá) hicieron explícito su apoyo al gobierno de Alfonsín. Incluso varios de ellos colaboraron con su proyecto. Muchos se nucleaban en el aún hoy existente Club de Cultura Socialista. Los más destacados han sido, José Aricó y Juan Carlos Portantiero. Años después algunos de ellos hicieron lo mismo con la experiencia abortada del gobierno de la Alianza.

2 Tanto la ley de Punto Final (23.492) como la de Obediencia Debida (23.521) fueron aprobadas el 23 de diciembre de 1986 y el 4 de junio de 1987 respectivamente. Las mismas están determinadas por los acontecimientos que van desde el Juicio a las juntas militares (1985) al alzamiento carapintada (1987). En junio del 2005 la Corte Suprema de Justicia las declaró inconstitucionales agilizando los procesos judiciales que habían quedado cerrados y eliminando el paréntesis establecido por el menemismo con los Indultos.

3 Tanto la teoría de los "dos demonios" (Pablo Giussani, Ernesto Sábato, entre otros) como los andamiajes jurídicos que se le acercan (Carlos Nino) abonaron esta posición. Hoy en día no es el caso de todos los organismos de derechos humanos (por ejemplo, la Asociación Madres de Plaza de Mayo tuvieron un apoyo crítico a los juicios). La desaparición de Julio López (2006) y el juicio a Von Wernich (2007) ponen sobre el tapete la cuestión de la distancia entre los delitos y las penas. Reactualizan un debate que la sociedad argentina todavía se debe.

4 Los hechos armados. Un ejercicio posible, Buenos Aires 1984, ediciones CICSO (Centro de Investigaciones de Ciencias Sociales). Ya son tres las ediciones, publicadas por La rosa blindada, la primera de 1996 y la última (aumentada y corregida) es de 2007, y tiene como subtítulo: La acumulación originaria del genocidio. Fue editada en el marco del PICASO (Programa de Investigaciones sobre Cambio Social, Instituto Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA).

5 Nos referimos al Colegio Argentino de Filosofía (hoy transformado en seminario de los jueves), que a mediados de la década del 80 crea Tomás Abraham. Por esos años este intelectual, considerado uno de los introductores de Foucault en la Argentina, es nombrado profesor titular del CBC en la UBA. Entre 1992 y 1994 dirige con Cristian Ferrer la revista La caja. Fueron (algunos son) parte de estas experiencias en distintos momentos de estos recorridos: Alejandro Russovich, Alicia Páez, Esther Díaz, Hebe Uhart, Roberto Jacoby, Carlos Correas, Ricardo Miro, entre otros.

6 Desde las ciencias sociales cronológicamente hablando Marín es el primero que realiza este cruce. También rescatamos (aunque desde otras perspectivas) el trabajo de la profesora Susana Murillo, por eso recomendamos su libro "El discurso de Foucault: Estado, locura y anormalidad en la construcción del individuo moderno". Buenos Aires, UBA- CBC, 1996. En el terreno de la filosofía León Rozichtner ha establecido un diálogo crítico con el pensador francés (ver Las desventuras del sujeto político, Buenos Aires, El cielo por asalto 1996). También desde otros marcos teóricos lo ha hecho Oscar Terán (ver De Utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual. Buenos Aires, Siglo XXI, 2006). El caso de Marx, reviste mayor complejidad aun así resaltamos el trabajo intelectual de: José Aricó, Pablo Levín, Alejandro Horowicz, Eduardo Grüner y por supuesto el mencionado Rozichtner.

7 Conversaciones sobre el poder .Una experiencia colectiva. Buenos Aires. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, oficinas de publicaciones CBC-UBA. Primera edición completa Diciembre de 1995.

8 Me refiero por un lado a las necesidades de opción política y de militancia social en el que Marín estaba inserto en el momento que se "encuentra" con Foucault en los años '70. Y por otro, a la propia historia de Foucault en esos aspectos, lo que no impide cruzar coordenadas e intereses en común.

9 Un ejemplo cabal de los efectos de este terror se evidencia en las dificultades que todavía existen para encarar determinadas problemáticas en gran parte del campo intelectual. La primera polémica que después de 1983 aglutina en torno de la violencia política a un segmento importante de este campo, es la que motivó la carta de Oscar del Barco, titulada "No matarás" en la revista cordobesa La intemperie, numero 17, Diciembre del 2004 (como respuesta a una entrevista a Héctor Jouvé, ex miembro del EGP en el número anterior) y que fue publicada (en forma incompleta) bajo el título Sobre la responsabilidad: No matar, varios autores, Córdoba 2007, El Cíclope Ediciones/ La intemperie/Editorial de la UNC.

[1] Coincidimos plenamente con Alejandro Horowicz "(...) Entonces para evitar la muerte toda lucha debe ser ocluida y para evitar la lucha, toda diferencia conceptual (el socialismo por ejemplo) debe ser eliminada del escenario político y social. La cadena del horror queda construida (...) evitar la diferencia, el debate sobre la diferencia; debaten los que están de acuerdo sobre las maravillas de la democracia sin debate, porque el debate remite al combate y el combate a la derrota, al exilio y a la muerte (...)". (Los cuatro peronismos. Buenos Aires, Planeta 1990, La democracia de la derrota p. 30)

[2] Para estos temas recomendamos la discusión que mantienen Michel Foucault y Noam Chomsky en 1971, en la televisión Holandesa .Titulada: "La naturaleza humana: Justicia contra Poder". Primero publicada en La Filosofía ylos problemas actuales, Madrid, 1981, Fundamentos, primera Edición en español y luego en versión actualizada publicada en el 2006, por Katz Editores.

[3] Creemos que es pertinente citar sobre esta cuestión de "poner el cuerpo" (como un ejemplo de la generación a la cual pertenece Marín), lo que dice María Pía López:

"(...) El Estado terrorista desalojó las calles de los cuerpos que en ella reclamaban otros tránsitos políticos, otras formas de organización social: los aniquiló, los atemorizó, los expulsó. Y de ese modo discontinuó lo que era propio de las luchas políticas hasta los setenta: su centralidad en el cuerpo.(...)".

"(...) Poner el cuerpo, es sinónimo de arriesgarlo, poner en suspenso el instinto de la conservación vital. Y de demostrar los riesgos de hacer cuerpo con la política, de hacer política con el cuerpo, se encargaron los genocidas (...)". (Mutantes. Trazos sobre los cuerpos, Buenos Aires, Colihue, 1997, p.72).

[4] No negamos la centralidad de la presencia de Nietzsche en Foucault, pero evidentemente no es la única. Es como negar la influencia de Hegel en Marx. Aun así Foucault es más que un empedernido nietzscheano tanto como Marx un hegeliano dado vuelta.

[5] No hay que circunscribir la derrota del socialismo a nivel mundial a la caída del Muro y la crisis de la URSS en forma burdamente sincrética como hace la derecha y cierta izquierda adosada. Creo que es un tema en donde todavía queda mucho por decir.

[6] Sobre esta cuestión clave de la no "extrapolación mecánica" de Foucault a la problemática argentina de losúltimos treinta años creo que hay tres ejemplos que resaltan sobre el resto. El primero escrito por Emilio de Ipola en 1978 pero publicado mucho después, me refiero a La Bemba. Acerca del rumor carcelario y otros ensayos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, luego, Calveiro, Pilar: Poder y desaparición: Los campos de concentración en la Argentina. Buenos Aires, Colihue, 2004 y el ya citado de López, María Pía, Mutantes. Trazos sobre los cuerpos de la misma editorial.

[7] Me refiero a los nuevos mecanismos de control sobre la subjetividad que Foucault no pudo ver y que apuntan a las nuevas formas de acumulación social dentro del sistema capitalista. Pregunta que Marín se hizo en "La silla" hace más de veintiún años. A nivel mundial sin dudas el texto que abre el debate al respecto es el de Deleuze, Gilles: "Post-scriptum sobre las sociedades de Control". Incluido en Conversaciones (1972-1990). Gilles Deleuze, Valencia, Pretextos, 1995.





Tercera presentación:



Marx-Foucault-Marín: el cuerpo como territorio de la confrontación social.





Para las distintas generaciones de estudiantes que pasaron por la carrera de sociología de la Universidad de Buenos Aires, desde la primavera democrática hasta nuestros días, "La silla en la cabeza" se fue convirtiendo, paulatinamente, en una fuente de pertrechamiento intelectual, político y moral que signó fuertemente nuestra formación humana, en el más amplio sentido de la expresión. Una conferencia que giraba en torno a la lectura que el profesor Juan Carlos Marín había producido de la obra del filósofo francés Michel Foucault en su articulación con el cuerpo teórico de Karl Marx, produjo este texto notable; lectura obligada para todos aquellos que nos sentimos fuertemente convocados por la investigación en el campo de las ciencias sociales desde una perspectiva que procura confrontar, científicamente, el ordenamiento social de los cuerpos que impone el régimen capitalista de producción.



Marín nos propone, en este trabajo, una articulación particularmente sofisticada de los programas investigativos de Marx y Foucault, resaltando el vértice estratégico en el cual ambos pensadores se encuentran: el cuerpo; pero el autor produce un reajuste fundamental, y nos obliga a reflexionar sobre la construcción histórica del cuerpo en función del operador teórico político a partir del cual Foucault se vuelve el complemento imprescindible de Marx: el enfrentamiento.



En efecto, Marín recupera al Foucault que procura historizar los mecanismos disciplinarios y su íntima relación con la construcción de un cuerpo específico, que se encuentra subordinado a la necesidad del capital de construir fuerza de trabajo. Para comprender los modos que asumen el procesamiento de los cuerpos bajo la formación social capitalista, no se trata de limitar el análisis a la expropiación de las condiciones materiales para la reproducción de la existencia: es preciso, a su vez, articular esta dimensión con las diversas técnicas a las que loscuerpos son sometidos para su docilización, sin la cual su consumo productivo es imposible. De este modo, el cuerpo de la disciplina presupone un momento en una confrontación infinitamente más compleja, cuya reconstrucción Marín nos permite objetivar, incitándonos a prolongarla en investigaciones empíricas concretas; construyendo objetos de conocimiento originales y novedosos.



En tal sentido, la agudeza intelectual de uno de los fundadores de nuestra carrera nos permite volver observable otro vértice de la relación Marx-Foucault. Se trata, pues, de observar los modos en los que se construye un orden social a partir del enfrentamiento cotidiano entre los cuerpos. A lo largo de sus múltiples investigaciones, Marín procuró siempre ampliar el fetichizado eje "burguesía-proletariado" para captar la complejidad de tal confrontación. Es por esto que siempre destacó el avance investigativo que provocó Foucault al volver observable la construcción de lo policíaco, como instancia material del ejercicio de una determinada mirada. La cuidada minuciosidad que supone ejercer dicha mirada es inescindible de la difusión de una serie de técnicas y procedimientos, que no puede ser ignorada al momento de investigar las formas mediante las cuales los cuerpos se construyen en fuerza de trabajo y el tiempo de vida pasa a ser, a su vez, tiempo productivo, tiempo de trabajo.



Un complejo dispositivo de poder se expande articulado con la necesidad del capital de acumular cuerpos en las fábricas. El consumo productivo de los cuerpos aparece como un dato indisociable de las técnicas disciplinarias cuyo objetivo reposa sobre la capacidad de docilizarlos. Desde este punto de vista, la acumulación de cuerpos es indisociable de la acumulación de capital y de las precondiciones que le son imprescindibles: la organización y la distribución de la fuerza de trabajo en poblaciones. De este modo el biopoder, la multiplicidad de tecnologías políticas cuyo objetivo será la población, sus diversas regularidades, los nacimientos, las muertes, la producción de cierta noción de la higiene, etc., aparecerá íntimamente ligado al desarrollo de la formación social capitalista.



Pero para llegar a esta instancia debemos comprender que este complejo proceso es inescindible de su momento político-militar. Tal vez uno de los aportes más lúcidos y sugerentes de esta obra refiera a la posibilidad no sólo de releer a Marx y a Foucault, sino de incluir en dicha reelaboración una imprescindible relectura de Clausewitz. En efecto, tanto para Marx como para Foucault es el operador político "lucha" el que guía ambas investigaciones sobre la producción de lo social.



En tal sentido y a la luz de las sugerencias teórico-metodológicas de Marín, es imprescindible revisar la noción de "dispositivo de poder". En el artículo El juego de Michel Foucault (1977), el investigador francés define a un dispositivo de poder como la red que articula diferentes ámbitos de lo social: ya se trate de discursos, reglamentos, disposiciones arquitectónicas, enunciados científicos, lo dicho y lo no-dicho, etc. Es decir, un dispositivo de poder articula diferentes dimensiones sociales lo cual vuelve posible que ciertas prácticas sociales atraviesen la multitud de aparatos disciplinarios (el ejemplo de la enseñanza de la higiene en la escuela es por demás ilustrativa). En sintonía con los avances investigativos que logró Foucault, Marín nos sugiere estudiar el fenómeno de lo que se conoce como "poder" como el ámbito social donde algunos mediante ciertas acciones sociales, circunscriben, limitan, en resumen, "producen" las acciones de los otros; "acciones sobre acciones", al decir de Foucault. Pero nuestro profesor avanza un paso más allá y nos recuerda: el cuerpo es una territorialidad social inescindible de la fuerza moral que lo constituye como tal. Su amplificación, como así también su inhibición, nos remite al análisis de las condiciones mismas de reproducción de la vida material de tales cuerpos.



De este modo, Marín nos permite avanzar en un aspecto central de la obra de Michel Foucault, la que preocupó alos más diversos especialistas de todo el mundo. Me estoy refiriendo al problema del sujeto en la historia y la forma en la que el investigador francés aborda esta temática. Si bien este no es el lugar para profundizar una discusión al respecto, la dimensión analítica que abre Marín nos exige involucrar al genial general prusiano cuya obra fue abordada, con rigor, por ambos investigadores. Formulémonos algunas preguntas: ¿quién es el sujeto de ese dispositivo de poder? Hablar de estrategia, ¿no supone un sujeto que elabora, concientemente, la consecución de un objetivo (estratégico) para cuya consecución desarrolla una serie de pasos (tácticos)? ¿Puede existir, entonces, una estrategia sin un sujeto que, directa o indirectamente, determine su naturaleza, es decir, el objetivo para cuyo diseño aquella fue elaborada? La perspectiva investigativa que nos propone Marín, creo que nos permite avanzar en la dirección indicada para comenzar a ofrecer, lo que no es poco, algunas posibles respuestas a estas preguntas.



En primer lugar, Marín señala al pasar, puesto que el desarrollo ampliado de tal problema lo encontraremos en otras de sus obras, que existe una distancia sustantiva entre la victoria y su realización política. Más simplemente aún: una cosa es ganar la guerra y otra muy distinta realizar políticamente la victoria. En tal sentido, su advertencia goza de una vigencia permanentemente reactualizada: los complejos procesos sociales que tienen por objeto construir fuerza de trabajo, deben ser observados como fenómenos de larga duración donde cobran una importancia central, y determinante, aquellas instituciones que Foucault llama "instituciones de secuestro". De este modo, el problema concerniente al sujeto de la historia se diluye a la luz de los modos que asume la instrumentalización que, históricamente, llevó a cabo la burguesía de aquellos mecanismos, regulaciones, procedimientos, instrumentos que poco importa si son obra de su invención, o no. En definitiva, no se trata de pensar la conciencia que le otorgaría a dichos procesos el carácter inconmovible, ineluctable, del sujeto de la historia. Se trata más bien de pensar en términos de "iniciativa política" y de realización política de la victoria para comprender que si en efecto la guerra es la forma en la que se expande la formación social capitalista, es el ámbito de la paz el medio político del que se vale la burguesía para construir las condiciones políticas necesarias que exige poner a trabajar a los cuerpos.



En este breve y concentrado análisis de la importancia del texto que presentamos, nos falta un elemento central para comprender la inagotable originalidad de Marín para abordar diversos fenómenos sociales.



Con respecto a este último punto, su lectura de Foucault nos permite formular lo siguiente: el poder de la norma, la construcción de una acabada y compleja codificación de los comportamientos humanos en función del par normal-patológico, constituye uno de los observables más sofisticados que nos permite medir la profundidad del avance capitalista sobre los cuerpos. Reducir al ámbito de la locura la distancia construida entre normales y anormales, por el ejercicio de una determinada mirada médica complementaria de aquella que hace pervivir al poder policíaco, supondría resignar una dimensión fundamental para conocer los modos mediante los cuales la iniciativa política burguesa construye cuerpos aptos para el trabajo. En esta dirección, no olvidemos que la iniciativa política es inescindible de la capacidad de nombrar que le otorga su ejercicio a cualquier grupo humano que la detente. Construir un encierro discursivo, neutralizar políticamente a un cuerpo, puede ser la forma que asuma la minimización de las fuerzas corporales en términos políticos para lograr incrementar su utilización económica.



Es por este motivo que nuestro profesor incluye los avances teóricos de Lenin y Clausewitz: si la lucha teórica es la fuerza material de la que se nutren los cuerpos, la determinación moral para librar el combate, por consiguiente, le es irreductible. De allí que el poder disciplinario, su permanente y sutil ejercicio, viva como una afrenta aún el más mínimo gesto de desobediencia. Y de allí su enorme efectividad: al otorgar la posibilidad de normalizar el ejercicio del poder, prescinde del garrote para supliciar a los cuerpos. La capacidad que logró la iniciativa capitalista en su poder de simbolización de la violencia, supone una forma diferente de advertir la inútil y peligrosa insistencia en remarcar, hasta el cansancio, "la hipótesis Reich": el poder no sólo se ocupa de reprimir; más interesante aún es la multitud de efectos que "produce" sobre los cuerpos.



La forma de ligar un cuerpo a un aparato disciplinario, pues, no descansa sobre la inscripción brutal del poder político sobre aquel, cuya imagen más fuerte nos remite al suplicio de Damiens. La paulatina acumulación de poder de la burguesía a lo largo de los últimos quinientos años la enfrentó con la necesidad objetiva de procesar millones de cuerpos en función de la expansión de la formación social capitalista. Sin duda alguna, era preciso inventar un tipo de vigilancia y sanción que permitiese, que volviese posible el ejercicio regulado de las libertades burguesas cuyo corazón latía en el inflamado pecho del soldado-ciudadano incipiente. Es en tal sentido que Marín remarca la invención del panóptico como una producción extraordinaria, que trasciende enormemente el ámbito de una posible argucia arquitectónica. El panóptico es la piedra angular de un tipo determinado de gobierno, el centro mismo desde el cual es posible la edad de las libertades; o como dirá Foucault en Nacimiento de la biopolítica, "el panoptismo no es el contrapeso necesario de la libertad, es su principio motor".



La personificación social de ese hombre libre es la figura del soldado-ciudadano. Su nacimiento no es fruto de una ardua conquista: es el resultado de un triunfo militar. Esta personificación es la que vuelve observable la compleja construcción de la realización política de una victoria por las armas. Para que éste exista, la burguesía debió haber construido, simultáneamente, el espacio material y simbólico desde el cual reproducir los potenciales cuerpos para ser consumidos productivamente. De esta forma, la idea de "nación" como compensación simbólica de una expropiación material, le otorga la sólida base de expansión al soldado-ciudadano que encarna la unidad de organización territorial burguesa. Como bien señala Marín en otras de sus obras, "la ciudadanía es una forma de encierro"; meticulosamente vigilada por la expansión del poder disciplinario, me permito agregar.



"La silla en la cabeza" es una auténtica "caja de herramientas" llena de preguntas, dudas, afirmaciones, certezas y, fundamentalmente, sugerencias. La forma en la que Marín decodifica la relación Marx-Foucault constituye un desafío de una extraordinaria complejidad para nosotros, investigadores en el campo de las ciencias sociales. Su permanente convocatoria a la investigación social, asumiendo la advertencia de la profunda originalidad con la que se desenvuelve, y expande, la formación social capitalista, constituyó siempre, para quien esto escribe, el punto de partida ineludible para abordar cada objeto de estudio. La charla que, involuntariamente, dio nacimiento a este libro, tuvo lugar durante los primeros años de la recuperación del régimen democrático en nuestro país; allí donde aún latía, entre los cuerpos aterrorizados que sin duda alguna se prolongan hasta nuestros días, la iniciativa política del bando genocida en su afán por organizar el campo de la paz. Más de veinte años después, observamos con indignación la pervivencia de la iniciativa política del enemigo y sus renovados intentos golpistas. A la vez que la reedición de este libro concuerda con una coyuntura político-económica que lo vuelve urgente, Marín nos reinstala con fuerza el sentido de nuestro deber ético: enfrentar la normalización de lo inhumano allí donde esto nos encuentre.





Damián Pierbattisti

Buenos Aires, julio de 2008.



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