El CAUDILLISMO MIEDIATICO EN COLOMBIA: el retomo del patriarca.

Jairo Gallo Acosta*

Publicado el: 08/06/08


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En los últimos años estamos vivenciado un fenómeno político que ha podido recoger los sentimientos de los colombianos, sentimientos que abarcan la inseguridad, miedo y temor frente a los diferentes actores armados como la incertidumbre económica. Hay que decir esos miedos existían en Colombia, sobre todo en las dos últimas décadas gracias a los ataques de los grupos ilegales armados como del narcotráfico - que en últimas terminaron siendo lo mismo-. Pero este miedo fue recogido por una política que ha llevado a la presidencia por dos períodos consecutivos (que pueden ser tres) a la actual presidente, política que se ha dado en llamar “seguridad democrática”.





“Estaban absolutamente seguros de que nunca moriría, debía ser eterno (y por supuesto inmortal) aquel hombre que había gobernado sin interrupción de pensamiento por incontables años”
Gabriel García Márquez. El otoño del patriarca.

En los últimos años estamos vivenciado un fenómeno político que ha podido recoger los sentimientos de los colombianos, sentimientos que abarcan la inseguridad, miedo y temor frente a los diferentes actores armados como la incertidumbre económica. Hay que decir esos miedos existían en Colombia, sobre todo en las dos últimas décadas gracias a los ataques de los grupos ilegales armados como del narcotráfico - que en últimas terminaron siendo lo mismo-. Pero este miedo fue recogido por una política que ha llevado a la presidencia por dos períodos consecutivos (que pueden ser tres) a la actual presidente, política que se ha dado en llamar “seguridad democrática”.
Este gobierno en cabeza del presidente comentó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en el 2002 que “El objetivo central de nuestra política de Seguridad Democrática es rescatar el imperio de la Ley”, usando como caballitos de batalla “enfrentar la violencia” o “derrotar el terror”, claro está, como siempre se ha hecho, con más violencia o con más terror.
Hay que aclarar que la política del riesgo, de la amenaza y del miedo no es nueva, ni tampoco un invento de este gobierno reelegido, La diferencia es que ahora esta política se fortalece gracias a los medios de comunicación. Por ejemplo en Colombia los medios de comunicación empezaron a generar un ambiente de miedo y culpa bajo la cobertura del terrorismo, desarrollándose después de los ataques del 11 – S en Estados Unidos, como si en Colombia no hubiesen ocurridos atentados terroristas anteriormente.
Los diferentes atentados de los grupos armados en Colombia (guerrilla, narcotráfico y paramilitarismo) durante mucho tiempo no fueron sentidos como amenazas sustanciales porque estas eran vivenciadas como hechos aislados, más en las ciudades que en las areas rurales. Pero esta situación cambió por los atentados terroristas de Nueva York y Madrid donde se comenzó a “visibilizar” a los peligrosos: los terroristas. Situación que fue aprovechada por el discurso de un gobierno que quería erradicar un “mal”: la violencia. La erradicación del mal personificado en la guerrilla, ese síntoma que no había podido eliminarse durante varias décadas.
Aunque La guerrilla colombiana es causante de la violación de muchos derechos civiles: ataques a poblaciones, secuestros, extorsiones, tampoco hay que olvidar que estas violaciones no son más que las consecuencias de una escalada de un conflicto que nunca ha podido solucionarse a través de otras vías o de fracaso de soluciones negociadas.
En los últimos años las políticas de estado comenzaron a usar la política del miedo como recurso político de protección – dominación, de ahí podría partir cualquier análisis de la gran aceptación de una política que nos quiera proteger del “peligro” o la “amenaza”, o lo que se conoce en la actualidad y popularizado por el gobierno de Estados Unidos “amenaza terrorista”, slogan que el gobierno colombiano ha llegado a promulgar diciendo que “En Colombia no hay conflicto armado, en la patria hay una amenaza terrorista”.
Paul Virilio le llama a esa manera de gobernar la democracia de la emoción basada en la política del miedo que gracias a los medios de comunicación desarrollan un pánico que anula la reflexión y fortalecen las demandas de emoción colectiva que se estandariza la opinión pública, que en la actualidad se dice que apoya a este gobierno en más del 80 %.
¿Esta opinión pública sostenida por los medios de comunicación qué son? En un excelente artículo Elisabeth Noelle – Neuman comenta que la opinión pública “es el resultado de la interacción entre los individuos y su entorno social, para no estar aislado, un individuo puede renunciar a su propio juicio. Este temor al aislamiento es parte de todos los procesos de OP” (Noelle – Neuman, 1995).
El problema de la opinión pública es que silencia todo aquello que puede disidir, es decir, toda aquella expresión contraria al pública e general, es decir, entre mayor sea la opinión pública, menos espacio quedará para el pensamiento diferente.
“Basándonos en el concepto de un proceso interactivo que genera una “espiral” del silencio, definimos la opinión pública como aquella que puede ser expresada en público sin riesgo de sanciones, y en la cual puede fundarse la acción llevada adelante en público”. (Noelle – Neuman, 1995)
Según lo anterior existe un estrecho vínculo entre opinión pública, sanción y castigo. La opinión pública es la opinión dominante que impone una postura y una conducta de sumisión, fortaleciendo “la espiral del silencio”, y los medios son los que crean esta opinión pública, desencadenando la sumisión o el silencio. Sumisión, dominación, dos palabras que remiten al fenómeno del caudillo.
Para Javier Ocampo el caudillismo es heredero en primer lugar del individualismo español el cual se proyectó en América a través del conquistador, el encomendero hasta el hacendado, como segunda lugar del personalismo de los caciques indígenas y como tercer lugar del paternalismo, no por nada la mayoría de caudillos son “guerreros, hacendados o letrados, representantes de la mentalidad de la provincia o de la capital, los caudillos no representan propiamente una ideología, sino la expresión del liderazgo dominante surgido de la misma realidad hispanoamericana”
“Alrededor del caudillismo se encuentra el fenómeno socio –político de la dominación , entendida como aquella fuerza poderosa que adquieren unos individuos para exigir obediencia dentro de un grupo o nación determinada” (Ocampo, 1974)
Lo peor que esta obediencia al caudillo es que lleva a la militancia, por ejemplo en Colombia es difícil no criticar al gobierno y no ser acusado de guerrillero, terrorista o apátrida. Es decir, que el caudillismo nos convierte en soldados de su causa, alimentando el mismo fenómeno.
En Colombia como en muchos países latinoamericanos el fenómeno del caudillismo es un asunto que siempre retorna, a pesar de los intentos de “modernización” de nuestras democracias, ese retorno se podía comenzar a explicar debido las figuras de autoridad que fuimos creando y construyendo durante varios siglos de conquista y colonización.
El sujeto colonizado fue obligado a repetir algo que no entendía, desde una religión hasta una manera de entender el mundo, y la mejor manera de aceptar esa “verdad” fue sometiéndose a ella. Tanto la conquista de América como la colonización de ella trajeron unos efectos subjetivos que psicólogos como Martín Baró llamó fatalismo o indolencia latinoamericana, diciendo que en Latinoamérica los sujetos solo tienen que aceptar un “destino” inevitable, es decir, su destino desgraciado hasta el día que en el horizonte se aparezca un “salvador”, aquel que lo puede salvar de ese destino, y ese no es más que el caudillo.
Lo paradójico del fatalismo es que el caudillismo también se inserta en esa lógica fatalista, indolente y de conformidad, ya que el caudillo pocas veces (para no decir nunca) transforma ese destino fatalista, por una sencilla razón, ya que su aparición depende del mismo destino: la fatalidad.
Los sujetos “fatalistas” en el decir de Baró necesitan del caudillo ya que en ellos mismos construyen una personalidad autoritaria “en el sentido que se tiende a confiar en la autoridad para fundar las acciones y los juicios” (Baró, 1998).
El ejercicio de la autoridad en un país como Colombia es utilizado como último recurso para el llamado al orden – no por nada en su escudo aparece libertad y orden – donde se tiene que erradicar eso que no nos ordena: el terrorismo. En un discurso presidencial en el 2005 se llegará a decir: “el terrorismo se combate no con la negociación, sino con el ejercicio de la autoridad”.
La autoridad que hace referencia el gobierno colombiano es una autoridad imperial, el “imperio de la ley” se llega a decir en varias oportunidades. Y si se remite la palabra imperio a sus raíces uno encuentra mando, soberanía, poder supremo, imperar, dignidad del emperador, es curioso que el verbo imperar también remita según el diccionario de la Real Academia de la lengua a “Potencia de alguna importancia, aunque su jefe no se titule emperador”.
En una entrevista el presidente actual de Colombia llegará a afirmar “yo propongo autoridad”, al proponer “autoridad” el gobierno en cabeza de su gobernante se propone a sí mismo como autoridad, de ahí a convertirse en la encarnación de la autoridad no hay que un paso. Eso ha pasado en la historia de los países latinoamericanos a través de todos sus dictadores, y sigue pasando en la historia moderna, como ejemplo se puede nombrar a Perú en la década de los noventa.
La imperiosa necesidad de recurrir al “orden” no es más que la causa de la encarnación en el caudillo, “aquel que si lo puede lograr”, y para eso el fin justifica los medios, o más bien los medios (de comunicación) justifican los procedimientos para llegar al fin.
Lo que se busca en el caudillismo y su miedo –masificación es el retorno de un orden imaginario que preexistía al sujeto, un orden donde todo “funcionaba bien” o “como debía”, añoranzas que no son más que las fantasías que sostiene las ideologías modernas de un llamado al “orden”, ideologías de las que no se escapa Colombia, donde existen sujetos que necesitan de caudillo autoritario, ese que le diga o le indique el lugar donde ir, para sentirse seguro.
Son varios los análisis que sean hecho de la personalidad autoritaria, desde Adorno hasta el pensador Esloveno Slavoj Zizek, este último habla de políticos autoritarios que funcionan como el padre primordial o según su lógica, funcionamiento que depende de la creencia de ese lugar, de uno sujetos que necesitan que ese lugar exista para sostenerse, para que exista un orden, así sea un orden impositivo o imperioso como el superyó freudiano, que ordena gozar en el decir del psicoanalista francés Jacques Lacan. Ese es el lado obsceno de la ley como dice Zizek.
En este punto es dónde se encuentra un planteamiento casi descuidado por todos los análisis que se han realizado sobre el caudillismo, las dictaduras o los regímenes autoritarios y que Zizek platea de una manera magistral, para este autor el superyó, retomando lo dicho por Freud y Lacan, funciona como el reverso obsceno, oscuro y nocturno de la ley, donde el superyó (orden) se mantiene por la trasgresión de la misma ley que al fallar y fracasar, éste viene en su lugar transgrediéndola, de ahí que el fenómeno del caudillismo se sostenga en la trasgresión de eso que precisamente quiere mantener: la ley.
El imperio de la ley es el imperio del miedo, donde el miedo es el medio donde la ley se sostiene a sí misma, ahí es donde se conjugan miedos y medios a favor de una necesidad autoritaria encarnada en el caudillo, aquel que puede hacer retornar una supuesta estabilidad perdida, la cual como el primer objeto de amor del que hablaba Freud, nunca existió, pero al cual todo añoramos que retorne, y en esa añoranza el que retorna es la figura autoritaria, el caudillo actual en nuestras sociedades latinoamericanas, de la cual Colombia es sólo una muestra.
“el regreso del amo - el líder – que garantiza la estabilidad y el equilibrio de la estructura social, es decir, quien nos protege del desequilibrio estructural de la estructura de la sociedad; mientras que por otro lado, la causa de ese desequilibrio a la figura del judío, cuya codicia y acumulación excesivas causan el antagonismo social. Así, puesto que el exceso es introducido desde afuera, es decir, es la obra de un invasor extraño, su eliminación nos permitirá recuperar un organismo social estable, cuyas partes formen un cuerpo corporativo armonioso” (Zizek, 1999).
La diferencia con el texto citado de Zizek es que en Colombia no son los judíos a los que hay que acusar del desorden o la desestabilización social, ahora hay un enemigo identificable, el terrorista, que en el lenguaje del gobierno se traduce como el guerrillero, como si la guerrilla hubiese estado por siempre en este país, olvidando que si bien al guerrilla es un problema, hasta un problema serio a considerar, este no es más que la consecuencia no la causa, así como el paramilitarismo, el narcotráfico la corrupción. Las consecuencias de una organización que puede remontarse a la conquista y colonia de nuestro territorio, de varios siglos de organización social, de construcciones imaginarias, de lógicas inconscientes las cuales es hora de comenzar a analizar, reelaborándolas a la mejor manera freudiana, y no ocultándolas, reprimiéndolas o negándolas, para repetirlas ilimitadamente, ya que el conquistador de antes de ayer fue el encomendador de ayer y el caudillo de hoy o el dictador de mañana.

Notas
*Psicólogo. Magíster en Psicoanálisis universidad Argentina John F. Kennedy. Docente investigador Universidad cooperativa de Colombia, Bogotá. Editor revista virtual psique y sociedad.
Baró, I (1998) Hacía una psicología de la liberación. Madrid. Trotta.
Noelle-Neumann, E (1995). La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, Barcelona, Paidós.
Ocampo López, J (1974) El caudillismo colombiano. Bogotá. Prag.
Virilio, P (2005) Ciudad pánico. Buenos Aires. Libros del Zorzal.
Zizek, S (1999) El acoso de las fantasías. México. Siglo veintiuno.



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