La Memoria de Simónides

Rodrigo Miguel BENVENUTO
rodrigo_akd2007@hotmail.com
Publicado el: 17/12/07


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Salir del juego pedante de la monocorde voz de los intelectuales. Decir algo que valga la pena cuando ya todo se ha dicho aparentemente. ¿De donde se escribe? En mi caso, desde la sobrevivencia del horror in situ. Después de 30 años, el haber sobrevivido, nos llena de responsabilidad frente a esos 30000 que no están, la sangre de los mas puros, el sueño de una generación que pretendió cambiar el mundo. 30000 cuerpos que nos hablan e interpelan desde la ausencia, el vacio de no estar, desde la ronda de las madres, desde sus rostros eternamente jovenes en un cartel mirandonos, a todos, como exigiendo nuestra acción.


LA MEMORIA DE SIMÓNIDES


Rodrigo Miguel BENVENUTO




"...en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuída por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad." Foucault Michel. El orden del discurso.



Debo escribir en primera persona. Escribir la frase “Debo escribir en primera persona” me resulta, en si misma, incomoda. ¿Acaso no siempre se escribe desde la propia subjetividad? Quizas será mejor borralo. Quizas se trate de pensar en la posibilidad de decir todo lo que se quiere sin formas, sin ataduras. Ateniendose al mero decurso de la sucesión de palabras. Dejar que el elan actue y pueda decirse algo, alguna cosa. ¿Será preciso darle autoridad al texto citando nombres y personajes? Quizas sea mejor dejar hablar a la propia voz, reiniciar el ejercicio de la creación, mas allá de toda formalidad. Superar los esquemas de la formación intelectual. Tan solo un alerta: no producir un discurso mas, un monologo que alimente la repetición esquizoide de la desaparición. No definir ni señalar. Esto tan solo permanecerá en la línea de nuevas discusiones acerca de esa conceptualización o señalamiento. Tan solo ocultará lo que vale la pena pensar. Salir del juego pedante de la monocorde voz de los intelectuales. Decir algo que valga la pena cuando ya todo se ha dicho aparentemente. ¿De donde se escribe? En mi caso, desde la sobrevivencia del horror in situ. Después de 30 años, el haber sobrevivido, nos llena de responsabilidad frente a esos 30000 que no están, la sangre de los mas puros, el sueño de una generación que pretendió cambiar el mundo. 30000 cuerpos que nos hablan e interpelan desde la ausencia, el vacio de no estar, desde la ronda de las madres, desde sus rostros eternamente jovenes en un cartel mirandonos, a todos, como exigiendo nuestra acción.
La crónica es una forma de narrativa historica. Quizas la mas inverosímil, puesto que relata una sucesión de vivencias a partir de la mirada del testigo, actor, espectador o la forma que tomare en el evento descripto. En tal sentido, no hay rigor científico en ella, tan solo impresiones de aquel que se posiciona frente a los sucesos desde su perspectiva. En nuestro caso sobrevivientes, militantes, meros lectores del relato historico de los sobrevivientes. Desde allí, y solo desde allí, podemos hacer crónica, no pretender abarcar lo insondable de la experiencia de la aniquilación. Y rescatar los relatos de la vida luchando contra la muerte en el escenario de la iniquidad.



ESMA

¿Por donde pasa la producción del discurso sobre nuestros últimos 30 años? Estado de perplejidad similar al que vivieron por ejemplo Sartre y Camus con posterioridad a la experiencia nazi. Solo puede comprenderse la angustía que narra Sartre a partir de la conciencia combativa de la resistencia que se debatia contra el colaboracionismo de algunos contemporaneos suyos. O la decisión de aquel médico de “La Peste” que no se resignaba a dejar que la enfermedad aniquile su razón de ser. En sintesis, podemos ver como detrás de estas creaciones no hay otra cosa sino el padecimiento de un horror in situ, el humo de los hornos alemanes y las tumbas colectivas que plantean a toda una generación la necesidad de pensar de otra manera.
En la Argentina de siglo XXI relampaguea incesantemente nuestro pasado más reciente. ¿Es posible, como pregunta Jose Pablo Feinmann, pensar igual después de la ESMA? ¿Puede el discurso -sea este político, cultural, artistico, social, etc – sostenerse bajo esquemas conceptuales tal como fueran definidos por la modernidad? Pienso en la categoría de la representación, en la crisis de representación y en la crisis de las identidades colectivas de la que tantas hojas llenan los cientistas sociales. ¿Puede establecerse un discurso de la memoria que apunte mas allá de lo visible y enunciable?
Cuenta la leyenda que Simónides de Ceos fue el creador de la mnemotecnica. Dicha habilidad consistía en visualizar o situar mentalmente en los distintos lugares de un templo conocido por el expositor las distintas partes del discurso trazando un itinerario según el orden requerido. Sin embargo, la historia nos lleva a un acontecimiento determinante en el ejercicio de la memoria. En ocasión de un banquete que nuestro personaje organizará para sus amigos, fue llamado por los dioses para que salga de su hogar. En ese instante, un temblor sacudió los cimientos de su morada acabando con la vida de todos los invitados. Los cuerpos despedazados e irreconocibles se encontraban tapados por los escombros y, Simónides, acudió a su memoria tratando de recordar el lugar que ocupaban cada uno de estos en torno a su banquete.
La memoria colectiva en Argentina está vacia de sentido. Faltan los cuerpos que sostengan la posibilidad de una invocación a aquellos que no están. La memoria colectiva evoca desde la ausencia, desde el vacio, la nausea de no saber del destino de aquellos que desaparecieron y desaparecen en su materialidad. ¿Cómo representar entonces una memoria desde el aniquilamiento? Quizas sea preciso pensar mas allá de la mera visualización. Pensar con el olfato – como quería Nietzsche -, sentir los olores, poner en movimiento el sentido menos desarrollado; para intentar dar cuenta de aquello inasible, inabarcable.
Cuando se ingresa a la Escuela de Mecanica de la Armada (ESMA), los árboles, sus prolijos edificios, sus calles internas con nombres de coroneles, etc.; todo ello se nos presenta en terminos de perfecto. De ‘perfección burguesa’. El ruido de la copa de los árboles dejandose acariciar por el viento, el canto de los pajaros, etc. nos dan un paisaje que, inmediatamente, nos recuerda a la localización de la mansión donde acontece “Salo o los 120 días de Sodoma”, la obra de Pier Paolo Passolini. El contraste de la belleza consgrada por la imaginería burguesa y de buen nombre oculta en su seno el lugar donde la tortura, la laceración de la carne y el rebajamiento de la condición humana se suceden con una crueldad inusitada. No está de mas recordar que las victimas de los personajes de Salo (el juez, el cura, el militar y la maddame) son los huerfanos de los luchadores contra el régimen fascista.
Frente a la presencia de la ESMA es preciso sentir los olores, perfeccionar el sentido. El olor de la picana mezclada con el olor de los inciensos, la humedad de la capucha, la sangre que aún no se coagula por la persistencia de una lucha que sigue intacta; frente a los azares de un uniforme marcialmente planchado. Solo de esta manera, es posible comprender el aniquilamiento.
En efecto, hablamos de aniquilamiento. Se podrá afirmar que nuestros militares fueron debidamente obedientes, que actuaron de acuerdo a ordenes y procedimientos, en sintesis; en orden a cierta racionalidad burocrática que los asemeja a los jerarcas de las SS y que Hannah Arendt define como la “banalización del mal”. Sin embargo los torturadores, los asesinos que dieron ordenes y acataron las mismas, tenian consigo un extra, a saber; contaban con una misión moral, religiosa. Frente al peligro de la disolución del Ser Nacional, las Fuerzas Armadas como “reserva moral de la Nación” venían a reinsaturar el orden. Reorganizar la Nación, dar un salto atrás, mas exactamente hasta 1880. Se trata de reelaborar una misión, un destino que fuera extraviado por la subversión. La tarea higienica del proceso será justamente eliminar los malos olores en la política (lease movimiento nacional popular, reivindicación obrera, patria socialista, peronismo, etc), en la cultura (vanguardia, protesta, realismo) hasta en lo religioso (tercermundismo, opción por los pobres). Tal como lo hiciera Julio A. Roca y sus continuadores (malón, inmigrante no deseado, gaucho). No por casualidad, fue Roca quien incluyó la “obediencia debida” en el Código de Justicia Militar. En tal sentido, Videla es la continuidad de Roca, Astiz es el mejor alumno del General Varela (aquel asesino de obreros patagónicos). Todos ellos, fieles representantes de la obediencia castrense.
Se trata entonces de sacar la memoria de un archivo, de los expedientes. Superar la inmaterialidad, trasponerla. Mantener la sangre de los compañeros que no están en estado líquido. No dejar coagular, nos secar, no olvidar, en fin; acceder a la memoria en condición intempestiva. Con el tiempo y contra el tiempo.

MEMORIA-OLVIDO

¿Qué se nos exige recordar? Desde el poder – sea en su manifestación política, cultural, de los medios, etc – se nos insiste con que debemos recordar. Pero con una trampa muy sutil. Es aquí donde el olfato se agudiza y presiente el miedo. Es preciso recordar para que no vuelva a ocurrir, “Nunca Mas”, o como dijo Menem alguna vez “no sea cosa que volvamos a tener Madres de Plaza de Mayo”. Decimos que se huele el miedo. ¿El poder tiene miedo? No, en la medida en que el pueblo no sacuda su cimiento. Pero, y en esto Hobbes fue preclaro, parece ser que el pacto – ese contrato que todos hacemos originariamente para preservar la vida y garantizar la paz – está precedido por la espada y la cruz. Lo que hoy en día muchos opinologos pueden desdeñar (como por ejemplo, el hecho de que sea inimaginable un escenario de golpe de Estado hoy en día) oculta en el fondo la puesta al día de los resortes que fueran colocados por el Terrorismo de Estado en Argentina. No ocurrirá porque no hace falta. La política higienica respecto de los cuerpos indeseables se estructura en base a dicha imposibilidad. La sociedad ha madurado y, por ello, será la primera guardiana del decoro, de lo que ampulosamente se denomina “moral y buenas costumbres”.
No de otra manera puede comprenderse la reacción de nuestra clase media frente a la pobreza, el fenómeno piquetero y las villas de emergencia. Todos estos son los nuevos desaparecidos. Aquellos que salen a la luz y lanzan un grito frente a la amenaza del poder represor. Fenomenología de los olores que aún no se ha hecho. En tal caso, vale recordar como Rodolfo Kusch remitía al hedor del pueblo frente a la pulcritud de la ciudad burguesa. En tal sentido, vemos sus rostros, los negamos, nos da asco, etc. O mejor aún, tratamos de reconocer, como Simónides, que lugar corresponderá a cada cuerpo, darle sentido, vida. Mucho mas, teniendo en cuenta que, como Simónides, somos por obra de los dioses o de algún alea, sobrevivientes de la tragedia.
Es que, al fin, este hoy que nos toca es hijo de aquel ayer que nos condena. No trata de ser una variación refinada de la falsa premisa “tenemos lo que merecemos”. No creo que nos hubiesemos merecido a Videla, Massera, el Tigre Acosta, etc. Digo que nuestra historia es fiel a cierta tradición en la cual el horror y la destrucción del Otro - que se define como lo-otro-del-proyecto-civilizatorio – es una constante. Existe una prolija y disciplinada politica de la desaparición de lo que configure una amenaza al proyecto nacional tal como lo define el poder. Discurso que se reproduce infinitamente hasta la nausea y termina asimilandose para repetirlo, ponerlo en ejecución. De tal manera, la historia se reproduce como momentos de aniquilamiento de la diferencia, según se llame ésta indios, caudillos, obreros, montoneros, desclasados, etc. Como si fuese un pathos del cual no pudiesemos librarnos.
Por ello, el conocimiento de nuestro pasado reciente nacerá del acto de amor, de copula, entre el sujeto y el objeto convirtiendose en un conocimiento carnal, como afirma Norman Brown. Pensar olfativamente el cuerpo ausente demandará la acción copulativa de la materialidad y la vivencia que sustentó esa materialidad. Tan solo así, la memoria rompe su figuración fetichizada.
La memoria como aquello-que-se-nos-impone deja espacio a la memoria del eterno retorno. Debo desear aquello de tal manera que desee su eterno retorno. Imperativo ético de toda militancia que se precie como tal. Debo buscar las condiciones de repetición de aquella lucha en este entorno. Debo romper las estructuras de disciplinamiento impuestas y procesadas, debidamente procesadas, por el Proceso. De esta manera, la memoria se presenta con la fuerza plastica que requería Nietzsche, la capacidad de olvidar aquello que frena, debilita y pone limites a la vida en su desmesura.
Memoria y olvido son así la pareja que engendrá la posibilidad de un ethos, de un pensar mas allá de los límites representativos.
La representación de los cuerpos ausentes por la memoria-repetición cuestiona asimismo el ejercicio retorico de la ley. Es preciso recordar aquí el art. 1 del Código Civil que establece pomposamente que “las leyes son obligatorias para todos los habitantes de la Nación”. En tal sentido, la ley se torna pública, conocida por todos, publicitada. Forma parte del ejercicio ritual de la ley y que se manifiesta como acontecimiento retorico que confiere orden, seguridad, estabilidad. Visualidad retorica enunciable de la sentencia, del fallo que configura un estado de seguridad, de equilibrio. No adherimos aquí a un formalismo jurídico que resulta a todas luces, inexistente. Sencillamente porque el derecho es autorreferente, se basa en una circularidad tautológica donde toda definición o señalamiento se transforma en otro concepto adosado al primigenio. Lo esencial del planteo, en todo caso, reside en que el cuerpo legal es el primer desaparecido. Primer acto del terrorismo de Estado. La clandestinidad provoca un problema narrativo, a saber; ¿de que manera puede visualizarse la violencia subterránea de un Estado Terrorista?
Fue a partir de Scilingo y la sucesión de confesiones y arrepentimientos que le siguieron, donde los resortes del discurso clandestino de los militares se hizo visible. Curiosamente, adoptaron el modo expiatorio de la dispensa. Ritual que confiere al confeso su significación como tal a partir de estar frente a un Otro como instancia determinante. En esta relación de poder, diría Foucault, el acto penitencial pone en movimiento los dispositivos necesarios para juzgar, condenar o castigar y perdonar al que se expia, al buscador de la indulgencia.
Sin embargo, esta sucesión de arrepentimientos multiplicados no hace mas que organizar la distribución de los silencios y las voces. Estrategias para silenciar aquellas voces que hoy no están. Imposibilidad de plantear la causa motora que desencadenó la locura militar en Argentina.
Decia Nietzsche:


“...Para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego; solo lo que no cesa de doler permanece en la memoria (...) Cuando el hombre consideró necesario hacerse una memoria, tal cosa no se realizó jamás sin sangre, martirios, sacrificios...”

Cumplir con lo prometido, hacer del hombre un ser que pueda cumplir con lo que promete – tal como lo plantea Nietzsche – requiere de dispositivos creadores de verdad, y esta verdad es fruto de relaciones de saber y poder. Habrá que grabar a fuego en la conciencia de los que quedaron vivos la idea de que la guerra continúa. Si aparentemente, los derechos humanos se han impuesto y son defendidos por la mayoría de la población; esto no es mas que un resabio de lo que los torturadores quisieron dejar en pie. Se recordará lo que nosotros pretendemos que se recuerde. La falta de cuerpos oculta la falta de un compromiso social en un país que no termina de encontrarse. La falta de cuerpos, su destrucción, fue la destrucción del aparato productivo nacional que hoy en día se cobra miles de nuevos desaparecidos. Memoria grabada con dolor y sangre. “...Lo que tengan que hacer háganlo pronto...” como aconsejo Kissinger a sus amigos militares argentinos desde el Departamento de Estado.
Memoria que derrota a lo perecedero, que vuelve para vengar la muerte en nombre de la vida. Sentir la lucha, el puño en alto, los dedos en V, el grito en la garganta dolorosa y roja de bronca contenida, soltar la vida en toda su desmesura.




Cfr. Federico Nietzsche. La genealogía de la moral, p. 67














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