Cartografías: Las ciudades –el lenguaje– y la voz que las habita*

Rafael Toriz
gandel@gmail.com
Publicado el: 23?10/07


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Es una certeza: estamos condenados a vivir en las ciudades, a despreciarlas y adorarlas con horror y simpatía. La geografía y el trazo urbano son el hilo de Ariadna que nos ubica malamente en sus desiertos. Las modernas capitales que habitamos, al menos en el espectro occidental, son el testimonio de nuestras contradicciones. Vivimos, ha dicho David Harvey, un desarrollo geográfico disparejo. En ocasiones, añado, francamente terrorista.



CARTOGRAFÍAS:
Las ciudades –el lenguaje– y la voz que las habita*

Rafael Toriz
gandel@gmail.com

Y todas las ciudades del mundo
susurran dentro de mí
Álvaro de Campos

Es una certeza: estamos condenados a vivir en las ciudades, a despreciarlas y adorarlas con horror y simpatía. La geografía y el trazo urbano son el hilo de Ariadna que nos ubica malamente en sus desiertos. Las modernas capitales que habitamos, al menos en el espectro occidental, son el testimonio de nuestras contradicciones. Vivimos, ha dicho David Harvey, un desarrollo geográfico disparejo. En ocasiones, añado, francamente terrorista.
Ha sido nuestro error pensar la ciudad como abstracciones, conjugando un plural abierto con el cual asir inmensidades: hemos hecho de las megalópolis laberintos y totalidades abismales –inarmónicas– para la finitud que las habita: nuestro cuerpo y su estrechísima mirada.
La magnitud de su movimiento, la pesadez de su historia e incluso la vitalidad desaforada son granadas para el sujeto. Es el individuo minúsculo –solitario en un departamento de Tlatelolco, ensimismado con el trajín de Corrientes en Buenos Aires, mudo en el Quartier Latin parisino o difuminado en la espesura de Brooklyn– quien construye y expande la topología del territorio hasta tornarla pesadilla.
Para habitar la ciudad, para no morir en el intento, será necesario observar el detalle, los fragmentos, el incidente: para habitar la ciudad es preciso (d)escribirla.
Necesario será también recordar que las fuerzas históricas del presente se diluyen y desembocan en el sujeto que las dice: la ciudad sólo acontece en el cuerpo que la registra, en las palabras que la nombran: la ciudad es el lenguaje.
Lo que pretendo con este ensayo es dar cuenta del sujeto minúsculo enfrentado a las ciudades y registrar la experiencia fracasada de la modernidad para cifrar en la literatura la posibilidad de construir un mapa que pueda guiar la mirada y el espíritu hacia un lugar hospitalario. Me interesa habitar las urbes con los ojos del poeta; entender a Lorca en Nueva York, a Fonseca en Río, a Kerouac en México, a Borges en Buenos Aires. Cartografiar una ciudad, desde el urbanismo o la literatura, acaso permita asimilar la vitalidad, la piedad y la miseria de esas otras ciudades infinitas que, sin embargo, son también las nuestras. Hablar del mundo es hablar de nuestro pueblo.
Walter Benjamin, con el Libro de los pasajes y sus estudios sobre Baudelaire y París como capital del siglo XIX, nos recordó que la ciudad es habitable, armisticio posible entre el ser humano y el ambiente. El flanêur como el taxista, habitantes por excelencia de la ciudad, son el flujo sanguíneo que testimonia, consciente o inconscientemente, la posición extraterritorial y el tránsito perpetuo de quien registra su trayecto. Por eso mismo son capaces de analizar episodios de la realidad con la perspectiva del errante, el fuera de quicio: el que circula y desaparece.
Analizar las condiciones que contraponen lo local con lo global puede ser una llave para entender y ensanchar la dialéctica entre el campesino del mundo y el ciudadano del pueblo a través del maridaje espléndido entre el arte y la ciencia desplegado en las ciudades, esos espacios herotópicos que –como la literatura– habitamos y nos habitan sin que podamos decidirlo.
Con este ensayo, prólogo de un libro sobre las ciudades por venir, sostengo que, en realidad, habitamos una aldea, minúsculo poblado en el que de vez en vez comunicamos. La ilusión de movimiento y de grandeza es alimentada por el estatismo de la vida y las narrativas inherentes al contacto con la urbe: toda ciudad categórica es siempre autorreferencial.
Leer, escribir y habitar las ciudades –ya sea desde la carne del poeta o la armadura del urbanista– es, en efecto, asumir la condición de marasmo e intemperie ante el infinito que nos circunda, pero no sólo eso. Habitar las ciudades, visitarlas siquiera, abre la posibilidad de construir una singularidad aparente que, al menos como ficción, nos permita aferrarnos a la circunstancia finita, miserable y simbólica de la existencia. Visto está que el opio de la ciudad es la construcción del individuo.
Las metrópolis, como las literaturas, son el espacio improbable para coexistir en ingentes sociedades que testimonian el maridaje entre la creación y la praxis: la ciudad es un poema de concreto, acero y multitudes. Escribe al respecto Levi-Strauss: “Es lícito comparar, y no de manera metafórica (…), una ciudad con una sinfonía o un poema; son objetos de la misma naturaleza. Posiblemente más preciosa aún, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y el artificio (…). Es a la vez objeto de naturaleza y sujeto de cultura; individuo y grupo; vivida y soñada; la cosa humana por excelencia”.
Pensar la ciudad es entreverar el amor y el odio en una región que deviene hogar y mazmorra, sitio de libertad condicionada y encierro abierto para el hombre que, como sostuviera Scalabrini Ortiz, se encuentra solo y sólo espera.
La ciudad, pese a ella y a nosotros, nos pertenece: caminamos sus calles, habitamos sus huellas.
La ciudad es dominable y sin embargo, el instante incidental es infinito.

La ciudad como heterotopía
Porque estamos donde no estamos
Pierre-Jean Jouve

A estas alturas –o bajezas– de la Modernidad sabemos con Hamlet que el tiempo está fuera de quicio (“The time is out of joint” I ,V). Condenados entonces, habitamos un espacio diferido, diferente y superpuesto; una ciudad múltiple e hipertextual con sitios y tiempos entreverados, territorios fuera del territorio: sobrevivimos, limítrofes, escindidos de nosotros mismos.
Ante la sensación de desnudez, ante la irrevocable agresión de la intemperie y el mundo, hemos creado espacios, en su mayoría textuales, en los cuales edificar una morada. Hemos levantado con el miedo, la angustia y el dolor de la existencia los muros del hogar que nos contiene. El ser humano ha deseado, como desea, habitar un lugar hospitalario para no ser más un extranjero de sí mismo. Fueron las utopías quienes nos demostraron que toda búsqueda de perfección cifrada en el propósito de residir en espacios inmaculados desemboca –tarde o temprano– en el horror y la pesadilla. Encerramos en casa a la bestia que nos devora.
La utopía, negación del hombre y su circunstancia, fue el engendro etéreo que intentó construir fortalezas en el aire. En ese sentido toda utopía, más que una posibilidad, ha sido siempre la proyección y la fractura de una esperanza.
En marzo de 1967 Michel Foucault esbozaría una alternativa concreta para comprender la naturaleza múltiple, súper y contrapuesta de las ciudades (léase espacios) que habitamos o que negamos habitar. Dentro del Círculo de Estudios Arquitectónicos de París dictó la conferencia “Des espaces autres” , en la que construiría el concepto de heterotopía, un espacio fuera del espacio consciente de su circunstancia heterogénea. Así, de mano del francés, encontramos un escaño posible para distinguir lo que no se ve y atender lo que no quiere oírse. Foucault nos dio un punto de vista para espectar y tomar partido sobre lo que sucede en los entretelones del escenario. Sólo a través de las heterotopías es posible testimoniar y dar cabida, entre otras cosas, a las historias del débil declive, a los que habitan la frontera entre el mundo y lo inmundo, a los que están, espectrales, sin estar.
Muchos son los espacios heterotópicos, se trata de lugares fuera del tiempo (bibliotecas, museos, cementerios, carnavales), fuera de ciertas sanciones sociales (moteles, zonas de tolerancia), fuera de la tradición (lugares sagrados, territorios benditos, mágicos o malditos) y fuera de la mirada categórica de la ley y sus funciones reguladoras (pandillas, amores, etcétera). Toda heterotopía presupone y exige una heterocronía en la medida en que el tiempo es una categoría fundamental del espacio, guardando una relación simbiótica entre sí. A muchos espacios corresponden distintos y varios tiempos, interpolados. Para nosotros, bisnietos de las implicaciones físicas y filosóficas de la teoría de la relatividad, el tiempo es una categoría del espacio, una dimensión que no podemos transitar a nuestro antojo y que nos ancla en un presente imperativo. En los espacios heterotópicos pasado y futuro se correlacionan con el presente influyéndose entre sí, exactamente de la misma manera en como sucede en las ciudades. La ciudad de México, por decir algo, es impensable como un lugar anclado en lugar temporal definido, y si bien las heterotopías son localizables se definen por su capacidad de tránsito: son las ciudades que caminan; de ahí que en un mismo lugar puedan darse, aun en este momento, convivencias del México colonial con el revolucionario, conjugando en un instante la hipermodernidad de las telecomunicaciones y la miseria descarnada. Cuando Octavio Paz cincela que los mexicanos finalmente somos “contemporáneos de todos los hombres” , más que interpretar una generalidad se está refiriendo a un fraccionamiento claramente delimitado: el de la república letrada. Por otro lado podríamos encontrar su correlato en la fantasmal, campesina y alegórica Comala de Juan Rulfo, esa herida perpetua que corporiza una realidad profunda e innegable, vigente y precisa que retrata con justeza una realidad oscura, radiografía sustancialmente distinta –no por ello condenable– de la de un México hipertrofiado, moderno y tradicionalista como el que leemos en la ficción perfectamente fechada y sin embargo aglutinante de Carlos Fuentes en La región más transparente.
Foucault argumenta la capacidad de todos los pueblos para construir heterotopías; sostiene además que todas ellas desarrollan una función específica, convirtiéndose en símbolo y ruta de circulación para expresar la discontinuidad y la diferencia, testimoniando un estado de excepción.
Las heterotopías, con su arácnido nombre, son capaces de yuxtaponer en un mismo espacio distintas circunstancias. Como el aleph de Borges, los lugares heterotópicos son un punto de fuga hacia el universo, conteniendo en un momento la simultaneidad y la multiplicidad: los diversos rostros de un prisma (piénsese la metrópolis que se apetezca). Toda heterotopía se ofrece como posibilidad para pensar y asumir lo otro a través de la coexistencia en un espacio heteróclito, dando cuenta de las realidades enfrentadas que acontecen a los habitantes de territorios infinitos. El propio cuerpo se despliega como un topos en construcción. Heterogéneo, el cuerpo es la ciudadela mudable que registra lo que fuimos y lo que seremos mientras estamos siendo. Como el cuerpo, las heterotopías ocurren.
Lo mismo pasa con el espacio virtual y los entramados infinitos de la red. La World Wide Web es un lugar impreciso que a través de su incorporeidad materializa las regiones. Está fuera del tiempo y del espacio; su naturaleza es múltiple, fragmentada y está siempre en movimiento. En efecto, el mundo es una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Si París, como clamó Benjamin, fue la capital del siglo XIX, ahora podemos asegurar que cada ciudad, cada minúscula población y cada hendidura en donde haya una conexión con el ciberespacio es el eje del universo. Todos habitamos la misma fantasmagórica, infinita capital. Tanto en las calles de tierra donde el transporte es a lomo de bestia como en los palacios de concreto despótico, somos ciudadanos atemporales. Tentativas como las de “Google Earth” obligan a repensar los conceptos de telepresencia, visita y, sobre todo, el escabroso “tiempo real”.
A esta situación habría que agregar su excedente, su tautología: los llamados países virtuales, estados contemporáneos (se reconocen como tales) cuya extensión se mide en gigabytes. De acuerdo con la página de la Sociedad Virtual de las Micronaciones, existen a la fecha más de doscientos países. Este auge de “naciones” responde al tipo de sociedad en que vivimos, en la que los altísimos flujos informativos no impiden en lo absoluto la incomunicación ni la soledad. Para ser ciudadano (“netizen”) de estos sitios es necesario llenar formularios aduanales y describir los motivos por los que se pretende adquirir la nacionalidad del país elegido. El trámite de adscripción por lo general es gratuito, aunque algunos países cobran cuotas especiales por pertenecer a la realeza o al gobierno del país.
Otra clara heterotopía son los centros comerciales, plazas asépticas que permiten la libertad de movimiento para pasar de la sastrería italiana a la comodidad deportiva estadounidense con tan sólo un cambio de pasillo. En la sección de alimentos conviven en armonía la comida china, mexicana, japonesa, estadounidense, italiana, árabe y francesa en un espacio compartido. Estos lugares de recreación, convenientemente ubicados a las afueras de las ciudades, son el ejemplo de territorios que habitan una realidad alterna en mundos paralelos. La zona de Santa Fe, en la Ciudad de México, es el paradigma preclaro para contemplar la miseria y el confort en un mismo distrito. La avenida Laprida, en Buenos Aires, registra en una misma vía la pobreza extrema con la riqueza desmedida.
La guerra, desde luego, es otro espacio cercado de la linealidad temporal y topológica en que vivimos. La zona de conflicto adquiere una velocidad distinta a la del mundo asumiendo su propia aceleración. No otra cosa intentaron comunicar, con mayor o menor fortuna, Paul Virilio y Jean Baudrillard.
Entender la ciudad como heterotopía abre también la posibilidad, ante los mil rostros de la barbarie, de construir una resistencia política que sea a la vez herramienta para abordar la diferencia y entrever, idealistamente acaso, un lugar para la concordia. La heterotopía es plausible porque reconoce la heterogénesis que la conforma, porque es una opción en continua cimentación y porque es una forma extensa y mudable de entender a la ciudad y sus caprichos.
La posibilidad de una sociedad heterotópica es conveniente, sobre todo, porque permite comprender bajo el sino de la apertura las condiciones de la alteridad desde lo mismo: nuestra imagen en el espejo de los otros.

La ciudad y la furia
La mirada recorre las calles como páginas escritas:
la ciudad lo dice todo lo que debes pensar, te hace
repetir su discurso
Italo Calvino

Sujetos limitados, incapaces de metabolizar la ciudad, de seguir su aceleración e incluso imposibilitados para testimoniar su desaparición, los habitantes de las ciudades semejamos más un apéndice que un órgano neurálgico dentro del cuerpo urbano: la ciudad es la Matrix y sus ciudadanos somos, en su espesa mayoría, meros transeúntes inconscientes de su lugar, su poder y su ingerencia en el acontecer de la urbe.
Sin embargo, pese a estar condenados a funcionar como ínfimos pedazos de un espacio que nos devora y nos ignora, es posible –desde el asombro poético o la violencia explícita (por decir algo) –, erigir un espacio público que nos contenga y justifique; un espacio ciudadano como contrapeso a la dispersión y a la fragmentación que hunde, en medio de las horrísonas multitudes, en una soledad, un desamparo y un mutismo permanentes. El individuo contemporáneo es el punto de disyunción entre la urbs (las representaciones urbanas y arquitectónicas de la ciudad) y la civitas (relaciones humanas, políticas, simbólicas al interior de la misma); un agente ensimismado que, no obstante, es un agente reactivo, inflamable, capaz de intervenir en el destino de las ciudades. Un ejemplo preclaro, en el ámbito literario, es el de Lorca en Nueva York, un canto infinito –bellísimo por horrible– para una ciudad infinita, seductora y abisal. Poeta en Nueva York es un alarido ante inmensidad de la mirada: es la palabra que vuelve decible las ciudades, las torna humanas y nos deja la llave. Es muy difícil, para el lector de la obra, resistirse a la tentación de no transcribir el poemario entero. Por el momento, en un ejercicio terrorista, selecciono algunas frases a mi entero arbitrio:

De bajo de las multiplicaciones/hay una gota de sangre de pato./Debajo de las divisiones/hay una gota de sangre de marinero./Debajo de las sumas, un río de sangre tierna./Un río que viene cantando/por los dormitorios de los arrabales,/y es plata, cemento o brisa/en el alba mentida de New York./ (…).Yo he venido para ver la turbia sangre,/la sangre que lleva las máquinas a las cataratas/y el espíritu a la lengua de la cobra./Todos los días se matan en New York/cuatro millones de patos,/cinco millones de cerdos,/dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,/un millón de vacas,/un millón de corderos/y dos millones de gallos/que dejan los cielos hechos añicos./ (…)Yo denuncio a toda la gente/que ignora la otra mitad,/la mitad irredimible/que levanta sus montes de cemento/donde laten los corazones/de los animalitos que se olvidan/y donde caeremos todos/
en la última fiesta de los taladros./Os escupo en la cara.


Otro ejemplo categórico es el personaje de “El cobrador” de Rubem Fonseca, ser profundamente humano que refleja con precisión y contundencia la fracasada modernidad latinoamericana a través de un comportamiento violento y barbárico que se revela como complemento (acaso valiera escribir fundamento) de las sociedades obnubiladas por un sistema económico carnicero y políticamente corrupto que condena a la mayoría a una desahuciada y miserable periferia, a ser un espectador resentido de su propia vida. De allí que, un menesteroso desdentado con hambre de venganza –la única justicia a mano ante una realidad criminal– se decida a cobrar lo que le deben, a poner las cosas en su sitio:

Odeio dentistas, comerciantes, advogadas, industriais, funcionários, médicos, executivos, essa canalha inteira (…). Eu não pago mais nada, cansei de pagar! (...), agora eu só cobro! (…). A rua cheia de gente. Digo, dentro da minha cabeça, e às vezes para fora, está todo mundo me devendo! Estão me devendo comida, buceta, cobertor, sapato, casa, automóvel, relógio, dentes, estão me devendo. Um cego pede esmolas sacudindo uma cuia de alumínio com moedas. Dou um pontapé na cuia dele, o barulhinho das moedas me irrita. Rua Marechal Floriano, casa de armas, farmácia, banco, china, retratista, Light, vacina, médico, Ducal, gente aos montes. De manhã não se consegue andar na direção da Central, a multidão vem rolando como uma enorme lagarta ocupando toda a calçada.

Este fragmento, lúcido y corrosivo como buena parte de literatura de Fonseca, es una de las posibles consecuencias del individuo enfrentado a una ciudad sin otra opción que la furia como guarida y alimento. No es de extrañar que, en una calle atestada hasta el hartazgo de individuos sin rostro, imbuidos en una cinética que sólo consiente el slam desangelado de las grandes avenidas, el intercambio municipal de caspa en el metro y el desprecio clasista como saludo en los cruceros, un hombre armado se anime a despejar su camino para construir un espacio que lo contenga y justifique: una ciudad para sí mismo.

Por el momento resulta imposible aventurar, siquiera como adivinanza, cualquier tipo de conclusión. Baste para clausurar este bosquejo con señalar que toda ciudad es una voz necesaria dentro del coro, sublime o pavoroso, que circunda nuestros pasos por las calles desoladas.



*Texto leído en el “XXIX Simposio Internacional de Literatura: Los mundos posibles”, celebrado en la ciudad de Luján, Buenos Aires, Argentina en agosto de 2007.



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