El cuerpo des-organizado del masoquismo.

Ramón Castillo
yonolosedecierto.losupongo@gmail.com
Publicado el: 07/10/07.doc


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Leopold von Sacher-Masoch nació en Lemberg, Galitzia, en 1835 y murió en 1895. En su tiempo fue un autor reconocido y respetado, su obra más conocida es La Venus de las pieles, publicada en 1870. En 1887 Richard von Krafft-Ebing publica un libro titulado Psycopathia Sexualis.


El cuerpo des-organizado del masoquismo.


¡Como a una cola de caballo, átame a los cometas,
y azótame!
Y que mi cuerpo se desgarre en las puntas de las estrellas.
Ma?akovski.
La flauta de las vértebras.

Ramón Castillo
yonolosedecierto.losupongo@gmail.com
Introducción.
Leopold von Sacher-Masoch nació en Lemberg, Galitzia, en 1835 y murió en 1895. En su tiempo fue un autor reconocido y respetado, su obra más conocida es La Venus de las pieles, publicada en 1870. En 1887 Richard von Krafft-Ebing publica un libro titulado Psycopathia Sexualis. En dicho texto, en el capítulo IX ‘después del sadismo y antes del exhibicionismo y del fetichismo’1 encontramos el nacimiento del masoquismo, caracterizado de esta forma: ‘derivado del nombre de Sacher-Masoch, quién describió muchas veces la asociación de la voluptuosidad con el sometimiento a crueldades […]; dirección del instinto sexual hacia el círculo de representación del sometimiento a otra persona, y malos tratos infligidos por esta otra persona’2. Esta caracterización suplía a la antigua definición de algolagnia” utilizada por Schrenck-Hotzing (lagnia = voluptuosidad) (algos = sufrimiento). Fue en vida del propio Sacher-Masoch ver cómo su nombre se ligaba a una perversión sexual. Mas tarde, Freud tratará el tema del recién nacido masoquismo.
La tesis que sostenemos a lo largo de este breve ensayo es que a partir de la lectura deleuziana, la dinámica masoquista se nos presenta como la ‘reterritorialización’ de una noción ya ‘estratificada’ dentro del ámbito del discurso psicoanalítico, a fin de elaborar una nueva lectura más creativa; es decir, el masoquismo servirá como ejemplo de la noción esgrimida por Deleuze y Guattari de ‘Cuerpo sin órganos’ en tanto proceso creativo y emancipatorio.
Para nuestro propósito observaremos, rápidamente en un primer momento, cómo Freud describe y caracteriza al masoquismo. Posteriormente seguiremos algunos de los puntos principales que propone Deleuze en su libro Presentación de Sacher-Masoch. En la segunda parte del texto, expondremos la noción de Cuerpo sin órganos; para terminar después con un acercamiento a la oposición entre la noción psicoanalítica y la propuesta deleuziana.


Psicoanálisis y masoquismo.
Uno.
En su libro sobre el masoquismo, Deleuze desarrolla la idea de una disolución del ‘monstruo semiológico’ sadomasoquista, esto es, emprende un análisis de las dinámicas sádica y masoquista para eliminar toda confusión respecto a una supuesta unidad entre ambas perversiones, unidad que si bien tenía sus orígenes antes del surgimiento del análisis psicoanalítico freudiano y se basaba en una serie de malas interpretaciones, este simplemente en palabras del mismo Deleuze “en lugar de cuestionar, se contentó con hacer más convincentes”3. Este trabajo, notable por su profundidad interpretativa, fue catalogado en su momento inclusive por Jacques Lacan como “incuestionablemente el mejor texto que jamás haya sido escrito”4.

La dinámica masoquista fue definida por Freud, en un primer momento, como una vuelta del sadismo hacia el ‘yo’; es decir, el masoquismo sólo existiría como en ‘ligazón’ con el sadismo. Esta primera definición, presentada en los Tres ensayos de teoría sexual, coloca el acento en la actitud pasiva del masoquista y su carácter de reverso del sadismo, así como la inexistencia de un masoquismo primario. Esta caracterización se mostró insuficiente, pues en El problema económico del masoquismo, Freud toma un camino distinto para acercarse al problema en cuestión, retoma algunos elementos ya desarrollados en un artículo anterior, Pegan a un niño. Esto es, admite la existencia de un masoquismo ‘primario’ cuyo origen está aparejado con el sadismo primitivo, la conjunción entre conciencia de culpa y erotismo es el elemento primordial para que el ser-azotado sea caracterizado por Freud, como la esencia del masoquismo5; es decir, existe un castigo por el deseo genital prohibido y una regresión hacia una etapa anterior, modificada, reprimida, en la cual encontramos el núcleo de la excitación libidinosa, esto es, una regresión al estadio sádico-anal en donde ‘ser pegado’ es ‘ser amado’.
Aquí el gran descubrimiento es la conciencia de culpa, sin la cual no es posible la transmutación del sadismo en masoquismo. El masoquista busca entonces el castigo, él es culpable de antemano, de hecho él se ha vuelto culpable por elección propia, en toda ocasión ‘cada castigo es en el fondo la castración y, como tal, el cumplimiento de la vieja actitud pasiva hacia el padre’6. Se erige así un Superyó sádico, castrante, lacerante, siempre vigilando y un Yo masoquista, pasivo, anhelante de ser castigado. Sin embargo, en El problema económico del masoquismo, lo esencial es la introducción de un elemento que coloca el acento en el carácter paradójico de la administración de la economía libidinal del sujeto; si recordamos fugazmente que según el ‘principio de placer’ el sujeto evita a toda costa el displacer o sufrimiento y procura el placer en toda ocasión, nos parece harto extraño que un sujeto busque en el displacer la fuente de su goce, en el castigo, las veleidades de la carne y en la humillación su ascesis espiritual. Esto es así, según Freud, debido a que el ‘instinto de muerte’, que es un instinto de destrucción, se proyecta hacia el exterior, al servicio de la sexualidad, sin embargo, queda una parte sin exteriorizar, en el organismo. Este reducto es aquello que no desea otra cosa más que la autoaniquilación, es por esto aún más antiguo que el sadismo, antes de que este sea exteriorizado, esta tensión cohesiona tanto las pulsiones sexuales como las autodestructivas. Hay una intrincación pulsional. Pero al parecer Freud continua sosteniendo no sólo la unidad sadomasoquista como opuesta simétricamente, sino, y en ultima instancia, el mismo sadismo vuelto hacia el yo. Es decir, no existe en Freud una autonomía del masoquismo.

Dos.
Tres serán los elementos que resaltaremos del análisis emprendido por Deleuze. Primero, el triple movimiento que se sucede a nivel del orden simbólico. Esto comprende un proceso doble de ‘denegación’ (verneinung), la forclusión (verwerfung) del padre y la triple unidad de la madre en la figura de la mujer verdugo. Para Masoch, nos señala Deleuze, el Ideal de la mujer no es sino aquella madre en la que ‘el sentimentalismo y la crueldad femeninos hacen reflexionar al hombre’7, la madre oral, que se encuentra entre la mujer hetera, pagana, ‘generadora de desorden’ y su extremo opuesto, la mujer sádica que gusta de hacer sufrir y torturar, es el ideal de la madre buena en tanto capaz de castigar sádicamente como de proveer el goce sensual. Esto nos lleva a la expulsión dentro del orden de lo simbólico de la figura del padre, Deleuze inclusive llega a preguntarse el por qué de la instauración del Nombre- del –padre, como generador de cultura, cuando encontramos en la dinámica masoquista su total ausencia. Es decir, la doble denegación efectuada por el masoquista es la plena manifestación de su teatro, ‘a la denegación magnificadora de la madre […], corresponde una denegación anuladora del padre […]’8; sin embargo, esta forclusión como bien observa Deleuze y siguiendo a Lacan, puede afectar al orden de lo real en forma alucinatoria, para salvar este atolladero Masoch invoca el contrato. Así, se establece entonces la estructura formal del masoquismo, estos elementos cohesionan la unidad entera de la puesta en escena, salvan el teatro de las apariencias, de la demostración.
Un segundo elemento viene a continuar la idea de la anulación del padre, más precisamente de la función del Nombre-del-padre como significante de la ley que prohíbe el incesto. Cuando según la lectura que nos presenta Gilles Deleuze, el masoquista despliega todo su humor es al momento de hacerse castigar por el Superyó, la ley del Nombre-del-padre; esta burla maravillosa del Yo masoquista hacia el temible Superyó sádico. ¡Mira quién domina a quién! Le escupe el masoquista a la ley del significante, a la castración simbólica: Si tú me castigas, o crees hacerlo, es precisamente porque yo lo quiero así, porque mi placer reside en esa broma que despliego ante ti, en mi puesta en escena, mi magnífica actuación, mi teatro. Risa que desarma, sacude por entero al masoquista pues se burla de todo imperativo de corte kantiano, la ley queda burlada ante la humillación masoquista. Esto lo reconoció asimismo Jacques Lacan, que atinadamente observa en el sádico a un perverso más ingenuo que el masoquista, pues el ‘maso’ o el ‘masoca’ no tiene un pelo de tonto, su astucia radica en la manipulación que hace de las circunstancias, del arte de desplegar una serie de apariencias que disfrazan la intención perversa de su actuar. ‘El humor masoquista es esto: la misma ley que me veda realizar un deseo bajo pena de las consiguiente punición, es ahora una ley que pone la punición primero y me ordena en consecuencia satisfacer el deseo’9. Es en última instancia, reducir la ley al mayor de los absurdos10. La aplicación más radical de la ley no produce otra cosa mas que una enorme excitación.
Un tercer punto está en relación con el complejo de Edipo, pues este solo es sepultado, para abrir paso a la conciencia moral, en tanto sea desexualizado; sin embargo, observamos que en el masoquismo la resexualización es necesaria, de hecho en el sadismo también, pero no llegan a complementarse, son estructuras formales distintas. Pues la desexualización de uno implica la resexualización del otro. El sadismo está, como lo hemos venido mencionado, más cercano a la estructura Superyoica; así como el masoquismo lo está con el Yo. Por lo que no podemos seguir a Freud cuando sostiene que el instinto de muerte es lo que permite el paso del sadismo al masoquismo. En otras palabras, ‘se desexualiza a Eros, se le mortifica, para resexualizar a Tánatos’11, el movimiento perverso de la resexualización no hace otra cosa más que establecer las nuevas condiciones para el despliegue del ideal masoquista. Una desexualización basada en la denegación de la ley sádica, superyoica, institucionalizada, por una resexualización contractual en la que el castigo y la posibilidad de la muerte abren la vía para el nacimiento del nuevo hombre.


Cuerpos sin órganos y masoquismo.

Tres.

Artaud le declara la guerra a los órganos. Deleuze y Guattari despliegan sus máquinas de guerra contra la organización, el organismo, la Unidad. Un Cuerpo sin órganos no está vacío, muy al contrario, es un Cuerpo lleno sin órganos, es un complejo indiferenciado donde las máquinas deseantes producen producción de deseo, pues ‘el deseo hace fluir, fluye y corta’12, por eso el Cuerpo sin órganos es abierto, bifurcado, rizomático. Es pues, dice Deleuze, como una línea decorativa gótica: ‘quebrada, rota, desviada, vuelta sobre sí, enrollada o bien prolongada fuera de sus límites naturales’13. El Cuerpo sin órganos es un plan o plano consistente fruto de multiplicidades que establecen y rompen sus conexiones constantemente, de manera que nunca se estratifica sino que se cuadricula de tal manera que los puntos disyuntivos tejen una gran red de nuevas síntesis. No hay órganos determinados que funcionen de maneras especificas y que dicten en definitiva cómo ha de comportarse el todo, es decir, el organismo; pero sí hay estratificaciones, codificaciones, coagulaciones, acumulaciones, sedimentaciones, en fin, una gama de jerarquías organizativas y dominantes14, o como dice Foucault: ‘ascetas políticos, militantes morosos, terroristas de la teoría, […] burócratas de la revolución, funcionarios de la verdad […] lastimosos técnicos del decir (incluidos semiólogos y psicoanalistas)’, 15 etc. A esta organización se opone el Cuerpo sin órganos, en él encontramos series de conexiones disyuntivas, hay desordenes intelectuales, perceptuales, amorosos, pasionales, perversos, límpidos, etílicos, musicales, literarios, en síntesis, hay líneas de fuga, puertas de escape, grandes aberturas territoriales. Porque en última instancia, todo se trata de huir, se huye, así lo dice uno de los niños peregrinos de la obra de Andrzejewski: ‘he huido, porque más que la seguridad de la posesión me atrae la incertidumbre de la búsqueda, ayer, anteayer, hoy y siempre me han tentado y siguen tentándome las inmensidades ignotas del tiempo y del espacio que ante mí pueden abrirse, que ante mí, a veces, se abren, atraen y apremian impacientemente, porque pueden contenerlo todo y encerrarlo todo’16.
En definitiva, observamos el flujo de lo que no se puede apresar, el CsO se asemeja a los moribundos yonquis de Burroughs, a una terrible descomposición de sus cuerpos, de la sustancia que en ese momento se vuelve resbaladiza, pegajosa, carente de forma humana17. Un Cuerpo sin órganos es, en última instancia, desterritorialización. Pero cuidado, nos dicen Guattari y Deleuze, si se desestratifica demasiado rápido o salvajemente, terminaremos por matarnos a nosotros mismo: ‘lo peor no es quedar estratificado –organizado, significado, sujeto- sino precipitar los estratos en un desmoronamiento suicida o demente…’18. Por que el Cuerpo sin órganos no es, no quisiéramos que fuera un cuerpo muerto, lo que se busca es una acción liberada del ideal de una organización. La organización sería la “correcta” forma de ser, la identidad con el “tú debes” kantiano en oposición al “yo quiero” nietzscheano, es la sentencia reichiana del culto al orgasmo, la literatura que proclama al Estado, el psicoanálisis que neurotiza y edipiza todo lo que toca, la filosofía de academia que se cuenta jactanciosa a sí misma su propia historia, la ley de la carencia y el inconsciente significante, en resumen, todo intento de micro fascismo19.
El Cuerpo sin órganos es ‘un cuerpo desorganizado, una inmensa piel fría o caliente que desplaza consigo unos afectos y unas intensidades más o menos ardientes, una vasta célula nómada en la que hormiguean unas poblaciones de rojeces, de frotes, de caricias, de estimulaciones, de poros abiertos, de epidermis exasperadas’20, es la construcción de asignificantes, es decir, intensidades que recorren transversalmente el plano de consistencia, cartografiando nuevos espacios21 tendiendo conexiones entre las máquinas y sus flujos deseantes, proclamando la multiplicidad del inconsciente al renunciar a una interpretación dictatorial y buscar ante todo ‘la producción del inconsciente’22 y no su represión.

Cuatro.
El masoquismo ha sido mal comprendido, eso ya lo vimos. El problema, apunta Deleuze, es que sigue sin entenderse, por lo menos no se concibe fuera de un discurso en donde encontramos fantasmas, teatro antiguo, mitos, representaciones, significantes, castraciones, incestos, papá-mamá, etc.23.
Por esto mismo el psicoanálisis lo entiende en términos de ‘fantasma’, y a este hay que interpretarlo, se lee como un matema, en donde el sujeto está barrado, por principio ya se carece de algo, y la relación del sujeto no será más que una relación imposible con el objeto de su deseo, el sujeto irá movido siempre a la búsqueda de esta fantasma, anhelando el goce. En cambio, el esquizoanalisis, como lo proponen Deleuze y Guattari, ve en el masoquismo, por el contrario, una tentativa experimental, el masoquismo no ve obstruido el acceso a su goce debido a un fantasma, es decir no necesita del castigo para gozar indirectamente por el sufrimiento infringido, sino por el contrario, hay un ‘gozo inmanente al deseo’, de ahí que se retarde el placer, el congelamiento del ideal masoquista es plenitud de goce, el masoquista no carece de nada, ‘utiliza el sufrimiento como un medio para construir un Cuerpo sin órganos’24. Un plan de consistencia donde los términos se han invertido, puro agenciamiento de sí mismo, revolución formal en la cual el deseo desborda toda territorialización previa y abre una cartografía distinta. Para el masoquista el padre no es el que castra simbólicamente sino el expulsado del campo simbólico, él es el azotado en tanto denegado, humillado en tanto forcluido. La triangulación edípica no seria entonces sino una serie de elementos de dominio y control, la estratificación del Nombre-del-padre sobre el sujeto. Es entonces que buscan, tanto Deleuze como Guattari, desedipizar al sujeto a fin de promover la disolución necesaria y constitutiva de una auténtica libertad creativa. El territorio, o uno de los posibles territorios, es la dinámica masoquista, en donde se juega el amplio e infinito deslizamiento hacia la multiplicidad y a través de ella, la virtualidad y su actualización rizomática. Pero no somos ingenuos, el masoquismo tal vez, no es el mejor medio para hacerse un Cuerpo sin órganos, pero es una posibilidad. Lo resaltable en última instancia es concebir máquinas deseantes, que no carecen de nada, es decir, no deseamos por desear, en conclusión, deseamos por que la producción deseante es constitutiva y posibilita nuevos agenciamientos.



Notas.
1.- Assoun, P.L. El masoquismo. Págs. 8-9.
2.- Ibid. Págs. 8-9.
3.- Deleuze, Gilles. Presentación de Sacher-Masoch. Pág. 134.
4.- Lacan, Jacques. La lógica del fantasma. Clase 16. Del 19 de abril de 1967. Traducción de Pablo G. Kaina
5.- Freud, Sigmund. Pegan a un niño. Pág. 186
6.- Assoun, P.L. El masoquismo. Pág. 50
7.- Deleuze, Gilles. Presentación de Sacher-Masoch. Pág. 58.
8.- Ibid. Pág. 67.
9.- Ibid. Pág. 92
10.- Baste recordar las lecturas de Kafka de El proceso, a sus amigos, en la que no paraban de reír. Cf. Deleuze, Gilles. Crítica y clínica. Anagrama.
11.- Deleuze, Gilles. Presentación de Sacher-Masoch. Pág. 123.
12.- Deleuze, G. y Guattari. F. El Anti-Edipo. Pág. 15.
13.- Deleuze, Gilles. Francis Bacon. Lógica de la sensación. Pág.53.
14.- Cf. Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas. Pág. 164.
15.- Foucault, Michel. L’Anti-Oedipe: Une introduction à la vie non fasciste
16.- Andrzejewski, Jerzy. Las puertas del paraíso. Pág. 95.
17.- Cf. La divertida anécdota del hombre que enseñó a hablar a su culo. Burroughs, William. El almuerzo desnudo. Pág. 135.
18.- Cf. Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas. Pág. 165.
19.- Cf. Foucault, Michel. L’Anti-Oedipe: Une introduction à la vie non fasciste
20.- Bruckner, P. y Finkielkraut, A. El nuevo desorden amoroso. Pág. 284.
21.- Cf. Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas Pág. 11.
22.- Cf. Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas. Pág. 22-23. y El Anti- Edipo. Pág. 20, 31.
23.- Deleuze, G. y Guattari, F. El Anti-Edipo. Pág. 31.
24.- Deleuze, G. y Guattari, F. Mil mesetas. Pág. 160 y ss.


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