“La fijeza es siempre momentánea”

Luis Jaime Ariza Tello

Publicado el: 11/09/07


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La frase del título es de Octavio Paz . Pero la razón para el mismo, sin embargo, no viene dada por los recuerdos sobre los ensayos de Paz sino porque, en mi opinión, sintetiza una idea que está en el núcleo mismo del pensamiento de Carlos Marx, sobre cuyos métodos de investigación y de exposición intento un ensayo.


“La fijeza es siempre momentánea”
Luis Jaime Ariza Tello, Comunicador Social - Sociólogo

Introducción

La frase del título es de Octavio Paz . Pero la razón para el mismo, sin embargo, no viene dada por los recuerdos sobre los ensayos de Paz sino porque, en mi opinión, sintetiza una idea que está en el núcleo mismo del pensamiento de Carlos Marx, sobre cuyos métodos de investigación y de exposición intento un ensayo.

Mis temas aquí son la historia y el método, asuntos que difícilmente pueden tratarse en unas pocas páginas y cuyo tratamiento, por las condiciones en que se plantean (los límites de una discusión académica con apenas “iniciados” en la obra de Marx), apenas puede aspirar al nombre de “aproximación”.


Los rasgos de una escritura

Dos textos de Carlos Marx deben servir al propósito de una exégesis que interroga por la concepción o la teoría de la historia que con él se inauguran, al tiempo que por los aspectos instrumentales que sustentan su método. El primero de ellos, en orden cronológico de elaboración, es El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte ; el segundo, La Guerra Civil en Francia . Como complemento de este ejercicio, una serie de lecturas varias, entre las que destaco Dialéctica de lo Concreto, Razón y Revolución, Todo lo Sólido se Desvanece en el Aire y El Oficio de Sociólogo.

La referencia a la escritura apunta a esclarecer las características del método expositivo en Marx. Se intenta comentar aspectos generales de tal método, en términos de la estructura de los textos, su estilo, la sustentación documental, el análisis y la explicitación de aspectos teóricos relativos a una concepción de la historia.

La primera impresión es que en los textos hay una estructura en espiral: Marx expone y re-expone hechos y circunstancias, señala y enfatiza aspectos relacionados con las situaciones que describe, dibuja y analiza dos momentos cruciales para el proletariado francés en la búsqueda y la afirmación de su papel histórico (el “ensayo” del dieciocho brumario, trágico y necesario; la “comprobación” de la Comuna). Semejante a un texto musical, quizás una sinfonía, la escritura de Marx introduce y desarrolla el tema dominante (primer movimiento: exposición sucinta, concisa, rotunda), recrea el tema y prepara un desenlace (segundo movimiento: análisis y comentario, revisión y afirmación de ideas), y resuelve (tercer movimiento: síntesis de la exposición, de los análisis y los comentarios, conjunción de los elementos en la totalidad de una visión compleja).

La espiral gira y crece desde un núcleo, es cíclica (pero sólo en apariencia torna a un mismo “norte”: el segundo está más alejado del “centro” que el del primer ciclo). Así, los comentarios y los análisis son “envolventes”, recogen aspectos ya planteados y los redimensionan, los complementan (como diría Cortázar, los “corrigen, critican y ensanchan” ).

En esta estructura, que aparentemente “da vueltas sobre sí misma”, los elementos distintivos en cada avance del texto —cada ciclo de la espiral— revelan nuevos aspectos de una historia que por su dinámica misma se resiste a ser “fijada” (es decir, en la que hay perspectivas diferentes, puntos de vista e intereses contrapuestos, sucesos que cobran sentido por otros sucesos más que en sí mismos, valoraciones y cambios de postura de los actores sociales frente a un mismo evento).

El estilo refuerza esa impresión: la actuación de un hombre puede describirse, pero también puede explicarse, y puede también valorarse frente a un conjunto de otras acciones; puede ser —y es— interpretada de manera que en ella se revele un interés contrario al que explícitamente señala su ejecutor. Marx avanza en el texto descorriendo velos, desenmascarando imposturas, hallando relaciones cercanas o lejanas entre una actuación “desinteresada” y un interés “actuado”; esta intención desmistificadora se advierte en cada comentario, en las duras y precisas calificaciones que se dan un farsante, en las lapidarias frases con que revela el sentido oculto (tras su manifestación) de un acto. Así, escribe en La Comuna:

“Como se ve, estos hombres (refiriéndose a Favre, a Picard, a Ferry) sólo podían encontrar tickets-of-leave entre las ruinas de París. Hombres así eran precísamente los que Bismarck necesitaba. Hubo un barajar de naipes y Thiers, hasta entonces inspirador secreto del Gobierno, apareció ahora como su presidente, teniendo por ministros a tickets-of-leave-men.

Thiers, ese enano monstruoso, tuvo fascinada durante casi medio siglo a la burguesía francesa por ser la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción como clase…”

Al análisis de los roles, francos o fingidos, no escapa ningún actor individual; pero, además, cada actor individual se revela como “agente” de un pensamiento, de una postura, de una ideología, que son los pensamientos y las posturas y las ideologías de sectores de clase en pugna en una sociedad francesa que busca recomponerse tras el demoledor golpe de la revolución de 1789.

Y en el estilo hay tiempo y lugar aún para la ironía: Marx es despiadado con quienes considera no sólo contrarios al movimiento de la historia sino, sobre todo, falsos profetas y líderes “de contrabando”. En uno y otro de los textos comentados se revelan la doble moral y el consecuente doble discurso de los “pescadores de río revuelto”; uno tras otro, los dirigentes, los partidos, las clases, son sometidos a examen y puestos en evidencia. Marx expone sus contradicciones, desmonta sus argumentos, revela sus verdaderas intenciones.

El estilo, por otra parte, tiene la virtud de enseñar. Marx es didáctico y a ese propósito se ordenan las comparaciones, las metáforas, la periodización de los eventos, la caracterización de los actores; también la ordenación de sus textos en capítulos, cada uno de los cuales se concentra en un aspecto y lo desarrolla hasta revelar su esencia.

La armazón de este discurso apunta a la comprobación de una tesis, a la verificación de unas teorías (sobre la historia, sobre las clases sociales, sobre el Estado) que, en el fondo, son una y la misma. Los textos de Marx son complejos porque en ellos articula o “anuda” distintas vertientes de su pensamiento, diferentes modos de abordar cada asunto: hay una perspectiva única y múltiple a la vez, la búsqueda de elaboración de una visión de conjunto y la explicitaciónde sus formas de manifestación en situaciones particulares; cada aspecto teórico remite a otro, cada detalle se amplía o se aclara con un detalle posterior. La historia narrada expresa una idea capital sobre la historia que se narra: cada hecho es único, pero no deriva su significación de él mismo sino de su puesta en relación con el todo.

Un discurso con tal vocación no puede construirse solamente como elaboración teórica. El terreno “experimental” del marxismo es la historia vivida, y por ello la dimensión referencial del discurso abunda en datos precisos, en fechas, en alusión a otros discursos y a otros documentos.

La producción del texto se revela como un elemento fundamental del método. Como en Montaigne, el texto es asumido como “ensayo”, como terreno sobre el cual, en la marcha misma de la escritura, se produce el conocimiento: consideraciones generales, descripción de una situación, evaluación de unas actuaciones, análisis del conjunto, síntesis; movimiento permanente de una elaboración que va edificando una obra en la medida que se toma a sí misma como referente, construyendo planos más amplios sobre la base de elementos “simples”. Marx va “sembrando” en el terreno pequeños mojones para establecer el dominio de una teoría: su teoría de la historia. Entonces, va apareciendo y complementándose un texto que, a su vez, es un momento que requiere el complemento de otros textos: por eso, quizás, la idea de que el marxismo no se acaba con Marx (la denominación misma del método y las teorías como “marxismo” tiene el inconveniente de poder ser leída como expresión de que uno y otra deben referirse exclusivamente a Marx, con lo cual las ideas se “fijan”, se inmovilizan y se hacen inútiles para abordar objetos distintos y distantes).

En suma, pues, el método de exposición en Marx parece proponer una intertextualidad por fuera de la cual no es lícito “citar” el discurso para sustentar una postura “marxista”. Con otras palabras, se trata de una escritura que no se agota en el examen de un problema particular, que se auto-referencia, se retroalimenta, se proyecta hacia delante y muestra ella misma ser, como su objeto (el análisis y la crítica de la sociedad), dinámica.


El método en la Historia

Aunque procedimentalmente podría resultar más conveniente elaborar por separado las ideas correspondientes al método marxista y a la concepción de la historia en Marx, he preferido abordar conjuntamente estas dos cuestiones. En la expresión “materialismo histórico” uno y otra se conjugan. La historia en Marx es proceso y resultado; además, como se mencionó a propósito del método expositivo, las referencias a hechos son puntos de partida y de llegada para la elaboración teórica. Más adelante, sin embargo, presentaré algunas ideas específicamente referidas al método general del marxismo.

Según afirma Marcuse, Hegel sometió tanto la historia como la naturaleza a las normas del pensamiento y de la libertad : el orden político y social que la humanidad había alcanzado era, pues, el basamento para la realización de la razón o, con sus propios términos, “la realización” de la razón. Pero el que esto se planteara de esta manera equivalía a asumir la naturaleza como racional en su estructura y, por tanto, a pensar que la vida social y la vida individual debían moldearse según el modelo de aquella.

En la perspectiva hegeliana, entonces, un término como ´estado´ debería referirse a un objeto concreto, resultado de un tipo particular de ordenamiento racional de la sociedad. Pero Marx demuestra que ´estado´ es un concepto abstracto mientras no exista un ejercicio analítico que “descomponga” el término en conceptos o determinaciones más simples, si bien éstos pueden ser también abstracciones. Es decir, el concepto no es válido o “potente” per se, sino porque “contiene” otros conceptos, porque constituye una “suma” de determinaciones (si bien no se trata de una suma aritmética sino de la estructuración compleja de un pensamiento sobre la realidad). De esta manera, para que la idea de estado no se “desvanezca en el aire”, debe “desagregarse” y explicarse por otros conceptos como ´propiedad privada´, ´trabajo asalariado´, ´valor de cambio´, ´mercado´, etc.

Lo concreto, entonces, sólo es tal en tanto se efectúa sobre él un análisis que fije y establezca los conceptos simples que lo configuran, condición sin la cual no puede llegarse a la comprensión de lo diverso que contiene, de la totalidad a la que hace referencia, con sus múltiples determinaciones y relaciones.

Allí, en ese modo de pensar un objeto social, están la historia y la dialéctica. Lo social es resultado de un proceso (o está inmerso en un proceso) y, por otra parte, es contradictorio o dependiente de variadas determinaciones. Del estudio sobre la manera como esas determinaciones se conjugan resulta el objeto, producto del “análisis concreto de una situación concreta”. Otra vez la dialéctica: lo abstracto es lo concreto. El objeto tiene una historia, cambia, y es producto de múltiples determinaciones.


El Dieciocho Brumario

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.”

La historia, en este pasaje del Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, es continuidad. No hay comienzo para ella, no hay forma de hacer tabula rasa en materia de conceptos para edificar un saber, ni de eventos para construir una historia “nueva” en la que se rompa con el pasado; siempre se actúa sobre la base de actos y de hechos anteriores, y el acierto de una actuación derivará en gran medida del conocimiento y de la distinción que existan sobre la historia precedente, de manera que se pueda evitar caer en la “farsa”.

En este texto Marx demuestra tener un conocimiento profundo de los acontecimientos que tuvieron lugar en Francia durante el período 1792-1795, que podríamos llamar del “primer brumario”. Pero no se trata del conocimiento de una serie de hechos “en bruto”, no se trata del anecdotario o la precisión en la cronología de hechos que acontecieron en un período dado, sino de la identificación en ese período de las fuerzas que entraron en contienda, de las circunstancias internas y externas que presionaban el desenlace de la confrontación entre aquellas. El paralelo, la comparación entre los dos períodos (1792-1795 y 1848-1852), no se centra en el problema mismo de los resultados (los golpes de estado, los Napoleones, las derrotas del proletariado), sino en el análisis de los factores determinantes de éstos.

Apoyado en las comparaciones, Marx va dejando anotaciones en las que se “leen” aspectos de su concepción sobre la historia. Particularmente rico en ellas es el capítulo I, en el que se exponen planteamientos que tienen enormes implicaciones y que ofrecen inmediata sustentación en el análisis que presenta de las situaciones examinadas. De alguna manera podría decirse que, a falta de un “laboratorio” en el que se simulen las condiciones y se lleven a cabo “ensayos” para verificar una teoría, en la teoría marxista de la historia los eventos sociales y políticos constituyen ellos mismos “experimentos” mediante los cuales la sociedad se aproxima a la concreción de su razón.

En esta perspectiva puede entenderse la exhortación de Marx para que las fuerzas de avanzada en la sociedad francesa, que “parecen haber retrocedido”, busquen crear “el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna”. La implícita admisión de un error en tal búsqueda supone el reconocimiento del ensayo, del experimento, como vía para eliminar los errores y acercarse al acierto. De hecho, en los dos períodos que se comparan, ensayan y experimentan, no sólo el proletariado sino todas y cada una de las clases que actúan de manera decisiva en la confrontación.

Pero la idea del ensayo es más clara en otro apartado del texto, esta vez referida a la entrada en escena del proletariado:

“…las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen contínuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: ¡Hic Rhodus, hic salta!, ¡Aquí esta la rosa, baila aquí!”.

El proletariado conoce, sobre la marcha misma de sus actuaciones y confrontaciones, la dinámica de la historia. Y el punto es llegar a tal conocimiento para poner la historia a su favor, para neutralizar los factores que le pueden ser adversos y apuntalar los favorables. Del conocimiento de la historia derivarán las decisiones sobre las formas de lucha que adopte, sobre las alianzas duraderas o transitorias que pacte, sobre la oportunidad de los movimientos que realice. Pero se trata de un conocimiento que se alcanza en la dinámica misma de la historia (estando “en” la historia), y en ella las posibilidades están abiertas para el triunfo y para el fracaso.

El otro punto central con respecto a la historia tiene que ver con los modos de producción. Frente a este punto, la teoría plantea la existencia de una dinámica social que tiene por sustento las transformaciones que estos modos imponen a las relaciones entre los hombres. Tal dinámica no tiene posibilidad de ser revertida: los modos de producción dan lugar a formas particulares de organización de la sociedad, suponen unas determinadas formas de división del trabajo, sustentan unas determinadas formas de dominación material y espiritual (ideológica). De hecho, “leer” un período de la historia con la “lente” construída en uno anterior conduce a interpretaciones que, en el caso del proletariado, son factores para la derrota. Y justamente una derrota (de los insurrectos de junio de 1848) “demostró” que:

“…en países de vieja civilización, con una formación de clase desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas tradicionales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida…”.

El cambio de los modos de producción, entonces, conlleva una modificación de las relaciones entre los hombres, y el sentido de una conquista de la humanidad puede cambiar de signo: quienes acceden al poder, quienes ejercen la dominación, no son generalmente consecuentes con los postulados y las consignas que les sirvieron como estandarte en la lucha contra anteriores dominadores. La burguesía rompió las barreras que la sociedad feudal oponía a su desarrollo, a su conquista del mundo; pero una vez instalado un nuevo orden la burguesía pasa al campo de la reacción, se convierte en defensora cada vez más radical del orden. Las nuevas formas de organización política, los partidos burgueses, toman nombre y partido a favor de la república, del orden, del progreso, de la libertad, pero el sentido de cada término es también nuevo y ya no apunta a la transformación revolucionaria de la sociedad sino a la consolidación de las formas que irrumpieron tras la revolución burguesa de 1789. Desde su ocurrencia, y en pocos años, ya se habían acuñado denominaciones para identificar a “radicales” y “moderados” (como en el período del primer brumario), a “republicanos” y “monárquicos”; y desde ella, y en pocos años también, aparecen nuevos discursos (el “doble discurso burgués”) que llenan de sentido (un “doble” y conveniente sentido) cada expresión que alude a los conflictos en que se debate la sociedad: las constituciones estarán llenas de frases que burgueses y proletarios leerán de manera diferente, porque la búsqueda de la razón en la historia los sitúa en campos antitéticos.


La Comuna de París

En este segundo texto es evidente que la fraseología marxista es más clara, compleja y contundente. En el capítulo tercero aparecen elementos centrales de la teoría, entreverados con el análisis de los acontecimientos de 1871. Son aspectos que parecen decantarse de análisis anteriores, de una elaboración que ya tiene como antecedente un conjunto de obras teóricas y de coyuntura, producidas en gran medida a partir del estudio sobre la sociedad y el estado franceses pero presentadas como síntesis de un pensamiento que tiene vocación universalista.

Por otra parte, es evidente que en este texto resulta más difícil aislar elementos “puros” relativos a la concepción de la historia en Marx, ya que ella no aparece desligada de sus consideraciones sobre el Estado, las clases, el proletariado (en ellos reside la historia, pues son los factores del movimiento de la sociedad). Por ejemplo, una afirmación como la de que

“…la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está, y servirse de ella para sus propios fines.”,

contiene un presupuesto (que se desarrolla posteriormente) sobre el carácter mismo de la “máquina del Estado burgués”; pero no sólo se refiere al Estado sino, además, a la indisoluble relación de ese estado —en general— con la clase a la que sirve (la burguesía). Finalmente, presenta una tesis central para la teoría de la historia, en la medida que plantea (supone) la necesaria transformación del estado burgués como condición para que el proletariado realice su destino.

De igual manera, otras alusiones a la conformación del estado burgués son, al tiempo, elaboraciones que concentran aspectos centrales de la concepción sobre la historia, y desarrollos de las teorías del estado y de las clases sociales:

“Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina de despotismo de clase.”

Hay pues, un Marx más complejo, más denso, como quiera que a este texto preceden El Capital, el Manifiesto del Partido Comunista, los Escritos Filosóficos, la mayoría de documentos teóricos y de análisis de su obra. Engels destaca las relaciones entre estos textos y llama la atención, en particular, sobre el sentido anticipatorio que tiene El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte con respecto a los eventos que Marx aborda en La Guerra Civil en Francia, y que en este texto confirman los pronósticos que en el primero se hacían.

Marx se revela aquí como “descubridor” de una lógica de la historia, construída sobre la base de la identificación de los factores que constituyen la dinámica de la sociedad: una lógica compleja pero en ciertos aspectos predecible, ya que en muchos casos la contrapartida de ciertos eventos es otro conjunto de eventos “necesarios” (como efectos de los anteriores y, también, como causas de nuevas situaciones).

La noción de necesidad aparece ya en el primero de los textos comentados aquí, referida a la idea de un proceso de maduración progresiva de la conciencia de clase del proletariado, a la exigencia de agotar sucesivos esfuerzos para deslindar campos con las fracciones burguesas que en un primer momento —el de la construcción de la república— creyó coincidentes con sus intereses.

Desarrollando una idea que ya aparece en El dieciocho Brumario, Marx critica la conciencia “ingenua” que tiende a imponer su visión sobre la historia: en realidad, la historia “no se repite” sino que los eventos históricos (la realidad social en un momento determinado) toman la apariencia de eventos anteriores; pero la conciencia ingenua “interpreta” a partir de los viejos referentes que posee y no alcanza a vislumbrar los “signos nuevos” que niegan la aparente semejanza de unos y otros:

“Generalmente, las creaciones históricas completamente nuevas están destinadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas e incluso difuntas de la vida social, con las cuales pueden presentar cierta semejanza…”

La nueva revolución tiene un signo diferente y, por tanto, apunta a fines diferentes: el proletariado ya ha “puesto en su lugar” a la burguesía. Como diría Poitier en La Internacional, “no más salvadores supremos, ni César, ni burgués, ni Dios”. El texto sobre la Comuna aparece en un momento en que ya se han descorrido velos y la contienda se ha esclarecido:

“…la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.”

Una concepción nueva de la historia se condensa en planteamientos que reivindican el papel revolucionario de la clase proletaria, sobre la cual recae la misión de “mover” los cimientos de una sociedad que, a pesar de sus discursos sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, demuestra servir exclusivamente a los intereses de la burguesía, cuyo ascenso confirma la tesis sobre el desarrollo de los modos de producción como factor dinamizador de la sociedad; ese ascenso la obliga a mostrar su verdadero carácter como clase explotadora y deja claro a qué sector de la sociedad corresponde “remover las trabas” que frenan el desarrollo social (se oponen a la historia). Los proletarios

“…no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente dar rienda suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno”.


Comentario Final

He querido en esta parte final volver sobre algunos aspectos anotados más arriba. Sin embargo, ya no se trata de mis personales intentos por leer un concepto sobre la historia en Marx, o de exponer los rasgos más destacables de su método, sino de adicionar observaciones enriquecidas por lecturas diferentes a los textos de Marx.

En primer lugar, me interesa referirme a la “inversión” que Marx hace con respecto a la idea hegeliana de la historia. En Marx, la razón se produce en la historia porque ella misma es un combate por la razón. La historia realiza una determinada razón (la razón triunfante). El hombre se realiza a sí mismo en la historia porque sólo en ella existe, y sólo en ella se alcanza la realización (o la aproximación) de un “posible”: el movimiento de la historia es el movimiento de los hombres: tal es el sentido de la historia.

En una perspectiva como la de Kosic, tendríamos que asumir de una vez el hecho de que no hay posibilidad de reposo, que sólo en la dinámica incesante de la transformación (nuestra y de nuestro entorno, del entorno por nosotros y con nosotros) podremos ser; es decir, que devenimos. Porque la realidad deviene, el mundo deviene, la verdad deviene.

De nuevo, entonces, la idea de Octavio Paz de que “la fijeza es siempre momentánea”, en la que —a mi entender— hay una observación válida no sólo como pista aproximativa a la concepción de Marx sobre la historia sino, en general, frente a su método de construcción de un objeto de investigación.

Esta idea puede traducirse, en palabras de Kosic, como noción de que la posibilidad de aprehender la realidad está mediada por las condiciones mismas en que se sitúa el científico social; la única afirmación clara e inmediata que puede hacer es que “ve lo que él es” y, por tanto, su visión de la realidad es siempre parcial, comporta una sola dimensión.

La aportación metodológica de Marx apunta a superar la escición que en el hombre se produce cuando enfrenta el conocimiento de la realidad, la incertidumbre que sólo en apariencia se resuelve al optar por la razón o por el registro “objetivo” de las cosas como fuentes del conocimiento. Su método reclama explicar las formas del movimiento de las cosas más que los fenómenos mediante los cuales las percibimos.

Sintéticamente enunciado, el método marxista plantea la necesidad de partir de fenómenos “para indagar y descubrir cómo se manifiesta y se oculta algo” en ellos (Kosic), de manera que en un movimiento posterior podamos volver a los conceptos originales enriquecidos, reinterpretados. Pero el método se “amarra” a una concepción de la historia en la medida que pone en evidencia el hecho de que, si producimos la realidad, entonces también estamos en capacidad de transformarla.

[Nota del profesor Lugardo Alvarez: “Este es tal vez el mejor ejercicio del curso. Ideas personales con lecturas apropiadas y utilizadas adecuadamente en el análisis.]



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