Jóvenes, formación y empleo

Iliana Pereyra

Publicado el: 19/02/07


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Entre las diversas respuestas de los sectores populares a las adversas condiciones socioeconómicas prevalecientes en América Latina, los emprendimientos productivos liderados por mujeres presentan un especial interés en tanto constituyen estrategias donde se combinan de manera sinérgica componentes educativos, económicos y de género, con el resultado de transformaciones profundas en las personas, ...


Jóvenes, formación y empleo


Género, educación y economía popular: Los emprendimientos productivos de las mujeres de sectores populares.

Iliana Pereyra.
Red de Educación Popular con Mujeres (REPEM), Uruguay.


Fuente: http://www.cinterfor.org.uy/




Entre las diversas respuestas de los sectores populares a las adversas condiciones socioeconómicas prevalecientes en América Latina, los emprendimientos productivos liderados por mujeres presentan un especial interés en tanto constituyen estrategias donde se combinan de manera sinérgica componentes educativos, económicos y de género, con el resultado de transformaciones profundas en las personas, en los colectivos que integran y, al interior de éstos, en el vínculo inter-generacional y en muchos casos inter-parental, así como en las relaciones que llegan a establecerse a nivel de las comunidad y, en algunos casos, en ámbitos sociales mucho más amplios.



La Red de Educación Popular entre Mujeres de América Latina y el Caribe (REPEM) y dentro de ésta, el Grupo de Trabajo Latinoamericano Género, Educación y Economía Popular (GTL) han venido centrando desde 1992, su atención sobre este tipo de emprendimientos, básicamente sobre aquellos que se desarrollan en los contextos de pobreza. Se han producido algunos estudios sobre tales experiencias, sobre el perfil y la formación adecuada de quienes tienen a cargo la asesoría a las mismas y, en los años más recientes, sobre las variables que con mayor fuerza parecen caracterizarlas, paso previo para una encuesta a una gran cantidad de emprendimientos latinoamericanos. También se celebró un concurso en la región, incluyendo al Caribe, uno de cuyos frutos fue la identificación de ciertas regularidades dentro del conjunto de experiencias premiadas.



No podríamos afirmar que la conceptuación de esta clase de experiencias sea tarea concluida. Por una parte, estamos ante una realidad refractaria a las categorías convencionales (por ejemplo, las empresariales); por otra, los nuevos desarrollos de ciertos conceptos de base en el marco de referencia, abren perspectivas más comprensivas que las anteriores. Tal sería el caso de la multi-dimensionalidad que hoy se reconoce en el concepto de pobreza o la concepción de género como conjunto de sistemas.



Refiriéndonos en este trabajo al universo relevado por la Encuesta REPEM/GTL (1997), el mismo estuvo compuesto por 100 emprendimientos localizados en cinco regiones de Amérca Latina (andina, cono sur, Brasil, México y Centroamérica), abarcando once países en total. Todas las experiencias están integradas y lideradas por mujeres, situándose tanto en zonas rurales de minifundios (45%), alta migración masculina y servicios precarios, así como en barrios urbanos (55%), característicamente receptores del “éxodo” rural, con escasas oportunidades de empleo para la mujer, violencia doméstica y en la vía pública, insuficiencia de servicios, etcétera.



Se trata en todos los casos, de emprendimientos económicos, en tanto producen bienes o servicios, comercializan los mismos y se apropian de sus utilidades. Rubros mayoritarios: agro-industria, confecciones, artesanías, y servicios varios. En su totalidad, estas entidades tienen una antigüedad de más de tres años y son organizaciones denominadas “grupos productivos”, asociaciones, cooperativas o empresas familiares. Más de la mitad de estas unidades supera las diez integrantes.



No surge de la encuesta la existencia de emprendimientos que congregan exclusivamente mujeres jóvenes. Lo característico es la coexistencia de distintas generaciones: el 20% de las integrantes tiene menos de 18 años y el 40%, menos de 30, como promedio.



De las 100 experiencias, 83 han participado en actividades de capacitación y reflexión sobre la condición de la mujer, mientras 75 lo han hecho en cursos y talleres sobre gestión, organización y comercialización.



El 80% de los emprendimientos a los que se aplicó la encuesta contó con apoyo económico no reembolsable, siendo invertido en maquinaria y herramientas en el 60% de los casos. A su vez, 63 de las 100 experiencias accedieron al crédito, tanto a través de ongs, como directamente.



En cuanto a ingresos, la encuesta reveló diferencias importantes según las distintas regiones y zonas geográficas. Como ejemplos: en Honduras, la totalidad de las mujeres entrevistadas percibe menos de US$ 50 por mes, mientras que en el área andina y el cono sur el 52% percibe mensualmente entre US$ 50 y US$ 200. Analizados por zonas, los ingresos más bajos corresponden a experiencias rurales y los más altos, a emprendimientos urbanos. Existen también beneficios no monetarios y de tipo social ( atención de la salud, educación, etc.), que alcanzan al 51% de los proyectos relevados.



Es significativa la percepción de las entrevistadas acerca del mejoramiento de su calidad de vida. El 88% dice percibir cambios positivos tras su involucramiento en el grupo, cooperativa, u otro tipo de experiencia económico-productiva y tan sólo el 2% no advierte haber vivido transformación alguna.



Los cambios en la esfera familiar presentan un perfil aún más fuerte. Con referencia a la articulación de sus roles dentro y fuera del ámbito doméstico, el 71% señala haber logrado una adecuada distribución del tiempo y una creciente valoración de la familia sobre el trabajo que realizan fuera del hogar. Del resto, el 22% cuenta con ayuda para la realización de las tareas domésticas, quedando un 7% sin resolver estos problemas.



Respecto al espacio público, aproximadamente una de cada dos mujeres encuestadas (45%) indica que, a través del proceso vivido, ha mejorado su relación con las agencias municipales y del estado, advirtiendo, además, que han obtenido un reconocimiento por parte de la comunidad.



La Encuesta REPEM/GTL produjo una considerable cantidad de información adicional, la que omitiremos para no exceder el sentido y el alcance de este trabajo.



Otra fuente, la sistematización de las nueve experiencias ganadoras del Concurso REPEM, aporta datos sobre cómo se incorporan las mujeres a estas empresas. Las mayores se vinculan “por vivir en la zona” o por “tener amigas en el grupo”, mientras que las más jóvenes, comienzan ayudando a su madre lo que les permite aprender el oficio y vivir tempranamente la experiencia de la organización grupal.



Aquí, es insoslayable preguntarse ante todo si es que las mujeres involucradas en los emprendimientos de referencia han logrado superar la pobreza. La respuesta no es simple y no lo es porque nos remite a la complejidad intrínseca del concepto de pobreza.



Existen cuestionamientos sobre la significación del ingreso para definir la pobreza. Ciertamente, el nivel de ingresos puede variar de un mes a otro y hasta de una semana a otra, mientras que la pobreza es una condición durable (recuérdese que el trabajo inestable es una característica de la mayor parte la población pobre de América Latina), pero además, y siempre en términos económicos, el ingreso es insuficiente si no se tiene en cuenta, en lo cuantitativo y cualitativo, el patrimonio. La definición económica de la pobreza comprende conceptualmente, cuando menos, esos dos campos.



Ahora bien, en la actualidad, el nivel de capacitación, el dominio del oficio, las relaciones sociales que se posean (como forma de inserción en la sociedad) son partes fundamentales de un patrimonio de bienes y cualidades de indudable importancia económica. Prueba de ello es cómo este patrimonio (o la ausencia del mismo), condiciona decisivamente la capacidad productiva, la participación en el sistema económico y la cuota de poder con que la misma se realiza.



Definiciones más “sociales” de la pobreza incluyen otros aspectos que caracterizan dicha condición, como el acceso a la atención de la salud, a la educación, a los servicios de apoyo, etcétera. También suelen señalarse actitudes, sentimientos y creencias que operan como barreras psico-sociales: la desvalorización personal, el desconocimiento de los derechos –y por lo tanto, su falta de ejercicio–, la escasa o nula participación social, todo lo cual retroalimenta y perpetúa la pobreza.



Diferentes estudios han demostrado que, en relación al tema, existen desventajas que afectan específicamente a las mujeres. En efecto, la responsabilidad en las tareas reproductivas, no sólo en el plano biológico –gestación, parto y lactancia–, sino también social, comprendiendo la crianza, la educación y alimentación, la atención y cuidado de quienes integran el hogar, etc., dificultan críticamente el acceso de las mujeres pobres al mercado laboral y a su plena inserción en el mismo, con obvias consecuencias en lo referente a la generación de ingresos. Y en el caso que esta salida igual se realice, la doble jornada afecta las posibilidades de uso del tiempo y la calidad de vida de las mujeres. Téngase presente además, que los rasgos psico-sociales que en su conjunto se asignan a la condición de pobreza aparecen aquí fuertemente afianzados. Si las relaciones de género ubican a la mujer en un lugar secundario y subordinado, la pobreza agudiza los sentimientos de desvalorización, ya sea por el aislamiento y dependencia de una vida circunscripta al hogar, por la dedicación a empleos muy poco calificados o como es frecuente, por ambas cosas.



De igual forma, en el caso de las mujeres pobres, el desconocimiento y la falta de ejercicio de derechos, por ejemplo sobre la tenencia y manutención de los hijos, o la violencia familiar y el usufructo de servicios, tienen un efecto acumulativo, acrecentando la propensión a la exclusión social. Idéntico impacto señalan algunas investigaciones sobre la falta de participación en ámbitos donde es posible acceder a información, posibilidades de empleo, de capacitación etcétera.



Es posible, en consecuencia, afirmar que las mujeres están expuestas a la pobreza de una manera diferencial, no sólo con consecuencias muy duras sobre sí mismas, sino también sobre la instauración de condiciones propicias para la reproducción de la pobreza en las nuevas generaciones.



Por todo lo anterior, entendemos que aunque con fines analíticos sea necesario hablar de “componentes” de la pobreza, la misma constituye un fenómeno global, donde los múltiples aspectos discernibles se entrelazan en una maraña de relaciones conformando una todo indisoluble.



Retomando ahora nuestra pregunta por la eficacia de los emprendimientos económico-productivos gestionados por mujeres como una respuesta a la pobreza, podemos concluir lo siguiente:





1. Al comparar la idea de pobreza que queda tras ver sus distintas conceptuaciones con los datos de la Encuesta REPEM/GTL, el contraste parece bastante claro. En considerable proporción, los rasgos que definen el perfil de las mujeres encuestadas distan de coincidir con la mayor parte de las expresiones más fenoménicas de la pobreza, lo que resulta todavía más evidente si se considera desde una perspectiva de equidad de género.



2. Dada la permanencia de los grupos en el tiempo –y con ello la continuidad del empleo y del ingreso–, las capacidades cuyo desarrollo propician los emprendimientos, las experiencias de relación y participación inherentes a la gestión económico-productiva, etc., difícilmente pueda pensarse en una regresión de estas mujeres a su situación “pre-proyecto”. Aún en el caso de un “crack” empresarial, los activos que han generado las seguirán acompañando, individual o colectivamente.



3. La integración y la permanencia de las mujeres jóvenes en estas experiencias abre caminos para la continuidad de un “modelo” positivo de conductas y actitudes en el colectivo, alcanzando también con sus valores a las hijas de sus protagonistas.



4. La visión resultante, al menos como hipótesis, es la de un quiebre de la cadena causal que alimenta la reproducción biológica y social de la pobreza, especialmente si a ello pudieran contribuir programas de apoyo adecuados. Sabemos que el fenómeno global de la pobreza es poderoso y que quizá sus efectos puedan reaparecer de modos imprevistos en las futuras generaciones. Neutralizar esta eventualidad, sin embargo, ya no es responsabilidad exclusiva de las mujeres, sino de la sociedad, en el camino hacia un modelo más justo, integrado y democrático.









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