ANTROPOSMODERNO

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  • ¿Son los lenguajes medios de comunicación?, ¿qué comunican los lenguajes?

    Tendemos a responder fácil y rápidamente a esta pregunta..., pero las viejas objeciones de Gorgias resuenan todavía en nuestros oídos... Lo real no puede ser pensado, ni dicho, ni comunicado. Desde luego, las argumentaciones de Gorgias, incluso tal y como las recoge fragmentadas Sexto Empírico, son algo más que sofismas. Resuenan no por lo que callan, sino por lo que revelan... ¿Cómo puedo yo encontrar en las palabras de los demás otra cosa que lo que yo mismo pongo en ellas?, ¿cómo pueden coincidir en un mismo comunicado dos hablantes que son, por definición, heterogéneos?, ¿cómo puede la palabra, hecha de sonidos, referirse a cosas distintas de las sonoras? ¡Decirle a otro lo que yo pienso realmente es como intentar explicarle a un ciego de nacimiento lo que es el color! (1)

    Nunca saldremos del laberinto y del malentendido si no suponemos la preexistencia de la ley, del código previo, del orden de la conciencia en la cual los signos pueden significar, porque nos hemos desenvuelto como sujetos en ese juego de escuchar y hablar. ¿Cómo nos comunica Gorgias la incomunicabilidad lingüística del pensamiento? Mediante símbolos lingüísticos que se recogen, de traducción en traducción, en una larga tradición simbólica. La palabra supone la interacción comunicativa, aunque no sea equivalente, al menos en sus orígenes, a las fórmulas civiles de intercambio igualitario propias del diálogo y el mutuo entendimiento, sino identificable con aquellas más primitivas y urgentes del imperativo y la expresión emotiva propias del discurso persuasivo.

    El lenguaje es, ciertamente, una institución social; lo instituido por el lenguaje es la conciencia misma de la realidad. No es concebible una conciencia humana al margen del desarrollo codificado de las facultades simbólicas de representación, esto es, la conciencia es hija de la imaginación verbal y de la memoria; es ininteligible la construcción social de la realidad sin la mediación de los lenguajes, esa memoria social codificada. Es tautológico decir que un sujeto sin palabra es insignificante. Esto quiere decir que pensamiento, lenguaje y sociedad, únicamente pueden ser analíticamente discernidas como entidades diversas. El acceso de la especie homo a la cultura es el resultado de la concurrencia sincrónica de estos tres factores ontológicamente indisociables. Dicho en términos psicológicos: la facultad humana de representación simbólica es fuente común del pensamiento, del lenguaje y de la realidad social.

    Desde la perspectiva antropológica, la división y organización del trabajo favorecieron el desarrollo de la cultura como ordenamiento institucional del excedente de bienes y energía, precisamente, cuando la interacción simbólica lo permitió. Esta misma expresa un plus de energía, como la voz que el tenista se da a sí mismo para animarse.

    La lengua modela el universo, pero hay que alejarse de soluciones verbalistas o de la miopía nominalista..., también la lengua tiene su origen real en las fuerzas que intervienen en este mundo, en los estímulos. Si distinguimos entre cucarachas y árboles, ministros y parados, vacas y triángulos, tocinos y velocidades, es porque en la realidad física y social se nos ofrecen estas clases distintas, lo cual desde luego no limita en absoluto la infinita capacidad del cerebro humano para establecer nuevas distinciones, clasificaciones, relaciones, oposiciones, o establecer nuevas identidades, implicaciones, analogías, etc.

    No está prohibido preguntarse si al margen de lo perceptible y categorizable hay una realidad incondicionada por la palabra e inmutable, o si, por debajo de la realidad configurada como conciencia por la interiorización de los conceptos y preceptos y la adquisición de los hábitos lingüísticos, hay algo preliminar e incausado. Sea lo que sea lo que nos inclinemos a creer sobre la "realidad en sí", más allá y más acá de los lenguajes verbales e icónicos, esa realidad no puede ser dicha, o, si alcanza a ser dicha, queda simbólicamente condicionada... Gorgias sonríe en su tumba... El ser no puede ser agotado por el logos. Desgraciadamente, no es posible salir del lenguaje para hablar de él, sino echando mano de un metalenguaje, es decir, de un nuevo código simbólico. Pero es que la filosofía ha sido, históricamente, este metalenguaje. La filosofía es el desarrollo de la función metalingüística del lenguaje; esto es, reflexión del verbo, aunque dicha reflexión corre el riesgo de transformarse en especulación vacía, mero cálculo de posibilidades lógicas, esto es de hipótesis verosímiles, si no es regulada por la función representativa. Hace varios siglos que la ciencia le ofrece a la filosofía algo así como un canon de representación. Canon que es precisamente poco eficaz allí donde la posibilidad juega tan fuerte como la realidad, es decir, en el mundo de las humanidades o de las ciencias morales.

    Es posible, pues, un pensamiento que ordene el lenguaje. Pero no es posible un pensamiento que ordene el lenguaje sin decir lo que este muestra. Por eso la lógica es el límite de la filosofía, por delante o por detrás. La verdad lógica es tan pura que carece de sentido, de fuerza representativa. En efecto, ni conozco el "tiempo" que hace ni sé qué ponerme cuando sé que es absolutamente cierto que o bien hace frío o bien no hace frío... Es difícil imaginar un pensamiento representativo desprovisto de esos núcleos resistentes o, al menos, de esas especies de boyas flotantes que son las variables simbólicas propias de la matriz del lenguaje común, a que se agarra el pensamiento como un náufrago a su balsa, alrededor de las cuales se organiza y en que se apoya para progresar. Emile Benveniste cita sobre este punto a Saussure: "Psicológicamente, hecha abstracción de su expresión por medio de palabras, nuestro pensamiento no es más que una masa amorfa e indistinta..., sin las ayudas de los signos, seríamos incapaces de distinguir dos ideas de un modo claro y constante..., y nada hay distinto antes de la aparición de la lengua". Las palabras son necesarias para fijar las ideas y las colecciones de ideas, siendo como lazos que les impiden escapar(2).

    Los esfuerzos para hacer del lenguaje una fuerza más fundamental que la realidad social en que se origina y evoluciona convienen en indicar que la esencia del lenguaje no se reduce, en absoluto, a su potencia para hacer patente lo pensado al semejante, al próximo, al prójimo. El lenguaje no es sólo comunicación, aunque lo sea principalmente. Por el contrario, sólo cuando es expresado por medio de signos cobra el pensamiento su existencia determinada. Decir esto no es más que recoger una de las ideas de la antigua dialéctica platónica, la idea de que pensar es seguir el movimiento del Logos, tradición continuada por Spinoza y Hegel, para el cual "la expresión no es un adventicio aditamento emanado del arbitrio subjetivo, merced al cual se torna comunicable lo interiormente imaginado, sino que es el venir-a-la-existencia del espíritu mismo, su representación"..., lo cual es congruente con la venerable divinización estoica y cristiana del Logos como razón verdadera de la palabra recta(3). Es la regla interior del diálogo como fidelidad a lo que es justo reconocer o confesarse (García Morente) a uno mismo... cercano también a la consideración machadiana del pensamiento como diálogo con uno mismo, congruencia con la verdad interior, dios mismo en el corazón de los hombres, etc.

    Pero las lenguas, los lenguajes en general, son sobre todo métodos analíticos e históricos, no calcan la realidad (ni siquiera la mera realidad del sujeto explícito en sus roles sociales), ni son las nomenclaturas universales de una realidad invariable. Antes que servir para hacer ciencia, el manejo de conceptos ya fue solidario del lenguaje. Los significantes significan conceptos, es decir, determinaciones universales... Por eso decir no es esencialmente pronunciar palabras, sino reconocer determinaciones(4). La construcción social de la realidad no depende menos de los lenguajes que éstos de la construcción social de la realidad. En los últimos dos siglos la filosofía y la filología no se han cansado de repetir que cada lengua es un prisma que filtra la luz de la conciencia y comporta una determinada visión del mundo, de forma que nuestra perspectiva está por tanto predeterminada por la lengua que hablamos, pero no se ha puesto el mismo énfasis en describir la traducción de la realidad social en el ser del lenguaje y la plasticidad del lenguaje para expresar relaciones y sucesos reales, a pesar de que los psicólogos saben, al menos desde Freud, que todo signo es motivado, todo signo es síntoma.

    Sin ser el pensamiento, sin ser la realidad, el lenguaje, en su acción de significar, involucra a ambos: el término es signo artificial del concepto y el concepto es signo natural de la cosa. Así la significación sería, para Aristóteles y la tradición escolástica, la asignación de un nombre al concepto de una cosa determinada. Desde este punto de vista, el lenguaje es un instrumento con el que trabajamos mentalmente o comunicamos mecánicamente el pensamiento. He aquí la semanticidad del lenguaje verbal, no significa cosas, como los iconos, es un sistema de doble referencia, en el cual, dada una unidad cualquiera, dicha unidad es signo de una imagen mental que es, a su vez, por sí misma, representante de una cosa. No es posible igualar el rango de esta condición del lenguaje como sistema semiótico con ninguna otra(5).

    Pero la distribución del orden del significante y el orden de los significados dista mucho de ser sencilla y simétrica. Sorprende sobre todo la inconmensurabilidad con relación al orden de los significados, como lo prueban los siguientes hechos:

    1. El sentido de la palabra más simple se multiplica desde el momento en que intentamos definirla. Esto es así porque el significado referencial de una palabra o una proposición es un objeto o un hecho del mundo, pero el sentido referencial del discurso es su universo, es decir, la realidad total en su unidad como posibilidad lógica (la realidad fáctica, más la moral, más la estética).

    2. Lo que entendemos por sentido es indudablemente una realidad metafísica y ello aunque consideremos al entendimiento una potencia orgánica (como ya hiciera Huarte de San Juan). Saussure lo vio perfectamente: "El signo vocal o escrito es una realidad física, por lo tanto una especie de cosa; el sentido no es una cosa; no tiene realidad física distinta del acto por medio del cual la palabra significa"(6)

    . Sin embargo, es difícil estar de acuerdo con E. Gilson cuando dice que el pensamiento no está ni en el espacio ni en el tiempo. Es posible que el acto consciente y psíquico del sujeto no ocupe espacio, o que, en todo caso, sea indiferente, como estado mental del sujeto, a dicho campo; pero, en todo caso, nos parece evidente que los actos mentales -igual que la cadena sonora del discurso- transcurren en el tiempo, y, en cierto sentido oscuro y profundo, como vieron Séneca y Enrique Bergson, el devenir de la conciencia es el tiempo o la vivencia íntima de la duración real(7)

    Los estoicos ya distinguían entre la palabra interior (imagen verbal) y la palabra proferida (lenguaje). Pero, aunque todo el lenguaje interior sea una palabra pensada, él mismo nace de otro pensamiento o actividad mental anterior al lenguaje. Ahora bien, ya hemos dicho que lo que ocurre antes de la comunicación o autocomunicación(8) no puede ser comunicado. Hay un pensamiento anterior al logos inaccesible a la observación cuya "experiencia" como pensamiento prelógico sería de la especie de "todo-a-la-vez"(9)

    , que podríamos suponer como de la misma naturaleza que el psiquismo mudo del animal y del niño, si es que el pensamiento no se confunde en ambos con la pura acción orgánica, en el sentido en el que el niño de un año sólo hace lo que piensa y piensa lo que hace. Genéticamente podemos, no obstante, considerar el pensamiento como causal y temporalmente anterior (casi simultáneo) a la concreción lingüística que le sirve de forma. Resulta muy socorrido en este punto acudir a Freud y su teoría del Inconsciente, de los lapsus, del chiste... Aunque Freud, como cabía esperar, se sitúa ante el lenguaje con la actitud o perspectiva del psiquiatra, es decir, analiza el lenguaje como síntoma de la vida afectiva y los conflictos emocionales del paciente. Por otra parte, la consideración del Inconsciente como un lenguaje estructurado es muy discutible, a no ser que entendamos por lenguaje la salsa pseudotécnica y pseudomística, oscurantista y críptica de un Lacan.

    3. El lenguaje verbal es un sistema de doble referencia y, de la misma que no hay ninguna correspondencia analógica entre el significante y la cosa significada, no hay tampoco analogía alguna entre la naturaleza fónica o gráfica del lenguaje y los conceptos, juicios, razonamientos, del pensamiento mediante los cuales se significa, entre el símbolo y las representaciones mentales que suscita. Aquello que se dice no es nunca lo que se dice.

    Ya Tomás de Aquino(10) distinguía perfectamente entre:

    a) lo que es concebido por el intelecto (a cuyas unidades mínimas llamaríamos hoy percepto, imagen y concepto).

    b) el verbo proferido sin voz "en el secreto del corazón": 'verbum cordis'.

    c) el modelo (exemplar): verbum interior, a semejanza de la voz.

    d) el verbo proferido al exterior: 'verbum vocis.'

    ¿Cuál es la naturaleza de ese verbum cordis?: "Las palabras (voces) son los signos de las intelecciones y las intelecciones son las similitudes de las cosas"(11)

    . La palabra significa el objeto que conoce el entendimiento. Pero este objeto no es la cosa misma (como suponía el idealismo cartesiano), sino la similitud de la cosa en el entendimiento, el modo de ser de la cosa en tanto que pensada. La palabra designa la cosa misma formalizada por el concepto.

    4. El número de las unidades materiales de cualquier lenguaje pueden ser divididas en unidades más simples, significativas o no; pero el pensamiento que expresan, el sentido mismo de la palabra, no se presta a ninguna división. Es así que podemos referirnos al sentido de "El Quijote" o de un poema, quiero decir a su sentido único; de igual forma que "el libro de Pedro" es un objeto único.

    Por otra parte, el número de las unidades materiales de cualquier lenguaje es limitado, así como el número de palabras, mientras que el de los sentidos que hay que significar o pueden ser significados es infinito, de ahí que muchas palabras sirvan para expresar significados diferentes. Sapir ha advertido que es imposible hacer que se correspondan palabras y conceptos uno por uno(12).

    De lo dicho hasta aquí se infiere que el pensamiento es por naturaleza esencialmente distinto de su medio de comunicación. Aunque dicha heterogeneidad no es tanta como para que un pensamiento consciente de sí mismo pueda existir a parte del lenguaje. Más que decir que la palabra es signo del pensamiento, convendría decir, más exactamente, que es su existencia misma. "La idea no preexiste al lenguaje, sino que se forma en él y por él". A estas palabras de H. von Kleist, E. Gilson responde: "sí, y a la inversa".

    Creo que se ha generalizado la obsesión por el lenguaje como una especie de cárcel del espíritu, como ese cuerpo órfico sin el cual el sentido podría volar más libre, aunque no desde luego en este mundo que tiene por límite el lenguaje. Es la posición que la filosofía ha heredado de Heidegger y de la fascinación por el primer Wittgenstein. Sin embargo, he aquí unas palabras de Merleau-Ponty que me interesa oponer a dicha obsesión:

    "Tenemos que comprender que el lenguaje no es un impedimento para la conciencia, que no hay diferencia para ella entre el acto de alcanzarse y el acto de expresarse, y que el lenguaje, en estado naciente y vivo, es el gesto de continuación y de recuperación que me reúne tanto conmigo mismo como con el otro. Hemos de pensar la conciencia en los azares del lenguaje y como algo posible sin su contrario"(13).

    Evidentemente, la posibilidad de que la conciencia (una conciencia) se diera sin lenguaje justificaría la ilusión mística de un sentido no encadenado al símbolo, sin significado contingente y, por lo tanto, irrepresentable:

    "Hay un cierto lugar llamado 'yo' en el que hacer y saber que se hace no son diferentes, donde el ser se confunde con su revelación a sí mismo, donde por tanto no es siquiera concebible una intrusión del exterior. Ese yo no puede hablar. El que habla (y el que entiende) penetra en un sistema de relaciones que le suponen (determinan y sujetan) y le hacen abierto y vulnerable"(14).

    Es posible, desde luego, y hay muchas frases hechas que lo corroboran, imaginar una idea en busca de palabras en las que poder expresarse, una intuición que da lugar a un tratado o a una larga secuencia de fórmulas matemáticas o lógicas. En la misma medida, si no menos, en que, por desgracia, es demasiado corriente oír de personas, que hablan para pensar, peroratas que buscan ideas. El pensamiento mismo puede ser consciente de que emprende una tarea a la vez imposible y necesaria al tratar de formularse en palabras. El habla es por eso, casi siempre, un compromiso entre lo que se dice y lo que se quería decir o se puede decir, donde las restricciones son tanto de orden técnico, como artístico o moral, ese compromiso con el orden social es la realidad social misma. El pensamiento, todavía no verbalizado, es extraño a eso que nosotros llamamos orden o desorden, pudiéndose confundir fácilmente con la inmediatez oscura e irracional de la pulsión, la necesidad, la voluntad o el deseo(15)

    . Una cosa es querer, aunque se sepa querer, y otra muy distinta poder pensar en el sentido lógico del término... Nuestras ideas sólo pueden existir en el juego de similitudes, relaciones, oposiciones, contrastes, que descubre e inventa el lenguaje; como la mente sólo existe, que sepamos, encarnada; el pensamiento sólo vive en el Logos.

    Pero el lenguaje es una forma viva. Evoluciona. No es un producto, sino, ante todo, creación, producción, es un eterno productor de sí mismo, en donde las leyes de la producción están determinadas, mientras que la extensión y, en cierta medida, el mismo modo de la producción, permanecen enteramente indeterminados". Esta es la noción esencial propuesta por W. Von Humboldt(16)

    y actualizada por N. Chomsky en su noción de competencia lingüística: "aptitud propiamente humana para expresar nuevas ideas y de comprender pensamientos expresados de manera enteramente nueva, en el marco de un lenguaje que sea un producto cultural sometido a leyes y principios que, por una parte son únicamente suyos, y por otra, reflejan las propiedades generales del pensamiento"(17). Todo hablante inventa en parte el lenguaje de que se sirve, ya que "las fórmulas lingüísticas comprensibles y posibles dentro de las reglas de una lengua son infinitas". Por eso el virtuosismo de Lorca o de Baudelaire no es de naturaleza distinta al virtuosismo del que continuamente, cada uno de nosotros, estamos dando continua prueba. Es una diferencia de grado y contexto.

    Es el impulso de los sujetos hablantes que buscan entenderse (ensayan ser inteligentes) lo que sostiene la invención en todo sistema de expresión, sobre los gastados despojos de otro modo de expresión. Para que una manera de hablar resulte comprensible, es preciso que se la dé por supuesta, que se la admita generalmente, que tenga un análogo en otros giros formados sobre el mismo patrón, pero al mismo tiempo, resulta persuasiva si no es tan habitual que resulta indistinta, para llamar la atención tiene que diferenciarse de sus concurrentes.

    Por eso Merleau-Ponty llega a decir que la lengua no tiene límites ni estructura, puesto que su sistema se entrelaza y entrecruza con otros sistemas, y por eso no hay más que un único lenguaje en devenir, no hallándose su poder ni en el futuro de mutuo entendimiento al que se dirige, ni en el pasado mítico del que proviene, sino en ese presente en el que hace decir a las palabras claves mucho más de lo que nunca dijeron, sobrepasando el ser de la palabra para darnos la ilusión de alcanzar las cosas mimas(18).


    II. Lenguaje y realidad



    "Debemos aplicar todo nuestro talento a ponernos en condición de que no nos engañen las cosas: las palabras no importan nada. ¿Qué me importa que distingas entre palabras ambiguas que a nadie embarazaron jamás sino en la discusión? Las cosas son las que engañan: distínguelas: confundimos el bien con el mal"

    Séneca. Epístolas a Lucilio, XLV, trad. de María Zambrano

    Nietzsche escribió que el lenguaje es el puente tendido entre lo eternamente separado; Bochenski y otros han aceptado que la proposición es el objeto directo de todo conocimiento. Nuestro conocimiento está mediado por el sentido de la proposición, porque no conocemos cosas sino proposiciones que a ellas se refieren. En la medida en que nuestra concepción de la realidad, nuestro mundo, se decide en el saber de la verdad y falsedad de las proposiciones, el sistema de la conciencia coincidiría con el sistema de las proposiciones.

    Como veremos, se puede aceptar este punto de vista sin caer en la vieja metafísica prekantiana, pero es difícil librarlo del formalismo idealista.

    No conocemos el ser, ni objetos, ni siquiera fenómenos, no conocemos las cosas en sí, sino que conocemos proposiciones y aquello que figuran o representan las proposiciones... ¿Qué es la proposición?

    1. Desde una perspectiva que en principio se nos antoja realista, la del primer Wittgenstein, la proposición es un "estado de cosas" (los signos) que figura o representa otro "estado de cosas" (los hechos). "La proposición es una figura de la realidad. La proposición es un modelo de la realidad tal como la pensamos"... "Pues yo conozco el estado de cosas que representa si yo conozco la proposición"..."La proposición, si es verdadera, muestra cómo están las cosas. Y dice que las cosas están así"...

    La proposición mostraría el aspecto lógico de la realidad, pues la estructura de la proposición es isomórfica con la estructura de los hechos: "Una proposición representa la existencia y no existencia de los hechos atómicos". Por otra parte, "el pensamiento es la proposición con significado". "La totalidad de las proposiciones es el lenguaje" y "el lenguaje corriente es una parte del organismo humano, y no menos complicada que él"(19).

    No obstante, "una proposición únicamente puede decir cómo es una cosa, no qué es una cosa". El aparente realismo de la teoría de una identidad de estructura o isomorfismo entre el lenguaje y la realidad parece dejar paso, en otros pasajes de la misma obra que parafraseamos, a un formalismo extremo en el cual el quid de la "adecuación", la verdad ontológica, resulta del todo inefable, es "lo místico", que no puede ser dicho ni representado: "La proposición puede representar toda la realidad, pero no puede representar lo que debe tener de común con la realidad para poder representar la forma lógica"..., "lo que en el lenguaje se refleja, el lenguaje no puede representarlo", pues "los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo", tendríamos que salir del lenguaje y salir de nuestro mundo para especificar qué son, lo cual es imposible. Sabemos que el lenguaje, o sea el sistema de las proposiciones, está conectado esencialmente con la realidad, que hay algo en común entre su estructura y la estructura real del mundo, pero aquello por lo cual expresamos cómo son las cosas no puede ser ello mismo expresado. Es decir, suponemos que la lógica del lenguaje es la lógica del mundo, pero no podemos explicitar la lógica según la cual se produce semejante adecuación formal... Es como saber qué significan los iconos del código de la circulación sin conocer la razón en que el legislador los ha fundado. De esta manera puede decir Wittgenstein: "Mi pensamiento fundamental es... que la lógica de los hechos no puede ser representada".

    Como reconoce el mismo Wittgenstein del Tractatus, "hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico"(20), pero... "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse". La proposición, en suma, en sí misma, dice lo que hay y al decirlo dice también lo que no hay(21).

    Pero de nuevo resulta pertinente echar mano de la antigua dialéctica, esta vez es Platón quien se levanta contra el sofista: la proposición no puede ser sólo la descripción de un estado de cosas o un hecho, por la sencilla razón de que existen proposiciones falsas, proposiciones que pueden ser comprendidas, proposiciones con sentido y que, no obstante, no representan ningún estado de cosas, figurando el no-ser.

    El problema de la referencia de la proposición elemental falsa es a nuestro entender decisivo para comprender el sentido de la proposición y hace muy difícil mantener una determinación positivista del sentido del lenguaje. Si, como afirma taxativamente Wittgenstein "la proposición más simple, la proposición elemental, afirma la existencia de un hecho atómico"..., ¿cómo entiendo la proposición falsa?, o bien, ¿qué entiendo en las proposiciones falsas?, ¿cómo puede ser la proposición la descripción de un hecho inexistente?(22)

    , ¿cómo puede la proposición afirmar el "cómo" de la nada fáctica sin dejar de ser una proposición? Resultaría que la proposición falsa describiría las propiedades internas de hechos inexistentes... ¿cómo puede haber entendimiento lingüístico donde no hay hechos? ¿Qué entiendo cuando entiendo una proposición sin saber si es verdadera?

    Si las proposiciones elementales describiesen el mundo, entonces una proposición elemental falsa describiría el mundo como inexistente, o quizás describiría la existencia de un no-mundo. Al final, la suposición mínima de las proposiciones falsas coincide con la unidad del sujeto que las formula, ¡él por lo menos sí existe!, ¿o acaba también perdiendo existencia el formulador de proposiciones sobre lo inexistente? Queda también la suposición del sujeto gramatical. Esta suposición sería connotada por la dimensión pragmática del verbo, la acción lingüística, aunque no fuera de-mostrada, esto es, denotada o significada lógicamente. ¡Es muy difícil asegurar la validez del universo lógico únicamente sobre el valor referencial, positivo, de la proposición!..., sencillamente porque la posibilidad y la realidad no son isomórficas...o, dicho de otro modo, la concepción positivista del significado yerra porque no reconoce el potencial lógico y creativo, expansivo, de la proposición y de sus elementos: los conceptos.

    La mención o referencia de los signos es distinta de su significado, puede haber significado, faltando aquella. El neopositivismo no aceptaría tal cosa. Ha insistido obsesivamente en que el verdadero significado de la proposición simple o atómica es el hecho referencial, o su apricabilidad (pragmatismo), o su ámbito de verificación, o todo esto. ¿Cómo cabría saber de qué es una expresión signo si no es signo de alguna cosa? la filosofía actual sigue arrastrando el peso de la descalificación de las proposiciones que el neopositivismo denunció como impertinentes, in-significantes o como puros sinsentidos, para un concepto restrictivo y hasta ingenuamente realista del significado. Sinsentidos serían las proposiciones sin referencia, verbigracia, las de la metafísica, por cuanto ésta no respetaría las reglas sintácticas del lenguaje al utilizar, por ejemplo "ser" como un predicado real...(23)

    Caemos en pobres discusiones nominalistas, puesto que por debajo de cualquier discurso subyace una metafísica, un orden de los conceptos básicos y de los principios elementales, ¡tanto más por cuanto que la proposición no puede concebirse más que como unidad metafísica, en el sentido de una posibilidad ideal, un potencial creativo, una idea regulativa, una ficción verosímil...!

    El programa reductivo y cientifista del neopositivismo estaba ya en Hume: Sólo son aceptables como proposiciones bien construidas las que describen relaciones entre ideas (matemáticas, lógica) y las proposiciones fácticas de las ciencias naturales. Pero el principio mismo no está formulado en ninguno de esos campos a los que se supone propietarios y mercaderes en exclusiva del significado... Las objeciones al planteamiento "empirista" pueden multiplicarse:

    En primer lugar, en todo lenguaje hay muchos signos tales que no hay nada correspondiente a ellos a lo cual pueda decirse que se refieran; signos que, no obstante, pueden tener perfecto sentido, ya que comprendemos lo que quieren decir y son interpretables dentro de determinado campo, nombres como "minotauro" o "sirena", caracterizaciones como "el rey actual de Utopía", no se refieren a nada que haya existido en el pasado ni exista actualmente, al margen de su representación (objetiva, por ejemplo, en iconos). A no ser que ampliemos el concepto de existencia a nociones tan peregrinas como "existencias ficticias". Pero es que, además, resulta difícil encontrar una referencia objetiva para "verdad", "amor", "igualdad", "cantidad", "simpatía", "yo", "mente", sin que quepa eliminar estos términos del ámbito teórico para reducirlos al práctico.

    En tercer lugar, para concluir que el significado de las proposiciones de la física, p. ej., o de sus términos, se identifica con la referencia a hechos u objetos, habría que empezar por demostrar la existencia "real" de las entidades teóricas o constructos formales, tales como "electrón", "agujero negro", "singularidad", "energía negativa", "partículas alfa", "fotón", "materia", etc., inobservables experimentalmente si no es como sujetos hipotéticos (imaginarios) o supuestos útiles de los datos experimentales, los cuales, por cierto, como se sabe desde Kant, también son productos de construcciones a priori.

    No hay "hechos" sin categorías, esto es, sin las suposiciones básicas del lenguaje y sin la unidad implícita en la acción del sujeto que juzga. Por consiguiente, hemos de distinguir entre significado y referencia o acción referencial. Lo significado es, primeramente, el concepto mediante el cual se significa algo que no puede ser mostrado sin el lenguaje. Esta distinción es paralela a la distinción semántica denotación/connotación y a la distinción lógica extensión/intensión. El lenguaje como potencia fecunda garantiza la mención o referencia a entidades posibles como "el hombre de diez metros de altura" e inconcebibles como "el número de dos dígitos mayor de 99". Tampoco la verdad analítica interrumpe el poder significativo del lenguaje. Si así fuera sólo existirían las proposiciones de las ciencias formales(24). Ni siquiera es necesario que una proposición exprese relaciones de orden interno para que sea significativa. Es mucho más relevante la suposición del otro, del receptor y las condiciones de interpretación que le atribuimos para cuanto decimos.

    La proposición, con independencia de su valor referencial, es ella misma un hecho del mundo. Es real. Es interacción simbólica. Bien es verdad que es un hecho del mundo de segundo orden, con una naturaleza específica: versa normalmente sobre algo que no es ella misma, pero las figuras que describe no se refieren necesariamente a la facticidad, sino a la posibilidad lógica, a la forma ideal, no representan la realidad como se da, sino que la expanden en mundo.

    2. El significante material de la proposición es el enunciado, es decir, una serie de palabras que puedo afirmar o negar. Así "mi hija juega a las damas chinas" es un enunciado. Pero la proposición no es un enunciado, porque una proposición puede afirmarse con distintos enunciados; así, si digo "el manco de Lepanto escribió el Quijote", digo proposicionalmente lo mismo que si digo "Cervantes es el autor de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha; y, por supuesto, lo que se discute científicamente no es la expresión lingüística del enunciado, sino lo que el enunciado significa. La proposición, el objeto inmediato del conocimiento, no es el enunciado.

    3. La proposición no es una mera operación del sujeto, no es simplemente un juicio psicológico. Se juzga sobre una proposición. El juicio es el correlato psicológico, mental, subjetivo de la proposición. Es perfectamente factible y concebible que alguien enuncie proposiciones sin juzgarlas al mismo tiempo, cuando leemos o hablamos sin entender, afirmar o aseverar lo que leemoso decimos, cuando nos referimos a lo que han dicho otros. También cabe que enjuiciemos formalmente un enunciado sin atenernos a lo dicho, esto es, al significado o la proposición, en un análisis gramatical, fónico o sintáctico.

    Por consiguiente, la proposición no es la mera descripción de un "estado de cosas", no puede confundirse con su valor referencial, ni es la expresión verbal significante (el enunciado), ni puede confundirse con el juicio u operación mental de afirmar o negar.

    La proposición es una estructura ideal.

    Y si tiene razón la moderna epistemología y la proposición es el objeto inmediato del conocimiento; si aprender significa saber que determinadas proposiciones referentes al ser vivo o a la historia del hombre o a los cuerpos físicos son verdaderas o probables, si la razón inmediata es la razón lógica, entonces el objeto inmediato del conocimiento es esa estructura ideal a la que llamamos proposición. La ciencia no juega con hechos, sino con estructuras ideales, o sea, con formas lógicas. La proposición es el significado del enunciado; "lo dicho" o "lo pensado" en la actividad del juicio. Las ciencias son conjuntos sistemáticos de proposiciones inventadas y más o menos contrastadas y coherentes, mediante la observación experimental y el razonamiento.

    Dejemos a un lado la inmaterialidad esencial de la proposición y volvamos al signo. Tenemos pues que el signo es enunciado con expresión verbal (sentencia), escrito (inscripción) o no escrito.

    a. El enunciado significa objetivamente una proposición que representa un "estado de cosas" existente (un hecho real) o subsistente(25). Hechos subsistentes son hechos ficticios o posibles, representaciones mentales, etc. Así: "Un cuadrado es redondo", "Dios es infinito", "Amor es el anhelo de engendrar en la belleza", "las sirenas confundieron a los compañeros de Ulises" son proposiciones en sí, esto es, enunciados con significado. De acuerdo en esto con la fenomenología de Bolzano y Meinong.

    b. El enunciado expresa de diferentes modos. Las expresiones lingüísticas con sentido, es decir, todo enunciado bien construido, puede ser de diferentes clases: interrogativas, desiderativas, imperativas y declarativas. Unicamente estas últimas, susceptibles de ser verdaderas o falsas, pueden ser consideradas como proposiciones lógicas. Una frase del tipo "¡Sordos, oíd!", no es una proposición, es una mera acción simbólica que un sujeto ejerce sobre algo o alguien. No se nos escapa que resulta difícil no reconocerles a ciertas frases exclamativas, p.e., "¡qué frío tengo!" un cierto valor lógico-proposicional. Por otra parte, queda por dilucidar el valor lógico de los enunciados que expresan creencias, del tipo "Otelo cree que Desdémona ama a Casio", "creo que Allah es todopoderoso". El neopositivismo, siguiendo la tradición consolidada por la obra de Hume, ha reducido estos enunciados a los desiderativos. "Creo" es en realidad un meta-enunciado y describe que la proposición me afecta de un modo sentimentalmente positivo. Es un hecho del mundo que Otelo a-siente a la idea de la infidelidad de Desdémona con Casio. La verdad de "su" creencia equivale a la verdad de la proposición a la que a-siente, pero no añade nada al valor lógico de la misma.

    El enunciado expresa subjetivamente un juicio que afirma o niega una proposición como verdadera o falsa, necesaria, probable, improbable...

    Conviene observar que sólo la proposición puede ser verdadera o falsa. Ya que el juicio no es una figura lógica de la realidad, sino un acto psicológico o mental, podemos hablar de juicios sinceros o insinceros, optimistas o pesimistas, pero no podemos hablar de juicios verdaderos o falsos. La proposición denota o designa en la concepción de Frege y Church determinados valores de verdad. Este es su significado lógico. La proposición se refiere en última instancia a hechos, pero no significa hechos. Creemos haber demostrado que el sentido de la proposición es la expansión posible, formal, ideal y creativa de los hechos. Ahora bien, en la medida en que la función representativa de la proposición es la principal desde el punto de vista de la ciencia, sus signos han de entenderse en el sentido de estar en lugar de ciertas cosas exteriores a ellos mismos. El uso científico del lenguaje siempre hace mención a lo que se muestra en la lógica de los hechos, por eso el razonamiento científico es idealmente de-mostración.

    Sócrates, en el Crátilo platónico, sostiene una teoría mimética del lenguaje. Como arte imitativo, el lenguaje tiene un objeto propio: la esencia de las cosas. Es extraño que el más ilustre detractor de los poetas formule sobre la esencia del lenguaje una teoría básicamente poética, pues es precisamente en el lenguaje poético donde alcanza un especial sentido la relación analógica entre el significante y el significado. La mayoría de las figuras poéticas buscan la simulación o representación de la "vida" dinámica y material de la cosa, su traslado, transporte o figuración en la plástica sonora del lenguaje. De nuestro análisis se sigue la insólita conclusión de que la ciencia hace un uso ideal del lenguaje, mientras que la poesía hace un uso material del mismo.

    Quede claro, a pesar de todo, que la metamorfosis lingüística o verbal de la realidad estimular en mundo, o sea, en sistema de signos, es la metáfora originaria que también sirve de fundamento a la ciencia.

    No obstante, los signos, palabras, marcas o señales del lenguaje humano (los términos lógicos) no poseen ninguna relación esencial o intrínseca con aquello de lo cual se toman como signos. Semejante asignación o designación es convencional, o sea "que lo que hace interpretar determinadas marcas físicas como signos es cierta convención que podemos elegir a nuestro arbitrio o conveniencia"(26). La "cárcel" del lenguaje ha sido elegida socialmente, hasta cierto punto, estando como está sometida a continuas reestructuraciones y reelaboraciones por parte de la gente y de los profesionales del logos: científicos, técnicos, filósofos, escritores, creadores de opinión, locutores, etc.

    Para el sujeto que nace en un medio cultural, dominado por los lenguajes naturales, parece cierto, sin embargo, que los nombres de las cosas no son simples convenciones, porque han llegado a vincularse "naturalmente" con sus respectivos objetos. Toda cosa parece traer ya consigo su signo y su leyenda y el caos perceptivo aparece originalmente codificado y reducido a unidad. Pero por el modo "natural" en que las cosas se nos aparecen ya vinculadas a sus signos, hemos de entender aquí la fuerza de la costumbre como "segunda naturaleza" (moral) en la que nos instruimos personalmente. El hombre concreto, desde luego, no crea el artefacto-lenguaje, antes bien, es el artefacto-lenguaje el que produce la conciencia social del hombre histórico. La poderosa máquina del lenguaje es también la segura jaula de las convenciones, de los prejuicios, los clics(27), las categorías o clichés coyunturales, las alegorías míticas o simbólicas, los gestos publicitarios, los preceptos y los tabúes... A este respecto, sería más correcto decir que "el lenguaje se habla en mí" que decir "yo hablo el lenguaje", si no fuera porque el lenguaje no alcanza su existencia sino al precio de una reapropiación que incorpora la transgresión, la innovación, la reforma.


    Centro de trabajo: I.B. Fco. de los Cobos

    Pza. Primero de mayo, Ubeda. Tlf.: 953756240

    Artículo publicado originalmente en la revista Mágina, 1996



    NOTAS

    1. Los argumentos nihilistas de Gorgias de Leontini sobre la inadecuación entre el pensamiento y el lenguaje, o la incomunicabilidad del conocimiento, los actualiza M. Merleau-Ponty en su obra póstuma: La prosa del mundo, Madrid, 1971, pg. 31.

    2. La misma idea se puede espigar en nuestro Unamuno y en Condillac (Art de Penser, I, 6).

    3. v. H. G. Gadamer, "Hegel y la dialéctica de los filósofos griegos" en La dialéctica de Hegel, Madrid, 1981, pg. 46-7.

    4. Felipe Martínez Marzoa. Iniciación a la filosofía, Madrid, 1974, pg. 35.

    5. Aparece como séptima característica en la completísima caracterización hecha por Sebastián Serrano en La Semiótica, una introducción a la teoría de los signos, ed. Montesinos.



    6. F. de Saussure. Cours..., París, 68, pg. 115.

    7. Séneca, Cartas a Lucilio, I, y H. Bergson, Introducción a la metafísica, Buenos Aires, 1979.

    8. Antonio Machado no se equivocaba cuando decía que pensar es conversar con uno mismo.

    9. Cfr. E. Gilson. Lingüística y filosofía, Gredos, Madrid, 1974, cap. IV.

    10. Tomás de Aquino. Quaestiones Disputatae: De veritate, q. IV, art. I, Respondeo.

    11. Aristóteles. De la interpretación, I, 16a3.

    12. E. Sapir. Language, 1929.

    13. M. Merleau-Ponty. La prosa del mundo, ed. cit. pg. 43.

    14. Ibidem, pg. 43-44. Los paréntesis son del autor de este artículo.

    15. Todos estos sentidos son recogidos por la palabra alemana Trieb, que tanto utilizó Freud y que ha sido traducida muchas veces, según algunos críticos muy torpemente, por "instinto", siendo muy discutible que en los seres humanos se pueda hablar de impulsos instintivos, como en los animales.

    16. Wilhelm von Humboldt. Ueber die Verschiedenheit der menschbichen Sprachbanes, Berlín, 1836.

    17. N. Chomsky. Current Issues in linguistic theory. Chomsky reconoce que esta concepción productiva o "ingeniosa" del entendimiento humano como potencia orgánica creadora y fecunda, tuvo su precursor en Huarte de San Juan, v. "Contribuciones de la Lingüística al estudio del entendimiento", en El lenguaje y el entendimiento, Seix Barral, Barcelona, 1977.

    18. V. Merleau-Ponty, op. cit. 66-7 y 74.

    19. Tractatus..., Madrid, 1984, trad. E. Tierno Galván. 4.01., 4.021, 4.022, 3.221, 5.6.

    20. Ibidem, 4.0312 y 6.522.

    21. Javier Sádaba. Conocer Wittgenstein, Dopesa, Barcelona, 1980, pgs. 47-51.

    22. Tractatus, 4.21, 4.25, 4.023.

    23. El reproche puede verse formulado por Kant en su Dialéctica trascendental, 2,3,4.

    24. Entendemos aquí por "proposición analítica" aquella cuya verdad o falsedad puede determinarse por la mera inspección de los significados de sus términos. Es "a priori" y necesaria porque no se origina en la experiencia ni hace referencia a hechos, ejs.: "2 + 2 = 4", no (X y no-X), "el todo es la suma de las partes", "Deus est ipsum esse".

    25. El concepto es de Meinong, que define a la proposición: "proposición significará lo que se dice o puede decirse acerca de cualquier ser que sea existente o subsistente. Cfr. Untersuchungen zur Gegenstandstheorie und Psychologie, 1904.

    26. Marx Wartofsky. Introducción a la filosofía de la ciencia. "Sistemas formales, modelos y representación de los hechos", Alianza, Madrid, 1981, pg. 167.

    27. Cfr. André Martinet. Elementos de lingüística general, BRH, Gredos, Madrid, 1974.