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El siglo XX ha sido atravesado, pulido, parido, desensamblado y rearmado
desde y hacia el pensamiento de Friedrich Nietzsche. Cantidades asombrosas y
huecos impensados del cine, del teatro, de la literatura, de la pintura, de
las artes en cuanto ámbito transitemos, están enfrentadas, dislocadas,
coloreadas, y desestructuradas a partir del pensamiento de Nietzsche.
Observemos, una vez más, un clásico del cine: Blade Runner. Tenemos allí, en
una metáfora visual contundente, uno de los desarrollos de la muerte de Dios
mejor logrados, con una idea impecable, un desarrollo singular y una
fotografía que no deja lugar sino para el asombro y la apertura a los
senderos del pensamiento.
Estamos en el futuro (nuestro futuro), y han sido diseñadas réplicas de
humanos para los trabajos desagradables, sucios, mal remunerados o
socialmente poco o nada aceptados. Las prostitutas, los barrenderos, todas y
todos aquéllos que deben realizar trabajos considerados de nivel bajo, son
réplicas. Un instituto de ingeniería ha creado robots, réplicas casi
perfectas de las humanas y de los humanos para ser trabajadores de bajo nivel
o de trabajo indeseado (¿son, acaso, cosas diferentes?).
Tyrrell, el ingeniero creador de estas máquinas, criaturas pavorosas (¡cuánto
se nos parecen!) ha decidido la duración de cada serie de ellas. Los Nexus
avanzados, los más perfectos, casi humanos, tienen una duración (una vida) de
cuatro años. Pero tres de ellos vienen a la Tierra, desde el satélite en el
cual están confinados hasta que se les designe misión. ¿A qué vienen? Han
descubierto que su vida tiene un lapso de duración de cuatro años. Vienen a
reclamar a su creador más vida. Consideran injusta su muerte. ¡Tan pocos años
de vida! ¿Por qué una vida tan breve? ¿Por qué la muerte?
Una vez enfrentado uno de los Nexus con Tyrrell le hace la honda y
angustiante pregunta humana:_“Padre, ¿por qué?” Pero el ingeniero
Tyrrell no tiene la respuesta que se le pide, porque él también ha hecho la
pregunta, y él tampoco ha obtenido la respuesta. Y el Nexus lo abraza, cálido
y filial, y presionando con sus manos la cabeza del Padre, casi
delicadamente, lo asesina.
El hijo ha matado al padre. Pero este padre es un Padre. Este padre tiene
poder omnímodo sobre la vida y sobre la muerte. Este Padre es Dios. Dios ha
muerto. El Nexus lo mató. No es un humano quien lo ha hecho, pero, quién
sabe. Las máquinas diseñadas para detectar las diferencias entre humanos y
Nexus se mostraban, ya en ese momento, con graves fallas para una detección
definitiva. Las máquinas no saben de preguntas, sólo saben de respuestas.
Pero el Nexus tenía preguntas. El Nexus preguntaba sobre lo obvio: ¿de dónde
venimos?, ¿hacia dónde vamos?. El Nexus parafraseaba, sin importarle el
tiempo, a Vicente Aleixandre.
Y heme aquí, parafraseando al Nexus, y preguntándome: ¿qué es lo que nos
distingue como humanos y humanas? ¿Qué nos distingue de las máquinas? La
fuerza del Nexus está en sus preguntas, sus dudas, sus angustias, su amor a
la libertad. ¿Cuál es nuestra fuerza?
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