ANTROPOSMODERNO
Éxito del duelo
Francisco Cervilla

Sólo nos enluta, dice Lacan en el Seminario sobre El deseo y su interpretación, la muerte de aquellos, pocos numerosos, que tienen el estatuto de irreemplazables.

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Sólo nos enluta, dice Lacan en el Seminario sobre El deseo y su interpretación, la muerte de aquellos, pocos numerosos, que tienen el estatuto de irreemplazables.

No será muy difícil, para el sujeto que haya pasado por esa encrucijada, reconocerse en este aserto lacaniano. Del mismo modo, el analista habrá podido escucharlo en el decir los pacientes confrontados con ese trance. Y, por supuesto, puede leerse en multitud de lúcidos escritos que al respecto se encuentran en la creación literaria.

El autor británico Julian Barnes, en su libro Niveles de vida, escribe sobre el duelo que le asola por el fallecimiento de su esposa, tras inesperada y breve enfermedad.

Embargado por la angustia, turbado por una nostalgia y aflicción a las que no ve fin, Barnes se pregunta en qué consiste el éxito del duelo: ¿Recodar u olvidar?¿Quedarse inmóvil o seguir caminando?

La respuesta, podríamos decir, es su propio relato, donde deja constancia del sufrimiento por la pérdida de la persona amada, de sus vacilaciones, del sin sentido de la vida, del tratamiento que su entorno da a la muerte, de su soledad y del convencimiento de que el duelo es único, distinto para cada sujeto que se encuentre en el mismo lance. El dolor propio no arroja luz sobre el ajeno, escribe.

Entre las definiciones del diccionario, un duelo es tanto un desafío como un combate. En esa pugna una de las partes pierde. Es también el dolor por la muerte de alguien.

Tomamos ambos términos, desafío y dolor, para subrayar que el duelo es la aflicción por una pérdida irreparable a la vez que un desafío a la subjetividad quebrantada por esa pérdida. El desafío que implica el proceso de recomponer el sistema de representación del mundo una vez que el sujeto acepta perder, sin contrapartidas, lo que la muerte arrastra consigo.

En el inconsciente, estructurado como un lenguaje, no hay significante para cubrir el agujero que lo real de la muerte crea en la existencia. Y ese agujero en lo real, imposible de ser colmado, es el punto incurable de todo duelo.

La falta de saber sobre lo real de la muerte se ha sustituido a lo largo de la historia con la mitología y la religión. La cultura ha poblado de significados la grieta que no puede cerrar el sistema del lenguaje ante la pérdida que acarrea el hecho de la muerte.
Al cuerpo extinguible se le añadió un alma inmortal que perduraría eternamente una vez separada de ese cuerpo. El alma fue ideada para refutar la muerte, negar la falta y mantener la idea del todo.

Los ritos fúnebres, cambiantes según cada época y lugar, tienen como función fundamental ayudar a inscribir la muerte en la vida y simbolizar ese agujero que se abre en la existencia del sujeto, como forma aceptar la muerte. El ceremonial funerario empuja y sostiene la realización del duelo. Sin el proceso de duelo no se puede consentir a la pérdida, mientras que el duelo detenido, sin cursar, se convierte en un duelo pendiente.

Todo ese entramado simbólico, ineludible para tramitar esta operación, en la actualidad se encuentra comprometido. La subjetividad actual favorece la tendencia a esconder la muerte. El fallecimiento de un individuo no produce ninguna discontinuidad desde el punto de vista social. Es un acontecimiento ajeno, que siempre recae en otro, e inmediatamente es reabsorbido.

El espacio y el tiempo que culturalmente servían de sostén para el duelo, con sus ceremonias correspondientes, en la práctica han desaparecido, dificultando la realización del duelo. A esta manera de concebir la muerte, como el gran tabú de nuestra época, Jean Allouch la ha llamado “muerte seca”.

Al respecto observa Barnes: Aunque la emplees para ti mismo, no tienes que imponer a los demás la palabra morir. En su vida cotidiana no podía nombrar a su mujer, ni recordarla ante los demás, todos se sumían en el silencio. Se hablaba de ella eufemísticamente. Afrontamos mal la muerte, ese suceso banal y único; ya no la integramos como una parte de una pauta más amplia. Así pues, Barnes, solitario en su duelo, encontró su pauta propia y particular allí donde le empuja su deseo: la escritura.

Para Freud el duelo es un proceso normal que no requiere de la intervención de la psiquiatría ni del psicoanálisis. Sin embargo, el falso cierre actual del duelo, la asepsia que rodea a la muerte, la industria farmacéutica, la banalidad contemporánea del don’t worry, be happy, da lugar a una clínica que origina demandas dirigidas al ámbito médico, a la vez que el dolor por la pérdida pasa a formar parte de la clasificación diagnóstica del DSM IV. La intervención psiquiátrica por medio de los psicofármacos, en el duelo considerado normal, no sólo lo entorpece sino que abona, al obstruirlo, las probabilidades de sus manifestaciones patológicas.
La aflicción, recuerda Barnes, es un estado humano, no médico, y aunque haya píldoras que nos ayuden a olvidarla no hay pastillas que la curen.

Freud
Freud afirma, en Tótem y Tabú, que el duelo tiene como función desligar de los muertos los recuerdos y esperanzas por parte de quienes sobreviven, con la finalidad de atenuar el dolor, los remordimientos y los reproches. Tarea que compromete al aparato psíquico en su totalidad.
En Duelo y Melancolía define el duelo como la reacción frente a la pérdida de la persona amada o de una abstracción como la patria, la libertad o un ideal. Esa pérdida enfrenta al sujeto con lo que Freud llama el examen de la realidad, en el que verifica que el objeto ha desaparecido, aunque los vínculos libidinales con el objeto perdido persisten.

El movimiento siguiente será retirarlos de allí lenta y paulatinamente, en una oscilación de apego y separación, de investidura y desinvestidura. Operación plagada de fuertes resistencias. Durante ese tiempo el mundo se vacía, el objeto continúa en lo psíquico y lo ocupa todo. Se produce un empobrecimiento del yo, desparece el interés por el mundo exterior, no existe la capacidad de escoger un nuevo objeto libidinal y se esfuma el valor de todo aquello que no guarde relación con la memoria del muerto.

Los potentes lazos libidinales con el objeto perdido y amado no se abandonan de buen grado: identificaciones, deseos, goces, huellas de satisfacciones e insatisfacciones, afectos.
Este proceso de duelo, este tiempo requerido para poder separarse de un objeto extinguido que permanece vivo en el sujeto, implica un trabajo que, afirma Freud, se resuelve con el encuentro de un objeto sustituto del objeto perdido.

Entendemos como sustituto el objeto que reemplaza al objeto perdido y que desempeña las funciones de éste. No obstante, el objeto sustituto -punto donde surgen las principales objeciones a la teoría del duelo de Freud- será irremediablemente otro, diferente al objeto perdido. Se podrá encontrar otro amor, otro ideal, pero de modo invariable será otro, no será el mismo. Siempre estará en juego la diferencia, en la que habitará la huella inolvidable, singular, del objeto perdido.

Freud mismo expresa una percepción opuesta sobre su teoría del duelo cuando se refiere a su experiencia personal relativa a la muerte, en la que se le presenta un insalvable, algo imborrable, incompatible con la idea de que el duelo concluye vía el objeto sustitutivo
En Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, escribe, que la actitud cultural hacia la muerte se complementa con nuestro total descalabro cuando fenece una de las personas que nos son próximas, cuando la muerte alcanza a nuestro padre, nuestro consorte, un hermano, un hijo o un caro amigo. Sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces; no nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos. Nos portamos entonces como una suerte de Asra, de esos que mueren cuando mueren aquellos a quienes aman.

Tiempo después del fallecimiento súbito de su hija Sophie, le escribe a Binswanger, quien acababa de perder un hijo: Se sabe que el duelo agudo que causa una pérdida semejante hallará un final, pero que uno permanecerá inconsolable, sin hallar jamás “un sustituto". Todo lo que tome ese lugar, aun ocupándolo enteramente, seguirá siendo siempre algo distinto.
No parece que Freud, por las apreciaciones que en diferentes momentos de su vida hace respecto a la muerte, cierre de manera tan taxativa la cuestión relativa a la finalización del duelo, como el triunfo absoluto de lo simbólico sobre lo real, vía la sustitución del objeto perdido por otro objeto, sin producción de un resto.

Lacan
No cualquier pérdida provoca el fenómeno del duelo, sólo la de aquellos que son irreemplazables, recogíamos al inicio. Y esta dimensión de insustituible sólo la tiene aquel cuya falta fuimos. No cabe aquí, por tanto, entender el duelo como el proceso de sustitución del objeto perdido, sino como una función cuyo fin es introducir cambios en la relación con el objeto.

El sujeto en duelo transita de un objeto critalizado durante un tiempo de su existencia, a la pérdida de ese objeto, que una vez es aceptada lleva al sujeto al encuentro con la falta.
No se trata únicamente de a quién pierde el sujeto sino qué pierde. El duelo tiene lugar por ese otro de quien se puede decir “yo era su falta”, ese otro cuyo deseo causábamos y para quien cumplíamos la función de ocupar el lugar de su deseo, poblar el lugar de su falta. Personas -subraya Lacan- a quienes hemos tratado bien o mal y respecto a quien no sabíamos que cumplíamos la función de estar en el lugar de la falta.

Esta relación respecto a la falta marca el valor de la parte de sí que se pierde, una parte pegada al muerto y con quien desaparece: el objeto que uno fue para el otro en la medida que ocupaba el lugar de su falta.

El muerto se lleva, o más bien se le entrega, aquello que el sujeto creía ser para él. En el movimiento en el que el sujeto deja de ser lo que le faltaba al otro le retorna su falta en ser. En este sentido el duelo se produce por el objeto que uno fue para el otro.

De ahí que la falta que provoca un sujeto que ya no está no es sustituible en el punto en el que fuimos causa de su deseo. Se puede ser causa del deseo del algún Otro, pero nunca de la misma manera. Es aquí donde se perfila el punto irreductible, incurable, de todo duelo: ese punto en el que no hay sustitución posible.

Dice Allouch que el duelo se resuelve en un acto que supone un sacrificio, en que hay una pérdida sin compensación, una pérdida a secas. El sacrificio de un pequeño trozo de sí.
Pequeño trozo de sí, que Allouch define así: ni de ti ni de mí, de sí; y por lo tanto: de ti y de mí, pero en tanto que tú y yo siguen siendo, en sí, no distinguidos.

Esta idea de intersección que da lugar a ese pequeño trozo, resuena con estas palabras de Julian Barnes: Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. Y se crea algo nuevo y el mundo cambia. En algún momento una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había.

Durante su duelo, Julian Barnes, sueña frecuentemente con su mujer. El sueño tiene siempre el mismo contenido y después de tres años aparece un nuevo sueño: “En mi sueño estábamos juntos, hacíamos cosas juntos en un espacio abierto, éramos felices, cuando de repente ella se daba cuenta de que no era posible y de que todo aquello tenía que ser un sueño, porque ahora ella sabía que estaba muerta” .

Con este sueño, conjeturo, Barnes se da su propia respuesta. ¿Cuál es el éxito del duelo? Su inconsciente se lo revela: entregar su esposa, una vez muerta, a la muerte, aún sabiéndola insustituible.

Aceptar perder, sin restitución, el plus que el encuentro entre los dos había producido.

BIBLIOGRAFIA
Allouch, Jean. Erotica del duelo en tiempos de la muerte seca. Ed. El cuenco de plata. Buenos Aires, 2006.
Aries, Philippe. Historia de la muerte en Occidente. Acantilado. Barcelona, 2005.
Barnes, Julian. Niveles de vida. Ed. Anagrama. Barcelona, 2014.
Freud, Sigmund. Tótem y Tabú. Biblioteca Nueva. OC. Vol. V. Madrid, 1973.
Freud, Sigmund. Duelo y Melancolía. Biblioteca Nueva. OC. Vol. VI. Madrid, 1973.
Freud, Sigmund Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte. OC. Vol. II. Biblioteca Nueva. Madrid, 1973.
Freud, Sigmund. "Carta a Ludwig Binswanger". En Epistolario II (1891-1939) Plaza&Janés. Barcelona, 197.
Lacan, Jacques. El deseo y su interpretación. Libro 6. Paidós. Buenos Aires, 2014.

PALABRAS CLAVE: ÉXITO DEL DUELO, OBJETO SUSTITUTO, MUERTE, PERDIDA, FALTA

AUTOR:
FRANCISCO CERVILLA SANCHEZ
PSICÓLOGO CLINICO. PSICOANALISTA
AYUNTAMIENTO DE MADRID







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