ANTROPOSMODERNO
Trampantojo filosófico: La Infidelidad
Fco. Javier Benítez Rubio

Comenzamos por una pregunta sencilla. Si pudiera garantizarse la ausencia de consecuencias negativas, ¿quién sería infiel a su pareja? Es una variante, mundana y un tanto vulgar, del planteamiento que hace Platón en su República con el mito del anillo de Giges. El mismo que luego retomaría Tolkien en su épica historia de ‘El Señor de los Anillos’. ¿Qué haríamos si tuviéramos la impunidad de nuestra parte? ¿Lo usaríamos para hacer el bien, en beneficio propio, o para ayudar al prójimo sin que nadie se dé cuenta? ¿Lo usaríamos de manera egoísta y maliciosa? ¿Qué repercusiones psicoemocionales se producirían en aquella persona que actúa de ese modo? ¿Y qué decir de los aspectos éticos y morales de semejantes hechos?

Imprimir el artículo  |  Volver al Home



'I cannot let you burn me up, nor can I resist you. No mere human can stand in a fire and not be consumed.'
A.S. Byatt, Possession

Comenzamos por una pregunta sencilla. Si pudiera garantizarse la ausencia de consecuencias negativas, ¿quién sería infiel a su pareja? Es una variante, mundana y un tanto vulgar, del planteamiento que hace Platón en su República con el mito del anillo de Giges. El mismo que luego retomaría Tolkien en su épica historia de ‘El Señor de los Anillos’. ¿Qué haríamos si tuviéramos la impunidad de nuestra parte? ¿Lo usaríamos para hacer el bien, en beneficio propio, o para ayudar al prójimo sin que nadie se dé cuenta? ¿Lo usaríamos de manera egoísta y maliciosa? ¿Qué repercusiones psicoemocionales se producirían en aquella persona que actúa de ese modo? ¿Y qué decir de los aspectos éticos y morales de semejantes hechos?
Pongamos un ejemplo para enmarcar el asunto. Alguien, por motivos laborales, marcha a una ciudad lejana de su domicilio habitual. Pongamos que a un Congreso de Papiroflexia, Cocotología y Origami que se celebra a 200km. En el citado lugar surge la posibilidad de mantener relaciones sexuales extraconyugales. Esta persona, hace sus cálculos y piensa que será casi imposible que la persona con la que mantendrá relaciones vuelva a entrar en relación con él o su entorno más cercano, conyugal, familiar y laboral. ¿Qué haría?
Este trampantojo se enmarca en el tema de la infidelidad puntual, y no tanto en el de las relaciones paralelas o en el de las relaciones abiertas. Por tanto, y como punto de partida, estamos dando por supuesto que existe el secreto –por un lado-, y el engaño, la mentira y la manipulación, por otro. Ni que decir tiene que estas cuestiones son tan humanas como aquellas que identificamos como contrarias –y positivas-, la sinceridad, la valentía, la lealtad y el altruismo. En el planteamiento de la pregunta habría que aclarar –aun brevemente- la cuestión de la garantía y la cuestión de la consecuencia. Sabemos, por experiencia directa, que la garantía total no existe pero sí sabemos que las cosas se pueden hacer con un alto grado de discreción y secreto. Y cuando se apunta la ausencia de consecuencias negativas nos referimos a la impunidad pero ceñida a la intrahistoria, claro está, a que la persona que actúa infielmente quede indemne y no reciba castigo alguno; esto es, que no sea pillado, que no haya separación, divorcio, problemas legales, etc., y que siga su vida tal y como estaba planteada con anterioridad al suceso.
Retomamos la pregunta, ¿qué haríamos? Para empezar tendríamos que distinguir entre el nivel reflexivo, y el nivel práctico. Theoría y Praxis son dos niveles distintos pero relacionados e inextricables: el nivel de los pensamientos y el nivel de las actuaciones. Nuestro sujeto podría optar bien por reflexionar sobre la disyuntiva a la que se enfrenta o bien podría optar por la actuación directa y deshacer el entuerto sin mediar reflexión alguna. Podríamos encontrar, en el nivel especulativo, a personas que no se plantearían semejante acto y a personas que sí se plantearían la infidelidad.
Encontraríamos a personas que no lo harían por miedo a las consecuencias negativas citadas más arriba. Otras que no lo harían porque no saben conducirse en situaciones en las que hay que manejar secretos y ocultaciones y no quieren enfrentarse a los remordimientos. Otros individuos que no lo harían porque se dejan guiar por su conciencia moral –que juega el papel de un ‘pepito grillo’ kantiano- que le dice que está mal semejante acto. Y están, claro está, los que no lo harían porque su relación es plena y satisfactoria, a todos los niveles. Pero, también encontraríamos a personas que sí se plantearían realizar semejante acto. Aquellas que no se rigen por imperativos categóricos y principios absolutos, aquellas que saben manejar su conducta entre ocultamientos y maquinaciones, aquellas que no se dejan avasallar por los remordimientos, aquellos cuya relación no es óptima, que viven entre importantes carencias afectivas y/o sexuales y necesitan hacer algo aunque sea una acto de infidelidad. En este nivel teórico todavía no ha pasado nada. Las cosas pasan en el nivel de la praxis. Aquí encontramos personas que no faltarían a la fidelidad debida, bajo ningún concepto. Y personas que sí lo harían, con toda seguridad. No aportaremos más casuística al asunto porque sería algo prolijo y extenso, quizás inútil.
Este asunto de la infidelidad nos muestra algo de gran importancia: la relación que existe entre los pensamientos y la acción. Actuar tras discurrir intelectualmente, tratando de manejar reflexivamente las emociones o actuar sin reflexión, por impulsos, por automatismos instintivos, por costumbre o por presiones sociales. Luego podemos, llegado el momento, calificar estos hechos como buenos o malos. Porque podríamos reflexionar y terminar actuando mal siendo infieles (sic) o actuar bien sin mediar reflexión alguna (sic). Esta primera dualidad se nos convierte en el orden de los hechos. Y sobre éste se desdobla el orden moral que es el que califica los hechos –o sea, los pensamientos y las actuaciones.
La infidelidad es una falta a la fidelidad debida o comprometida. La fidelidad es el deber de lealtad con otra persona. Y, finalmente, la lealtad podría ser el cumplimiento de una serie de exigencias o compromisos contraídos con esa otra persona. Ser infiel a otra persona –pareja o cónyuge- sería el incumplimiento de los compromisos o las exigencias debidas para con ella. ¿Dónde colocar la línea que marca ese incumplimiento, esa ausencia de lealtad?, entonces. Podríamos ponerlo en el nivel de las especulaciones hipotéticas del pensamiento, o en el nivel práctico y ejecutivo de la actuación. Y claro está, ¿qué consideraríamos como peor, o más reprensible, la infidelidad mental y emocional no consumada, o la infidelidad física y sexual? La segunda reduce la lista de infieles considerablemente; pero, la primera de las opciones, la hace casi interminable. Y podríamos entrar en la letra pequeña del tema con la premeditación y la alevosía, la debilidad de la carne, la fuerza que posee la pasión sexual, los altibajos por los que pasan todas las relaciones interpersonales. O el aciago azar, que nos trae oportunidades cuando no hacen falta pero que nos las quita cuando más las necesitamos. Esto es un asunto que atañe al kairós. Hay personas que pueden plantearse seriamente la cuestión, pero jamás se verán en semejante encrucijada. Nunca tendrán que lidiar con esto, no tendrán que pasar por este cáliz, afortunadamente para ellos –o no, según como se mire.
Como puede decirse – y seguramente con razón- que implícitamente se da pábulo a la infidelidad en el presente trabajo, se dejará constancia explícita de varias líneas argumentales dirigidas contra la infidelidad.
Podemos contestar a esta pregunta con otra pregunta: ¿Y si te lo hicieran a ti?, ¿quisieras ser tú mismo el que sufre la infidelidad? Y al hacerlo, sin pretenderlo, estamos enunciando el -muy kantiano- Imperativo Categórico. Que en su enunciación popular dice aquello de: “no le hagas a otro lo que no quisieras para ti”. Los argumentos éticos de Kant tienen una solera incuestionable, y no son pocas las personas para las que es perfecto y necesariamente válido. Éstas se dejan guiar por él, y no son infieles. Pero si el mundo funcionara en base al imperativo categórico de Kant, estaríamos en otro mundo, y no en el que estamos. Sería un mundo tal que ni siquiera deberíamos estar planteando este asunto. Pese a los esfuerzos ilustrados del maestro de Königsberg, no vivimos en la realidad del imperativo categórico.
Podemos contestar a esta pregunta con otra pregunta. Antes de llegar a una situación de infidelidad, ¿no sería necesario ir de frente, hablar y decir las cosas claras? Al hacerlo, sin querer, estaríamos enunciando el –muy habermasiano- principio de la comunicación ideal. Los argumentos éticos de Habermas tienen un predicamento importante, y no son pocas las personas que acudirían a ellos en tal situación. Estas personas se dejan guiar por él, y no son infieles. Pero si el mundo funcionara en base a la comunidad ideal de la comunicación y al consenso, el mundo sería otro mundo, y no en el que habitamos. Sería un mundo en el que la gente se entendería hablando. Pese a los esfuerzos discursivos del maestro de Düsseldorf, no vivimos en la realidad de la comunidad ideal de la comunicación.
Podemos, esta vez, no preguntar, sino reprender seriamente al que se plantea la cuestión, por tratar de romper un principio inviolable e inmutable. Al hacerlo, con toda seguridad, estamos aludiendo al –muy cristiano- orden natural establecido, ese que popularmente se tabula como “hacer las cosas como Dios manda”. Los argumentos morales del cristianismo –cuyo basamento es la ética de los grandes clásicos, Platón y Aristóteles- han sido durante siglos el mismo aire que se respiraba. Y muchísima gente se deja guiar por él, y no son infieles. Pero si el mundo funcionara en base a la ley moral natural, el mundo –por supuesto, no les quepa la menor duda- que sería otro. Sería un mundo en el que los representantes de dios marcarían férreamente lo que está mal y lo que no; y en ese mundo ya hemos vivido mucho tiempo. Ni que decir tiene que no aprueban la máxima marxiana –la de Groucho: "Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros."
Si dejamos de lanzar anatemas y seguimos pensando en la infidelidad, para muchos surge con fuerza una idea muy filosófica que hace frente a lo inmutable: el cambio. No somos la misma persona durante toda nuestra existencia. Cambian nuestros puntos de vista. Nuestras vivencias nos hacen cambiar de parecer. Aprendemos (o desaprendemos) a actuar de un modo distinto en las diferentes etapas de nuestra vida. Cambian las prioridades, los intereses, las necesidades, las perspectivas. Y resulta que Heráclito ya dijo algo así hace mucho tiempo: que “todas las cosas se mueven y nada está quieto”. Ganamos en seguridad, vamos dejando atrás nuestros miedos. El cambio forma parte de nuestra existencia. Un cambio que nos ilusiona a la vez que nos asusta. Porque nos ilusiona mantenemos siempre abierto un horizonte de esperanza (la utopía) que nos traiga lo que no tenemos. Y porque nos asunta creamos zonas de confort que nos protejan. Cuando la utopía no termina de venir a nosotros llega la frustración y cuando la zona de seguridad que construimos salta por los aires nos sumimos en una profunda congoja. No comprenderemos la infidelidad en acto, ni entenderemos el planteamiento especulativo de la misma, sin no nos percatamos de la estructura dinámica y siempre cambiante de la realidad y de la vida emocional de las personas.
Queda clara, ahora, la cuestión que se trata aquí, que no es otra que comprender y entender la infidelidad, no hacer un juicio sumarísimo de la misma, mucho menos a los infieles. La infelicidad se refleja en la mirada, en los gestos, en la postura corporal. Se puede manifestar todo un panegírico al amor verdadero y, sin embargo, el lenguaje corporal está diciendo otra cosa bien distinta. Algunas personas no paran de parlotear lo felices que son pero su mirada es esquiva. Las microexpresiones faciales dicen tanto como decir las cosas con la boca grande. Podría resultar complicado contar la cantidad de gente que va fingiendo en su vida cotidiana, pero ahí están, sólo hay que estar atentos para distinguirlos. Gente que malvive sin remedio en relaciones profundamente insatisfactorias. Muchas lo saben y lo ocultan, a ellos mismos y a los demás. Siendo fieles a sus parejas y al orden moral en el que habitan son infieles a sí mismos y a sus necesidades vitales. Y los hay, que ni se han parado a pensarlo. Fue Freud el que nos advirtió de la existencia de los procesos mentales inconscientes. Y no estaría mal que nos preguntáramos, ¿cuánto de inconsciente, reprimido, irracional, atávico encontramos en la racionalidad consciente, esa que nos guía en nuestros actos?
Pero hay más, y ya casi termino. Nos quedamos en el momento especulativo, en la fase del planeamiento hipotético. En el fondo de este momento -o no tan abajo- encontramos un cálculo, un análisis de lo que tienes (especialmente si la relación es mala o muy mala), y de lo que podrías tener fuera de ella. A nivel económico, social y emocional -por ese orden. Y al final se decide por el mejor de los peores, que suele ser quedarse como estás. La vida nos enseña justo lo contrario de lo que nos muestran el cine de Hollywood, que no se elige entre bueno y malo sino que tenemos que decidirnos entre lo malo y lo peor. Y decidir por el mejor de los peores posibles genera frustración -como poco-, una especie de malestar emocional del que mucha gente no es consciente. Siempre me pareció que de esa desazón surgen dos cosas: la frustración, la represión, por un lado; y por otro, el secreto, la mentira, la maquinación. El planteamiento de la pregunta por la infidelidad, el lanzamiento de esa hipótesis, de esta posibilidad –y no otras, como podría ser el diálogo, la represión o la sumisión- es, plenamente, una maquinación. Y si estamos pensando en maquinaciones, estamos pensando en Maquiavelo, por supuesto. Nicolás ha pasado a la historia como el arquetipo de individuo frío, calculador, maquinador malvado y sin escrúpulos. Hay una cierta hipocresía popular con la cualidad de ser taimado, esto es, ser astuto y disimulado. Se censura este comportamiento si aparece en el apartado de las relaciones personales, pero es muy valorado en otros muchísimos aspectos de la vida. Mostrarse flexibles ante las cambiantes circunstancias de la existencia. Tener la voluntad y la habilidad para decidir y actuar con determinación, audacia y coraje. Comportarse con autocontrol ante las dificultades, etc.
Con el florentino aprendimos muchas cosas sobre política, pero sus enseñanzas no se inscriben exclusivamente a ésta. Con él aprendimos que la realidad cotidiana está expuesta al conflicto, a la imperfección, al dolor, a la corrupción –al mal, si se quiere ir por esa senda. No hay nada que dure toda la vida en un estado óptimo, incluidas las relaciones interpersonales. Por eso hay que intentar domar la realidad hasta donde nos sea posible. Lidiar con ella, sobrevivir a sus envites.
Muchas personas se plantean el asunto de la infidelidad y quieren salir indemnes de ella. Son personas que están atrapadas en su relación. Pueden optar por romper o pueden optar por permanecer en ella. Calculan y llegan a la conclusión de que es menos malo quedarse que romper. Eso les llena de frustración. De algún modo han de resarcirse de esa decepción. Entonces surge la oportunidad. Y comienza la maquinación. Si es descubierto llegará la ruptura, precisamente el peor malo que quieren evitar. Por tanto, hay que hacer lo posible por no ser descubierto, de mantener el secreto y salir indemne de ella. Surgen entonces todo tipo de estratagemas. En ese caso es cuando usamos una expresión muy maquiavélica: ‘el fin justifica los medios’.
La filosofía no es una de esas instancias que dejan huella hoy en día. Y ahora que ha sido sacada a patadas de los temarios de la enseñanza básica y general, terminará siendo una rara avis. Es entendida, por el gran público, como algo pesado y dificultoso, sin embargo la gente no para de hacer filosofía. La filosofía es eso que hacen algunos cuando se comen el coco, el tarro o la olla, o calentarse la cabeza. La gente no lo sabe, o no se percata, pero en muchas de sus manifestaciones, usando el lenguaje cotidiano, está diciendo lo mismo que los filósofos con sus intrincados argumentos. Para entender esto que digo basta con estar atentos a las redes sociales. Últimamente, corren como la espuma, en foros de filosofía por internet, unos memes chistosos en los que un célebre pensador dice una cosa en lenguaje coloquial. A continuación alguien le dice que no se puede decir así, de ese modo tan vulgar y corriente; y entonces hace el enunciado filosófico que todos conocemos.

Una de las muchas cosas que ofuscan a los filósofos –un colectivo, todo hay que decirlo, que se ofusca con facilidad- es refutar sus magníficos argumentos con la realidad empírica. Enfado solo superado cuando alguno de los argumentos de otros filósofos sí que son refrendados por esa misma realidad empírica. Refutar a Kant, a Habermas y al cristianismo con el día a día, para terminar dando pábulo a Freud, Maquiavelo y Heráclito por esa misma cotidianidad, bien merece un trampantojo. Si fijamos nuestra atención al lugar donde late la humanidad a día de hoy, esto es, en el panóptico digital que suponen las redes sociales, veremos cómo abundan las páginas de contactos. Las encontramos de todos los colores. Desde aquellas en las que sólo se trata de tener un rato de esparcimiento, chatear y flirtear, hasta aquellas que garantizan la infidelidad procurando –incluso- coartadas para no ser cazados. En el verano de 2015, una de estas célebres páginas web fue hackeada dejando al descubierto a millones de infieles potenciales en todo el mundo. Habría que cuantificar –en un ejercicio muy filosófico, por la belleza que depara la franca inutilidad- si el número de escandalizados moralistas supera al número de individuos a los que les ha dado un soponcio al verse cazados, después de haberse gastado el dinero confiando en la invulnerabilidad del sistema.

Conclusión.
El hombre de carne y hueso, ese que piensa para vivir y no vive para pensar, es pura contradicción. Vive en tensión permanente entre lo que piensa y lo que siente, entre lo que dicen que debe hacer y lo que quiere hacer, entre lo que necesita y lo que realmente se le aparece, y así un largo cúmulo de oposiciones difíciles de manejar.
Para la deontología imperativa kantiana y la moral natural inmutable, los sentimientos, emociones, deseos, pasiones, expectativas, intereses están desterrados. Los condicionantes no son contemplados. El orden de lo concreto no tiene lugar entre sus rígidas paredes. La contundencia de sus argumentos es como la lavadora de la que se queja Dalí, una que no distingue tejidos.
Coartadas, subterfugios, justificaciones, escusas, racionalizaciones. Ser infiel está mal y punto. El infiel es un egoísta y un mezquino. Y todo lo que se diga para defenderla, o para no criticarla como es debido, son todo lo dicho al comienzo. Si hubiéramos planteado así el asunto, este trampantojo apenas tendría dos renglones. Al hacerlo de otra manera, y llenar varias páginas, estamos procurando un bien bastante escaso en nuestro tiempo, provocar la reflexión y el autoconocimiento. Queremos hacer nuestra la pretensión de Unamuno, “ejercer la decimoquinta obra de misericordia, esto es: despertar al dormido”.

Fco. Javier Benítez Rubio
Licenciado en Filosofía
Máster en Filosofía Teórica y Práctica


Citas:


1. Trampantojo. (De trampa ante ojo). 1. m. coloq. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es. Real Academia Española (Versión web).
En la foto vemos a Blas (personaje de Barrio Sésamo) visitando el Museo de Orsay en París. Lo vemos deleitándose ante un oleo sobre lienzo, de Gustave Courbet, llamado ‘L'origine du monde’ (El origen del mundo, 1866).
2. ‘No puedo dejar que me quemes, ni puedo resistirme. Ningún simple humano puede permanecer en un incendio y no ser consumido". (Traducción propia)
3. La República, II, 359a - 360d.
4. Se aconseja la visión de varias películas sobre el asunto: La Edad de la Inocencia (Scorsese, 1993), Los Puentes de Madison (Eastwood, 1995), American Beauty (Mendes, 2000), Brokeback Mountain (Lee, 2005), Match Point (Allen, 2006) y la obra maestra del género Eyes Wide Shut (Kubrik, 1999). También pueden escuchar varias canciones: ‘Y sin embargo’ de Joaquín Sabina y ‘Corazón Loco’ de Bebo & Cigala.
5. Kant, I. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. En: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01362842104592728687891/index.htm
6. ¿Qué motor, qué fuerza, qué energía mueve realmente el mundo, a la humanidad, a la historia? Este tema daría para una enciclopedia de varios volúmenes. Aquí nos limitamos a un humilde pie de página.
7. Gómez, Carlos (Ed.) DOCE TEXTOS FUNDAMENTALES DE LA ÉTICA DEL SIGLO XX Alianza Editorial 2002 Madrid. La Ética discursiva de Jürgen Habermas J. Habermas, «Una consideración genealógica acerca del contenido cognitivo de la moral», trad. de Gerard Vilar Roca, en La inclusión del otro. Estudios de teoría política, Barcelona, Edics. Paidós, 1999, cap. 1, apdo. 9, pp. 70-78.]
8. Leemos en Mateo 5, 27-28: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: Todo el que mira a una mujer con mal deseo, ya en su corazón cometió adulterio (con ella).” La Biblia, Herder, 2º edición 1986, Barcelona.
9. Es Platón, en el diálogo Crátilo (402a), el que hace mención a esta forma de pensar del filósofo de Éfeso. Kirk, G.S., Raven, J.E. & Schofield, M., Los Filósofos Presocrático, Gredos BHF63, 2ª edición ampliada, 3ª reimpresión 1987, Madrid, p.284.
10. Ferrater Mora, J., Diccionario de Filosofía, tomo II: E-J, Círculo de Lectores (Revisión de Josep-Maria Terricabras), 2001, Barcelona, p. 1790. Puede verse, para tener información de primera mano: Freud, S., Introducción al Psicoanálisis, Alianza Editorial, 2011.
11. Esta frase, así expresada, no aparece por ningún lado en la obra de Nicolás Maquiavelo. Hay una sentencia que sí se le parece mucho y que pudo ser interpretada de esa manera: “Accusandolo il fatto, l’effetto lo scusi”. Podemos traducir es frase como ‘si el hecho lo acusa, el efecto lo excusa’. Se puede encontrar dicha frase en ‘Los Discursos’ I, 9.
12. Han, Byung Chul, La sociedad de la transparencia, Herder Barcelona, 2013 (2012) [Traducción: Raúl Gabás]
13. http://www.abc.es/sociedad/20150720/abci-ashley-madison-hackeada-201507201307.html.
14. Feliz expresión que debemos a Don Miguel Unamuno y Jugo
15. Eungenio" Salvador Dali", de Mecano (Descanso Dominical, 1988).
16. Heráclito de nuevo: “Conócete a ti mismo”.
17. En carta a Pedro de Múgica del 19, X, 1903. Garagorri, P., Introducción a Miguel de Unamuno, Alianza, 1986, Madrid.









Volver al Home