ANTROPOSMODERNO
Del Pobrismo actual a la Pobrecracia o al sistema posible.
Francisco Tomas Gonzalez Cabañas franciscotgc@gmail.com

Habitamos desde hace décadas en Occidente, una forma político-institucional, que erróneamente, es caracterizada, en forma inacabada, incierta o inconclusa, por la semántica académica que acendrada en conceptos de siglos atrás, demuestra su estado esclerotizado y perimido. Sin ningún lugar a dudas, que desde el cese de la tensión del período que se dio en llamar la guerra fría, el eje de lo que se precia, casi inercialmente, de lo democrático, está sustentado, o consustanciado con la pobreza, con el sujeto histórico de este tiempo que es sin duda el pobre.

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Habitamos desde hace décadas en Occidente, una forma político-institucional, que erróneamente, es caracterizada, en forma inacabada, incierta o inconclusa, por la semántica académica que acendrada en conceptos de siglos atrás, demuestra su estado esclerotizado y perimido. Sin ningún lugar a dudas, que desde el cese de la tensión del período que se dio en llamar la guerra fría, el eje de lo que se precia, casi inercialmente, de lo democrático, está sustentado, o consustanciado con la pobreza, con el sujeto histórico de este tiempo que es sin duda el pobre. Un pobre que puede ser tanto material, efectivo o asequible, como un pobre moral, espiritual o conceptual. Arriesgaríamos a decir que en verdad habitamos un estado político e institucional que deberíamos llamar “Pobrismo”. De ese estadio, debemos avanzar a la organización de tal conceptualización para tomar de cada facción del colectivo en que nos conformamos, en un sistema que nos resulte más vinculado con nuestra humanidad fundamental. Debemos pasar del pobrismo a la pobrecracia.

Desde hace un tiempo que el consumo (al punto de que ciertos intelectuales, definan al hombre actual como “El Homo Consumus”) y su marca, o registro, es la medida del hombre actual, como de su posicionamiento o razón de ser ante la sociedad en la que se desarrolla o habita. Somos lo que tenemos, lo que hemos logrado acumular, y no somos, mediante lo que nos falta, en esa voracidad teleológica o matemática de contar, todo, desde nuestro tiempo, a nuestra infelicidad. Arriesgaremos el concepto de una existencia estadística, en donde desde lo que percibimos, de acuerdo al tiempo que trabajamos, pasando por lo que dormimos, o invertimos para distraernos, hasta los números en una nota académica, en un acto deportivo, en una navegación por una red social para contar la cantidad de personas que expresan su satisfacción por lo exteriorizado, todo es número. Nos hemos transformado, en lo que desde el séptimo arte se nos venía advirtiendo desde hace tiempo en sus producciones de ficción. Somos un número, gozoso y pletórico de serlo. El resultado final de lo más simbólico de la democracia actual, también es un número (el que obtiene la mayoría de votos) sin que esto tenga que ser lo medular o lo radicalmente importante de lo democrático. Sabemos que el todo es más que la suma de las partes, desde lo metafísico, desde lo óntico, incluso desde lo psicológico. Pero hasta ahora no hemos aplicado tal principio en la arena de la filosofía política
No existe, en nuestra modernidad, más que dos clases de hombres, los que tienen y los que no. Los que no son pobres y los que lo son. Ante esta existencia estadística, es muy fácil determinar los parámetros en los que se asienta el límite para catalogar quiénes son pobres y quiénes no. Organismos internacionales, solventes jurídica y monetariamente, pueden unificar criterios para establecer la suma o la cantidad que precise un ser humano, diaria o mensualmente, para ser o no ser considerado pobre. Esta cuestión metodológica es la más fácil de zanjar, por más que puedan existir varios tecnicismos para ello.

Hasta aquí nos alcanzó para lo más sencillo, definir la pobreza clásica, convencional, asequible, material. Tendremos que vérnosla con la otra pobreza, con la que tal vez permita aquella (sería harina de otro costal, ya discutida por otros autores) pero más allá de esta aporía, tan real y consistente y con la que necesariamente se define el cuadro completo de pobrismo en el que habitamos.

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”. (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, Papa Francisco). No debe haber ningún otro jefe de estado en la actualidad, y difícilmente a lo largo de los últimos años que haga tanto eje acerca de la pobreza o del pobrismo, tal nuestra caracterización. Como acabamos de observar la pobreza espiritual, la invisible, la conceptual, es la contraparte de la otra (o condición necesaria como suficiente), de la que la gran mayoría, sobre todo en política, decimos avocarnos, preocuparnos o encargarnos, con resultados, que progresivamente parecen ser cada vez peores, de mayor confrontación o segregación entre unos y otros, pobres dentro del pobrismo al que parece que estamos condenados.
Tal como expresamos, las categorías de la filosofía política para continuar determinando sistema de gobiernos como los que toleramos, no hacen más que contribuir a la confusión que otorga galardones a las estrellas del mundo académico intelectual que lucran con la misma, enfangando lo que debería ser una profusa dedicación teórica para tener un sistema mejor, en una discusión bizantina con autores fallecidos que perviven en el memorial de esas bibliotecas a los que sólo acuden estos, obligando a sus educandos a revivirlos, bajo lecturas soporíferamente obligatorias.

La democracia como definición conceptual debe ser revisada, redefinia y reconvertida. De hecho en Occidente, creemos tenerla incluso cuando funciona a la par de sistemas que en su definición clásica no podrían convivir con ella, como por ejemplo la monarquía. No es antojadizo este señalamiento de contradicción flagrante, pues desde lo que se da en llamar el “anarcocapitalismo” uno de sus máximos exponentes, considera a lo monárquico, mucho mejor, en términos generales y teleológicos que lo democrático. ¿Monarquía antes que democracia? En su obra “Democracia, el dios que fallo” Hans Hermann Hoppe expresa con claridad académica y meridiana: Si el “estado” es el monopolista de la “jurisdicción” lo que hará es, más bien, “causar y provocar conflictos” precisamente para imponer su monopolio. La historia de los estados “no es otra cosa que la historia de los millones de víctimas inocentes del Estado, ciento setenta millones en el siglo XX”. El paso de la monarquía a la democracia implica que el «propietario» de un monopolio hereditario -príncipe o rey- es derrocado y cambiado, no por una democracia directa, sino por otro monopolio: el de los «custodios» o representantes democráticos temporales. El rey, por lo menos, tendrá baja preferencia temporal y no explotará exageradamente a sus “súbditos” ni su patrimonio, ya que tiene que conservar su “reino”. Los políticos habituales del modelo del Estado democrático actual compiten, no para producir un bien, sino para producir “males” como el aumento de: 1) los impuestos, 2) del dinero fiduciario, 3) del papel moneda inflacionario, 4) de la deuda pública, 5) de la inseguridad jurídica por el exceso de legislación, y 6) las guerras, que se han convertido en ideológicas y totales desde la intromisión de los EEUU en la Guerra Mundial I hasta la Guerra de Irak II. “Del mismo modo, la democracia determina la disminución del ahorro, y la confiscación de los ingresos personales y su redistribución”.

Nosotros y a título de resumen del presente introito o consideración general de la pobrecracia, consideramos que lo trascendental, o lo urgente y necesario, no pasa por las definiciones de los que pueden tener la tutela, la representación o lo formal de gobierno. Los pobres espirituales para definirlo en términos de pobrismo, da igual que se declaren o actúen bajo supuestas democracias o aclamatorias de mayorías o por imperio de lo monárquico. Lo sustancial es como organizar la pobreza real, material, la asequible, como sacarla de su condición conceptual, no como darle trabajo o matarle el hambre, que eso en definitiva terminará, si hacemos lo primero, siendo lo más rápido y sencillo que solucionaremos.

Consideramos que uno de los principios basales a reformular, para pasar del pobrismo que nos carcome y condena a una pobrecracia esperanzadora es el que determina “Una persona, un voto”, debe ser redefinido, en aquellos lugares en donde se expresó como principio rector de lo electoral, debido a que mediante el mismo hemos edificado un sistema socio-político, que estableció, precisamente lo contrario o el juego perverso entre los pobres conceptuales y los pobres reales (cosificación del elector, imposición de mayorías estableciendo sistemas gregarios y con una dialógica del poder agonal , tanto en términos teóricos como prácticos, de lo que se ufana como definición y que por ende se propuso como finalidad). El derecho de lo desigual, de la condición de pobres, de unos y de otros, a la que antes de modificarla, debemos reconocerla como tal, es lo que ese estado, lo tiene que socializar, formalizar o no ocultar, el cuál nace por un pacto o contrato, debe subsanar, equilibrar o compensar.
Que los votos de aquellos que no han sido alumbrados con la asistencia, o posibilidad por parte de ese estado, valga nominalmente más, de quiénes sí están contemplados en el alcance de ese estado, generaría, sí, una profunda reforma en el sistema electoral y por ende democrático (o que se da en llamar confusamente de tal manera), que estaría mucho más en consonancia con la intencionalidad de quiénes se precian de trabajar por una sociedad más justa o inclusiva.

Blanquear la injusticia de los ciudadanos que no han sido tratados en forma ecuánime por ese estado, por aquella falacia de finalidad, de considerar una persona un voto, no haría más que ocultar los problemas, cuando no agravarlos y desviar la verdadera atención en aquello por lo que un estado democrático debería bregar, igualdad en la fuerza con independencia de todas las demás diferencias, que precisamente, deben ser ajustadas, achicadas o compensadas. Inaugurando la pobrecracia, habiendo abandonado para ello el pobrismo democrático que nos horada y veja, progresiva y corrosivamente en nuestra condición de seres humanos.



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