ANTROPOSMODERNO
Bartleby: literatura o posesión de la muerte
Jacobo Neri

Un acercamiento al cuento “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville desde una lectura particular de “Kafka a Kafka” de Maurice Blanchot.

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Un acercamiento al cuento “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville desde una lectura particular de “Kafka a Kafka” de Maurice Blanchot.
“La literatura es el lenguaje que se hace ambigüedad. La lengua corriente no es clara por necesidad, no siempre dice lo que dice, también el malentendido es uno de sus caminos. Es inevitable, sólo se habla haciendo de la palabra un monstruo de dos caras, realidad que es presencia material y sentido que es ausencia ideal.” (Blanchot, 73)
“Preferiría no hacerlo”. “Preferiría no cambiar nada en absoluto”. No hacer nada. Pasividad en la nada. Abusar de la negación que me provoca la nada: “¿No ve usted el motivo?”. Bartleby, o más bien sus respuestas (incluyendo el silencio en su quietud inevitable), reiteran una negación constante, simple y conforme de no exigir nada, que parecen contentarse en su pasividad enunciativa, y sin embargo, a pesar de esta apariencia, parecen a la vez no estar contentos del todo.
Esta negación desde un primer plano podría dar a entender un ideal, o una fascinación por lo abismal, por adjudicarse la muerte, el vacío. Esta negación toma forma del rechazo que expone Bartleby a todo lo que se le puede decir o proponer. El rechazo presupone un alejamiento: desde un inicio del trabajo en la oficina su característica principal es marginarse. Podría decirse incluso que al ideal de negación que parece suscitar rechaza al mismo acto de distanciamiento al cual se sujeta, negar la periferia que suponen sus mismas palabras. ¿Es Bartleby en verdad un escribiente?
Preferiría no preguntármelo, aunque diría que Bertleby es Bartleby, todo el que recurre a la palabra, y aún la palabra misma, quien la supone y si es ella la se supone, la transita o se transita, la escribe o se reescribe: extenderse en ese espacio rectangular, aparentemente en blanco, y blanca, vacía conciencia en toda extensión de poder vació, y que por más que se lo suponga o se suponga a sí misma, o se ametralle de letras, el blanco es lo eterno y sínico invencible. ¿Es entonces el escritor, o quien escribe, sea lo que sea que escriba, un anunciador y víctima de la muerte, de la ausencia?, ¿si la literatura y el lenguaje es el “cuerpo”, el escenario (a veces indiscutible) de estos actos de “escritura”, la figura exacta y minuciosa de muerte y desaparición que por excelsitud suplanta la conciencia, la identidad, es el contenido ajeno y por lo tanto desvanece a quien la encuentra (incluso ella misma), o que es aún más dramático, pretende poseerla (poseerse)?
¿Qué es lo que niega Bartleby en un principio?
“La negación sólo puede realizarse a partir de la realidad de lo que niega; el lenguaje obtiene su valor y su orgullo de ser la realización de esa negación; mas, en un principio, ¿qué se ha perdido? El tormento del lenguaje es aquello de lo que carece por la necesidad que tiene de ser lo que le falta. Ni siquiera puede nombrarlo” (Blanchot, 50). Al considerarlo en tanto que literatura, y ésta en condición de lenguaje: ¿preferiría Bartleby no nombrar incluso aquello que está negando? ¿O es que ese preferir encierra el terror de Bartleby de no encontrar o no poder siquiera nombrar aquello que niega y se le escapa infinitamente?
Si Bartleby es lenguaje, encarna la lucha que tiene éste consigo mismo, el terror de mirarse, y por ello el rechazo y la negación como una constancia en su lógica, de su irrealidad. Si ella misma, haciendo referencia a la literatura, se nombra, se niega, se supone ajena, se aleja, se nombra irreal. Es como estar al frente de un cuadro, inventando una serie de diálogos que se podrían plantarse al interior de lo que muestra, solo que ese cuadro está limpio, no tiene ni una señal de pincel o línea alguna, queda el marco, la tela es el espacio que se muestra al fondo de una pared, o un barranco. La escritura se autoexilia, se habita considerando que ella misma en ella misma es inhabitable, se encuentra sentada al filo de sus puertas inventadas, ella misma al pie de su conciencia y su conciencia es inventada.
Qué pasa ahora con el otro Bartleby, el que viene nombrando el cuadro y describiendo su contenido, tal vez desde el interior del mismo cuadro (¿quén puede decir a este punto si se está dentro o fuera del cuadro?) exponiendo su figura, a la vez simple y compleja, de ser ausencia a partir de lo presente que convoca lo escrito, de alejarse desde antes y después de lo que se nombre: quien escribe no cuenta, no figura, lo que cuenta es la ausencia, que es la única medida exacta.
La certeza de Bartebly es su falta sustancial, su esencia. El que escribe es un recipiente vacío, no existe esencia que contenga: “a quien se expresa le hace falta algo esencial” (Blanchot, 46). La literatura no abarca sustancias, las supone, idealiza esa suposición, escapa en esa fantasía que es desierta.
Lo que pueda responder Bartleby a lo que se ha dicho, o a lo que se pueda llegar a estar acostumbrado a escuchar de Bartleby sobre lo que se diga y se puede seguir diciendo, es tan importante como desechable, se torna tan necesario como innecesario: “Si de las cosas únicamente se habla diciendo aquello por lo que no son nada, pues bien, no decir nada es la única esperanza de decirlo todo” (Blanchot, 47). Esperanza vaga, pues al decir todo, hago del mundo un eje irreal, una realidad irreal. Decir todo es no decir nada y viceversa. Esperanza vaga, y aún esperanza. Esperanza e importancia desechable por el abuso que hace de lo que no se tiene ni siquiera una palabra de lo que pasa escribiendo en la oficina (abuso que se vuelve eje de su comportamiento), y sin embargo tenemos su palabra, siempre a partir de la negación; negación en dos acepciones: lo que se desconoce en cuanto escribió y la negación que evocan sus respuestas. Tal vez todo lo que escribía era eso, preferiría no hacer nada, con mayúsculas y minúsculas, o la negación, tal vez más drástica y sincera, simular ser un escribiente.
La palabra en Bartleby es posible si es negada. Si yo, en cuanto conciencia me remito a Bartleby, obtengo nada; qué se puede decir de la conciencia de un “preferiría” no hacer nada en absoluto. ¿Es esto lo que vivencia ese preferir no hacer nada en absoluto?
“Preferiría no hacerlo”, un idealismo, un sentido de ausencia ideal: “no hablo para decir algo, sino que una nada me pide hablar, nada habla, nada encuentra su ser en la palabra y no es nada el ser de la palabra. Esta fórmula explica porqué el ideal de la literatura pudo ser el siguiente: no decir nada, hablar para no decir nada.” (Blanchot, 46). A todos nos preocupa Bartleby y el lenguaje, la preocupación parte de esa negación que se suscita a sí misma, que no se logra distinguir claramente, que se disipa en precipitación, aterroriza.
Lo que nos queda de Brartleby es una interrogación, un silencio que cuestiona su silencio. Si considerásemos que Bartleby es tanto literatura como figura de escritor, aunque él mismo dijera que preferiría no ser ninguno de los dos, tiene como dinámica a la ambigüedad que lo posibilita. En cuanto posibilidad, es ésta la que hace propio el ideal de desaparecer estando presente, el punto y no punto que tiene para manifestarse. La ausencia inevitable que sigue al autor como condena y condición, desaparecer es el fundamento que no fundamenta nada, “Con sus mensajes de vida, estas cartas van directas a la muerte. ¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!”



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