ANTROPOSMODERNO
EL SUJETO SOCIAL EN EL PENSAMIENTO DE MARCUSE
Roberto Vila De Prado titov@cotas.com.bo

Uno de los interrogantes clave de la Escuela de Frankfort fue el intento de responder a ¿cómo al estar cerca el momento de la emancipación del trabajo, arribó un nuevo “género de barbarie” fascista que los obreros alemanes no pudieron impedir? La dinámica del capital monopolista fue desplazando a la clase obrera del lugar central que poseía. Entonces, algunos miembros de la Escuela se inclinaron por la idea del intelectual crítico, que no debería ser intelectual orgánico, de ningún partido o ninguna clase.

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EL SUJETO SOCIAL EN EL PENSAMIENTO DE MARCUSE*

Roberto Vila De Prado**

Abstract
Uno de los interrogantes clave de la Escuela de Frankfort fue el intento de responder a ¿cómo al estar cerca el momento de la emancipación del trabajo, arribó un nuevo “género de barbarie” fascista que los obreros alemanes no pudieron impedir?
La dinámica del capital monopolista fue desplazando a la clase obrera del lugar central que poseía. Entonces, algunos miembros de la Escuela se inclinaron por la idea del intelectual crítico, que no debería ser intelectual orgánico, de ningún partido o ninguna clase.
Marcuse observando la represión sobre el conjunto de las clases sociales a través de las prácticas impuestas por la racionalidad intrumental estudia manifestaciones concretas que van más allá de una simple resistencia. Estas manifestaciones son los movimientos sociales y culturales que surgen en los EUA a mediados de los sesenta: movimientos feministas, artísticos, de liberación sexual, de estudiantes que expresan la negación de lo establecido.
Si la dominación se materializaba en prácticas racionales-instrumentales concretas, la teoría crítica debería dar cuenta de ellas en términos empíricos apoyada por las ciencias sociales, para poder combatirlas luego en términos críticos.


I – INTRODUCCION

1. Herbert Marcuse (1898-1979)

Nació en Berlín y alcanzó la ciudadanía americana en 1940. Comenzó estudiando literatura y posteriormente se dirigió a Friburgo para asistir a las clases de filosofía que dictaba Heidegger. En esta época, la lectura de Marx le causó una fuerte impresión y transformó sus ideas acerca de la sociedad.
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* Trabajo presentado al Programa PLED auspiciado por la Universidad Nacional de Entre Rios (Argentina) y la UNAM (México).
** Profesor Emérito UAGRM (Bolivia).


En 1929 regresó a Friburgo para presentar su disertación doctoral, pero en 1933 no pudo completar sus estudios por su condición de judío. Por esa razón, empezó a trabajar en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt del Meno.

Desde los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, emigró a los EUA donde prestó servicios en la Oficina de Servicios Estratégicos. Fue conferencista en Harvard y Columbia, Profesor de Política en la Universidad de Brandeis y Profesor de Filosofía en la Universidad de California.

En la década de 1920 se interesó por la sociología y recibió la influencia de Max Weber y Lukács. En 1922 se hizo cargo de una bibliografía schilleriana. También se interesó vivamente por Dilthey y por la fenomenología de Husserl. En esa época participó en la edición crítica de los trabajos de juventud de Marx y colaboró en algunas revistas

El ascenso del nazismo que no pudo ser impedido por la clase obrera alemana obligó a revisar sus teorías a Marcuse, al igual que a Adorno y otros estudiosos.

En los últimos años de su vida se radicó en San Diego (California) y se convirtió en una de las figuras de la historia cultural contemporánea que más controversias ha suscitado.

2. La teoría crítica en Marcuse

La teoría tradicional defiende al statu quo, se basa en una lógica esencialista y determinista que llega a predominar hasta en el marxismo clásico. Se puede advertir fácilmente en algunos pensadores que hay un descubrimiento de “leyes naturales” con contenidos teleológicos y teológicos, más o menos explícitos.

La teoría crítica marcha en otra dirección. En Horkheimer, tiende hacia un marxismo interdisciplinario. Hay un proceso de acumulación-articulación en distintas disciplinas que se utiliza para dar cuenta de una totalidad concreta expresada en diferentes momentos. Esta teoría encierra potencialidades que la convierten en el último bastión contra la razón alienante. Ella se propone abordar el funcionamiento social en términos materialistas y dialécticos, tanto en el plano de la subjetividad (conciencia crítica), como en el plano concreto (estudios empíricos).


De acuerdo con el pensamiento freudiano, la civilización surge en contradicción con los instintos primarios y con el principio del placer, sometiendo a los instintos humanos. La libre gratificación de las necesidades instintivas del ser humano sería, entonces, incompatible con la civilización, pues ésta tiene como prerrequisitos la postergación y la renuncia a la satisfacción. (Herbert Marcuse, 1999).

Marcuse afirma que en las sociedades capitalistas “tardías”, la racionalidad instrumental se desarrolla más en sentido represivo que emancipatorio. Si se acepta con Freud que en toda sociedad hay una contradicción permanente entre el Eros y Tánatos, se puede suponer que la razón instrumental reprime tanto al Eros como al Tánatos, al tiempo que determina una disputa entre ambos.

Estas ideas llevan a Marcuse a considerar que existe un núcleo dialéctico dentro del pensamiento freudiano que puede ser asimilado al marxismo, el que permite diagnosticar y transformar (en un sentido progresivo) las sociedades capitalistas “tardías”. De esta manera, desde la dialéctica entre una teoría tradicional y una teoría crítica, se pasa una dialéctica del conocimiento tardío que tiene su germen en la Ilustración.

Marcuse en su obra Eros y civilización intenta realizar una síntesis entre el pensamiento de Marx y el de Freud. Para Marcuse, la contradicción entre Eros y Tánatos no va a desembocar inevitablemente en sistemas opresivos. En el inconsciente del hombre se encuentra la posibilidad de una sociedad que se fundamente en la liberación de los instintos mediante una sublimación de la sexualidad del Eros. En la actividad del hombre se pone en evidencia un impuso hacia la libertad y la felicidad, capaz de instaurar la sociedad no represiva.

Si los conflictos del pensamiento fueran un mero reflejo de la realidad, la praxis no tendría sentido. Hay una subjetividad activa que no sólo registra datos inmediatos a través de los sentidos, sino que actúa sobre estos registros para transformarlos. Hablar de una negatividad crítica significa rechazar lo real, tal como se presenta a favor de lo nuevo que puede ser mediado por la razón. En suma, se trata de un devenir que tiene en cuenta tanto al pasado como al futuro.

El pensamiento marxiano, por su complejidad, admite diversas lecturas y da origen a un gran determinismo de tipo estructural. Esta corriente tenía bases en la rápida proletarización de Europa y E.U.A. En torno a la clase obrera, se organizaron grandes movimientos sociales y políticos. La vida obrera estaba concentrada en las fábricas y en los tugurios próximos a las mismas. Los trabajadores luchaban contra las pésimas condiciones de trabajo, y contra la exclusión cultural y política, en suma contra la miseria moral y material.

Los teóricos del marxismo ortodoxo fueron asimilando el sujeto social a la clase obrera. Esta última tendría una misión histórica determinada por la infraestructura económica. Se dejaba de lado otras estructuras complejas, como la cultural, y se las enmarcaba a todas en parámetros que no dependen de la voluntad.

La transformación de la clase en sí en clase para sí, es decir la conciencia de clase, era vista como una correspondencia entre situación estructural y conciencia (De La Garza Toledo, 1992: 21). De esta manera, se dejan de lado estructuras complejas como la cultural, que no pueden reducirse a la estructura económica.

Estos argumentos son claramente expuestos por Plejanov: El proceso económico es algo determinado completamente por las fuerzas productivas, las que son concebidas como tecnologías. La superestructura sería un conjunto de formas necesarias de la primera.

En las concepciones ortodoxas de este tipo, el ámbito de la política se da en la superestructura como un campo de lucha cuya identidad se basa en la representación de intereses, y que se ha constituido en otro plano. Se trata de una identidad invariable fijada de una vez para siempre. De esta forma, todo lo que representa intereses puede ser reducido a identidad.

Kautsky, por ejemplo, rechazaba la idea de un partido popular, pues esto supondría la incorporación de intereses de otras clases al movimiento obrero. El sujeto era el partido obrero. Las alianzas, si se realizaban, era para superar situaciones circunstanciales, Las “leyes históricas” garantizaban el triunfo de la revolución social. En cuanto a las especificidades nacionales, éstas eran consideradas formas aparentes de una realidad esencial: “el desarrollo abstracto del capitalismo, por el que toda sociedad debe pasar” La fe en la revolución inevitable que se reflejaría en leyes inexorables condujo a sus partidarios al quietismo (Laclau & Mouffe, 2004: 53).

En lo que respecta al revisionismo, Berstein percibe con claridad las características de la reorganización del capitalismo Entre ellas, la planificación de la economía, el incremento de los estratos medios, la concentración del patrimonio y la centralización de las decisiones. Parecía poco probable que se produjera la polarización de clases medias y campesinos empobrecidos detrás de la socialdemocracia. Todo esto hacía aconsejable cambiar de estrategia. Bernstein ya no pensaba que la infraestructura económica iba a determinar la unidad de la clase obrera, y sostenía que el partido debía ser el partido de todos los no privilegiados. De lo cual se puede inferir que la unidad obrera y su centralidad sólo podrían alcanzarse por obra de la voluntad política.

Berstein criticó a la teoría del derrumbe que establecía que el capitalismo caería pronto debido a sus contradicciones internas, y que el desarrollo del capitalismo haría cada vez más intolerable la miseria de las masas (teoría de la pauperización). Estas dos teorías eran premisas importantes de la estrategia revolucionaria. Cuando Berstein estudia el desarrollo real del capitalismo llega a la conclusión de que puede logarse un mejoramiento paulatino de las condiciones de vida y del trabajo obrero, a través de la lucha política y sindical. El movimiento obrero debía alcanzar sus objetivos por la vía evolutiva. Este reformismo llevó a sus simpatizantes al gradualismo (Heimann, 1982: 29).

Siempre según Berstein, la clase obrera era la más organizada y podía conseguir en el interior del capitalismo ciertas ventajas que él consideraba logros irreversibles, y que se relacionan con su frase “el camino lo es todo y la meta es nada”. Además, sostenía, la democracia no sólo es importante como medio, sino también como sustancia. (Heimann, 1982, 69).

II- EL SUJETO DE LA TRANSFORMACION

Después de la Segunda Guerra Mundial, Adorno comienza a escribir las más importantes de sus obras. La dominación de los nazis le deja una enorme huella. Este desencanto se acentúa frente a la capacidad del capitalismo para superar sus contradicciones internas y neutralizar o cooptar al proletariado . Los pensadores de la Escuela de Frankfurt – especialmente, Benjamín y Marcuse - se concentraron en el estudio de lo cultural y simbólico.

Los marxistas ortodoxos veían en el desarrollo del capitalismo la consecución de su propia crisis, y en la clase obrera un potencial revolucionario que lograría una sociedad sin clases. Marcuse, en cambio, cree que el capitalismo ha incorporado a la clase obrera a través de la tolerancia represiva, la política del bienestar y el control social absoluto, que es real pero invisible.

Marcuse denuncia la homogeneidad aplastante del pensamiento y la acción, esferas castradas de todo impulso crítico y transformador. Por lo expuesto, se hace notoria la ausencia de una cultura disidente orientada hacia la emancipación de las estructuras represivas.

En su maestro Heidegger (y en las lecturas de los marxistas Lukács y Korsch), Marcuse encuentra una filosofía concreta y una apertura hacia la subjetividad revolucionaria, así como un camino hacia la crítica de la “cosificación de la sociedad burguesa”.

La dialéctica hegeliana implica un proceso donde las contradicciones se resuelven en el plano de las ideas. Marcuse afirma que quien, en última instancia, determina el proceso histórico no es la “idea”, sino lo “real”, por ejemplo la lucha de clases, y que no hay necesariamente una determinación a futuro, sino que el proceso histórico está abierto.

Posteriormente, Marcuse se acerca a las posiciones de Adorno y Horkheimer al afirmar que para superar la dialéctica, ya no se puede pensar en el desarrollo de una “cultura proletaria”. La Ilustración suponía la liberación y superación del hombre, pero lo que sucedía en las sociedades del capitalismo tardío era la sustitución de este ideal utópico por un tipo de racionalidad técnico-instrumental, que en lugar de conducirnos a la liberación, propugna nuevas formas de dominio tanto de la naturaleza como de los sujetos.

1. La racionalidad instrumental

La organización tecno-burocrática, que aplica la racionalidad instrumental, trata de garantizar una búsqueda eficiente de maximización de ganancias como fin último, y esto se logra con una gran represión del deseo, y puede conducir a una sociedad regida por el Tánatos.

El avance de la racionalidad instrumental se caracteriza por un aumento en la “represión” (en sentido freudiano) donde la maximización de las ganancias conducirá al triunfo del principio de Tánatos. Sólo la liberación de los instintos y los deseos hará posible salir de esta situación.

El poder económico privilegia, a través del financiamiento, la investigación que tiene objetivos de aplicación, y exige el secreto y la inscripción en un registro de patentes. Más que a una lógica inherente al desarrollo de la ciencia y de la tecnología, éste responde a una concreción material de los que tienen la capacidad de decidir .

El avance del racionalismo instrumental se extiende al conjunto de las esferas de la sociedad hasta el punto de fusionarse con la propia personalidad de los sujetos (cosificación de las conciencias), de modo tal que implica un notable aumento de la represión. La alienación invade hasta el ocio, pues no se trata de tener receptores pasivos, sino consumidores activos.

Analizando la obra de Marcuse, dice Grediaga (1987: 235) que la neutralidad de la tecnología es solo aparente, pues es concebida como un todo conforme y armónico, donde la diferencia de intereses de los distintos sectores habría sido eliminada. La racionalidad tecnológica es un instrumento de manipulación y control. No es sólo de afuera solamente donde se imponen intereses a la tecnología, sino que dentro de ella dichos intereses están presentes. “La organización para la paz, es diferente de la organización para la guerra” (Marcuse, 1985: 47).

La ideología dominante triunfa cuando se produce el pensamiento identitario, vale decir una identificación (en el receptor) entre el objeto y el concepto.; y la industria cultural combina pensamiento identitario con razón instrumental.

“Esto quiere decir por un lado que la cultura burguesa presupone una característica ideológica […] de “afirmar” el orden social existente; por el otro implica que la defensa de ese orden social se manifiesta superestructuralmente según las modificaciones operadas en el ámbito infraestructural. Más claramente indica que aquellas modificaciones que pudieran producirse en la base repercutirán sin dudas (aunque dicha repercusión no pueda ser considerada un mero “reflejo” o bien que la misma no sea inmediata) en la “superestructura” cultural (algo que ya había manifestado en la misma época Benjamín cuando en La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica se preguntaba por cómo repercutirían las transformaciones operadas en las fuerzas productivas –
- léase la técnica- en la “superestructura estética”) manteniendo éstas sin embargo su carácter afirmativo” (Grüner & Gómez, 2010.a: 6).

Los medios de comunicación de masas son un instrumento importante del capitalismo totalitario . Se habla de libertad individual, por ejemplo, pero si recorremos los distintos canales de televisión veremos que todos ellos están pasando similares contenidos, aunque de diferente manera. El espectador urbano está sometido aparentemente a múltiples incitaciones, pero se trata de idénticos contenidos presentados de diferente manera.

2. El sujeto social

La escuela de Frankfurt revaloriza el papel del intelectual como catalizador del proletariado, cuando advierte la impotencia de este último para tomar conciencia subjetiva de su miseria objetiva. En las décadas de los ’50 y ’60, la Escuela, y en particular Marcuse, señalan la existencia de un nuevo sujeto revolucionario relativamente independiente del proletariado.

Sobre el tema del sujeto revolucionario, Laclau y Mouffe (2004: 126) distinguen dos “tendencias dominantes”. La primera considera la naturaleza y eficacia de los movimientos sociales actuando como marginales o periféricos a la clase obrera. La segunda “como sustituto revolucionario de una clase obrera que ha sido integrada al sistema (Marcuse)”.

Sin embargo, Marcuse, en una entrevista que le realizara Fiedrich Hacker en l974, declaró:

“La transformación real está en manos de la clase obrera, una clase que en la situación actual de los Estados Unidos no es revolucionaria, porque la prosperidad económica hace que no esté dispuesta a participar en acciones revolucionarias. Esto sin duda no siempre será así. Un Estado capitalista, con su prosperidad y su pleno empleo, es inimaginable a la larga” (Hacker, 1974: 9).

El concepto “revolución” –según Marcuse- corresponde a la sociedad pre-industrial o pre-tecnológica. Para que haya revolución es necesario que exista la necesidad vital de revolución. La revolución nunca se dio en una nación desarrollada, porque no hay depauperizacióin material, y la depauperización cultural es tolerable si no se produce la material. La situación de los países del Tercer Mundo es otra.

En tanto el sistema existente satisface las necesidades y facultades del hombre mejor que en otras épocas, el cambio social no se ve como tan necesario. La confianza en una sociedad que satisface las necesidades y deseos del hombre en una escala mayor es una tendencia que se opone al cambio cualitativo, es decir a la revolución.

El desarrollo contradictorio del capitalismo se manifiesta por el aumento de la productividad del trabajo, y su uso represivo y destructivo; porque los medios de producción ya son colectivos, y su propiedad y control son privados. El capitalismo sólo puede resolver esta contradicción en el corto plazo mediante la producción bélica y la expansión de las fronteras (Marcuse, 1977: 78).

En la medida en que la oposición económica no se transforma en oposición política, habrá otras fuerzas que lucharán por el cambio social. Marcuse identifica tres:

“1. El hecho de que existan disidentes dentro del mismo estrato dirigente se observa por la oposición congresional a la guerra de Vietnam, principalmente en el Senado… [Fulbrigth, Robert Kennedy y Morse].

2. El movimiento de los derechos civiles ha activado la protesta entre las minorías no privilegiadas [no son corrientes que buscan el cambio del sistema, sino la extensión de los derechos civiles a la población no privilegiada].

3. La tercera categoría de fuerzas oponentes, es, a saber, la oposición que presentan la intelligentsia y la juventud….” (Marcuse, 1977: 76).

Más adelante, Marcuse agrega: “Solamente en conjunción con las fuerzas materiales mayores, las fuerzas oponentes llegarán a ser factores de un cambio social radical”.

Es que la centralidad (hegemónica) del proletariado como clase revolucionaria significa que la emancipación de los proletarios depende solamente de sus propios esfuerzos, los que no pueden dejar sus asuntos en manos de una minoría ilustrada, ni tampoco prescindir del desarrollo de su capacidad intelectual, para actuar de modo autónomo .

El sustitucionismo en todas sus formas ha sido contrario a la autoliberación de los proletarios y tiende a producir una división del trabajo que es el germen de una sociedad de clases.

Por eso, las asambleas autoorganizadas, el funcionamiento de abajo hacia arriba, la delegación bajo mandato imperativo, la participación más amplia posible de todos, son los rasgos fundamentales de la organización autónoma del proletariado, y deben ser siempre los predominantes frente a las asambleas convocadas desde arriba, a las decisiones desde arriba, a la delegación irrestricta y a la concentración de la actividad en una minoría.

Sin embargo, ante el sojuzgamiento disciplinario en las sociedades capitalistas tardías, tanto Adorno como Horkheimer, no ven ninguna posibilidad concreta de articular teoría y praxis, fuera del recogimiento crítico y autónomo por parte de los intelectuales, quienes por su ubicación “periférica” están relativamente preservados de la racionalidad instrumental (Gómez & Grüner, 2010.a: 15).
Marcuse, en cambio, piensa que la capacidad para el Gran Rechazo estará entre los más expoliados: guetos y minorías étnicas en países como los E.U.A, junto con los movimientos del Tercer Mundo donde la revolución social coincide con la liberación nacional. A esto hay que sumar la elite intelectual de técnicos y científicos, y el movimiento estudiantil.
Es interesante comparar estas ideas con los trabajos de Laclau y Mouffe (2004). En primer lugar se refieren a las diferentes posiciones del sujeto. El obrero está inscrito en diferentes relaciones sociales, y esta pluralidad no se va a borrar mágicamente para constituir una única clase obrera (p. 212).

“Hoy un campesino emigrante a los espacios urbanos, que trabaja en la ciudad como obrero, puede tener además de su identidad cultural basada en su origen campesino, étnico y en su raíz lingüística, una fuerte identidad proletaria urbana, sumada a una marcada identidad política entre oras. O una mujer, puede sumar a la identidad de género, la de migrante, la étnica, la ocupacional por sumar algunas (CEDURE, 1999:10).

Hay, entonces, una multiplicidad de antagonismos; y esta proliferación de nuevos antagonismos da lugar a una crisis hegemónica; y se abre el campo tanto para el totalitarismo y el populismo de derecha como para una democracia más radical. Ninguna teleología puede dar cuenta de las formas que adoptarán las luchas sociales (Laclau y Mouffe, 2004. 212).

“Con objeto de que la defensa de los intereses de los trabajadores no se realice a costa de los derechos de las mujeres, los inmigrantes y los consumidores, es necesario establecer una equivalencia entre las distintas luchas” (Mouffe, 1994:92).

Dicha proliferación de antagonismos arroja nueva luz sobre el tema de los “sujetos unitarios”. A partir de los 60, muchos se han empeñado en la búsqueda de un nuevo sujeto revolucionario que vendría a desplazar a la clase obrera. Los candidatos más populares han sido los movimientos ecologistas, el feminismo y las masas marginales. Sin embargo, estos movimientos pueden ser articulados en discursos muy diferentes, tanto democráticos como conservadores o totalitarios (Laclau y Mouffe, 2004: 213).

En Laclau y Mouffe encontramos la construcción de un bloque civilizatorio contra-hegemónico (integrado por los explotados, los excluidos, los oprimidos, víctimas de la depredación y de la manipulación) en contra del capitalismo y de toda otra forma de opresión .

Se suele pensar que tanto Heidegger como la Escuela de Frankfurt son las principales fuentes del posmodernismo, posestructuralismo, posmarxismo y deconstruccionismo. No cabe duda, sobre todo, de la influencia de Heidegger sobre la deconstrucción del sujeto y la crítica a la razón instrumental. Sin embargo, existen serias sospechas de que estos autores “pos” en el camino perdieron a Marx o Freud .

III- CONCLUSIONES


El golpe de ariete que significaron las corrientes posmodernas conmovió los cimientos teóricos de la razón instrumental. Los intelectuales marxistas respondiendo al desafío fueron construyendo una corriente posmarxista, de la que en este trabajo se resaltarán dos componentes:

- El rol de los movimientos sociales referidos a las posiciones del sujeto, ubicados en distintos lugares de la sociedad civil, y organizados predominantemente de abajo hacia arriba.
- La articulación (real o potencial) de dichos movimientos a través del discurso hegemónico.

Estos dos aspectos están presentes, de algún modo, en la obra de Marcuse y otros miembros de la Escuela de Frankfurt, aunque todos ellos avanzan mucho más en el mundo de la complejidad.

La afirmación de Laclau y Mouffe acerca de que Marcuse pretende sustituir a la clase obrera por los movimientos sociales no es correcta, pues él considera a dichos movimientos como catalizadores del proletariado; aunque sus condicionamientos socio-económicos y culturales sean distintos a los de sus antecesores.
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Notas


1) El marxismo dogmático impidió la publicación y difusión de las obras de Berstein y Kautsky.

2) A esto se debe sumar el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fundadores del Grupo Espartaco. Los obreros alemanes por su experiencia, organización y conocimiento quizás estaban en condiciones de impedir el ascenso del nazismo, sin embargo el comportamiento del proletariado no fue tan sumiso como se puede suponer. T. Mason (2005) distingue entre la lucha de los partidos obreros y la resistencia en los lugares de trabajo. Destruido el aparato sindical, “hubo resistencias pasivas en la masa obrera y cierta proto-organización sindical clandestina, pero no parece que hayan llegado a ser importantes” (Bagú, 1997: 40). Las acciones de la resistencia fueron manifestaciones de descontento, desaceleración de la producción, desafío a los reglamentos, etc.


3) En nuestros días, las grandes inversiones destinadas a la actividad científica llevan implícita la decadencia de la cultura teórica. La crisis entró en la organización científica cambiando su sentido. En la RAND Corporation, por ejemplo, la colaboración entre físicos, matemáticos, ingenieros y economistas fue determinante para la implementación de la economía matemática y su fetichismo del mercado racional” (Jensen, 2010: 33).

4) “El sistema es totalitario porque, no obstante los derechos y garantías formales, niega objetivamente los ámbitos individuales en los que efectuar juicios negativos autónomos” (Friedman, 1986: 240).

5) Véase, entre otros, J. Holloway (2010, 4 ed.) Cambiar el mundo sin tomar el poder. Buenos Aires. Herramienta-Universidad Autónoma de Puebla.

6)Las ideas de Laclau y Mouffe fueron consideradas por algunos marxistas como “idealistas-discursivas”, otros las calificaron como “pre-marxismo” por la forma en que conciben las relaciones de la clase obrera con la infraestructura económica.

7) Veáse Gómez & Grüner (2010.b): 17-18).
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