ANTROPOSMODERNO
FREUD Y LA FILOSOFÍA: LA SEPARACIÓN
Juan Manuel Uribe Cano jmuc662@yahoo.com

El hombre es su estilo, nos dice Jacques Lacan, es el estilo mismo lo que hace de sus miserias o de sus grandezas.

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FREUD Y LA FILOSOFÍA: LA SEPARACIÓN


Juan Manuel Uribe Cano
jmuc662@yahoo.com


El hombre es su estilo, nos dice Jacques Lacan, es el estilo mismo lo que hace de sus miserias o de sus grandezas.

Freud es un estilo, un gran estilo que inspira a unos para la mal-dicción, para la mal comprensión, erudición vana, o para la retoma que avanza, no sin perplejidades, en el fárrago de una existencia que pretende su propio destino.

¿Qué decir pues de un hombre que hace estilo descubriendo lo que de manera obcecada la humanidad ha intentado mantener a raya? Y aún más, ¿qué decir de un hombre que aun muerto sigue vivo, sigue respondiendo, y del cual muchos, multiplicados por mil, han proferido su palabra y su saber? En apariencia nada o muy poco se podría decir.

Son ciento cincuenta años en donde los últimos 90 legan a la humanidad una obra inmensa y con fundamento desentraña las entrañas de lo más propio de la condición humana. Empero como toda obra y con ella el inmortal nombre de aquel que la produce se puede decir, se puede intentar arrancar de la misma obra jirones productivos que establezcan nuevas luces.

Este es nuestro tributo a ese natalicio que hoy nos convoca, el intento por un decir.

Sigmund Freud tiene una relación próxima con la medicina, con la investigación anatómica, con la psiquiatría y una relación coqueta con la filosofía. Una coquetería que le aproxima en algunos momentos y en otros lo distancia. Una filosofía que pone al positivismo como condición del quehacer de las ciencias y se hace paradigma. Una relación que se ha pretendido mostrar como esquiva y de la cual, según algunos doctos, se separa radicalmente. Sin embargo si miramos de manera atenta no es tan simple como se expresa esta separación, no es tan fácil sostener que la comprobación de un saber de lo inconsciente, la postulación de la funcionalidad consciente de otra escena en el yo sean argumentos que liquiden la reflexión y la tradición filosófica con las cuales Freud se las tiene que ver y que hereda como riquezas de un pueblo.

La tradición filosófica, ese inmenso cosmos, que desde tiempos inmemoriales ha intentado saber de lo mortal y lo inmortal, de lo divino y lo profano, esa rancia reflexión será con la que Freud se las tendrá que jugar.

En un sentido, y no el menos importante, la filosofía funciona como el telos en donde se proyecta la totalidad de lo existente y el saber que se produce sobre el mismo. Todo descubrimiento, todo avance estará en pro y confirma las expresiones filosóficas o se oponen y rivalizan con ella. No existe pues una autonomía sino en términos relativos de las ciencias y las disciplinas respecto al cosmos filosófico.

Esa constancia de la filosofía como telos y su relación con el saber en general queda patentizada en los trabajos de antecesores y profesores de Freud, baste recordar las disputas y los progresos de la física-química experimental. La filosofía estaba presente y recorría la sabia de las ciencias como aquello que no se confesaba abiertamente pero alimentaba desde su silencio los movimientos doctrinales.

Podríamos sostener, incluso, que toda forma del lenguaje estaba impregnada por una mítica filosófica que se abría paso allende de los supuestos purismos de la ciencia. Nada escapaba a la utilización del lenguaje filosófico, éste proveía el rigor de los tratamientos científicos, sociales y humanistas de la época, dejando sólo un escaso margen a la producción de nuevos conceptos y a la utilización de nuevos vocablos.

En el caso de Freud, que es el caso de la Viena intelectualizada, la cercanía de las producciones filosóficas alemanas era evidente. Racionalismo, romanticismo, criticismo, idealismo y filosofía del yo ponen sus elementos, argumentos y teorizaciones como puntos inamovibles, como los momentos culmen de la capacidad humana, como lo más excelso y depurado que se puede saber sobre lo humano y su verdad.

La filosofía, pues, había determinado todo lo posible, era una suerte de anatema que se erigía en criterio de verdad y que de alguna manera había logrado la división de los saberes para garantizar su poder. Desde allí resultaba imposible una separación radical de ella.

Ni la crisis sufrida a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII habían logrado la separación de la filosofía de los otros saberes, ella permanecía de una manera u otra entronizada en su lugar de saber de los saberes más allá de la misma critica que le llegaba desde los múltiples flancos denominados científicos. No era sólo sus teorías las que se resistían al olvido sino que la forma de argumentación, de demostración y de coherencia interna, sistematicidad, cobraban valía en todo uso, práctica y teorización.

De la libertad, de la acción moral, de la conciencia, del yo, del conocimiento, de la representación, de las relaciones intersubjetivas, de las matemáticas, de la verdad y la mentira, del uno y del otro, del lenguaje entre otros son los temas sobre los cuales descansa la reflexión filosófica. Todos ellos con implicaciones directas en el ser y hacer de los hombres en tanto individuos y en tanto sociales. Temas que tienen la característica común de descansar sobre una yoidad edificada en la reflexión que se anuncia en la obra cartesiana y funda la modernidad pensante; es decir, la era del hombre y la civilización de la ciencia.

Una yoidad que se homologa con la conciencia siempre despierta y que en última instancia se hace sinónimo de vida. Ser consciente es ser capaz de vivir despierto, de conocer lo que aparece, dar cuenta desde la voz presente de la actuación consecuente, es medir los propósitos y justipreciar lo otro con el rasero de una razón matemática. Yo, conciencia y vida no se presentan separados si no como una unidad, el hombre, que no se permite nada distinto que la confirmación del sofista Protágoras: el homo mesura.

Dicha unidad, indistintamente como sea abordada, postula la existencia de una metafísica de la vida y de la muerte, una ética de lo contingente y las garantías del no desborde de la no hybris desde el control absoluto del yo.

Este yo absoluto que reina sobre lo habido y por haber, promesa de perpetuidad y garantía de un más allá, erige lo absoluto como la categoría que nombra su existencia para convertirse en un amo alejado de su propio feudo.

Y aún hombres de la talla de un Kant, de un Schopenhauer y del mismo Nietzsche caen en el presupuesto conciencialista-absoluto de una toma de saber operante y denunciante.

Pero son precisamente estos autores los que indican que la filosofía tal como ha sido entendida antes de la aparición de sus respectivas obras ha extraviado el camino y ha puesto límite incluso allí en donde se sostiene la absolutez del yo y del conocimiento que le acompaña. La filosofía es entonces, para ellos, una teoría del límite y del cerramiento que enajena y somete, pretenden superar lo anterior pero se mantienen simplemente alejados y no separados de la misma tradición que denuncian.

Freud, quien desde edad temprana se relaciona, lee y estudia filosofía encontrará, confesada o inconfesadamente, en los tres filósofos mencionados una salida para la enajenación filosofante. En ellos descubre una constante que a ciencia cierta les vale el titulo de libertarios. Ello consiste en postular la existencia de fuerzas que se superponen a la fuerza del yo, a la razón misma dejando lugares y poderes por conocer, en una palabra dejando una zona que desafía el límite de lo absoluto, postulando la existencia de un “algo” que vive al sujeto sin que este lo sepa.

No es poca la contribución de estos filósofos para un espíritu de aptitud crítica y de vigilancia permanente, se diría incluso que comienzan a marcar el norte de la mirada profunda y revolucionaria del genio de un hombre como Freud. Más no podría sostenerse que dicha contribución hubiese desviado la atención del médico Vienés o hubiese cambiado la finalidad del mismo para convertirse en un filósofo o para confundir su descubrimiento con una filosofía.

Al contrario, el descubrimiento del inconsciente como lugar de saber se realiza desde otra óptica, desde otra perspectiva que no es la abstracción trascendental ni la simple teorética, él se vislumbra en la dimensión clínica, en esa realidad que da un nuevo sentido a la experiencia y a la experimentación con una nueva sustancia que no se aprehende por fuera de ella misma. Esta revolución de la experiencia no permite que el descubrimiento freudiano tenga un antecedente en ninguna filosofía anterior ni posterior, es un separarse radical que no mantiene sino similitudes de grado con sus antecesores pensantes.

Ahora bien, lo que no puede ponerse en duda es que estos filósofos contribuyeron en la construcción del edificio teórico que soporta el descubrimiento. Sin embargo esta contribución no se debe entender como una forma renovada de adhesión a la filosofía, es de modo contrario la liquidación de la misma tanto en sus fundamentos experienciales como teóricos. Existen pues momentos en los cuales los conceptos básicos del psicoanálisis se apoyan en uno de estos tres filósofos, Kant, Schopenhauer y Nietzsche para superarlos de modo definitivo.

Tratemos aunque de modo sucinto de esos momentos y las relaciones que allí aguardan con los tres filósofos, sin pretender agotarlos en el espacio breve de esta celebración.

En primera instancia encontramos al gigante de Konisberg, quien de lejos marca un nuevo recomienzo de la filosofía aun más allá de las lecturas que simplifican su pensamiento a una epistemología o a una psicología o que lo relacionan con el idealismo y la trascendencia imposible.

Kant, de lejos puso los límites de la razón en la razón misma y su aspiración a lo incondicionado por legítima que sea no es más que su extravío, un perderse en donde su esencialidad cognoscente se diluye. Con esta aseveración tenemos que la relación objeto-mundo sujeto está mediada siempre por el poner propio del sujeto depositario de un deseo cognoscente. Su conocimiento no es más que aquello que gracias a la representación funda el objeto manteniendo en el orden de la cosa en si un lugar impenetrable para el mismo. Esa cosa en si, noúmeno, no es cognoscible por la razón pero no por ello no niega de su existencia.

Freud retomará esa “cosa en sí” en su metapsicología dando un sentido que no era aplicable en Kant, quien la mantuvo en el orden de la exterioridad-mundo, colocándola a funcionar hacia la interioridad del ser humano y mostrando como esa “cosa en si” estaba en la estructura misma de la condición humanizante, y además es poseedora de una dinámica y una energía que propulsa hacia el exterior alejándose cada vez más de sí misma.

De modo que la cosa kantiana no es la cosa del psicoanálisis

El asunto respecto a Kant no queda reducido a lo anterior; debe recordarse que el propio Kant, en sus paralogismos, niega cualquier posibilidad de la existencia de una psicología científica manteniendo a esta solo del lado del empirismo y como tal solo posible como fenómeno externo.

La respuesta freudiana de haber sido la de una psicología científica habría determinado la permanencia en el cosmos critico kantiano, empero la respuesta no es la de una psicología científica sino la de un saber de lo otro, la respuesta es el psicoanálisis y con ella se demarca de nuevo su separación.

En esta misma dirección se debe comprender la aplicación estricta del principio determinista de Freud. No es necesaria una universalidad de causas de y de principios para explicar un evento que por más que se ha intentado explicar con las herramientas venidas de diferentes disciplinas siempre se han mostrado insuficientes y en vez de explicar con la claridad lo que hacen es oscurecer la procedencia, la causa, gracias al intento artificial de darle una desde la particularidad de cada disciplina.

De ahora en adelante todo acontecimiento de la vida y de la razón, incluso aquellos que no tienen explicación desde lógica impuesta en el juicio racional, tiene un antecedente que funciona como causa eficiente y suficiente en la dimensión interna, en el psiquismo mismo.

Lejos de ser seres libres, cosa que aun es posible de pensar en Kant, y racionales estamos determinados por un orden inconsciente que escapa a la acción volitiva consciente del yo.

Este llevar hasta las últimas consecuencias el principio determinista tiene, en apariencia, una dificultad respecto al libre albedrío del sujeto, agalma cara al humano, que se resuelve desde el psicoanálisis en un avanzar del saber en procura de la verdad mediante la experiencia e interpretación de esa cosa en si psíquica.

Pasemos a otro de los momentos de la construcción teórica de Freud, a saber: la postulación del inconsciente como lugar en donde se deposita un saber no sabido por parte del yo.

Se deja escuchar de manera inmediata la sentencia: lo inconsciente es lo que no puede llegar a ser consciente en circunstancias normales para un yo.

Dicho de este modo no cabría la sospecha nietzscheana de que todo lo construido del lado de la episteme y del lado de razón son meras ilusiones y engaños de los cuales se puede saber por una reflexión seria y con ella el reconocimiento de algo “inconsciente” a lo que se llega desde una mismidad descarnada y pensante.

Indudablemente Nietzsche tiene un saber que lo pone en un lugar de avanzada respecto a sus contemporáneos que pasa por lo humano y lo demasiado humano pero que se mantiene en el hechizo de creer que existe la posibilidad de saber de lo más profundo, que es para el lo más superficial, desde el sí mismo.

Esta creencia opera para poder reconocer y aun para dominar la vida instintual y así hacerse el profeta que anuncia el por-venir como designio que se repite en eterno retorno pero siempre el mismo. En última instancia Nietzsche cree que el psiquismo, sede de lo instintual, es co-extensivo con la conciencia gracias al ejercicio de la razón.

No serán pocos los elementos nietzscheanos que son fáciles de rastrear a lo largo de la obra de Freud y que indudablemente tienen peso en el constructo mismo; sin embargo, en aras de la brevedad no serán abordados en el presente escrito; pero podemos avanzar en este momento coyuntural que hemos anunciado. Así que mientras para Nietzsche “lo inconsciente” es capaz de conciencia para sí desde el trabajo de la razón, lo verdaderamente inconsciente, el formulado por Freud, es aquello que incluye datos de los que ordinariamente el yo-conciencia no puede tener conocimiento alguno.

Se hace evidente que lo que Nietzsche postula como inconsciente no es el inconsciente propiamente dicho, pero sí una de las formas del mismo en sentido descriptivo; es decir, el águila bicéfala sabe de lo preconsciente y nada más; aunque ese saber sea ya de proporciones escandalosas para la filosofía no lo es tanto para el psicoanálisis.

Como si lo anterior no fuese suficiente podemos marcar, aun, una diferencia más que demuestra nuevamente la separación freudiana de la filosofía y, particularmente de la obra Nietzscheana. Mientras Nietzsche insiste en la posibilidad de un saber de lo preconsciente en la mismidad y en la soledad del laberinto del Minotauro y en la altura de las siete soledades, Freud descubre la única vía regia para el desciframiento de lo inconsciente haciendo constancia y reconocimiento del otro como garantía de ese saber imposible en la mismidad: La transferencia.

Y no es que la filosofía no supiese de la importancia y de la existencia del Otro e intuyera la presencia opas del Otro, sin embargo jamás lo consideró como absolutamente necesario para desvelar lo que allí se deposita; o que ese Otro estaba en la mismidad del pensante.

Cuestión esta de la máxima importancia en cuanto se marca la separación, la escisión radical entre la filosofía y el psicoanálisis, a tal punto que no existe la posibilidad de zanjar está realidad cognoscente del saber psicoanalítico por parte de la filosofía.

Este es, el punto de quiebre más radical puesto por Freud en lo tocante a la filosofía. El Otro que está presente desde el origen, desde la causa y la procedencia de la vida psíquica, ese Otro que es causa causante.

Nietzsche como Freud comparten una visión unificada de lo humano; ni en uno ni en otro es posible mantener un dualismo sustante al modo platónico o al modo moderno, en la versión que se entrega por parte del cartesianismo, está unidad que aparecía desde lo aparente y lo fenomenológico descansaba en el poder omnímodo de la res cogita y que se extiende hasta la proclamación de una autoconciencia negatriz en perpetuo movimiento, garante de lo absoluto, desconociendo paradójicamente la verdad que la soporta. De donde resulta que el mundo que se conoce es un engaño, una ilusión, una mascarada que para Nietzsche se reconoce en la funcionalidad arbitraria y engañosa del lenguaje.

Diríamos que la obra nietzscheana está marcada por una pasión denunciante que termina en una pasión por la verdad.

Está pasión por la verdad que precisamente pretende criticar y erradicar como momento que anuncia el advenimiento del ultrahombre se hace su propia tumba, en tanto que de nuevo Freud realizando un recorrido similar se pone en un más acá, que precisamente es el ideal nietzscheano inconsciente, en donde la verdad está puesta del lado del deseo, de un deseo como verdad del cual no se sabe desde sí y se dimensiona como el carácter revolucionario de la obra freudiana.

Por último, debemos recordar la teoría sexual infantil y la teoría pulsional como lugares en donde Freud se separa de la filosofía sin retorno alguno y con una claridad meridiana.

Schopenhauer es quizás el primero en confesar y justificar la existencia de una potencia que está por encima de la potencia racional y llevar al extremo esa existencia hasta decir que el ser humano está a expensas de ella.

Esa potencia que reconoció como la voluntad de vida está íntimamente ligada a la sexualidad, convirtiéndola en un real que recorría sin autorización al sujeto. Se presenta pues una teoría en donde la sexualidad pasa del lado del bios pero que no constituye, que no estructura al ser humano y que solo se impone en la madurez sexual; es decir, en el adulto.

Aceptemos que Freud haya conocido el postulado schopenhariano, pero éste llevará la sexualidad a la temprana edad, a la infancia para descubrir en ella la causa de los “malestares” del adulto y no simplemente una voluntad de vida que embarga al adulto.

En la perspectiva psicoanalítica el encuentro en la infancia con el evento sexual es siempre traumático y retorna gracias a la represión.

No se necesita pues de un extra en la vida humana para encontrar esa fuerza que se pone por encima de la fuerza racional. En esta misma dirección la teoría de la pulsión da cuenta y nombra eso que a lo largo de la reflexión filosófica se ha llamado de múltiples manera y que siempre se identificó con “un algo” que siempre se escapa y funda y sigue fundando las metafísicas. Además, toda preceptiva, por más pro libertaria que se denuncie, siempre quiere domeñar para mantener al hombre del lado de la santidad.

Freud, entonces, no solo hereda la tradición filosófica sino que la lee para superarla desde su propias producciones, para separarse y fundar desde su descubrimiento un saber que rehabilita a la propia filosofía para un renovado preguntarse y cuestionarse desde las antípodas de su saber que sabe de lo humano en sí y para sí, que sabe del dolor y de las verdades ignoradas y pretendidamente olvidadas por el poder de su egotismo razonante.

Freud da a la filosofía que pensar y, en esa medida, debemos reconocer que pone el límite en un más allá que se alza como reto e invitación a la filosofía del por-venir a hacer del deseo su verdad y del inconsciente su principio.



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