Nuestras equivocaciones, una mirada inevitablemente sesgada a la elección presidencial de México.

Mauricio Márquez Murrieta
mauriciomarquez68@yahoo.com
Publicado el: 25/07/06


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Como el "alma bella" de Hegel, uno siempre se equivoca cuando cree poder hacer una crítica de la sustancia social desde una distancia segura e impoluta. Se equivoca al pensar que el "control" que tiene sobre los propios sesgos subjetivos garantizan una neutralidad, o por lo menos una objetividad controlada, que le permiten ser menos parcial sobre los sucesos a su alrededor.


Nuestras equivocaciones, una mirada inevitablemente sesgada a la elección presidencial de México.
Mauricio Márquez Murrieta

“La lógica específica del mundo social,
es el de una “realidad” que es el lugar
de una lucha permanente por definir la realidad”
Pierre Bourdieu
mauriciomarquez68@yahoo.com

Como el "alma bella" de Hegel, uno siempre se equivoca cuando cree poder hacer una crítica de la sustancia social desde una distancia segura e impoluta. Se equivoca al pensar que el "control" que tiene sobre los propios sesgos subjetivos garantizan una neutralidad, o por lo menos una objetividad controlada, que le permiten ser menos parcial sobre los sucesos a su alrededor. Como dice Pierre Bourdieu, un punto de vista siempre es un visión, una mirada, que observa desde un punto, y por lo tanto se encuentra irremediablemente amarrado a él. El punto de vista neutral que inventó la ciencia, si bien mejor que la abierta mirada sesgada afirmadora de verdades contra la que se erigió, cometió el error de imaginar un punto virtual inexistente desde el que se podía ver, cual dios o demonio, completamente la realidad. A ello debemos añadir la advertencia asombrosa por certera de Morín, quien nos recuerda que ni siquiera la misma realidad goza, por sí y para sí misma, de una consistencia ontológica.
Así pues, en la medida en que se olvida de sí misma, la mirada objetiva es una quimera no sólo imposible sino peligrosa.
¿Significa ello que estamos condenados a la parcialidad sesgada del punto desde el cual vemos el mundo?
Sí y no. No podemos ver el mundo tal cual, empezando porque el mundo no está ahí expectante a ser percibido por nuestra mirada para constituirse -al mundo, afortunadamente, lo tenemos sin cuidado, él, o la infinita cantidad de momentos interrelacionados que lo constituyen, es lo que es sin importarle serlo porque no constituye nada a lo que le importe algo. Sí podemos en cambio ser concientes de la patología (en el sentido Kantiano) inherente a nuestro punto de vista y podemos someternos al escrutinio crítico de los demás para, poco a poco, ir construyendo una versión más o menos plausible de la realidad que nos permita movernos adecuada y exitosamente en ella.
También podemos lanzar apuestas bien fundadas -constructos bien fundados para Bourdieu- que no sólo logren captar la mayor parte de los elementos constitutivos de la realidad sino que contribuyan a construirlos mediante una performatividad creadora -una decir que hace realidad lo dicho por intermediación de ese mismo decir y de la acción que le sigue.
Así pues, mi primera petición de principio es dual: estamos irremediablemente atravesados por la incertidumbre y, a la vez, es la misma incertidumbre sobre la que descansa nuestra mirada la que nos permite tener una visión del mundo. Esto nos posibilita equipararnos objetivamente –por paradójico que parezca -, aunque sea por defecto, con la mirada de los demás, al igual que la nuestra irrenunciablemente amarrada a la distorsión y la incertidumbre a la que la parcialidad y la inconsistencia de la realidad de las que parten la condenan.
En el proceso electoral que estamos viviendo – y que aún no termina, por más que algunos lo quieran dar por concluido – estas consideraciones son de lo más pertinentes. Tras la incertidumbre de los resultados de la votación para presidente, todo mundo da por descontado que el que se equivoca es el otro y escurre el paquete sobre su propia participación y responsabilidad en el estado que guarda la situación actual.
Buscar culpables es lo más fácil y lo más peligroso. Aunque se deban deslindar responsabilidades para que éstas puedan ser asumidas y corregidas.
¿Dónde comenzó a descomponerse el panorama? Todo depende también del punto de vista. Para algunos no hay más problema que el de la aceptación incondicional de los resultados. Para otros lo que está pasando es la demostración de la crisis de una democracia que no tuvo el tiempo de despegar. Para estos últimos –léase Marcos y la Otra Campaña –, la democracia electoral es una pantalla que sólo sirve para disimular un acuerdo tomado en otras esferas en el que se asume que todo vale menos cuestionar el derecho del poder a auto-perpetuarse y del capital a reproducirse en forma ampliada (¿Alguien hoy se atrevería a afirmar que no hay una fuerte dosis de verdad en esta interpretación? ¿No hay quienes en lo profundo de sí mismos consideran un juego a la democracia y estúpido soltar el poder cundo se lo tiene? ¿No es una muestra de ello la preocupación, por otro lado bastante justificada, por la reacción de los mercados? Ignorar el mercado hoy y el poder que da a quienes lo controlan, es igual a ignorar los dogmas religiosos en tiempos de la Santa Inquisición).
Para otros más, podemos ubicar el origen del problema en distintos momentos de nuestra a la vez larga e incipiente historia electoral: podemos irnos al 82 y la crisis del petróleo, la deuda y el teatro-llanto presidencial que dieron pié al arribo tecnócrata neoliberal al poder. También podemos irnos más atrás a la reforma del 77, a la Liga Comunista 23 de septiembre y la guerrilla de Lucio Cabañas, al 71 con el “halconazo”, al 68 y el “tlatelolcolazo”, al 46 y el “modernizazo” al 36 y el “socializaso” (digo, pa seguirle con los azos), al “maximatazo”, al “De la Huertazo”, al “Maderazo”, el “Floresmagonizaso”, y de ahí, de azo en azo, desde el “nopalazo” del águila devorando a una serpiente en un islote de la región más transparente, hasta éste último en el que, por la única justicia poética que nos deparó el 2 de julio, Madrazo se llevó la peor parte de su rítmico apellido.
Pero no exageremos, aunque la densidad histórica del presente nunca sale sobrando traerla a colación, nos podemos remitir a un pasado mucho más reciente, que se desarrolla, creo yo, en varios tiempos inter-conexos.
1)la victoria robada a Cuauhtemoc Cárdenas y la caída del sistema en 1988, el sexenio de Carlos Salinas y sus múltiples avatares:
a)la formación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y su semi-persecución;
b)la “consertacesión” del PAN y Fernández de Cevallos, en la que el auto-nombrado hijo desobediente ya deambulaba por los pasillos del conciliábulo a la sombra de su mentor y maestro Carlos Castillo Peraza (así se llamó en México al arreglo político tras bambalinas que el partido derechista PAN realizó con el gobierno priísta a cambio de concesiones políticas y de poder con la finalidad de frenar al ascendente partido de izquierda, PRD);
d)la cascada de agua fría que cayó sobre un México imaginario (a la Bonfíl Batalla) que ya se creía comiendo en la mesa de aquellos países que sólo lo han invitado a servirla, cuando el EZLN los obligó a comer del tepalcate que tanto habían querido hacer desaparecer junto con el México Profundo al que pertenece y cuyo lastre tantas veces soñaron en soltar en el mar del olvido. Pero la indigestión resultó cirrosis y se sucedieron los asesinatos políticos que dieron la estocada mortal del régimen, dentro de los que el de Colosio fue el más conmocionante y el que seguramente tuvo más profundas consecuencias;
2)el error de diciembre, el rescate de México por parte de la comunidad internacional (50 mil millones de dólares) el FOBAPROA, el IPAB (708 mil 560 millones de pesos hasta marzo de este año), el espectro de Salinas, el cuartelazo de Fox al PAN, la toma del DF por las huestes PRDistas ... como dijera Billy Joel “whate else do I have to say”;
3) y, como preámbulo al desenlace que hoy vivimos, la tan esperada alternancia y la transición del régimen que tuvo a Fox (¿desgraciadamente?) como principal protagonista y a López Obrador como la amenaza (para unos), la esperanza (para otros), el siguiente paso medio-justo de la transición (para otros menos).
Todos estos acontecimientos, y otros muchos más, sembraron el terreno de lo que hoy estamos cosechando, pero no lo explican del todo.
¿Habrá algo que lo haga indiscutiblemente? No creo. En el plano de la obsesión por el reemplazo presidencial que se convirtió en neurosis obsesivo compulsiva para toda la clase política desde que se vio el verdadero contenido de las botas del cambio y la excesiva cercanía de las enaguas de su consorte, el equipo de escritores de este melodrama nacional comenzaron a caer en una esquizofrenia demasiado parecida a la de la neo-telenovela de Amor en Custodia.
Sin embargo, me atrevería a decir que el gran mal fue la baja estatura de los personajes, tanto de los altos como de los chaparros. Si se me permite dar un intento de diagnóstico, me inclinaría por señala en un lugar destacado en este embrollo la profunda carencia de cultura pluralista democrática por parte de todos los principales actores políticos. La lucha política por la democracia estuvo tan centrada durante la historia reciente en la transparencia electoral que cuando por fin la tuvimos no supimos avanzar y dar el siguiente paso, ni nos fijamos en el necesario pluralismo que debía imperar como norma en una democracia para que ésta adquiera sustancia. La certeza electoral es necesaria pero no suficiente para consolidar una democracia y si no se avanza en la Reforma del Estado que se requiere para alcanzar un pluralismo participativo se corre el riesgo, como ahora, de perder los mismos logros que tanto trabajo costó obtener.
De entrada, algunos síntomas de lo anterior lo constituyen las mayorías irresponsables que no hicieron más que frenar al país al intentar impulsar de entrada las reformas que iban al final, aunque sólo fuera por el hecho de que eran las que más polémica y divisionismo ocasionaban al país. Otro uso irresponsable de la mayoría, y que tiene consecuencias directas sobre la crisis electoral actual, lo fue el nombramiento del actual Consejo General del IFE y su Consejero Presidente, Luis Carlos Ugalde (que algunas personas relacionan con Elba Esther Gordillo ¿Será posible semejante perversión? ¿Será posible que, como a los Jedi de la película III de la Guerra de las Galaxias, se nos hayan escapado de tal forma los tejes y manejes del lado oscuro de la fuerza?), el cual se realizó con la declarada oposición del PRD, que ya contaba desde entonces con el candidato que se perfilaba como favorito para la sucesión presidencial. No es de extrañar la suspicacia que AMLO tiene en un Consejo para cuyo nombramiento las bancadas del PRI y del PAN se pasaron las objeciones del PRD literalmente por el arco del triunfo. Es cierto que el PRD, fiel a su costumbre, se parapetó en posturas que a la postre lo inclinaron a retirarse de las negociaciones. Pero queda la pregunta de sí sus posturas no son el reflejo de la ostentación unilateral del poder que tantas veces la alianza PRI-PAN le han restregado en la cara. En cualquier caso, me parece que, dada la coyuntura por venir, era imperativo hacer todo lo posible por alcanzar el consenso y el hecho fue que no ocurrió así y hoy lo estamos resintiendo.
Lo peor de todo es que por malas que estuvieran las cosas, hoy están mucho peor. Y no soy pesimista. A los simpatizantes de López Obrador, después de la campaña sucia en su contra (a la que respondieron con otra no menos sucia) difícilmente se les va a quitar de la cabeza la sensación de que les ganaron a la mala y que los dados estuvieron todo el tiempo cargados. Algunas voces más radicales incluso comienzan a deslegitimar la democracia mexicana misma, en la medida en la que perciben que en ella sólo se respeta el voto mientras haya un ganador a modo para la élite en el poder. Para este sector, relativamente débil mientras el avance electoral fue lento pero claro, la alternancia fue una especie de subterfugio, cambiar todo para no cambiar nada. Es un peligro no descabellado que con la derrota del ala, por así llamarla, “democrático electoral”, se fortalezca en la izquierda esta ala radical que no cree en la democracia electoral como una vía para llegar al poder.
Por el otro lado, a los seguidores de Felipe Calderón tampoco nadie les quita de la cabeza que López Obrador es un líder populista demagogo e irresponsable que no hace más que azuzar las masas de pobres del país contra los privilegiados, llevando al país a un clima de enfrentamiento y ahuyentando a los inversionistas. Por más que uno piense que esto no es más que la proyección de temores ancestrales de las clases medias y altas de México, lo peor es que López Obrador ha hecho de todo para confirmar esta percepción. Más aún cuando tras las elecciones, después de afirmar una y otra vez que respetaría los resultados de las elecciones, levanta la voz para proclamar su triunfo y denunciar trampas en los resultados.
Pero Felipe Calderón no actúa de forma menos irresponsable al proclamarse ganador indiscutido sin esperarse a los tiempos legales, ya que es el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación el único que puede declararlo ganador. Y eso sólo después de resolver las impugnaciones que le hayan sido presentadas. Tampoco abona al clima de conciliación que anuncie que hará un recorrido por todo el país para agradecer el voto de quienes lo eligieron. Lo cual me parece una forma de restregarle en la cara la derrota a los PRDistas en un momento en que la herida no sólo sigue abierta sino que continúa sangrando y no se ve para cuando frenará la hemorragia. Para acabarla de amolar, ahora comienza a mandar mensajes de que no necesita al PRD para impulsar sus reformas, que con coaligarse con los otros partidos le basta.
Todo constituye para mí más evidencias de la falta de cultura democrático pluralista de la clase en el poder. Porque si de algo se tiene que estar hablando, además, obviamente, de la definición de quien será el legítimo presidente de México, es de un acuerdo en el que se incluyan y se plasmen las diferentes visiones que tienen los variopintos actores políticos. Será un gravísimo golpe al pluralismo el que el PAN, si es que Felipe Calderón fuera declarado ganador por el Tribunal, vuelva a intentar imponer su visión de lo que cree que debe de ser el camino a seguir. Esta unidimensionalidad de miras es uno de los peores obstáculos para cualquier intento de reconciliación.
Hoy más que nunca se deben de abandonar las posiciones irreductibles y absolutas que insisten en que la realidad es sólo y únicamente lo que unos dicen que es y que no hay otro camino. Digámoslo de una vez, la vía del único camino sin alternativas lleva al totalitarismo, la intransigencia y el enfrentamiento.
No podemos dejar de reconocer que estamos frente a un impasse, porque sólo puede haber un presidente y ese será declarado antes del 6 de septiembre, pese a las múltiples inconsistencias más que evidentes en el proceso electoral. Andrés Manuel López Obrador y sus simpatizantes están convencidos de que ganaran y de que les están robando el triunfo ¿Podemos afirmar con toda honestidad y certeza que está equivocado? Yo no. Pero entonces, ¿qué hacer? Legalmente y de acuerdo a todas las pruebas evidentes Felipe Calderón ganó. Pero también existen indicios de trampas, sin mencionar la campaña sucia orquestada contra López Obrador, principal causa de las crispaciones y el clima de enfrentamiento de hoy. Es a todas luces una decepción que el primer gobierno de la alternancia haya contradicho de tal forma el espíritu democrático y roto con el acuerdo tácito que subyace a cualquier país que se quiera llamar democrático: cualquiera puede y tiene el derecho a gobernar e impulsar su proyecto de país en la medida en que se ciña a las reglas del juego democrático. El PAN y Fox cometieron un grave error al pretender a toda costa imponer como única e infalible una visión de desarrollo al resto del país, y a impedir con igual ímpetu y falta de legitimidad que llegara al poder nadie que pudiera contrariarla
Pero esta es mi percepción, y sobre cuánto es legítimo actuar como lo hicieron y qué tanto influyó en los resultados es cuestión de criterio y puntos de vista. Lo concretos demostrar sin que quepa la menor duda que hubo trampa. Y eso, desafortunadamente para los principios de certeza y transparencia, será muy difícil.
¿Qué hará López Obrador? ¿Qué hará Felipe Calderón?¿Qué hará la clase política en su conjunto? Resulta triste admitir que nuestro destino común depende de actores que han mostrado no estar a la altura de las circunstancias, como lo señala Lorenzo Meyer en su libro El Estado en busca del ciudadano, y han evidenciado una cultura democrática superficial que parece no abrazar al pluralismo con toda la convicción que sería sano que hicieran. Estamos pagando tal vez el costo de una cultura política que siempre separó en forma alarmante el discurso de la práctica.
Queda por preguntarnos en todo este embrollo cuál es el papel de la Sociedad Civil. Ya que creo que es de ella de donde podemos y debemos buscar una salida a la crisis. No podemos más dejar todo en manos de las clase política. Una democracia sólo lo es totalmente con una Sociedad Civil fuerte capaz de exigir y obligar a sus gobernantes a comportarse conforme al mandato recibido. Es momento de consolidar al ciudadano para el que la democracia está hecha.
Una última consideración. Es evidente que algo que se da por descontado por parte de todos los actores es el respeto a la democracia. Pero olvidamos demasiado fácilmente que toda lucha ideológica se da en primer término por imponer la definición legítima de las categorías claves de la lucha política. Hoy por hoy una de estas categorías es la democracia y detrás de los discursos y las polémicas que presenciamos se fragua una lucha por lograr que se acepte una cierta definición de democracia que le es más conveniente a cada actor político. De tal forma que no podemos suponer que existe algo así como La Democracia, ante las que todas las de carne y hueso no serían más que encarnaciones imperfectas que se acercan más o menos a la definición legítima.
Pero esto es precisamente lo que está en el tintero. Para algunos la democracia se limita a la repartición de poderes, el respeto irrestricto a las leyes y a la formalidad de un proceso electoral. Para otros, en cambio, si bien las anteriores son necesarias, lo que justamente está en juego es la distribución justa y equitativa del poder y de las oportunidades, en la que exista un verdadero sistema de participación que garantice la inclusión en la tomas de decisiones de todos los sectores de la sociedad. En esta última definición, el proceso electoral es sólo un aspecto, y no el más importante, de lo que se persigue. Justamente yo me inclino por una concepción abierta de la democracia que no parta de una definición, sino que se construya mediante una dialéctica continua entre lo que es en un momento dado y lo que se espera que sea por parte de los ciudadanos que la constituyen y le dan vida.
A este respecto me parece conveniente finalizar este escrito haciendo alusión a lo que me parece que debemos perseguir en pos de avanzar hacia un horizonte utópico de la democracia al que si bien nunca se llega siempre está ahí para orientar el presente.
Democracia es pues un anhelo y un principio rector que se encarga de consolidar una repartición del poder tal que nunca nadie en particular tenga todo el poder y en el que la negociación y el consenso se impongan a los distintos actores como lo más económico en la lucha por ese mismo poder. Un sistema de contrapesos, incentivos y castigos que obligue a sus actores a luchar dentro del marco de las reglas establecidas y acordadas so pena de quedar fuera del juego político.
Así, el arreglo al que se tiene llegar es uno que logre limitar el afán ilimitado de poder por parte de cualquiera. La búsqueda del poder debe quedar inextricablemente mediada por la limitación al mismo que impone el sistema. En una democracia el que busca el poder acepta, entiende, cree y se ve obligado a verlo limitado y a cederlo. En una democracia real nunca nadie tiene todo el poder ni nadie carece totalmente de él, nunca nadie lo detenta indefinidamente ni nadie se ve excluido de su ejercicio de manera sistemática.
Yo creo profundamente que sólo si se cree en todo esto, existe la posibilidad de avanzar hacia los principios plurales de tolerancia, libertad, justicia e igualdad, y, por su intermediación, hacia formas de convivencia colectivas siempre mejores y perfectibles. Lo contrario nos lleva de vuelta a los umbrales de autoritarismos y totalitarismos que se supone habíamos dejado atrás y en los que la ley siempre es la ley del más fuerte y la norma es la aplicación arbitraria y violenta del poder unilateral.




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