(re)tomando el control de nuestras vidas

Andrés Devesa
andresdevesa@gmail.com
Publicado el: 07/06/06


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Hace ya muchos años que nos aseguraron que la Historia había llegado a su fin. El capitalismo triunfante decretaba la muerte de las ideologías -salvo la suya propia, claro está-, erigiéndose como la culminación, justa y necesaria, de la Historia de la Humanidad.



(re)tomando el control de nuestras vidas


Crítica del mito del progreso, de la civilización industrial y de la violencia técnica

Andrés Devesa

andresdevesa@gmail.com

Hace ya muchos años que nos aseguraron que la Historia había llegado a su fin. El capitalismo triunfante decretaba la muerte de las ideologías -salvo la suya propia, claro está-, erigiéndose como la culminación, justa y necesaria, de la Historia de la Humanidad. Se aseguraba que el inicio del nuevo milenio sería el del bienestar, la prosperidad y la abundancia para la totalidad de la Humanidad. El mesianismo de los que se llaman racionalistas. Nada nuevo bajo el sol. La mentira es hoy más que evidente. La caída del muro de Berlín no supuso el fin de las ideologías ni el fin de la Historia, sino su continuación bajo el dominio de la única ideología permitida: la del progreso, conducida por los bueyes del capitalismo y la tecnocracia. Pero el bienestar augurado por ese mito –más que ideología- moderno sigue sin llegar. Llevamos escuchando sus mentiras desde hace más de dos siglos y los beneficios tan cacareados no aparecen más que en forma de migajas que además nos condenan a la mayor de las miserias, cada día somos más ricos en cosas e infinitamente más pobres en experiencias, en nuestras relaciones y en el desarrollo de nuestras potencialidades como seres humanos . La miseria de nuestras vidas parece así inversamente proporcional a la cantidad de bagatelas que nos vende el capital, tratando con ello de tenernos dormidos para que no cuestionemos el sistema.
Desde el siglo XIX llevamos escuchando a los defensores del progreso, ya fuesen éstos liberales o marxistas, anunciar la llegada del reino de la abundancia. Nos anunciaban, extasiados, el fin de todos los males de la humanidad con sólo seguir al pie de la letra sus dictados. Nos mintieron, nos dijeron que la industrialización acabaría con todas las penurias a las que había estado sometida la Humanidad desde el comienzo de los tiempos: hambre, enfermedades, trabajo, miseria. Mentiras, mentiras, mentiras. La Historia, a pesar de que la declaren muerta y enterrada, no miente al respecto. El siglo XX no fue el siglo de la prosperidad como anunciaban los profetas del progreso, sino el del horror. En nombre del progreso se cometieron las mayores atrocidades que ha conocido la Historia. El siglo XX es el siglo de Auschwitz, que no fue una excepción de la Historia como nos quieren hacer creer para que respiremos satisfechos y podamos dormir tranquilos y sin remordimientos, achacando la barbarie a los desvaríos de un loco que engañó a todo un pueblo con una ideología endemoniada que nada tiene ya que ver con nosotros, pues fue derrotada. Auschwitz sigue presente en nuestras vidas, puesto que no fue una excepción de la Historia, sino una consecuencia del progreso, de la Ilustración, de esa concepción del mundo que ve a éste y a los seres que lo habitan como objetos, como útiles, como seres inertes.
Queriendo liberar al ser humano, el liberalismo y la Ilustración lo han condenado a la peor de las esclavitudes, la que lo reduce a su dependencia material. El ser humano queda reducido a nuda vida, a su simple existencia biológica, convirtiéndose en el homo sacer del que habla Agamben . La infinita complejidad humana se somete a los imperativos de la biopolítica, en la que al ser humano sólo se le reconoce su existencia biológica, sin tener en cuenta las posibilidades de realización de esa existencia, aspecto éste sobre el que insistiré más adelante.
Reyes Mate rastrea las “razones” últimas de Auschwitz en la crítica que los avisadores del fuego Rosenzweig y Benjamin hacen del idealismo inherente a la filosofía occidental:
El idealismo tiene dos movimientos. Por un lado, coloca el sentido fuera de la realidad, en el mundo de las ideas; de esta forma se produce un desprecio de la experiencia ya que se vacía la realidad de significación. Por otro, su querencia al monismo, esto es, la reducción de la pluralidad de la vida, de la riqueza del mundo de la vida, a la unicidad del concepto. La alianza entre estos dos arietes –el desprecio de la vida con el monismo- produce resultados demoledores en lo tocante a la interpretación de la experiencia, sobre todo a la experiencia del sufrimiento.
Pero no se trataría tanto, en mi opinión, del idealismo, sino del mito de progreso subyacente a todas las ideologías de la Modernidad. Es el mito del progreso, sustentado en la ideología, del tipo que sea, el que lleva a considerar al ser humano como algo contingente, sujeto a las “necesidades” del avance de la Historia, de la nación o de la economía. Es esa ideología la que justifica la barbarie, ya sea ésta Auschwitz –era necesario exterminar a los judíos por el bien de la raza alemana-, Hiroshima –era necesario emplear la bomba atómica para terminar la guerra- o Bhopal –es necesario que existan fábricas de productos químicos, aunque sean peligrosas, por el bien de la Humanidad-. El bien de la raza, la nación o la Humanidad, entidades abstractas, siempre por encima del bien de las personas, de los seres humanos concretos, ya sean los judíos exterminados por el nazismo, los japoneses víctimas de la bomba o los habitantes de Bhopal víctimas de la mayor catástrofe ecológica de la Historia . El progreso no entiende de moralidad. Todo debe quedar supeditado a su avance inexorable.
A pesar de todo, el mito del progreso sigue intacto, como si nada hubiese ocurrido o como si todo lo ocurrido no fuese con nosotros. Es el gran enigma de la docilidad , de la inconsciencia que nos hace seguir caminando hacia el abismo, sin darnos cuenta que tarde o temprano caeremos por el precipicio. Y al hablar de caída, de catástrofe, no me refiero tanto a la catástrofe ecológica, espectacular, que, en caso de llegar, es posible que lo haga cuando ya el ser humano haya dejado de existir, al menos tal y como lo concebimos ahora . Es cierto que estas catástrofes existen y que su incidencia es cada vez mayor: tsunamis, huracanes, fugas radiactivas, pandemias, etc., y que se llevan por delante miles de vidas, que, para los tecnócratas, no son más que daños colaterales del progreso, pobres que no tuvieron el dinero suficiente para ir a vivir a una urbanización de lujo en un país del primer mundo alejados de los peligros tóxicos, nucleares o naturales .
Pero la peor de las catástrofes es la catástrofe cotidiana que padecemos, la violencia técnica que reduce al ser humano a un objeto. Cualquier relación humana se haya irremediablemente mediada, no podemos tener relaciones libres si no somos libres y mientras no tengamos el control total y absoluto de nuestras vidas jamás podremos considerarnos libres. Nuestras vidas están dominadas por fuerzas que se escapan a nuestro entendimiento y control y no tratamos aquí de un problema metafísico, sino de la supeditación de todo lo humano a los criterios que marca el mercado, la industria y la tecnificación del mundo. La dimensión humana desaparece absorbida por los imperativos del desarrollo del capitalismo tecno-industrial. No se puede detener el progreso, aunque este tenga consecuencias catastróficas para nuestras vidas. Poco importan los problemas que pueda provocar la construcción de un TAV en las vidas de las personas que habitan las tierras por las que va a pasar. No se tiene en cuenta la degradación de la tierra y las especies y las consiguientes consecuencias para el medio ambiente y la vida en general –incluida la humana- provocadas por la introducción de organismos modificados genéticamente. Tampoco es importante que las relaciones humanas sean cada vez más difíciles, insatisfactorias y falsificadas. Nadie se cuestiona realmente que nuestra forma de vida esté convirtiendo a nuestros niños en monstruos sin sentimientos y sin capacidad de comprensión de la realidad, absortos en las pantallas de sus videoconsolas, sin ver que hay un mundo más allá de los videojuegos. Nada importa, nada se cuestiona mientras las estadísticas de la economía nos sigan asegurando que crecemos a un ritmo mayor del previsto y que progresamos hacia un mayor bienestar.
El bienestar nos llega en forma de coches más rápidos, de nuevos canales de televisión y de bagatelas tecnológicas con las que sólo se deslumbra a pusilánimes y mediocres. ¿Cómo se puede hablar de prosperidad haciéndolo exclusivamente en términos de posesiones materiales? La felicidad, el desarrollo personal, la autosatisfacción, la intensidad de las relaciones humanas, todo aquello que realmente nos habla de la prosperidad y de la consecución de una vida plena y satisfactoria, son descartados por no cuantificables en las estadísticas. El bienestar se mide en relación a la posesión de cosas, pero éstas acaban poseyéndonos a nosotros, al obligarnos a pensarlo todo, incluido el ser humano, en función de criterios cosificantes tales la posesión/no posesión. Ésta es una de las consecuencias más palpables de la biopolítica, de la reducción del ser humano a nuda vida . El sistema asegura un desarrollo material como nunca antes en la Historia se había conocido –al menos en los países del llamado primer mundo-, pero es un desarrollo doblemente falso. En primer lugar porque su principal motivación es atarnos más al sistema, creando falsas necesidades, que son cubiertas con nuevos productos, vendiéndonos siempre cosas que no necesitamos y que no se diferencian en nada a los que ya tenemos, pero aún así debemos comprarlas para estar a la última, es la obsolencia programada de la tecnología, cuyas consecuencias se transmiten también al ser humano, sólo lo nuevo es válido para el sistema, por eso aparcamos a los viejos donde no nos molesten. En segundo lugar porque la riqueza material esconde la pobreza de la experiencia de nuestras vidas, que trata de camuflarse por medio de sucedáneos, ya sea en el trabajo, desvalorizado y empobrecido con la especialización, la productividad a ultranza y la precarización; en la vida cotidiana, cuyos valores son sustituidos por los del ocio, alienante y vaciado de cualquier contenido que enriquezca nuestra vida; o en las relaciones humanas, que adoptan el lenguaje y las formas de la cosificación perenne a que somos sometidos, quedando reducidas a la estandarización y a tratar con las personas como si fuesen objetos.
Todo esto ocurre, y esto es lo más grave, en medio de la más absoluta indiferencia, cuando no colaboración, por nuestra parte. Nos dejamos llevar. Protestamos cuando colocan una antena de telefonía en nuestra azotea o cuando se construye una autopista al lado de nuestra casa, pero enseguida lo olvidamos porque no podemos vivir sin el teléfono móvil y el coche. ¿Hasta qué punto somos conscientes de que nuestro modo de vida ha entrado en una espiral de locura? ¿Hasta qué punto somos capaces de dar marcha atrás o al menos detener la marcha que nos lleva al colapso? ¿Somos todavía capaces de (re)tomar el control de nuestras vidas, de volver a ser humanos?
El ser humano se abandona a su propia (auto)destrucción, alegremente, despreocupado, como si nada fuese con él. A cambio de su muerte recibe bagatelas, sucedáneos de vida empaquetada. Los adalides del progreso, los gurús de la economía liberal jalean su victoria. La falsa oposición, encarnada en los ecologistas y la socialdemocracia, plantea tímidas objeciones: piden un desarrollo sostenible, moratorias para el cultivo de transgénicos, más transporte público o energías renovables. Temen ahondar demasiado en sus críticas so pena de que les acusen de antiprogresistas, de bárbaros, cuando los bárbaros son aquellos que condenan a la Humanidad a su disolución. Se convierten así en cómplices necesarios, en garantes del sistema:
Han aceptado solemnemente vivir en un mundo contaminado, a condición de que la contaminación tenga límites estadísticamente razonables y ellos puedan participar en su medición. Sueñan con un mundo de controles técnicos cada vez más eficientes y de empresas que contaminan pero pagan, de políticos que se equivocan pero dimiten.
Sólo contribuyen a reforzar el sistema y a atarnos más a la dictadura tecnocrática, esperando sentados el día en que el sistema estalle para proclamar orgullosos: «ya os lo advertimos», sin ser conscientes de que ellos son tan responsables como las empresas y los gobiernos.
El panorama aquí dibujado es francamente desesperanzador y, por desgracia, las alternativas reales que nos permitan (re)conducir el mundo hacia una dimensión más humana y (re)tomar el control de nuestras vidas son escasas y deben enfrentarse a todos los mecanismos de propaganda y de represión del sistema, por lo que la mayoría de la gente no llega jamás a plantearse estos problemas y si lo hace es de forma parcelaria, viendo sólo una parte de los mismos –la contaminación o el cambio climático- sin ser conscientes de que sólo son una parte de la totalidad del crimen que se está cometiendo contra la Humanidad. Esto conlleva una actitud de resignación, de aceptación sumisa por parte de la inmensa mayoría de la población, pero lo que sorprende es que esa actitud resignada se vislumbre también en muchas personas conscientes, cuya única propuesta parece ser cruzarse de brazos y esperar el colapso de la civilización industrial, sin darse cuenta –o quizás sí- de que ese colapso también les arrastrará a ellos . Son las dos caras de una misma moneda, el mito del progreso y el mito del eterno retorno que nos devuelva al jardín del Edén neolítico , las dos suponen el abandono del pensamiento crítico, las dos forman parte del dejarse llevar al que nos arrastra el sistema.
Frente a la anomia dominante que trata de evitar que pensemos en la irracionalidad intrínseca a nuestra forma de vida como en un todo que hay que combatir en todas sus partes, es necesaria una recuperación del pensamiento crítico que nos proporcione las bases para el tan necesario combate, que será a vida o muerte y en el que habrá que luchar contra un enemigo que utiliza todos los recursos de la megamáquina, incluido el monopolio de la violencia que se autootorga. Por ello, la tarea revolucionaria que se enfrente a la megamáquina debe ser más consciente que nunca de las contradicciones del sistema y aprovecharlas para derribarlas. Por tanto, si vivimos en un sistema que recurre constantemente a la violencia, no sólo física, sino también –y fundamentalmente- técnica, el recurso a la violencia para combatir ese sistema es más que legítimo, es necesario. Como Benjamin decía en su tesis octava de Filosofía de la Historia: “La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos” . Esa consciencia del estado de excepción en el que vivimos es el que nos autoriza moralmente al recurso a la violencia contra el sistema que suspende el derecho . Esta violencia revolucionaria benjaminiana se debe entender fundamentalmente como una violencia defensiva de la Humanidad contra la dictadura tecnocrática y su violencia técnica, adoptando diferentes estrategias subversivas: el sabotaje industrial, científico y biotecnológico; la insumisión a la escuela, al trabajo alienado o a la mercantilización de las relaciones humanas; la subversión de los criterios del mercado por medio de la (re)apropiación y (re)utilización de productos, y otras formas de lucha consciente y firme contra el sistema, todo ello sin descartar que la lucha adopte un grado mayor de violencia según avance y el sistema responda con toda su maquinaria represiva. Si algún día la Humanidad llega a ser libre no lo será sin haber derribado antes los pilares de la civilización industrial. Estamos en guerra contra esta sociedad y no la abandonaremos sin luchar.



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