Entre La Sierra, Sumas y Restas y Rosario Tijeras

Carlos Mario Pineda Echavarría

Publicado el: 01/04/06


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De una lúcida manera Susan Sontag, ante los eventos de la tortura en Irak y las imágenes que comenzaron a circular, hizo una aclaración que cabe perfecta para el caso colombiano. Mal citada, ella proponía: lo importante no parece ser lo que ocurre en la realidad sino las imágenes que circulan sobre la realidad misma; precisando, lo grave eran las fotos, no la tortura que “denunciaban”.



De una lúcida manera Susan Sontag,1 ante los eventos de la tortura en Irak y las imágenes que comenzaron a circular, hizo una aclaración que cabe perfecta para el caso colombiano. Mal citada, ella proponía: lo importante no parece ser lo que ocurre en la realidad sino las imágenes que circulan sobre la realidad misma; precisando, lo grave eran las fotos, no la tortura que ?denunciaban?. Con las imágenes de las tres producciones audiovisuales colombianas que están circulando en las salas de cine, en los canales nacionales e internacionales y en las videotiendas, sucede lo mismo que con las imágenes de tortura en Irak.

Para la mirada que se va a dar hay que apartarse de quién realiza esas imágenes, ya sea un colombiano o extranjero (reconociendo que un nativo puede tener mejores elementos para decidir qué muestra), pues de lo que se trata no es del derecho moral que tiene uno u otro para mostrar, sino del valor de ellas, independiente del nexo que los autores tengan con el país y con la realidad, llámese Eduardo Maillé (mexicano), Víctor Gaviria o Margarita Martínez (ambos colombianos y ella al lado de Scott Dalton, norteamericano). Dicho de paso, pero no por ello de menos importancia, en ocasiones a los foráneos les importan y les duelen más esos que retratan o recrean en sus imágenes, que a muchos de los nacionales que se quejan de las mismas.

Puede leerse lo anterior como una justificación para unir tres producciones: La Sierra, Sumas y restas y Rosario Tijeras, independiente de que sean obras de ficción o documentales, que tengan soporte en la realidad o en la recreación literaria de esa realidad. Pierre Sorlin dice que las películas son ?imágenes en sociedades?, y que por ficcionadas que parezcan a la realidad, responden a un contexto determinado, tanto en donde se producen como lo que representan por medio del argumento. Sin obviar la diferencia temporal entre los sucesos que narran Sumas... y Rosario... (las películas de ficción entre las décadas de los ochenta y de los noventa) con relación a La Sierra (documental del 2004), lo que presentan es la lectura de una ciudad que, si bien está fragmentada ?¿cuál ciudad medianamente grande no lo está??, tendió nexos entre dos entornos socioeconómicos. En Sumas... los profesionales de academia, los universitarios y los empresarios, así como el campesino de vieja raigambre (la ?gente de bien?, como se autodenominan), se dejaron tentar por el dinero fácil. En Rosario fue el dinero fácil y la voluptuosidad, aunada a la juventud y al desparpajo sexual de la mujer, las que les abrieron las oportunidades para vivir en esa otra ciudad y ese otro mundo. La curiosidad ?¿malsana?? de los jóvenes de esa otra ciudad ratificaron el deseo de ella.

En La Sierra no hay dos ciudades; son múltiples, pero por ausencia, no por presencia. No está la ciudad oficial con los programas de apoyo a las iniciativas individuales, de acceso al empleo, educación, salud, vivienda, seguridad ciudadana. Tampoco está la ciudad deslumbrante llena de obras físicas. No está la ciudad del mercado y del consumo desaforado. No está la ciudad de la diversión, de los grandes eventos deportivos, de la moda, del arte y la cultura de masas. La ciudad de La Sierra es la del excluido.

Orlando Mora decía que sólo con el conocimiento profundo que da el habitar a Medellín y el haber sufrido, padecido o disfrutado (¿quién puede negar que los narcotraficantes, los traquetos y sicarios todos al lado ?sobre todo? de sus mujeres disfrutaron de su bonanza económica?), la ciudad de la década de los ochenta, se entiende el profundo sentido de descanso que tiene la frase de Santiago ?el personaje de Sumas...? cuando al subirse, le dice al taxista: ?lléveme al Poblado?. Con esa frase se condensa la pesadilla propia y la de la ciudad: los lazos entre narcotráfico, empresarios, mercado financiero y bancario, profesionales y habitantes del común quedan disueltos, pero la herida aun no se puede considerar como una cicatriz.
Santiago ?el ingeniero corrupto?, señaló a quién deberían asesinar los sicarios, por orden del abogado ?su primo?.

La ciudad de Rosario, la barriada donde su padrastro abusa sexualmente de ella y su vecino la viola, sólo la conoce cuando va al entierro de Ferney, antes sólo era una referencia emocional contada a Antonio. La ciudad que se comparte, la que posibilita cierta integración es ?la discoteca?. Fuera de ella los dos mundos ?marginales ambos? están distantes. El Poblado es el sector donde la niña de barrio decide vivir para ?vengarse del comercio sexual al que fui impelida?. En la casa de Emilio, su novio, se le reconfirma que no pertenece a ese mundo, que es advenediza. De hecho Maillé, fiel al libro y con la colaboración del autor de la novela, Jorge Franco, no pone criados, chóferes, niñeras o porteros. En Sumas... vemos que la esposa de Santiago tiene un nexo con la nana del bebé y que en la finca hay servicio doméstico. La Sierra resume lo que es el tercer mundo del siglo XXI: un Estado que ha sido remplazado por el mercado; todo lo público se privatiza, y quienes no pueden pagar no tienen espacio, ni voz, ni derechos, más que los de las armas. Pareciera ser que el mandato es ármese quien pueda, consiga su propia seguridad y sus propias garantías. En la imagen que muestran las películas de la década de los ochenta, no aparece el Estado, todo ocurre a espaldas del gobierno, como el elefante que entró a la campaña de Ernesto Samper. Los ciudadanos arman sus negocios del mejor modo: contratando pilotos aéreos, alquilando fincas para montar cocinas, asociándose con mafiosos para resolver problemas de liquidez económica... apoyando lo que después criticaron.

En La Sierra, en pleno nuevo siglo, los protagonistas están seguros de que el Estado no los acoge, no los cuenta en sus planes y que el gobierno (nacional, regional o local) sólo aparece cuando hay que recoger cadáveres. Edison lo dice de otro modo: aquí yo soy la ley. En Rosario la ley también es ella, ganándose el R-E-S-P-E-T-O con una pistola y en Sumas... la ley es la del más sagaz. En esta última hay cierto equilibrio dado en unos, por las armas, y en los otros, por las conexiones; pero en últimas, en la escena final, se resume en quién dispara primero. Después de leer el texto de Margarita Martínez, directora de La Sierra, en la revista El Malpensante Nº 66, la única diferencia esencial entre las tres producciones está en la calidad de los muertos. En la película del mexicano Maillé respiran aún en el féretro (el espectador tiene claro que hay un mal actor mal dirigido); en la de Víctor Gaviria sabemos que no respiran y se quedan en Campos de Paz, pero que los actores que realizaron el papel caminan por las calles
de la ciudad; y en la de Margarita Martínez se quedan en los cementerios Universal y Campos de Paz pero nunca más van a volver a ?actuar?.

Edison y sus sueños de ser ingeniero para ayudar a su comunidad ya no están ni estarán más; sus hijos y numerosas jóvenes esposas no lo tendrán para seguir disfrutando ?del poder? que dan las armas. Para los espectadores que ven en las películas sólo imágenes negativas sobre Medellín o el país, esas realidades quizás nunca existan más allá de las bombas del parque Lleras, de El Tesoro o de cada una de las explosiones que les tocó sufrir de manera directa en la era Pablo Escobar. Pero para los protagonistas, de las producciones ficticias y reales, la ciudad y el país han cambiado mucho: ahora son más excluyentes, más intolerantes, brindan menos posibilidades de cambiar la realidad que las pantallas transmiten. El No futuro de Rodrigo D, que era un simple sentimiento individual, hoy está en muchos Jesús, Edison, Rosario y Santiago. Para cerrar con Pierre Sorlin, por ficticia que parezca la imagen que presenta una película, muestra mucho de la sociedad en la que se produjo, por lejanas que parezcan de
otro modo las imágenes de Hollywood.

1. Escritora estadounidense nacida en Nueva York. Estudió en las universidades de California, Chicago, París y Harvard.

Autor: Carlos Mario Pineda Echavarría

Fuente: http://www.ens.org.co/articulos.htm?x=6119902&cmd%5B111%5D=c-1-67



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