¿Feminismo o individualismo?

J. Oliveira

Publicado el: 28/03/06


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La afirmación de que las personas de un sexo son superiores a las del otro, la afirmación de que sólo un movimiento feminista puede criticar la denominada sociedad falocrática, y la afirmación de que determinadas características comunes a todas las mujeres (o ciertos aspectos de la represión social de que son objeto las mujeres en general o buena parte de ellas) justifican y fundamentan, por si solas, la existencia de un movimiento anarcofeminista.



Una de las manifestaciones del espíritu autoritario consiste en atribuir a una entidad colectiva (nación, pueblo, etnia, clase social, humanidad, etc.), es decir, a un ente abstracto, características o cualidades únicamente atribuibles a seres reales, a individuos concretos. Son ejemplos de esta manifestación del espíritu autoritario y absolutista: la afirmación de que un determinado pueblo es más inteligente que los demás, la atribución de una misión histórica a una nación o a una clase social, la afirmación de que las personas de un sexo son superiores a las del otro, la afirmación de que sólo un movimiento feminista puede criticar la denominada sociedad falocrática, y la afirmación de que determinadas características comunes a todas las mujeres (o ciertos aspectos de la represión social de que son objeto las mujeres en general o buena parte de ellas) justifican y fundamentan, por si solas, la existencia de un movimiento anarcofeminista. No resulta difícil verificar que esta manera de pensar, basada en categorías absolutas, es inseparable de la concepción teológico-hegeliana según la que el todo determina las partes. De acuerdo con este concepto, una persona concreta, hombre o mujer, no es, obviamente, un ser auto-activo ni auto-asociativo, sino una simple parte de un colectivo, un súbdito de la colectividad. No considerando la asociación humana como una expresión de auto-actividad de los seres humanos concretos, sino colocando la colectividad (nación, clase, humanidad, etc.) por encima de los individuos que la componen, se justifica, por ejemplo, la superioridad de los representantes de la nación, de los gobernantes en relación a los gobernados o, mejor aún, la aceptación de la relaciones de dominio. Si se identifica a los individuos como meras partes de un conjunto social y no como seres humanos completos, se consideraría el llamado interés general de los colectivos humanos como una mera abstracción, como algo totalmente externo y superior a los intereses reales y particulares de los individuos. Esta concepción es una artimaña que sirve para asegurar la defensa de ciertos intereses particulares en detrimento de otros. Para que una sociedad satisfaga a todas las personas que la integran debe basarse, lógicamente, en una convergencia de intereses individuales. En la citada concepción jerárquico-hegeliana se basan las autodenominadas vanguardias proletarias, o sea, los partidos políticos que se presentan como los detentadores de la conciencia de clase de los trabajadores y, por consiguiente, defensores del "interés general" de la clase proletaria.

Lo dicho anteriormente pone de manifiesto la insuficiencia o limitaciones de los movimientos feministas, ya que no se basan en la defensa de la afirmación plena de la individualidad de cada ser humano, sino en la condición femenina, una expresión sin significado efectivo real o concreto, en el marco de una sociedad jerárquica, clasista y totalitaria. De esta forma, las organizaciones feministas, como las agrupaciones que luchan por los derechos de los homosexuales, tienden naturalmente a integrarse en el movimiento reformista, un movimiento que parcela el combate contra las discriminaciones y represiones sociales en vez de tratar de consolidar las diferentes luchas sociales. El apoyo dado por las MULIBU (Mujeres Libertarias Unidas de Portugal) a la lucha parlamentaria por la legislación del aborto que tuvo lugar recientemente, constituyó una clara demostración de lo que acabamos de afirmar. Al hilo del carácter reformista e histriónico de los movimientos feministas, es importante destacar que el totalitarismo democrático-capitalista, caracterizador de nuestra época, no es incompatible con una igualdad en la miseria entre hombres y mujeres. No ponen en entredicho la sociedad autoritario-capitalista, por ejemplo, el hecho de tener tantas mujeres como hombres en el gobierno y en el Parlamento, o el hecho de que el ejército sea mandado por una mujer, o de que un-a anarquista sea condenado-a por un tribunal presidido por un individuo de sexo femenino ni el hecho de que existan casas de prostitución masculina.

En realidad, sólo una lucha que tenga como base y motivación al individuo concreto, encausa la totalidad de esta sociedad. Sólo la afirmación de la unidad de cada individuo, hombre o mujer, es irrecuperable por el sistema jerárquico-capitalista. Comprendemos perfectamente la actitud asumida por la anarquista española Federica Montseny, que nunca sintió la necesidad de adherirse a la organización Mujeres Libres. Como procedía de acuerdo consigo misma, como era de hecho anarquista, Federica Montseny no se sentía inferiorizada o disminuida por sus compañeros de lucha de sexo masculino.

II. El hecho decisivo para el mantenimiento de la sociedad represiva es el respeto por el poder. Si la existencia de relaciones de poder en todas las instituciones que la integran es uno de los aspectos esenciales de la actual sociedad, el otro es el hecho de que los seres humanos veneran el poder, de manera que se deduce la existencia de un principio de naturaleza metafísica y subyacente al Estado: el principio religioso de autoridad, que constituye el entramado del actual edificio social.

¿En qué consiste el respeto al poder? ¿Cuál es el contenido del principio metafísico de autoridad? Es el dominio de las ideas, de las abstracciones, sobre los individuos. Consiste en el hecho de que las personas consideren determinadas ideas (Dios, patria, humanidad, pueblo, proletariado, etc.) como exteriores y superiores a sí mismas: las personas separan, alejan de sí mismas esas ideas, les atribuyen existencia autónoma y un carácter sagrado. Es la sumisión de la totalidad de los individuos a una parte de sí mismos: ideas que ellos mismos crearon y que sólo existen en su cabeza.

La sumisión del dirigido hacia el dirigente no es una relación directa sino mediatizada, es decir, que el dirigido no se somete al dirigente sino a la idea de naturaleza sagrada que éste representa. El dirigente es un intermediario de la sumisión del dirigido a la idea, a la representación. La relación dirigente/dirigido es una relación entre representante y representado. El dirigente es el representante de Dios en la Tierra, es el representante del Pueblo, o del Proletariado, o de la Humanidad etc. El dirigido es el representante, o sea, Criatura o Súbdito de Dios, o Ciudadano, o Proletario, u Hombre, etc., que, en consecuencia, se somete a la voluntad de Dios o a la voluntad del Pueblo, o a los intereses generales del Proletariado, o al Progreso de la Humanidad, etc. En ambos casos, los individuos son los apoyos de puras abstracciones.

La relación representante/representado se hace posible cuando los individuos, abstrayendo de sí mismos una de sus características comunes, como pueda ser la de proletario o miembro de la especie humana, someten a ella la totalidad de su individualidad. Se trata de la sumisión a una idea, ya que las características de los individuos no tienen existencia real independiente. Lo que existe en la realidad son los individuos María o Manuel que, además de ser proletarios o burgueses, tienen otras muchas cualidades. El Proletario -con mayúscula y el Hombre -con mayúscula- no pasan de ser meras abstracciones.

Sólo la transformación de los hombres en meros soportes de puras ideas podría permitir la existencia de representantes y representados, dirigentes y dirigidos. La plena expresión de la diversidad existente entre los individuos, la plena expresión de su autenticidad, es incompatible con el fenómeno de la representación, es decir, con la delegación de poderes. No aceptamos que un individuo pueda representar a otro, porque son diferentes, porque son dos seres únicos e irrepetibles. En el movimiento anarquista existen delegados de los grupos, es decir, individuos a los que se atribuye por libre acuerdo la función de defender determinados pactos, pero no representantes o mandatarios, electos o no.

Llegamos así a la conclusión de que el dominio del Espíritu Santo sobre los seres humanos, la alienación religiosa bajo sus diferentes formas, es la base de las relaciones de dominación y de explotación que rigen en la sociedad actual.

Efectivamente, en el principio de supremacía del Espíritu, hecho que tiene su fundamento en el fenómeno religioso (el fenómeno del temor a la muerte y la consecuente creencia en la inmortalidad del alma y en la existencia de poderes sobrenaturales) está en la base de las diferentes formas de opresión social.

En suma, sólo los grupos anarquistas, asociaciones de mujeres libres y hombres libres basadas en la afinidad, asociaciones de verdaderos enemigos del Poder y de su fundamento, de la religión considerada bajo todas sus formas, luchan efectivamente contra todo género de opresión, incluyendo la represión específica de que son objeto los individuos de sexo femenino. No son ciertamente colectivos especializados en luchas parciales, colectivos reformistas; pueden atacar eficazmente la causa profunda de las diferentes formas de represión. En el seno del movimiento anarquista organizado y revolucionario, un movimiento basado en el respeto por la dignidad y la individualidad de cada ser humano, independientemente del sexo, no hay razón para que una persona, hombre o mujer, que no tenga problemas en asumir su propia personalidad, que confía en sí misma plenamente, se sienta atrofiada o limitada. Además, los-las anarquistas defienden y practican el amor libre, lo que significa que en sus medios no existe forma alguna de prostitución.

Nota final: La defensa hecha en este artículo del individualismo anarquista, no significa, de ninguna forma, un rechazo del comunismo libertario. El autor de este texto, como considera relevante la dimensión ético-social de todos los seres humanos y considera también que la libertad de un individuo es inseparable de la de los demás, defiende la síntesis de las ideas del individualismo ácrata con las concepciones del comunismo libre. Para el autor de este artículo, el comunismo anarquista es una condición de la libertad individual.



Fuente: http://www.arrakis.es/~grupotea/feminis.htm



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