La Transvaloración en el capitalismo

Cristian Syampone
cristhian281@hotmail.com
Publicado el: 28/02/06


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Nietzsche dice que el enemigo más peligroso no es el guerrero, el luchador, sino el impotente, porque su acción (su reacción) es más profunda, más espiritual: es la transvaloración (La Genealogía de la Moral, Tratado Primero, “Bueno y malo”, VII). Esto quiere decir que el golpe más bravo que se le puede asestar a un “enemigo” (y también el más ruin) es aquel que invierte los valores por los que éste se guía y se justifica.



Nietzsche dice que el enemigo más peligroso no es el guerrero, el luchador, sino el impotente, porque su acción (su reacción) es más profunda, más espiritual: es la transvaloración (La Genealogía de la Moral, Tratado Primero, ?Bueno y malo?, VII). Esto quiere decir que el golpe más bravo que se le puede asestar a un ?enemigo? (y también el más ruin) es aquel que invierte los valores por los que éste se guía y se justifica.
Ahora bien, Nietzsche identificaba a éste enemigo impotente con los sacerdotes, más precisamente, con los judíos. Y él lo hacía desde su perspectiva, desde su defensa de los valores aristocráticos-caballerescos. En nuestra época el análisis resulta más complejo: nos vemos obligados a aguzar más nuestra mirada. Y esto porque ya no se trata de la inversión de valores aristocráticos, de la rebelión de los esclavos ni de nada por el estilo: hoy ni siquiera se trata de una vuelta al ideal del noble, del guerrero; lo que deberemos extraer de éste punto es la advertencia que se nos hace acerca de que, si cambiar el estado de cosas es lo que se busca, el método para lograrlo ha de ser más agudo que la mera disputa.
Según Deleuze, nuestro inconsciente, que él llama el cuerpo sin órganos (una creación poética de Antonin Artaud), es deseo, deseo no codificado, esto es, carente de objeto. De modo que toda sociedad consistirá en la codificación de tales deseos, orientándolos a un fin que no es propiamente su satisfacción: universalizándolo. El deseo, una vez que nacemos, desde un principio, se fija objetos, se los representa como objetos de satisfacción. Pero éste deseo es individual, depende de nuestro contexto social, histórico, de nuestras vivencias personales. La sociedad lo universaliza porque de ése modo evita la anarquía: impone representaciones a todos sus miembros y de ése modo los controla, los homogeneiza.
El capitalismo es, de todos los sistemas, el más difícil de quebrar (en especial en su modalidad neoliberal). Como diría Lacan, el discurso capitalista es una perversión del discurso Amo. Deleuze y Guattari dividen a los tipos de sociedades en salvajes, bárbaros y civilizados, lo que correspondería a: codificación (conexión de reconocimiento mediante símbolos, grafismos, tonos gestuales y vocales), hipercodificación (sobrecodificación despótica que impone jerarquías disyuntivas mediante la presencia de registros estatales), y descodificación de los flujos de deseo (conjunción que envuelve todo código y registro descodificándolos en flujos de producción para seguir el proceso de consumo) (Capitalismo y esquizofrenia, El Antiedipo). La tercera, la civilizada, es la sociedad capitalista.
Lacan utiliza a Marx tomando aquella idea de la ?plusvalía?, como el excedente resultante de la diferencia entre el valor de los bienes producidos y el salario que recibe el trabajador y del cual se apropia el propietario de los medios de producción, y sustituyéndola por lo que él llama ?plus de goce?. Lacan define a éste ?plus de goce? como la función de renuncia al goce por efecto del discurso (Hernán García Hodgson, Foucault, Deleuze, Lacan, ?Segundo momento de la operación Deleuze, Foucault, Lacan?, ?El discurso capitalista?). Dice García Hodgson: ?Éste goce no retorna a quien lo produce, sino a quien lo enajena, gracias a la propiedad de los medios de producción. El discurso Amo funda su poder precisamente en esta enajenación, y de éste modo ejerce su función reguladora. El discurso capitalista, en cambio, funda su poder en la proliferación de objetos de consumo y en la función normalizadora del goce que se deriva de aquella? (Ídem). Y, por esta razón, cualquier ?crítica? u ?oposición? al discurso capitalista, que realmente no sea capaz de lograr en éste un quiebre, estará contribuyendo a mantener su circularidad. El discurso marxista, por ejemplo, no ha sido capaz de lograr ése ?corte? en el discurso capitalista que venía a criticar porque lo que en rigor estaba haciendo era cambiar un Amo por otro. ?La imposibilidad de absorción del plus de goce (plusvalía)?, dice García Hodgson, ?es característica de todo discurso?. El propietario de los medios de producción, hoy, no se apropia del excedente de nuestro trabajo, sino de nuestro goce, pues así se asegura que la satisfacción que esos innumerables objetos nos procuran sea pasajera, impulsándonos a comprar más, a comprar algo nuevo, a volver a sumergirnos en ése círculo vicioso.
Queda claro, así, que una lucha abierta contra el capitalismo no es viable. ¿Qué ejemplos más claros que los hippies o los punks? El discurso capitalista absorberá todo código bajo el cual se pretenda llevarlo a su destrucción y lo ofrecerá al mercado en forma de un objeto comercializable y reproducible. La razón está en el afán universalizador, homogeneizante, que aquel discurso imprime en la satisfacción del deseo, anulando así las diferencias individuales.
Kierkegaard fue el primero que advirtió la destrucción del individuo ante el avance de las masas. Nietzsche nos dijo que el superhombre, el hombre nuevo, libre, sería aquel que se impusiera sus propios valores, trasgrediendo los imperantes, los valores del rebaño, hoy los valores de la sociedad de consumo, los medios masivos de comunicación y el discurso capitalista. ¿La salida? El individuo.


Cristian Syampone (estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Rosario.)



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