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Adicciones, función materna fallida transmutada en goce materno, sus estragos

María Eugenia Gabes

Publicado el: 2013-12-04

    

Edipo, el hombre que vuelve al seno materno
paga con su cuerpo el precio de ese goce.

Trama: Conjunto de hilos que cruzados y enlazados con la urdimbre forman una tela. Artificio, dolo, confabulación con que se perjudica a alguien.

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Edipo, el hombre que vuelve al seno materno
paga con su cuerpo el precio de ese goce

Trama: Conjunto de hilos que cruzados y enlazados con la urdimbre forman una tela. Artificio, dolo, confabulación con que se perjudica a alguien.

Dice Freud en su conferencia de 1932 sobre La femineidad: ?Sólo la relación con el hijo varón brinda a la madre una satisfacción irrestricta, es la más perfecta, la más exenta de ambivalencia de las relaciones humanas?. Tomando esta frase desearía hacer algunas reflexiones acerca de entrevistas y en algunos casos de análisis que llevé y llevo a cabo con algunas madres de hijos varones adictos. La posición de estas mujeres, me hizo recordar la cita de Freud en aquella conferencia, no por el especial modo de relacionarse de una madre con su hijo, aceptable en una primera etapa de la vida sino por la persistencia en esa satisfacción.

Estas mujeres-madres llegan luego de deambular por grupos terapéuticos, familiares y de autoayuda. Algunas de ellas transformando en una cruzada, en una causa la curación de su hijo que no es para menos pues muchos de ellos se encuentran al borde de la muerte. Como ocurre en estos casos, y sin saber ya adonde acudir, llegan a pedir entrevistas, algunas pensando que dejan parte de sus vidas en el intento de sacar a su hijo de la droga, otras, con mucha culpa, sospechando que algo tienen que ver con el estilo de conducta adictiva del hijo y, por último, las que no tienen ni idea de por qué su hijo se volvió consumidor, a lo sumo pensando que se debe a las malas compañías.

La posición del analista se distingue de los intentos anteriores. Ellas esperan un discurso amo y se encuentran que tienen que arreglárselas con lo que les es propio, y así lo que es traído como una certeza, pasado un tiempo se transforma en un interrogante. A veces me pregunto: ¿si las adicciones no son síntoma para el sujeto adicto, no será el hijo adicto el síntoma de una madre y una madre como portadora de ese síntoma- hijo habla allí donde el hijo es a-dicto? Digo esto porque para muchas de ellas este problema se transforma en un enigma y es por eso que algunas veces se plantean encontrar una verdad.

En algunos tratamientos de las adicciones suele citarse a la familia o a algunos de sus miembros, sobre todo si se trata de pacientes jóvenes aun dependientes de los adultos o porque simplemente no aceptan tratarse. Es fácil encontrar la idea de que el malestar familiar se ubica en la adicción del hijo. En su gran mayoría, los familiares que son citados a las entrevistas, al poco tiempo comienzan a desertar de las mismas, exceptuando en general a las madres o aquellas que detentan esa posición a veces novias o esposas. Éstas, manifiestan más abiertamente su preocupación por los trastornos que la adicción del hijo causa en ellas y en la familia. Finalmente, estas mujeres terminan concurriendo solas a las entrevistas aún cuando el hijo abandonó el tratamiento o se mantuvo en la negación de hacerlo.

Una mujer en la primera entrevista dice: ?no sé ya que hacer, estamos desesperados, J, no le hace caso a nadie. Duerme de día y sale de noche, lo único que pide es plata y yo se la doy aunque el padre se enoje. Tengo miedo que salga a robar.? Que ella le diera dinero no evitó que la llamaran una vez de la comisaría pues el hijo estaba preso por robar. A pesar de su preocupación, esta madre y también el padre, que se desentendía del problema y la hacía responsable a ella de la conducta de su hijo, eran incapaces de limitar las demandas de éste, como era incapaz el marido de detener a su mujer que proveía al hijo en sus caprichos. Estas madres sienten que fracasaron en el intento de cambiar la relación del hijo con la droga, sin advertir que es la imposibilidad de ellas de cambiar su relación con el hijo, ya que ello abriría una posibilidad de frustración para el mismo, que en su afán de colmarse de lo imposible, no cesa en su demanda oral. Es que ellas y el resto de la familia también demandan que el hijo persista en esa posición pues una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.

¿Que un hijo elija el peligroso camino de la droga estará relacionado con ese vínculo tan estrecho que insiste en mantener con su madre o tal vez como un modo de evitar hacerse responsable en su salida al mundo o quizás para poner en ese lugar un punto de goce diferente o sustitutivo al que una madre puede ofrecer?

En las psicosis o pre-psicosis la droga puede actuar a la manera de suplencia, suplencia del nombre del padre.

En las perversiones y en las neurosis se pone en juego la renegación, sobre todo de algunos duelos por pérdidas importantes o como resistencia de los padres y de los hijos a ubicarse en posición de sujetos deseantes. La adicción a las drogas, me parece concurre a sustraer al sujeto de cierto empuje al incesto.

Cuando toda la familia renunció o rechazó al familiar adicto, la madre persiste en no dejarlo solo, es que tal vez de eso se trate, de no poder dejarlo solo. Lo llamativo de esto es la dimensión que adquiere para ellas el hijo adicto, por eso lo ubico aunque sea momentáneamente en el lugar del síntoma pues todo lo que pueda ocurrirle a ellas o al resto de la familia, está atravesado por ?la droga?, cualquier otra cuestión, a veces grave, pasa a ocupar un lugar secundario ¿La droga, qué lugar viene a ocupar entonces, cuando todo se ordena a través de ella? ¿Las relaciones intrafamiliares se hallan intoxicadas por lo que sólo uno consume y éste que consume, qué lugar ocupa? ¿Y estas madres que consultan en nombre de sus hijos, en calidad de qué se presentan?

De los relatos se extrae que del tema de la droga en general se habla poco o casi nadie quiere saber sobre el asunto hasta que algún acto del hijo adicto lo denuncia. ?De eso no se habla?, pero no se habla de muchísimas cosas más, son cosas que avergüenzan, que pueden poner al desnudo secretos inconfesables con los que muchas veces cargan los denominados adictos. ¿La escena que monta el adicto tendrá que ver con lo inconfesable en una familia?

Un joven que concurre a la consulta con sus padres resultó ser adoptado, adopción de la cual nunca estuvo informado ya que le fue ocultada cuidadosamente por la pareja paterna. La razón de este engaño por parte de los padres, fue el temor a que el hijo que ?los vive engañando?, se entere y se suicide al conocer la verdad, aún cuando el consumo de droga lo esté llevando a la muerte.

En una entrevista le pregunté si sabía por qué no había tenido hermanos o si los padres le habían dicho algo sobre eso. Él no sabía nada. Efectivamente el muchacho era adoptado, pero de una manera absolutamente renegatoria en el sentido en que estos padres no pudieron aceptar ni elaborar mínimamente su imposibilidad de tener hijos biológicos.. Los padres haciendo un pacto siniestro, juraron no decirle jamás al chico ni a nadie que era adoptivo. Sin embargo al ser detectado el secreto, se negaron a blanquearlo frente al hijo, que cometía innumerables desórdenes sobre todo en lo relacionado al cuerpo, como ingesta de alcohol, cocaína y anabólicos, cargando en ese cuerpo con el secreto y la culpa ?inconfesable? de sus padres.

La razón de este paciente para no crecer era clara. Si crece, puede enterarse de algo que sabe, pero que prefiere seguir ignorando. Sin embargo la mentira tuvo un efecto inesperado en él. Se casó y al poco tiempo recayó en la droga y volvió nuevamente a la consulta con los padres. No hablaba de su consumo sino de algo que lo había desilusionado, descubrió que su mujer le había mentido sobre una cuestión, ? si ella me hizo esto, yo ya no puedo creer en nadie?. Le dije que esta vez lo que lo traía no era la droga sino una mentira. Le pregunté que significaba esto para él, ?perder la fe? me contestó dolorido.

Volviendo a la relación entablada entre madres e hijos varones, esa que, según Freud, produce una satisfacción irrestricta, además de no ser ambivalente, puede llegar a ser mortífera. Freud pensaba en esa relación ideal, sin fisuras, es decir no agujereada, donde pareciera que no quedara lugar más que para el deseo de uno por otro. Lacan en cambio, advierte a los psicoanalistas en el Seminario 17 que hay algo muy importante a saber: ?el rol de la madre es el deseo de la madre. Es absolutamente capital porque el deseo de la madre no es algo que uno pueda soportar fácilmente pues engendra estragos? ?Un gran cocodrilo en cuya boca ustedes están ¿es eso la madre, no? No se sabe si de repente se le ocurre cerrar el pico: eso es el deseo de la madre?. Sin embargo para tranquilizar afirma ? .?.hay un hueso, un rodillo, que está en potencia, a nivel del pico, eso retiene, atranca, es lo que se llama el Falo, el rodillo que los protege si de pronto se cierra el pico?. De este modo Lacan metaforiza, valga la redundancia a la metáfora paterna. El problema es cuando no hay alguien que le ponga un hueso, un rodillo y a ella se le dé por tragarse a ese hijo, por comérselo, por creer que no tiene que soltarlo, que ese hijo tiene que hacerla gozar.

Sin embargo es indispensable que en las primeras etapas de la vida, la madre esté fuertemente unida al hijo, que ese sea su deseo, el que hará que el hijo sobreviva a las inclemencias de la vida, sobre todo cuando necesita protección, en los primeros estadios de la vida. La presencia de la madre dejará para siempre profundas marcas en la vida psíquica del sujeto y eso será necesario para el futuro, lo que no será necesario es la presencia constante del cuerpo de la madre ni para ella ni para su hijo, pues es allí donde los problemas se presentan.

Cuando una madre quiere ir más allá de la relación materna, el efecto será devastador. S. Lepoulichet nos recuerda el estado de perfusión de un cuerpo, un cuerpo extraño por no separado, es decir ?un cuerpo en común con la madre?.

Una madre a pedido del abogado de su hijo escondió la droga que éste tenía para vender y por lo cual la policía lo buscaba para detenerlo. En ese momento, la mujer que decidió comenzar poco tiempo antes un tratamiento y que se encontraba en entrevistas, hizo lo que el abogado exigió. En la segunda oportunidad que esto sucedió, la paciente me llamó para preguntarme qué debía hacer. Le pregunté qué era lo que quería hacer, aun sabiendo que en el llamado ya estaba implícito un deseo. Me dijo que no quería hacer lo mismo que la vez anterior, que estaba dispuesta a que su hijo pagara por su acto. Esta mujer, al poco tiempo inició su divorcio por la vía legal, después de siete años de separación conyugal, y le pidió a su hijo, que ya no vivía con ella, que hiciera cambio de domicilio en su documento, puesto que era donde figuraba la casa materna, donde la policía iba a buscarlo cuando éste se metía en algún problema. La intervención actuó a modo de separador.

Otra mujer se presenta a la consulta como una ?desocupada?, madre de un ex adicto. En las entrevistas el significante ?desocupada? adquiere sentido, quedó desocupada porque el hijo renunció a drogarse, pues le había llevado bastante tiempo y energías tratar de ayudarlo, ahora quedaba desocupada, agujereada y teniendo que enfrentar su problema conyugal.

¿Porqué tener un hijo adicto avergüenza y por eso se oculta? ¿No será que lo que avergüenza y hay que ocultar está en relación con la sexualidad, una relación que, por gozosa, quedó detenida en el tiempo? Algunas de estas madres están dispuestas a todo con tal de no perder a ese hijo. Se sienten engañadas, como amantes heridas porque el hijo eligió ese camino. Denominarlas como amantes es porque ocupan un lugar que tiene que ver más con el goce que con el deseo materno. ¿No será que es preferible ir matándose con la droga que desaparecer bajo las faldas de la madre? ¿Será en estos casos la adicción una huida del incesto?

Para terminar quiero aclarar que la reflexión acerca del encuentro con estas madres intenta tan sólo llevar una luz al origen de las oscuras patologías adictivas. El revés de la trama, la posición materna frente al hijo adicto siempre tiene una historia, ese tejido que se arma sobre la urdimbre o tal vez una confabulación que sin quererlo desencadena una tragedia.

Sin embargo esto no le quita responsabilidad al que comete el acto adictivo, ni responsabiliza del todo a las madres pues casi nunca están solas en esto, aunque muchas veces sí, se queden solas.

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