La dimensión teórica, histórica y política de la Didáctica: ¿reproducir o transformar?

Pablo Romero
pabloromero@netgate.com.uy Publicado el: 2004-04-11

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El desarrollo del campo de la didáctica se halla en una encrucijada. Su dinámica instrumental se encuentra fuera de sitio, ante el desarrollo de técnicas derivadas de la psicología en sus diferentes vertientes ...

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La dimensión teórica, histórica y política de la Didáctica: ¿reproducir o transformar?

por Pablo Romero

pabloromero@netgate.com.uy

Proyecto Arjé: www.arje.uy.nu

Presentación del problema

El presente artículo parte del análisis de la Introducción y capítulo primero de ?Didáctica: aportes para una polémica?, de Díaz Barriga. Me interesó trabajar respecto del texto de este autor, porque en él se encuentran varias posibles líneas de investigación, en posibles rumbos que además me resultan particularmente interesantes, todo lo cual no siempre es fácil de hallar.
En el texto trabajado, el autor logra forjar la hipótesis de un problema y dejar abierta la hipótesis de resolución del mismo. Veamos cuál es el camino recorrido:
El problema que genera la reflexión de Díaz Barriga es el del estado de situación del saber y el hacer didáctico:

? .... se hace cada vez más urgente el trabajo en relación con los problemas conceptuales de la didáctica, atendiendo a las posibilidades de su estructuración teórica.
El desarrollo del campo de la didáctica se halla en una encrucijada. Su dinámica instrumental se encuentra fuera de sitio, ante el desarrollo de técnicas derivadas de la psicología en sus diferentes vertientes (...) A la vez, la propia dinámica instrumental de la didáctica ha ahogado este pensamiento, impidiéndole que explicite su dimensión teórica. Más aún, prácticamente se ha negado esta dimensión al conocimiento didáctico. Para muchos autores, sigue siendo la parte aplicada de la educación.?

O sea, que la falta de dimensión teórica es el problema central que plantea Díaz Barriga al reflexionar sobre el estado actual de la didáctica. Y para revertir esta situación, el autor considera vital ?acceder a la dimensión histórico-social indispensable para la comprensión de la didáctica? , a la vez que combatir la ignorancia que existe sobre este saber, el cual erróneamente se tiende a reducir a propuestas técnico-instrumentales que sirvan para manejar de mejor forma la exposición de un tema en una clase. Problemas que surgen de una concepción epistemológica de la didáctica arraigada en las condicionantes sociohistóricas del desarrollo de la misma, en donde corrientes como el positivismo y el funcionalismo fueron adueñándose del timón de conducción, precisamente por ser las adecuadas para el desarrollo industrial que surge de la modernización capitalista:

?Así, la adopción de la tecnología educativa, como opción instrumental, científica y como expresión de una pedagogía industrial, permite ?garantizar? una formación de acuerdo a una nueva racionalidad: la formación eficiente de recursos humanos para el desarrollo industrial.?

La pedagogía, pues, se adapta a las exigencias del proceso de industrialización y con ella queda marcada también la suerte para la didáctica, todo lo cual se ve actualmente agravado porque ?... el problema es mucho más complicado cuando observamos la falta de legitimidad social que en este momento tiene el conocimiento educativo en general y didáctico en particular.?

Esa falta de legitimidad está sustentada en lo que el autor denomina como ?ignorancia social? respecto de la didáctica y que se funda en una ?ignorancia de interpretación?.
Díaz Barriga hace una distinción entre teoría y la aplicación técnica, y advierte sobre el demasiado hincapié que se hace sobre ésta última, lo cual ha ido en menoscabo del saber teórico. El autor buscará una articulación entre teoría y técnica, partiendo de la necesidad de revalorizar el marco teórico de la didáctica, lo cual le permitirá evitar el corte existente entre el hacer metodológico y los fundamentos conceptuales e históricos de dicho hacer. Pues, aunque implícito, toda elección técnica supone un marco teórico. Y retomando categorías kantianas, propone la articulación entre una ?razón pura?, teórica, y una ?razón práctica?, centrada en la acción y la conducta humana, lo cual, destaca, supone partir de un modelo teórico.
Restringir, entonces, la didáctica a la parte aplicada, de instrumentalización técnica de la educación, es negar su triple condición de disciplina teórica, histórica y política:

?Es teórica en cuanto responde a concepciones amplias de la educación (y esto la engarzaría a una teoría de la educación), de la sociedad, del sujeto, etc. Es histórica en cuanto sus propuestas son resultados de momentos históricos específicos (...) responden a un conjunto de condiciones sociales. Es política porque su propuesta se engarza a un proyecto social (...) es la adopción de un conjunto de políticas globales desarrollistas la que fue determinando que el pensamiento didáctico fuera sustituido por uno tecnológico.?

En este punto quedaría planteada la hipótesis del problema según Díaz Barriga, cuya resolución queda abierta, apenas esbozada como un reclamo:

?Finalmente, este esbozo reclama desarrollar no sólo otra perspectiva del conocimiento didáctico, sino estudiar la conformación de este campo desde diversos saberes sociales. Sólo abordando con rigor la producción de conocimientos en este ámbito, la didáctica podrá adquirir un estatus en el conocimiento educativo.?

Filosofía, democracia y didáctica

Díaz Barriga apunta a la dimensión teórica de la didáctica, teniendo siempre presente su condición histórica y política. En este marco teórico, es que quiero ir al rescate de la condición propedéutica de la enseñanza: la reflexión filosófica. Para esto debemos ubicar a la filosofía no en el terreno de ciertos esencialismos y meros devaneos metafísicos como los que critica Díaz Barriga, y que en su momento fueran exitosamente atacados por el positivismo en el terreno teórico de la pedagogía, sino en un papel ético-político, apuntando a esa ?razón práctica? que reclama dicho autor. Razón práctica que esté directamente relacionada con el rol docente y la posibilidad de cambiar las condiciones de nuestra actual forma de democracia tecnócrata, economicista y gestora de varias desigualdades de signo negativo. Filosofía, democracia y educación, se tornan palabras claves en nuestro actual contexto histórico-político y la dimensión teórica de la didáctica no puede sino asumir esta situación. Como queda claro en el texto trabajado, la didáctica nunca desempeña un papel neutro.
La educación es una forma de participación social y un espacio vital de formación ciudadana. Por ello, nunca es un espacio políticamente neutral y siempre está en el centro de las tensiones que generan los diferentes intereses que se ciernen sobre ella.
Pues, la didáctica, restringida a la instrumentalización, queda dominada bajo ciertos marcos conceptuales actualmente hegemónicos. Por otra parte, si hablamos de didáctica de la filosofía, que es la que por mi tarea docente me interesa particularmente, hablamos del papel de la filosofía en la educación. Y desde allí quizás sea menos pensable un papel ingenuo y de obediencia del orden dado.
Recientemente, en una charla en el IPA dictada por Mauricio Langón, en el marco de las ?Jornadas de perfeccionamiento para profesores de enseñanza media? (2003), éste relacionaba precisamente el papel de la enseñanza de la filosofía con la conformación de una democracia capaz de revertir la actual situación de desigualdad socioeconómica y de crisis de valores humanistas. Señalaba Langón la necesidad de educar para la subjetividad filosófica, indicando que esto implicaba una transformación de la filosofía desde la práctica de la enseñanza de la filosofía. Y el pensar la democracia como discusión pública y los liceos como parte de esos espacios públicos.
En este marco, me pregunto si la didáctica, como espacio central de la formación docente, no debe preguntarse primeramente si está al servicio del disciplinamiento y el orden social establecido y si su tarea política e histórica es reproducir o transformar.

El papel político de la educación en los 90?

Llegado a este punto de la tarea emprendida, terminé relacionándome con una serie de textos que problematizan el papel de la formación docente. Los textos trabajados pertenecen a Tiramonti (?Regulación social y Reforma Educativa?), Tenti (?Una carrera con obstáculos: la profesionalización docente?), Feldfeber ( ?La formación de los docentes: un problema de calidad?) y Abal de Hevia. (?Concepciones y tendencias en la formación docente?).
Partí del texto de Guillermina Tiramonti, en tanto aporta la visión más panorámica de la situación, a la vez que brinda las claves del tema que creo es más interesante de analizar. Tiramonti visualiza las consecuencias que se desprenden de las agendas sociales de los 90?, preocupadas por la integración, reproducción y regulación de las sociedades, algo que nos retrotrae a las épocas de la fundación y estructuración de la modernidad, la cual echó sus raíces de regulación y control social, entre otros puntos, en la constitución de un sistema educativo que contribuyó a definir las identidades ciudadanas, circunscribiéndolas a los intereses del orden establecido. Abal de Hevia se refiere al tipo de docente que responde a este modelo fundacional como aquel al que se le indicaba qué debía ser y hacer. Era adiestrado en una visión homogénea de la realidad, inmerso en una lógica disciplinadora. Identifica al prototipo de modelo docente para esta concepción como aquel formado en parámetros de eficacia y eficiencia, basadas ambas en el dominio técnico de los métodos de enseñanza. Este tipo de profesor responde a esos mecanismos de control que comenzaron a no ser completamente eficaces en su tarea desde el momento en que el sistema capitalista de mercado generó una marginación social y económica tal que hace poco competente ?de cara a dicho mercado capitalista- a muchas sociedades. Se repite, entonces, la necesidad de generar nuevos marcos de regulación social, que permitan, como otrora, sacar de su estado de ?diríamos en este contexto histórico - ?feudalismo moderno? a todos aquellos países y/o sectores sociales que desde las tiendas de quienes marcan el rumbo del orden económico mundial crean conveniente. Si bien no se puede decir que algunos países estemos todavía en las épocas del sistema feudal, está claro que cuando nos piensan desde el poder económico mundial plantean una especie de analogía con lo que fue la salida del feudalismo hacia la modernidad. Entienden que nos hemos quedado en las primeras etapas de esa salida y que es necesario aggiornarnos a las exigencias del actual estadio capitalista. La diferencia que se plantea en el caso del texto de Tiramonti es que mientras en el proyecto modernista la escuela funcionó como un elemento civilizador de corte universalista y nacionalista, las reformas de los 90? apuesta a lo local, al espacio más propio de los sujetos involucrados en el hecho educativo, lo que representa un consciente giro estratégico, más allá de que la idea de concebir a la educación como un medio para un fin fundamentalmente económico y como un elemento de control social sea la misma.
Para poder examinar la formación docente desde el papel social que juega el educador, debemos referirnos al rol social en el que quedan definidos los sistemas educativos, a los cuales el docente responde en sus expectativas. En este marco, la formación docente debe apuntar a una particular forma de difundir y producir el saber. Feldfeber señala en su texto que los planes de formación docente funcionan como elementos de control social. Se instala, dentro de estos objetivos, un modelo educativo con fuerte acento en la competitividad económica de los países. Y así, el espacio pedagógico, clave en la formación del docente, queda circunscrito a una epistemología utilitaria, en donde ?el conocimiento se legitima por su valor de cambio y no de uso. La eficacia es la nueva medida de valor para el trabajo pedagógico.?
Las palabras claves del nuevo orden educativo, subordinado a la actividad económica mundial, pasan a ser: competitividad, eficiencia y eficacia.
Se busca un perfil docente acorde con el profesional competente que se pregona que nuestros tiempos requiere. En este sentido, Tenti coincide con Abal de Hevia al señalar las dificultades de dicha tarea, desde el mismo momento en que el puesto docente parece ser uno de los puestos más estructurados e institucionalizados de la sociedad. La posibilidad de cambio pasaría por dar con aquellas subjetividades, aquellos sujetos con determinado perfil y no otro, que sean aptos para llevar adelante transformaciones, desestructuraciones. Y este el punto en el cual retomo la necesidad de apelar al papel político transformador de la didáctica y, particularmente, de la didáctica de la filosofía.
El problema para Abal de Hevia es que la formación docente tiene un anclaje en lo institucional que, dado que actualmente la organización institucional está bajo un control externo (los organismos crediticios internacionales, metidos a educadores), la hace quedar expuesta a prescripciones externamente establecidas. El control social de la institución educativa por parte de los centros de poder y toma de decisión aparece claramente.
La formación docente vinculada a la acepción de educación como un espacio de disciplinamiento y homogeneización social, es lo que se funda en siglo XIX y es lo que la autora entiende todavía subsiste en las prácticas y el imaginario docente.
Parece ser que los polos están entre la necesidad de tener en el sistema a quienes Abal de Hevia caracteriza como docentes intelectuales críticos ?aquellos capaces de cuestionar el papel del docente en la producción y reproducción del orden y el disciplinamiento social, y hacer algo en consecuencia- y aquellos docentes que Tenti identifica realizando tareas repetitivas, carentes de reflexión y fuerza de transformación significativa de su propia práctica. Giroux, citado por Feldfeber en su texto, dirá que es necesario que en el proceso de formación de los docentes se logre germinar esas semillas que representan ciertos sujetos críticos capaces de encarar la tarea de generar tomas de conciencia radicales e imaginativas respecto de la tarea docente y su situación de tarea reproductora al servicio de los intereses de turno en el poder económico-político.
En este punto, la relación entre formación docente y disciplinamiento social, resulta medular para analizar el papel de la didáctica dentro de la formación docente.
Foucault y Giroux son ahora los autores con los cuáles ?converso? respecto de esta temática.

¿Reproducir o transformar?

La formación docente debe tener por principal interrogante a contestar: ¿los docentes deben ser agentes de reproducción o sujetos de transformación? La respuesta está en relación con la problemática de resolver una formación docente al servicio del disciplinamiento y el orden social establecido o una formación docente como eje central de una educación liberadora, cuya consecuencia inmediata sea la construcción de una democracia fundada en un imaginario social autónomo, crítico y creativo, que permita revertir el actual estado de desigualdad socioeconómica. Como vimos en el punto anterior, son tiempos donde desde el poder económico- político hegemónico se planifica una formación docente al servicio de sus intereses. En este marco, el docente cumple el rol de agente reproductor de un modelo de sociedad fundamentada por las peripecias de los mercados económicos. Y la educación se convierte en un mecanismo social de reproducción del orden establecido. En este sentido, para comprender este mecanismo, me parece apropiado aterrizar en lo que Foucault plantea al respecto.

Foucault: las relaciones saber/poder. La institución escolar como espacio de disciplinamiento social

El poder es uno de los temas importantes en la obra de Foucault. A su estudio lo denomina ?analítica del poder?. Desde su perspectiva, el hombre se ha hecho a través del ejercicio del poder, que aparece como una estructura que empapa toda la sociedad con múltiples manifestaciones de fuerza. Su obra Vigilar y castigar hace un repaso histórico de la evolución del control social desde el castigo corporal (explícito) hasta el control de la conducta (implícito en el dominio del ?alma?). Esta evolución ha dado origen a las llamadas instituciones de secuestro (hospitales, fábricas, reformatorios, prisión, escuela) que son características de nuestra sociedad contemporánea y cuya función es la transformación de la vida de los hombres en fuerza productiva.
La sociedad actual es disciplinaria, afirma Foucault, debido a las formas de prácticas penales que la caracterizan; a las relaciones de poder que subyacen a estas prácticas; a las formas del saber; a los tipos de conocimiento y los tipos de sujeto de conocimiento que emergen a partir de y en el espacio de esta sociedad, cuyo rasgo dominante es el panoptismo. El panoptismo es una forma de saber que se apoya en el examen y se organiza alrededor de la norma, con el fin de controlar a los individuos durante toda su existencia. Los tres rasgos del panoptismo -vigilancia, control y corrección- constituyen una dimensión fundamental y característica de las relaciones de poder que existen en nuestra sociedad.
Esta forma del saber-poder da origen a las ciencias humanas (psicología, psiquiatría, pedagogía, sociología, etc.), cuyo objeto de estudio es el hombre y que extraen su saber ? poder de la observación de los individuos mismos. Así, pues, saber y poder están sólidamente enraizados y arraigados en lo que constituye las relaciones de producción. Para él, la Escuela forma parte de las instituciones que tienen por objetivo ligar al individuo al proceso de producción, formación o corrección de los productores, lo cual habrá de garantizar la producción ( y a los ejecutores materiales de la misma) en función de una determinada norma. Es preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al aparato de producción, que éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia de los hombres. Este es el sentido y la función del control que se ejerce. Estas instituciones también duplican el modelo del poder judicial. Por ejemplo, en el sistema escolar todo el tiempo se castiga y se recompensa, se evalúa, se clasifica, se dice quién es el mejor y quién el peor. Asevera que hay un saber que es extraído de los individuos mismos, a partir de sus propios comportamientos, a partir de la observación, y que permite ejercer un poder sobre éstos.
¿Cómo podemos relacionar la posición de Foucault con el problema de una formación docente al servicio de las necesidades del capitalismo? Foucault cree que ?no puede admitirse pura y simplemente el análisis tradicional del marxismo que supone que, siendo el trabajo la esencia concreta del hombre, el sistema capitalista es el que transforma este trabajo en ganancia, plus-ganancia o plus-valor. En efecto, el sistema capitalista penetra mucho más profundamente en nuestra existencia. Tal como se instauró en el siglo XIX, este régimen se vio obligado a elaborar un conjunto de técnicas políticas, técnicas de poder, por las que el hombre se encuentra ligado al trabajo, por las que el cuerpo y el tiempo de los hombres se convierten en tiempo de trabajo y fuerza de trabajo y pueden ser efectivamente utilizados para transformarse en plus-ganancia. Pero para que haya plus-ganancia es preciso que haya sub-poder, es preciso que al nivel de la existencia del hombre se haya establecido una trama de poder político microscópico, capilar, capaz de fijar a los hombres al aparato de producción, haciendo de ellos agentes productivos, trabajadores. La ligazón del hombre con el trabajo es sintética, política; es una ligazón operada por el poder. No hay plus-ganancia sin sub-poder. Cuando hablo de sub-poder me refiero a ese poder que se ha descrito y no me refiero al que tradicionalmente se conoce como poder político; no se trata de un aparato de Estado ni de la clase en el poder, sino del conjunto de pequeños poderes e instituciones situadas en un nivel más bajo. (...) Si es verdad lo que digo, ni estos saberes ni estas formas de poder están por encima de las relaciones de producción, no las expresan y tampoco permiten reconducirlas. Estos saberes y estos poderes están firmemente arraigados no sólo en la existencia de los hombres sino también en las relaciones de producción. Esto es así porque para que existan las relaciones de producción que caracterizan a las sociedades capitalistas, es preciso que existan, además de ciertas determinaciones económicas, estas relaciones de poder y estas formas de funcionamiento de saber. Poder y saber están sólidamente enraizados, no se superponen a las relaciones de producción pero están mucho más arraigados en aquello que las constituye.?
Queda claro que Foucault huye del determinismo estructural (ya sea éste económico, político o social) para centrarse sobre todo en las formas de subjetividades que se generan a partir de las relaciones saberes/poderes, a través de una determinada red de prácticas de poder y de instituciones coactivas, entre las que cuenta la institución educativa. ?No hay un punto específico origen del Poder, sino que se trata de una red que atraviesa todo tipo de aparatos e instituciones. En tanto que el poder no conforma una institución o superestructura, constituiría, entonces, la denominación dada a una situación estratégica compleja que resulta inherente a un momento social específico, sin referir a una entidad capaz de ser adquirida, compartida o conservada sino ejercida ?a partir de innumerables puntos?, y en el juego de relaciones móviles no igualitarias.? Y entiende que ?La verdadera tarea política en una sociedad como la nuestra consiste en criticar el trabajo de las instituciones en apariencia neutrales e independientes; la violencia que siempre se ha ejercido de manera solapada por su medio quedará desenmascarada, de forma que podamos combatir el miedo.? Así, el poder sólo existe en una relación marcada entre ese par inseparable que es, por un lado su ejercicio y por el otro, la resistencia a ese mismo ejercicio. Par indisoluble, siempre presente, par de fuerzas siempre en continua tensión.
Pero en su tratamiento de la resistencia, de la superación de esos sutiles mecanismos del Poder, uno queda con la sensación de que Foucault no logra visualizar una salida clara. Para él, el poder teje sus hilos de maneras misteriosas y todo foco rebelde termina siendo capturado y adaptado por el poder a sus propios fines. De hecho, las resistencias conforman las relaciones de Poder. ?La existencia del Poder conlleva necesariamente la existencia de una compleja serie de resistencias que le son biunívocamente correspondientes. Dicha correspondencia supone el establecimiento de una serie de relaciones dadas dentro de una multiplicidad de puntos que jugarían el rol de adversarios, omnipresentes a través de toda la red del Poder. De allí que Foucault señale que no existe un solo punto particular de rechazo, y que tampoco es probable una localización puntual de ausencia de Poder. (...) Tales resistencias, resultan pasibles de adquirir distribuciones irregulares, de forma tal que pueda establecer en el continuo del Poder, focos de resistencia diseminados, con mayor o menor intensidad, tanto temporal como espacialmente?
Foucault nos resulta vital a la hora de descifrar las redes de Poder, a la hora de entablar una sospecha crítica respecto de nuestra formación docente y del papel reproductor de la educación, inserta ésta en sociedades de control, pero nos resulta tibio a la hora de ensayar alternativas viables a esta situación. Foucault tiene el mérito de ?abrirnos los ojos? para que veamos la sutileza, la microfísica del Poder. Nos muestra el terrible poder del Poder, que está interiorizado en nosotros. Pero llega hasta allí. No ensaya respuestas ?macro? y a lo sumo nos sugiere una senda, la de las respuestas ?micro?: el comenzar por liberarnos de nosotros mismos.
En definitiva, desde el punto de vista del análisis político-social, Foucault desarrolla herramientas conceptuales que nos permiten ampliar y enriquecer nuestra comprensión de los conflictos sociales en donde la relación poder/conocimiento juega un papel relevante. El cuestionamiento de las relaciones y las sutilezas del poder es una tarea política incesante, pero es necesario ir más allá para ejercer una resistencia que logre transformaciones radicales. La formación docente, en tanto espacio estratégico, debe ser uno de los ámbitos que posibiliten esas transformaciones radicales, que anule la tarea histórica de la educación como herramienta de reproducción y disciplinamiento social al servicio de los intereses establecidos desde el Poder.
Y en este sentido es que, tras bucear en lo que Foucault nos aporta (y lo que no), voy al encuentro de Giroux.

Giroux: la resistencia

Giroux pone de manifiesto que el lenguaje de los teóricos reproductivistas vincula a las escuelas primordialmente con el discurso y las relaciones sociales de la dominación. Desde esa óptica, las Escuelas sólo sirven como agencias de reproducción social que producen trabajadores obedientes al Estado. ?En el sentido más general, las teorías de la reproducción toman el problema de cómo funcionan las escuelas en beneficio de la sociedad dominante como su preocupación central. De manera diferente a las ideas del funcionalismo estructural, ellas rechazan los supuestos de que las escuelas son instituciones democráticas que promueven la excelencia cultural, que el conocimiento está exento de valoración, y los modos objetivos de instrucción. En lugar de esto, las teorías de la reproducción se enfocan en cómo el poder es usado para mediar entre las escuelas y los intereses del capital. Dejando de lado, la perspectiva oficial de la escolarización, esas teorías enfocan su análisis en cómo las escuelas utilizan sus recursos materiales e ideológicos para reproducir las relaciones sociales y las actitudes necesarias para sostener las divisiones sociales de trabajo que se requieren para la existencia de relaciones de producción. (...) El punto aquí es que hay algunas deficiencias serias en las teorías de la reproducción existentes, la más importante de ellas es el rechazo a proponer una forma de crítica que demuestre la importancia teórica y práctica de las luchas contrahegemónicas. Al fallar en el reconocimiento del grado en el que los oprimidos están constituidos por el capital o en no reconocer esos aspectos de la vida diaria a los cuales la ideología capitalista es indiferente, las teorías reproductivistas están atrapadas en la lógica reduccionista que parece estar en contradicción con la finalidad o hasta con la posibilidad de desarrollar una teoría radical de la educación. En otras palabras, ni la promesa de la enseñanza de oposición ni la más circundada tarea del cambio social radical representan un momento importante en esta perspectiva.?
Por otra parte, señala que en los enfoques liberales y conservadores dominantes, la escolaridad aparece como un conjunto de reglas y prácticas regulatorias despojadas de ambigüedad, contradicciones y paradojas. Las escuelas, en tanto instituciones, son presentadas como sitios donde no hay vestigios de lucha ni de actividades contestatarias ni de política cultural. Rara vez se las ve como parte de un proceso socialmente construido, determinado históricamente y mediado por relaciones institucionalizadas de clase, género, raza y poder. ?Tanto en las versiones liberales como en las conservadoras, la teoría educativa ha estado firmemente atrincherada en la lógica de la necesidad y la eficacia, y ha sido mediada a través del discurso político de la integración y el consenso. Esto llega a ser claro si se reconoce que las nociones como conflicto y lucha son minimizadas o ignoradas en el discurso tradicional de la teoría y práctica educativas. Más específicamente, la perspectiva parsoniana de la escolarización (1959), que argumenta la interpretación de las escuelas como instituciones neutrales diseñadas para suministrar a los estudiantes el conocimiento y habilidades que necesitan para desempeñarse exitosamente en la sociedad, tendió las bases para una sociología de la educación que rechazaba cuestionar la relación entre las escuelas y el orden industrial. Una consecuencia de esta perspectiva fue que la estructura e ideología de la sociedad dominante fueron interpretadas aproblemáticamente. De manera similar, se mantuvo un inquietante silencio con relación a cómo las escuelas podrían ser influidas, determinadas y moldeadas por grupos de interés que se sostenían y beneficiaban de las desigualdades políticas, económicas, raciales y de género ...?
Estas visiones no consideran el espesor cultural de las instituciones educativas sino solamente para la reproducción social o como terreno neutral donde el capital cultural de los docentes está destinado (y si no lo está, debería estarlo) a medir y objetivar el de sus alumnos. Pero avancemos un poco más en este punto, de reflexión teórica, como forma de ir respondiendo, también, en parte a esa exigencia de Díaz Barriga de centrarnos en la dimensión teórica de la didáctica.
Giroux va más allá en el campo de la teoría y el discurso crítico, superando tanto las teorías de la reproducción social (Althusser, Bowles y Gintis,) como las de la reproducción cultural (Bourdieu y Passeron, Bernstein). Sobre la primera señala: ? (...), tanto Althusser (1971) como Bowles y Gintis (1976) fallaron tanto en su definición de hegemonía, al no hacerla en términos que postularan una relación dialéctica entre poder, ideología y resistencia, como al no ofrecer un marco de referencia para desarrollar una forma viable de pedagogía radical. Ambas posturas relegan la intervención humana a un modelo pasivo de socialización que hace demasiado énfasis en la dominación, mientras que ignora las contradicciones y las formas de resistencia que también caracterizan a los sitios sociales como son las escuelas y el lugar de trabajo. Además, ambas posturas enfatizan la noción de reproducción social a expensas de la reproducción cultural, y a pesar de la insistencia de Althusser en el papel de la ideología como mecanismo de dominación, el concepto esencialmente funciona para mistificar más que para explicar cómo la gente resiste, escapa o cambia el ?aplastante? peso del orden social existente.
También es importante hacer notar que, en estas perspectivas, los mecanismos de poder y dominación no sólo están poco desarrollados o ignorados, sino que también existe una falla al considerar que la dominación es siempre total, o que el poder en sí mismo no es más que una fuerza negativa que se puede reducir a la esfera económica o al aparato del Estado.? En este punto volvemos a encontrar la importancia del análisis de los mecanismos de poder que realiza Foucault, de su hundirse en la sutileza del poder más allá de las macroestructuras económicas, políticas, etc.
Respecto de las teorías de la reproducción cultural, Giroux objetará que ?tanto Bordieu como Bernstein se limitan a una versión de la dominación en la que el círculo de la reproducción parece irrompible. A pesar de los profundos comentarios acerca de la forma y sustancia de la reproducción cultural, los actores sociales ?como posibles agentes de cambio- desaparecen en estos supuestos, de la misma forma que lo hacen las instancias de conflicto y contradicción. Aunque ambos teóricos suministran análisis que aclaran la relativa autonomía de las escuelas y la naturaleza política de la cultura como fuerza reproductiva, Bordieu y Bernstein terminan por ignorar o minimizar las nociones de resistencia y lucha contrahegemónica. Como resultado, sus planteamientos son limitados e incompletos.?
Rumbo a su propia teoría de la resistencia, Giroux encuentra en las teorías de la resistencia de las corrientes neomarxistas (Willis, Apple, Olson, etc) un desarrollo teórico importante, más cercano a su pedagogía radical. ?Sus intentos de vincular a las estructuras sociales con la intervención humana para explorar la forma en que interactúan de manera dialéctica representa un avance significativo por encima de supuestos funcional-estructuralistas e interaccionistas. (...) Las teorías de la resistencia ofrecen un estudio de la forma en que clase y cultura se combinan para ofrecer descripciones en términos de política cultural. Central para tales políticas es la lectura semiótica del estilo, rituales, lenguaje y sistemas de significado que constituyen el campo cultural del oprimido. A través de este proceso se hace posible analizar qué elementos contrahegemónicos tienen esos campos, y cómo tienden a incorporarse dentro de la cultura dominante para ser desmantelados por sus posibilidades políticas. Implícito en tal análisis está la necesidad de desarrollar estrategias en las escuelas en las que las culturas de oposición pudieran suministrar las bases para una fuerza política viable.?
Pero Giroux también marca las debilidades que presentan las teorías neomarxistas de la resistencia: ?...aunque los estudios de la resistencia señalan los sitios sociales como ?espacios? en los que la cultura dominante es enfrentada y desafiada por grupos subordinados, esos estudios no han conceptualizado adecuadamente la génesis de las condiciones que promueven y refuerzan los modos contradictorios de resistencia y lucha. En otras palabras, lo que está ausente en esta perspectiva son los análisis de esas determinantes históricas y culturales mediadas que producen un rango de conductas de oposición, sin mencionar las diversas formas que son experimentadas por grupos subordinados. Dicho de manera simple, no todas las conductas de oposición tienen un ?significado radical?, ni toda conducta de oposición está enraizada en una reacción a la autoridad y a la dominación. El punto aquí es que ha habido muy pocos intentos de los teóricos educativos por comprender cómo los grupos subordinados incorporan y expresan una combinación de ideologías reaccionarias y progresistas, ideologías que subyacen a la estructura de la dominación y al mismo tiempo contienen la lógica necesaria para superarla.?
Y en esta acotación final está el punto de Giroux: la superación de la situación de subordinación al orden hegemónico, de la tarea reproductiva, a través de una radical resistencia contrahegemónica.
En su teoría de la resistencia, el rol de la cultura, y específicamente del lenguaje, como constitutivo de los procesos de institucionalización es clave, Desde su perspectiva se entiende que lo cultural y lo político juegan un papel central en la construcción histórica de la escolaridad, inmerso en un proceso social de producción de significaciones. El educador es concebido como un trabajador cultural y la educación como una cultura política.
Las escuelas son entendidas como sitios sociales en donde para ejercer la resistencia tiene mucho que ver la lógica de la moral y la indignación política de los grupos subordinados. Giroux entiende que es necesario comprender las complejas formas del poder, incluso superar a Foucault. ? ...la resistencia añade una nueva profundidad teórica a la noción de Foucault (1977) de que el poder trabaja para ser ejercido sobre y por la gente dentro de diferentes contextos que estructuran las relaciones de interacción de la dominación y la autonomía. Lo que se subraya aquí, es que el poder no es unidimensional; es ejercido no sólo como modo de dominación sino también como acto de resistencia o como expresión de una forma creativa de producción cultural y social fuera de la fuerza inmediata de la dominación. (...) claramente en la conducta de los grupos subordinados hay momentos de expresión cultural y creativa cuya forma está dada por una lógica diferente, sea existencial, religiosa o de otra índole. En estas formas de conducta así como en los actos creativos de resistencia, han de ser encontradas las imágenes fugaces de libertad.?
Para Giroux también juega un papel importante un elemento no siempre tenido en cuenta: la esperanza. ?Finalmente, inherente a la noción radical de resistencia existe una esperanza expresa, un elemento de trascendencia, para la transformación radical, una noción que parece estar ausente en una serie de teorías radicales de la educación, que aparecen atrapadas en el cementerio teórico del pesimismo orwelliano.?
Pero no todas las conductas de oposición forman parte de la resistencia: ? ...se debe subrayar enérgicamente que el valor esencial de la noción de resistencia tiene que ser medido no sólo por el grado en que promueve el pensamiento crítico y la acción reflexiva sino, de manera más importante, por el grado en el que contiene las posibilidades de estimular la lucha política colectiva alrededor de problemas de poder y determinación social.?
Poniendo un ejemplo de lo que no representa un acto de resistencia, señala:
?Recientemente, escuché a una educadora ?radical? decir que los maestros que corrían a sus casas después de salir de la escuela estaban de hecho, cometiendo actos de resistencia. Al mismo tiempo afirmó que los maestros que no preparaban las clases para sus alumnos también estaban participando en una forma de resistencia. Por supuesto, es igualmente discutible que los maestros en cuestión simplemente fueran flojos o que les importara muy poco enseñar, ya que lo que de hecho se estaba mostrando no era resistencia sino un comportamiento imperdonable, poco profesional y nada ético.?
En Giroux ? al igual que en Paulo Freire, con quien el autor compartió posiciones- se recupera para la educación la conexión fundamental entre ésta y la idea de emancipación humana (y es la idea que intentó recoger para nuestra formación docente y la didáctica de la filosofía en particular) .
Para Giroux, los docentes tenemos un papel vital en la construcción de una sociedad más democrática y humana. Y en ese papel no hay que abandonar lo que Foucault señalaba respecto de la interiorización del poder en las actividades cotidianas de los sujetos. No es cuestión de hundirse en discursos que apunten a lo macro y que en definitiva olvidan las necesidades cotidianas de los sujetos que se pretende emancipar. Giroux ve claramente este punto, cuando señala que ?los pedagogos radicales tendrán que abandonar la política izquierdista tradicional de asustar a los oprimidos con los límites de un discurso unitario. Ellos tendrán que insertar de nuevo la noción de lo concreto en una teoría de pedagogía radical y tomar en serio las necesidades específicas, problemas y preocupaciones de la vida diaria. La idea es, por supuesto, vincular lo personal y lo político a fin de comprender cómo el poder es reproducido, mediado y resistido en el nivel de la experiencia diaria.?
El ?educador radical? debe trabajar en torno a los problemas directamente relacionados con la vida diaria de los sujetos y con su capital cultural. Actuar no simplemente como docentes, sino como ciudadanos luchando para establecer una democracia social y económica. Esto, significa también tomar riesgos, comprometerse con la transformación radical de nuestra actual sociedad y con la creación de un futuro que implique un nuevo conjunto de posibilidades humanas. Sólo así se puede crear una esfera pública alternativa.
?Es un llamado a crear modos alternativos de experiencia, esferas públicas que afirmen la fe propia en la posibilidad de correr riesgos creativos, de comprometer la vida para enriquecerla; significa apropiarse del impulso crítico para dejar clara la distinción entre la realidad y las condiciones que encubren esas posibilidades.?

Resumen y conclusiones

En la parte introductoria del trabajo señalo la posición de Díaz Barriga respecto de la necesidad de revalorar la dimensión teórica de la didáctica, la vez que visualizar su condición histórica y política. A continuación, intento establecer las relaciones entre filosofía, educación y democracia. Y de allí el rol del docente y la problemática de la actual situación de la formación docente, al servicio de la lógica eficientista del mercado, dejando planteada la relación entre formación docente y disciplinamiento y orden social establecido.
Luego, se marcaba que Foucault desnuda desde lo micro esa relación, y nos señala las sutilezas del Poder. Y que con Giroux recuperamos el espacio de construcción de una educación liberadora, en donde los docentes debemos ser ?intelectuales? en el sentido de tener una práctica reflexiva y no repetidora, para convertirnos entonces en agentes transformativos. Considero que esta es una dimensión política esencial a la educación y eje de toda asunción teórica respecto de la didáctica y la práctica docente de la filosofía.
La formación docente debe ser un espacio de resistencia y transformación, de emancipación y no de mera reproducción. En último caso, aún cayendo en el pesimismo de declarar imposible la tarea, no debería dejarse de lado en ningún momento, pues la ética docente ?que entendemos debería fundarse en los planos de emancipación ontológica del individuo y el colectivo- no debería basarse en parámetros de posibilidades.

? (...) La idea de que las escuelas pueden construir una nueva sociedad es parecida a la idea de que el mundo será redimido por los niños o que los niños de alguna manera salvarán a los adultos. Creo que ambas ideas son incorrectas. Nosotros no podemos dejar a nuestros niños la responsabilidad de redimir al mundo que echamos a perder, o cuando menos presenciamos ser destruido (....) yo no creo que un nuevo orden social puede ser construido a través de las escuelas. Sí creo que las escuelas serán una parte esencial de un nuevo orden que es construido a través del esfuerzo cooperativo de todos nosotros: maestros, mineros, obreros, profesionales- toda la gente que cree en el imperativo moral y social de lucha por un nuevo orden. Por lo tanto, encuentro que la cuestión crucial no debería ser, ?¿tienen las escuelas el poder para cambiar la sociedad?? sino, ?¿qué poder pequeño podemos usar para trabajar con otros para cambiar a la sociedad?? y si comenzamos a cambiar a la sociedad, ¿cuál será el papel de nosotros como maestros en la construcción de un nuevo orden duradero?. (Kohl, 1980)?
Bibliografía consultada

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