LA TERCERA MUJER de Gilles Lipovetsky

Por Viviana Erazo y Pilar Maurell

Publicado el: 2001-10-15


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El filósofo francés Gilles Lipovetsky expuso las tesis de su último libro:"La Tercera Mujer: permanencia y revolución de lo femenino".

http://www.fempress.cl/204/revista/tercera.html


(FEMPRESS) Desde hace tres décadas, se mueve en la escena del mundo occidental una mujer que conquistó el poder de disponer de sí misma, de decidir sobre su cuerpo y su fecundidad, el derecho al conocimiento y a desempeñar cualquier actividad. Sin embargo, dice el filósofo e investigador francés Gilles Lipovetsky, este cambio "no significa una mutación histórica absoluta que hace tabla rasa del pasado. Nos equivocamos, yo incluido, cuando creímos que se había instalado un modelo de similitud de los sexos, es decir, un proceso de intercambiabilidad o de indistinción de los roles masculino y femenino".
El libro "El segundo sexo", (1949), como Simone de Beauvoir definió al ser femenino por su subordinación al hombre, ya no describe la nueva condición de la mujer. Después de los años 60s y las transformaciones sociales y culturales que tuvieron lugar en occidente, se ha producido el advenimiento histórico de la mujer sujeto, lo que Lipovetsky llama: La Tercera Mujer.
Conocido por sus libros "La era del vacío", "El imperio de lo efímero", "El crepúsculo del deber", en los que da cuenta de sus investigaciones sobre las tendencias fundamentales de la cultura actual y expone sus tesis sobre el replanteamiento del individualismo y la posibilidad de una ética postmoderna, estuvo en Chile como invitado especial de la Universidad Nacional Andrés Bello, para participar en el Ciclo de Conferencias "Una mirada al alma" . En él expuso los postulados de su último libro, aún no traducido al español, "La tercera mujer: permanencia y revolución de lo femenino" tan cuestionado como aplaudido en el debate que ha generado.



LA PRIMERA Y SEGUNDA MUJER


Durante el período más largo de la historia de la humanidad, la mujer fue considerada como un mal necesario, un ser inferior, sistemáticamente despreciado por los hombres. Esa es la primera mujer, de acuerdo a Lipovetsky, de la que tanto griegos como romanos y predicadores cristianos denunciaron sus vicios y la estigmatizaron como un ser tramposo y funesto. Inferiorizados sus roles, las actividades masculinas eran consideradas dignas de gloria e inmortalidad.
Un cambio cultural e histórico muy importante empezó a producirse después de la segunda edad media a partir del código del amor cortesano que rendía culto a la dama amada y exacerbaba su perfecciones morales y estéticas. Ya en los siglos 18 y 19 es a la esposa, madre y educadora de los niños a la que ponen en pedestal filósofos, ideólogos y poetas. De acuerdo al análisis de Lipovetsky, esa es la segunda mujer, no reconocida aún como sujeto igualitario y autónomo pero cuyos roles son reconocidos socialmente, celebrándose de manera especial ese nuevo poder de formar a los niños, de educar lo masculino y civilizar comportamientos y costumbres.



EL RESCATE DE LA DIFERENCIA


Hoy, según el filósofo, la libertad de gobernarse a sí misma/o, que ahora se aplica indistintamente a hombres y mujeres, es una libertad que se construye siempre a partir de normas y de roles sexuales que permanecen diferenciados. Un ejemplo es la relación prioritaria de la mujer con el mundo privado, la afectividad y los sentimientos, así como la permanencia de su rol al interior de la familia. En el terreno del amor y la seducción, y a pesar de la revolución sexual, esta época no logró cambiar la posición tradicional de las mujeres en sus aspiraciones amorosas. No obstante la caída de innumerables tabúes, el sentimiento sigue siendo el fundamento privilegiado del erotismo femenino. Si bien en las maniobras de acercamiento entre los dos sexos las mujeres empezaron a tomar la iniciativa, es mucho más discreta y selectiva que la que practican los hombres.
Para Lipovetsky, las desigualdades que aún persisten en el mundo del trabajo, de la política y otros no se explican sólo como sobrevivencia de valores del pasado, retraso o arcaísmo, que la dinámica igualitaria hará desaparecer en el futuro.

El lugar predominante de la mujer en el rol familiar se mantiene no solamente a causa del peso cultural y de las actitudes egoístas de los hombres, argumenta, sino porque estas tareas enriquecen sus vidas emocionales y relacionales, y dejan en su existencia una dimensión de sentido.
En las sociedades postmodernas, los códigos culturales que obstaculizan radicalmente el gobierno de sí misma, como la virginidad o la mujer en el hogar, pierden terreno. En cambio, afirma Lipovetsky, "los códigos sociales que como las responsabilidades familiares permiten la autoorganización, el dominio de un universo propio, la constitución de un mundo cercano emocional y comunicacional, se prolongan cualquiera sea la crítica que los acompañen por parte de las propias mujeres".



EL TERRENO DEL PODER


A pesar de la feminización de las carreras y del empleo, el poder económico y político permanece mayoritariamente en manos masculinas. Si las mujeres están asociadas prioritariamente al polo privado de la vida y los hombres al público, esto tiene consecuencias inevitables en la cuestión del poder. Aunque lejos estemos todavía de una sociedad que dé las mismas posibilidades a hombres y mujeres en el acceso a éste, no se debe solamente a los obstáculos masculinos sino a la priorización que dan las mujeres a los valores privados que las vuelve refractarias a la lucha del poder por el poder.
Se espera que en el futuro habrá muchas mujeres en los centros de poder, pero no será el poder político el último bastión masculino en caer; será el poder económico el más lento en abrirse a las mujeres.
Estas, sugiere Lipovetsky, manifestarán mayor inclinación por puestos de responsabilidad política que comprometerse en luchas por grandes puestos de poder en las empresas. "Aceptarán mejor sacrificar una parte importante de sus vidas privadas por causas que vehiculicen un sentido de progreso para los otros, que expresen un ideal común, que sacrificarse por funciones económicas marcadas sobre todo por el gusto del poder por el poder".


LA TERCERA MUJER



La Tercera Mujer rechaza el modelo de vida masculino, el dejarse tragar por el trabajo y la atrofia sentimental y comunicativa. Ya no envidia el lugar de los hombres ni está dominada como diría el psicoanálisis por el deseo inconsciente de poseer el falo. Representa una suerte de reconciliación de las mujeres con el rol tradicional, el reconocimiento de una positividad en la diferencia hombre-mujer. "La persistencia de `lo femenino' no sería ya un aplastamiento de la mujer y un obstáculo a su voluntad de autonomía, sino un enriquecimiento de sí misma".
La larga marcha por la autonomía de las mujeres no está terminada. Lipovetsky considera que en el futuro será más importante la movilización y responsabilidad individual que las movilizaciones colectivas. "Será un feminismo más individualizado, menos militante, el que se vislumbra en todo caso en las naciones europeas. Un feminismo tal vez más irónico en relación a sí mismo y "vis a vis" de los hombres. Un feminismo que no parte en guerra contra la femineidad y que no diaboliza al hombre".

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PILAR MAURELL



Lipovetsky anuncia en un libro el nacimiento de «La tercera mujer»
Según el filósofo francés, las feministas defienden un ideal arcaico


BARCELONA.- Dice Lipovetsky que «las mujeres son imprevisibles» y de ahí que su libro empezara siendo una cosa y acabara por otros derroteros teóricos. Porque el filósofo francés Gilles Lipovetsky acaba de publicar La tercera mujer (Anagrama), un libro en el que analiza la situación de la mujer moderna en los 90. Un estudio, además, que le ha costado varias discusiones con las «feministas más radicales».

El autor de La era del vacío y de El imperio del efímero aborda la figura de la tercera mujer, o lo que es lo mismo, «un compendio entre la autonomía individual de la propia mujer y la tradición». Este filósofo, formado en la revolución sexual y cultural de los 60, creía, antes de empezar su estudio, que esta década «lo había cambiado todo y que los individuos eran iguales», pero más adelante se dio de bruces contra la realidad y decidió seguir por este sendero.

«En mi libro propongo una interpretación [del rol de la mujer] que ha chocado mucho a las feministas», asegura Lipovetsky. «Muestro que hay normas y valores sociales que desaparecen, mientras que otros se mantienen». Es decir, el culto a la belleza, las formas de seducción y la posición de la mujer en el hogar» han permanecido, mientras que, por ejemplo, «el culto a la virginidad ha desaparecido por completo».

A partir de esta constatación, Lipovetsky se pregunta: «¿Por qué se produce este hecho?», si lo más lógico es que «las normas desaparecieran al mismo tiempo». La respuesta es que, a lo largo de los siglos y, especialmente, a finales de milenio, «lo que obstaculiza el libre albedrío de las mujeres ha desaparecido, mientras que las normas tradicionales, compatibles con la autonomía de la mujer, se van perpetuando».

Desigualdad de roles

De modo que «persiste la desigualdad en los roles», asegura el filósofo. «Creo que la mayor parte de las mujeres desean ser cortejadas, deseadas... y esto explica que la tradición se perpetúe», comenta Lipovetsky, algo divertido, y añade serio que «existe la necesidad imperante de recomponer la identidad femenina».

Una identidad que bebe de la revolución de los 60 pero que, a su vez, se opone a ella. Así, el filósofo argumenta: «En los 60 no querían ser mujeres objeto, no se maquillaban..., mientras que ahora la industria de la estética está viviendo su etapa dorada». «Las mujeres tienen el poder de estudiar, de trabajar y tener éxito, pero a la vez no quieren renunciar a su feminidad», subraya.

Y esto, según Lipovetsky, es lo que no entienden las feministas radicales. El filósofo no niega que «el feminismo de los 60 y los 70 haya puesto sobre el tapete temas importantes», pero considera que estas mujeres defienden un ideal arcaico. «En este feminismo», asegura, «no se ha entendido la transformación de lo femenino, que es lo que yo llamo la tercera mujer». Actualmente «existe una preocupación por la estética, lo que no impide que la mujer se desarrolle en su trabajo», y «esto es lo que las feministas no han entendido», concluye el filósofo.


El sexo, el hogar y el trabajo

En La tercera mujer, Lipovetsky acompaña cada afirmación con datos extraídos de estudios recientes de mercado o sociólogos y estudia la mujer en tres ámbitos: en el sexo, en el hogar y en el trabajo.

Así en su libro afirma que «las mujeres son mucho más numerosas que los hombres a la hora de optar a un empleo a tiempo parcial: ocho de cada 10 veces, dichos puestos los ocupa la mujer».

En cuanto al rol femenino en el hogar, Lipovetsky cita un estudio que indica que «el 79% de las españolas, el 70% de las inglesas y las alemanas, y el 60% de las francesas e italianas declaran que su cónyuge no realiza tarea doméstica».

También aborda un problema muy actual, que afecta sobre todo a las jóvenes generaciones: la fiebre de la belleza y el mercado del cuerpo. ¿Qué mujer no sueña estos días con estar delgada? «La delgadez», dice, «se ha convertido en un mercado de masas. En 1993, cuatro de cada 10 francesas querían adelgazar, el 70% por razones estéticas. En Estados Unidos, el 75% de las mujeres se consideran demasiado gordas, habiéndose doblado su número los años 70 y 80».

Lipovetsky defiende que la que llama «tercera mujer», en contra de la primera -de la época medieval- y la segunda -símbolo de belleza-, se forma a partir de la mezclar de la modernidad y la tradición.

«La mujer reivindica tener estudios y trabajo, pero al mismo tiempo no rechaza las diferencias existentes entre ambos sexos», lo que sí «ha rechazado es el feminismo», asegura el filósofo.

Y en medio de esta revolución a toma de posiciones de las mujeres de fines de milenio, ¿dónde queda la figura masculina? Lipovetsky se contesta formulando una pregunta: «¿No hemos ido demasiado lejos exagerando la crisis de la masculinidad?».

Para el filósofo esta cuestión aparece «en los libros y la han desarrollado los novelistas», pero «no es algo que yo observe en la realidad». Y como él ha decidido basarse en lo que ve, da la cuestión por concluida.



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