La subversión del sujeto cartesiano

Ruy Henríquez
Publicado el: 2002-12-12

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La comprensión que tiene el psicoanálisis del lenguaje esta determinada por el funcionamiento de su objeto de conocimiento, esto es, por el inconsciente.

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La subversión del sujeto cartesiano
Sobre el lugar del lenguaje en el psicoanálisis.

Ruy Henríquez

http://www.filosofia.net/materiales/num/num12/num12c.htm#ini


Introducción

La comprensión que tiene el psicoanálisis del lenguaje esta determinada por el funcionamiento de su objeto de conocimiento, esto es, por el inconsciente. La manera que tiene el inconsciente de trabajar y de producir efectos pauta el modo de pensar psicoanalítico. Por eso no nos habrá de extrañar que este modo de entender y de pensar resulte extraño y hasta extravagante, para la lógica de sentido común, en su forma de comprender aquello de lo cual se ocupa. Que el psicoanálisis se sostenga en una paradoja se debe atribuir, por tanto, a aquello que en última instancia justifica y determina el orden de sus conocimientos.

De esta manera, si queremos saber cómo entiende el psicoanálisis el lenguaje y sus distintos modos de producirse, es necesario tratar de comprender también cómo funciona el inconsciente dentro de la estructura del aparato psíquico, que Freud definió en la teoría psicoanalítica. En este sentido el trabajo que aquí presentamos podría definirse como una primera comprensión de la frase de Lacan ?el inconsciente está estructurado como lenguaje?[1].

No obstante, el inconsciente, como concepto teórico, no puede ser cerrado en una definición, como si se tratara de un asunto acabado, sino que, en tanto que objeto de conocimiento, viene articulado de manera compleja con otros conceptos y funciones. Esto quiere decir que tratar de exponer en un espacio preciso, y de una vez, el funcionamiento del inconsciente no sólo sería inútil, sino equívoco desde el punto de vista teórico. Por eso nos limitaremos en este lugar a ofrecer un semblante de lo que es el funcionamiento del inconsciente, sus modos de producción y las distintas manifestaciones que le son propias.

Si consideramos que el psicoanálisis es un método de curación por la palabra, tendremos una idea aproximada, aunque no sea más que lejanamente aproximada, de la función que ocupa el lenguaje en la teoría psicoanalítica. Esta consideración nos dirá, empero, que se trata de un lugar de reconocida importancia.

Diremos, para fijar tal importancia, que el lenguaje, desde la lectura que hace el psicoanálisis, es el medio ambiente propiamente humano y no una de las circunstancias o, dicho en términos lamarckianos, uno de los caracteres adquiridos por el hombre. De esta manera, llegamos a pensar que no es el lenguaje el que se encuentra al servicio del hombre, como una más de sus tantas herramientas, sino que, de cualquier modo, es el sujeto el que se ve utilizado por sus palabras, por su propio lenguaje.

Que el lenguaje produce al sujeto es algo que siempre han sabido los poetas. Un hombre con 300 palabras es un hombre distinto a un hombre que sólo utiliza 30 palabras para expresarse. El mundo es otro mundo, la realidad otra realidad cuando somos capaces de nombrar más cosas, cuando en nuestras frases más palabras se combinan. Pero modificar el lenguaje no es sólo sumar palabras a nuestro vocabulario, aumentar nuestro acervo de términos. Transformar una frase en la que nos encontramos instalados es tan difícil como aprender otro idioma, o más. No era otra cosa lo que Einstein quería decir cuando dijo que era ?más difícil destruir un átomo que un prejuicio?.

El psicoanálisis parte, pues, de un punto de vista distinto y, en ocasiones, contrario de aquel que habitualmente considera el lenguaje como un instrumento de comunicación, como medio de expresión del pensamiento y de los estados anímicos del sujeto que habla. Ser sujetos del lenguaje es estar sujetos al lenguaje, ser habitantes del lenguaje, ser producidos por el lenguaje como sujetos.



La producción del concepto de inconsciente

Sabemos que el psicoanálisis establece su objeto de conocimiento, es decir, define los límites que le son propios como ciencia en La interpretación de los sueños[2], texto publicado por Freud en 1900. En este trabajo, Freud funda el psicoanálisis sobre el concepto de inconsciente como objeto de conocimiento que le es propio: es decir, como concepto que habrá de articular toda la producción teórica de esa ciencia.

La revolución copernicana que produce el psicoanálisis en todos los órdenes de lo social y de lo cultural, se debe a que realiza una herida narcisística en aquello que el hombre considera más propio, más esencial a sí mismo: la conciencia, el ser consciente como la caracterización propia del sujeto humano. Lo que el psicoanálisis nos viene a decir es que ?no somos los amos de nuestra propia casa?[3], que somos unos desconocidos para nosotros mismos y que aquello que considerábamos como el centro de nuestro ser no es más que un órgano de percepción, tan sensible y equívoco como cualquier otro. Esto es lo que se denomina como la subversión del sujeto cartesiano, que lleva a cabo el psicoanálisis. Frente a la formulación cartesiana ?pienso luego existo?, el psicoanálisis dice ?pienso donde no soy, soy donde no pienso?[4].

Ahora bien, si la conciencia, si el pensamiento consciente ya no es más el centro de la vida psíquica del hombre ¿qué puede haber venido a ocupar su lugar? El centro de la vida psíquica del sujeto, con el advenimiento del psicoanálisis, se ha desplazado de la conciencia hacia el inconsciente, siendo ahora este último sistema el que determina la totalidad de la vida mental y anímica del hombre, incluyendo la propia conciencia desplazada a la periferia de los sentidos. El concepto de inconsciente ha venido, de alguna manera, a llenar un vacío en nuestro conocimiento de lo humano, pues sin la inserción del inconsciente, dice Freud, la mayor parte de la actividad psíquica humana resulta incomprensible y oscura, dando lugar a discusiones bizantinas tales como el problema mente-cuerpo[5] que ha ocupado la reflexión filosófica del último siglo. Sin embargo, decirlo así sería tanto como limitar y hasta desestimar el alcance de la producción del inconsciente. No es que con el inconsciente ahora sabemos, en el mismo orden de pensamientos, lo que antes ignorábamos y que, como un ladrillo sobre otro, el psicoanálisis se ha venido a sumar a un conocimiento que crece y evoluciona, madurando su riqueza en la historia de las humanidades.

El psicoanálisis no pertenece a las ciencias humanas, es decir, no viene a sumarse a nuestro cúmulo de conocimientos acerca del hombre, sino que en su producción hay una nueva concepción del hombre, una nueva forma de producir al sujeto humano: se trata de un sujeto de la ciencia no una ciencia del sujeto. Esto se debe, entre otras cosas, y como se verá, a que el sujeto del que se ocupa el psicoanálisis es un sujeto a producir, es decir, no es un sujeto que exista previamente.

Ahora bien, para que se pueda producir un concepto tal como el concepto de inconsciente, es necesario que se opere en la historia del pensamiento una ruptura con los modos anteriores, más o menos ideológicos, del pensar.

Es evidente que antes, y también después, de Freud se ha hecho un amplio uso de la palabra ?inconsciente?. En los distintos órdenes del saber y de la ciencia, la filosofía, la psicología, la neurología, etc., es posible encontrar alguna definición de lo que sería lo inconsciente dentro de un determinado discurso. Algunos, como ya lo hiciera Santo Tomás, lo entienden como algo contrario a la conciencia, como una suerte de conciencia negativa. Otros piensan lo inconsciente como las funciones que no requieren de la conciencia para llevarse a cabo, tales como las diversas actividades fisiológicas, los movimientos mecánicos o, simplemente, lo que se realiza sin pensar. Quizás la manera más extendida de pensar lo inconsciente, en la actualidad, sea pensarlo como una suerte de segunda conciencia, que subyace a la primera, esto es, como subconsciente. El mismo Freud se ocupó de esclarecer esta confusión[6], a la que son propensos aquellos que están sujetos a las categorías de la psicología.

Cuando decimos que el centro de la vida psíquica se desplaza de la conciencia al inconsciente no queremos decir con ello que el lugar que ocupa el inconsciente es un lugar situado espacio-temporalmente en algún lugar dentro del hombre, debajo o en un plano opuesto al de la conciencia. Veremos como lo psíquico constituye para el psicoanálisis un nuevo nivel de objetividad que tiene lugar en y a través del lenguaje.

Sin embargo, es a partir de La interpretación de los sueños que el término ?inconsciente? alcanza su plena dimensión como concepto, es decir, en tanto que se haya articulando la teoría y produciendo el discurso del psicoanálisis. El problema no es que aquellas aproximaciones de la filosofía o de la psicología sean o no válidas, en su particular manera de enunciar su percepción del asunto. La cuestión es que se trata de temas diferentes. El inconsciente del que se ocupa el psicoanálisis es un concepto sometido a otra lógica, a otro tiempo, a otra dimensión del pensamiento. Las antiguas categorías empíricas de comprensión y descubrimiento no nos servirán para aprehenderlo, en tanto que sus modos de producirse no son del orden de lo fenomenológico. Y esto, valga la insistencia, por el modo que tiene el inconsciente de subvertirlo todo, de transformar todo aquello que toca.

El psicoanálisis no reclama para sí el estudio del inconsciente, ni desautoriza otras formas de pensamiento acerca del tema. Lo que afirma el psicoanálisis es que el ámbito de conocimiento que le es propio no coincide con el de otras ciencias. Y eso se ve por el propio tratamiento que hace Freud de la cuestión. Lo que se establece con el concepto de inconsciente en el texto de Freud, es aquello de lo que propiamente se ocupa el psicoanálisis. Y eso de lo que se ocupa el psicoanálisis es de lo reprimido, del inconsciente reprimido: el deseo sexual, infantil y reprimido. Esta, aparentemente escandalosa trilogía, tiene el carácter de una fórmula, la primera formulación de lo que es el inconsciente en psicoanálisis.

El trabajo del sueño

A pesar de ser en La interpretación de los sueños donde Freud establece los fundamentos del psicoanálisis, no sería del todo preciso afirmar que el estudio de los sueños llevó a Freud a la teoría psicoanalítica. En una época en que sus investigaciones acerca de la histeria y de la neurosis producían un enorme revuelo dentro de los círculos científicos, Freud descubrió que los mismos mecanismos que operaban en la histeria operaban en la producción onírica y por tanto en la vida psíquica denominada normal. Es decir, los mecanismos y el trabajo son los mismos, pero las producciones son diferentes: en una se produce la enfermedad y en la otra el resultado es la salud. Por eso se suele decir, en psicoanálisis, que el trabajo que se necesita para estar sano es el mismo que se requiere para estar enfermo.

Sus hallazgos acerca del aparato psíquico, sin embargo, no serían reconocidos ni aceptados, con la excusa insostenible de estar basados en la investigación sobre sujetos enfermos. No podía, según sus detractores, concluir nada acerca del funcionamiento de lo psíquico normal a partir de sus estudios en la neurosis. Por tal razón, para mostrar sus hallazgos y explicar su teoría, utilizó los sueños como medio de exposición, en tanto que soñar es un proceso psíquico elaborado por todos, se trate de sujetos enfermos o de sujetos sanos.

Tiempo después de la publicación de su obra fundadora, Freud dirá que el estudio de los sueños es la vía regia para la comprensión del concepto de inconsciente. Una recomendación que debe ser tomada al pie de la letra si deseamos saber algo del objeto de conocimiento del psicoanálisis. Esto quiere decir, también, que toda producción del inconsciente, se trate de un síntoma, de un lapsus, de una fantasía o de un olvido, se lleva a cabo de la misma manera en que trabaja el sueño: en todos se hayan funcionando los mismos mecanismos psíquicos.

Freud dio lugar a una interpretación de los sueños, por supuesto, no en el sentido trivial de una interpretación mágica y más o menos adivinatoria de los contenidos oníricos. No se trata de remitir las representaciones oníricas a una especie de tabla de equivalencias en el orden de la vigilia, de tal manera que lo soñado tenga su traducción consciente y racional, como quien usando el diccionario remite una palabra a su definición.

Un sueño no tiene sentido porque a priori tenga una significación definida, del tipo que sea. Un sueño tiene sentido para el psicoanálisis en tanto que puede interpretarse como la realización de un deseo.

Freud parte, pues, de la hipótesis de que todo sueño no es más que la realización de un deseo, de un deseo inconsciente. Sin embargo, tal realización de deseos no siempre satisface a todas las instancias que constituyen al sujeto: lo que resulta necesario para una, resulta intolerable para otra. Esto es, lo que desde el inconsciente puede resultar justificable, para la conciencia resulta inadmisible. El deseo es, pues, algo que aún en su satisfacción, provoca un malestar en la disposición anímica del sujeto, que lo lleva a realizar ciertas elaboraciones psíquicas con el propósito de evitar su realización. Ese deseo, propiamente inconsciente, es de un carácter tal que la conciencia no lo tolera y que el sujeto se ve en la necesidad, para conservar su integridad, de reprimir.

Podríamos hacer otra aproximación al concepto de inconsciente, diciendo que lo inconsciente nunca se hace consciente. La barrera que separa ambas instancias es impermeable, por así decirlo, de forma que aquellas representaciones que forman parte del sistema inconsciente jamás pueden hacerse conscientes. Sin embargo, el inconsciente es un sistema tal que nunca deja de intentar la realización de su deseo, de forma que la represión desde el sistema consciente-preconsciente habrá de ser permanente: nos encontremos dormidos o despiertos. Freud da una definición de inconsciente que nos muestra muy bien su carácter: ?el inconsciente no juzga, no calcula solo quiere transformar?[7]. El inconsciente sólo quiere expresarse y para ello utilizará todos los recursos que tenga a su alcance.

Cuando se habla de represión y de censura en psicoanálisis no se hace referencia a ningún movimiento anímico de carácter consciente, como si se tratara de un esfuerzo de la voluntad, mediante el cual nos obligamos a seguir ciertos dictámenes o propósitos. Huelga decir, que tampoco se trata de la represión moral que llevamos a cabo cuando nos vemos enfrentados con alguna situación que vulnera nuestras creencias o nuestras prácticas ideológicas. Términos como ?represión?, ?censura?, ?deseo inconsciente?, ?interpretación?, etc., son términos que dentro de la teoría psicoanalítica poseen otra dimensión significante, haciendo mención a estructuras y funciones del aparato psíquico.

La represión a la que se hace aquí referencia es a aquella instancia que permite la entrada del sujeto en el lenguaje. Es, por decirlo así, la posibilidad misma del lenguaje, en tanto que propicia su producción, funcionando como la puerta de acceso al lenguaje que a todos nos antecede. En otras palabras, la represión pone en funcionamiento los mecanismos productores del lenguaje, esto es, aquellos mecanismos que Freud denominó ?los obreros del inconsciente?: la condensación y el desplazamiento, que forman parte, junto con la elaboración secundaria y la puesta en escena (vorstellung), del trabajo del sueño[8].

En el capítulo de La interpretación de los sueños dedicado al trabajo del sueño, fundamental para la comprensión de la teoría psicoanalítica, Freud anticipa lo que tiempo después trabajaría la lingüística bajo el rubro de la metáfora y de la metonimia, destacando aquellos elementos productores del lenguaje.

La pregunta que se suscita a continuación es ¿qué es aquello que se reprime? O bien ¿qué es eso reprimido de lo que se ocupa el psicoanálisis? Intentaremos una respuesta lo más sucinta posible. Decíamos, por una parte, que el inconsciente no renuncia nunca a ver realizado su deseo y pulsa permanentemente para expresarse; y, por otra, que el sistema consciente reprime toda manifestación en la conciencia de ese deseo, es decir, reprime todo intento de hacer conciente aquello es inconsciente. En este movimiento anímico de expresión y represión se produce lo propio del lenguaje.

La expresión mediante representaciones o manifestaciones del inconsciente, tales como los sueños, se ven sometidas a un proceso de censura por parte del sistema consciente que hace que tales representaciones aparezcan mutiladas e incomprensibles, absurdas y con escasa, o ninguna, relación lógica con nuestra vida anímica diurna o con nuestro pensamiento racional consciente. Esta labor de represión tiene como correlato en el inconsciente un verdadero trabajo de transformación de ese deseo, para tratar de pasar la censura a la que están sometidas y lograr su manifestación en la conciencia. Para ello hará recurso de cualquier idea o representación (no juzga, no calcula y tampoco tiene ninguna moral).

El deseo inconsciente si bien puede ser reprimido en sus manifestaciones representativas, no puede serlo como carga afectiva, es decir como pulsión libidinal. Esto hace posible que ese deseo se desplace y se condense en representaciones que la conciencia pueda tolerar sin despertar en ella la sospecha que active el mecanismo de censura. Freud pone el ejemplo, entre muchos otros, de las limitaciones de la libertad de expresión en una sociedad bajo una dictadura: toda clase de chistes y de alusiones sustituirán la expresión franca y sincera de la inconformidad del pueblo. De la misma manera el deseo tolerará cualquier tipo de deformación con tal de conseguir su expresión.

Podemos ver que ese ocuparse de asuntos sin ninguna categoría científica, como los sueños o los lapsus, de alguna manera imputable a Freud, tiene sus fundados motivos en el modo tan particular de operar que tiene el inconsciente al expresarse en los elementos con menos relevancia racional, es decir, aquellos elementos e ideas que por su carácter anodino, absurdo o cómico no despiertan el espíritu crítico de nuestra conciencia, lo que conduciría a una inmediata censura de la representación utilizada.

Allí donde la razón tropieza, donde el sujeto cartesiano muestra sus fisuras, en aquellos lugares en los que la fluidez del discurso consciente se ve interrumpida, es donde el inconsciente, por así decir, se ?expresa?. Esto es, en ese lugar de ruptura es donde el sujeto se revela como determinado por el inconsciente, donde se produce como sujeto psíquico o sujeto del inconsciente: como ser del lenguaje[9]. El sujeto del lenguaje, en otros términos, es el resultado de la subversión del sujeto cartesiano.

Frente a un sujeto cartesiano indiviso, frente al individuo, el psicoanálisis propone un sujeto dividido, un sujeto sometido a las determinaciones del inconsciente. Ese momento histórico que se conoce como la subversión del sujeto cartesiano o sujeto consciente y racional, se cumple con la producción del concepto de inconsciente.

Ahora bien, aunque la subversión del sujeto cartesiano se produce en un momento histórico determinado, con el advenimiento de la teoría psicoanalítica, esto no quiere decir que la subversión de ese sujeto deje de producirse. El inconsciente subvierte de forma permanente nuestra forma de pensar.

El inconsciente está estructurado como lenguaje

Una de los argumentos que se esgrimen en contra de este tipo de pensamiento que desarrolla el psicoanálisis, es que no hay otra evidencia del acontecimiento del sueño más que lo que el soñante diga de él. Es decir, no hay una forma empírica y experimental de verificar que lo que el soñante dice es cierto.

En esto, como reconoce el mismo Freud, se funda la novedad misma y la fuerza del psicoanálisis, en tanto que no es el sueño soñado lo que interesa, sino el sueño contado. Por eso se afirma que lo que le sucede al sujeto no es lo que le ocurre, sino lo que dice de lo que le pasa: no son los acontecimientos, los sucesos irrecuperables de su vida, sino su discurso acerca de ellos lo que realmente interesa. Esto traerá consecuencias importantes. El medio ambiente del sujeto, como decíamos al principio, es el lenguaje; por decirlo de alguna manera, está como encerrado en sus propias frases. Pero también se afirma que lo psíquico trabaja de otra manera el tiempo y la memoria.

El psicoanálisis afirma que la misma de deformación que se ha llevado a cabo en el trabajo del sueño, se repite cuando el sujeto hace la narración de lo soñado. El inconsciente pulsa por expresarse de noche y de día, sin descanso; esto hace que las instancias que se hayan en pugna durante el sueño, continúen su enfrentamiento durante la vigilia. El psicoanalista supone, entonces, que el sujeto no puede escapar a las determinaciones del inconsciente: diga lo que diga el sujeto hablará de su deseo.

De esta manera se establece un nuevo nivel de objetividad, un nuevo dominio para el acontecer psíquico en la palabra, para el devenir del sujeto en el lenguaje. Se vulnera, entre otras cosas, el criterio de verdad como adecuación en tanto que lo que el sujeto enuncia no tiene, para el psicoanalista, su correlato en la realidad de forma que resulte verificable empíricamente. El psicoanálisis no trabaja con los criterios empiristas o mecanicistas, por cuanto considera, al contrario de la psicología o de la psiquiatría, que los conflictos psíquicos del sujeto no son alteraciones de la conciencia, no son fruto de la irracionalidad del sujeto, sino que son ante todo un problema de lenguaje, de la elaboración inconsciente de su deseo.

No habrá que ir a buscar, entonces, las causas y las determinaciones del sujeto en una supuesta profundidad, puesto que el sujeto se produce en la superficie misma del discurso, ni tampoco en la oscuridad de su pasado, en tanto que el sujeto está determinado desde otro tiempo, el tiempo del inconsciente que funciona como futuro anterior o por après coup, es decir, un tiempo que revisa y restaura de forma permanente el pasado del sujeto. Es por eso que el psicoanálisis puede pensar una verdadera transformación del sujeto. Un hombre pensado con una determinación causal desde su pasado, esto es, con un tiempo aristotélico, es un hombre condenado a permanecer sin modificación, sin otra posibilidad que la resignación y la revisión permanente de sus antecedentes. Este y no otro es el sujeto que piensa la psicología y la psiquiatría.

El psicoanálisis, no obstante, funciona bajo ciertas condiciones contractuales, bajo un determinado pacto analítico entre el paciente y el psicoanalista. El psicoanálisis no se cumple fuera de tales condiciones y, por otra parte, no puede ser llevado a cabo por el propio sujeto sobre sí mismo, aunque se trate de un psicoanalista, es decir, no hay auto-análisis. El psicoanálisis es un asunto exquisitamente comunitario[10]. Y esto ocurre no por cierto capricho gremial, sino por la definición misma del concepto de inconsciente, como lo que no puede hacerse consciente.

Si el método del psicoanálisis es la interpretación, su técnica será la de la asociación libre y transferencia. Al sujeto en análisis, es decir, al sujeto en transferencia, se le pide que abandone su espíritu crítico y dé libre curso a sus representaciones tal como se van presentando a su mente, sin juzgarlas o silenciarlas por absurdas, ridículas o arbitrarias que le parezcan, seguros de que el azar aparente de su discurso está sobredeterminado por el inconsciente. En este ejercicio de supuesta libertad se podrá percibir que el inconsciente subvierte la relación unívoca entre significante y significado, en tanto que en su desplazamiento y en su condensación va más allá de cualquier régimen racional, lógico o moral. La palabra y la cosa, la relación entre significante, significado y referente queda sometida a las necesidades de expresión del inconsciente y éste, ya lo sabemos, no juzga, no calcula, sólo desea transformar.

Cuando escuchamos decir que el psicoanálisis es una cuestión exquisitamente comunitaria, tenemos que entender que la única forma que tiene el sujeto para producirse como sujeto es en el lenguaje y, por tanto, en la comunidad con otros sujetos del lenguaje. Es decir, ser pensados todo el tiempo por nuestras palabras, por nuestro lenguaje, es también la única forma de ser pensados y de tener pensamiento. Lenguaje y pensamiento no son dos cosas que yo tengo para mi uso personal y privado, sino que son los modos de mi saber estar en el mundo con otros sujetos del lenguaje.

El psicoanálisis no es una filosofía pero tampoco es una simple psicoterapia. El psicoanálisis, para terminar con una aparente paradoja, no se propone curar enfermedades, ni hacer que el impotente cumpla su deseo. La justificación del psicoanálisis no se haya, como puede llegar a pensarse, en la neurosis, pues aquello que se presenta como enfermedad no es más que la elaboración sintomática de un deseo inconsciente que se manifiesta de esa manera, pero que una vez curado el síntoma bien puede desplazarse hacia otra representación patológica. Lo que se busca, en última instancia, es que el sujeto en análisis no utilice la enfermedad para expresar su deseo.

En un texto suyo, Freud manifiesta que algunos de sus pacientes sólo le demandan análisis con el propósito de curar una enfermedad, un síntoma o una inhibición. Pero eso es tan absurdo, dice Freud, como si una mujer le pidiera a un hombre que le engendrara sólo un brazo o una pierna en su organismo, en lugar de un hijo completo. El psicoanálisis, como el hombre, sólo puede engendrar sujetos completos[11].






notas bibliográficas

[1] Lacan, J., Seminario III, Las psicosis 1955-1956. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1987. Esta conocida frase de Lacan es repetida, no obstante, en varios de sus Seminarios (12, 14, 15, etc.) volver


[2] Freud, S., La interpretación de los sueños (1900). Obras Completas, en Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1996. volver


[3] ?Pero todavía espera a la megalomanía humana una tercera y más grave mortificación cuando la investigación psicológica moderna consiga totalmente su propósito de demostrar al yo que ni siquiera es dueño y señor en su propia casa, sino que se halla reducido a contentarse con escasas y fragmentarias informaciones sobre lo que sucede fuera de su conciencia en su vida psíquica. Los psicoanalistas no son ni los primeros ni los únicos que han lanzado esta llamada a la modestia y al recogimiento, pero es a ellos a los que parece corresponder la misión de defender este punto de vista con mayor ardor, y aducir en su apoyo un rico material probatorio, fruto de la experiencia directa y al alcance de todo el mundo. De aquí la resistencia general que se alza contra nuestra disciplina y el olvido de todas las reglas de la cortesía académica, de la lógica y de la imparcialidad en el que caen nuestros adversarios. Mas a pesar de todo esto, aún nos hemos visto obligados, como no tardaréis en saber, a perturbar todavía más y en una forma distinta la tranquilidad del mundo.? Freud, S. Lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección XVIII. Opus cit.. volver


[4] Esta frase la repite Lacan a lo largo de varios de sus Seminarios. volver


[5] Freud, S., Lo inconsciente (1915). Opus cit volver


[6] Freud, S. Lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección XIX. Opus cit.. volver


[7] Freud, S., La interpretación de los sueños (1900). Opus cit. volver


[8] Freud, S., La interpretación de los sueños (1900), Cap. VII ?El trabajo del sueño?. volver


[9] Ver nota 3: ?pienso donde no soy, soy donde no pienso?. volver


[10] Menassa, M.O., Freud y Lacan hablados ?1?. Editorial Grupo Cero. Madrid, 1987. volver


[11] Freud, S., La iniciación al tratamiento (1913). Opus cit. volver















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