Ayer Venezuela, hoy Cataluña los síntomas del acabose democrático.

Francisco Tomas Gonzalez Cabañas

Publicado el: 07/10/2017


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La votación, lo electoral, la reducción de la democracia a meter el sobre en la urna, transformado en un ejercicio repetitivo, en un sacramento simbólico, nos dio la pauta, la cuenta de que finalmente sirve para cualquier cosa menos para elegir, es decir menos para hacer uso de la libertad y ejercer política.



La votación, lo electoral, la reducción de la democracia a meter el sobre en la urna, transformado en un ejercicio repetitivo, en un sacramento simbólico, nos dio la pauta, la cuenta de que finalmente sirve para cualquier cosa menos para elegir, es decir menos para hacer uso de la libertad y ejercer política.
Lo venimos expresando consuetudinariamente, de hecho lo hicimos libro “El acabose democrático” se ratificó en el símil de elección Venezolano, lo que en estas horas ocurre en Cataluña, y lo que mañana ocurrirá en cualquier otra aldea occidental que se precie de democrática, no es más que la lenta y progresiva descomposición de lo mismo, a lo que parece que estamos condenados a llevarla, indefectiblemente acabo.
Esta es la problemática actual, la culminación de la banalización democrática, nos está develando una realidad tan siniestra como real; votando no elegimos, la democracia no es votar. Esta asimilación, se dio, recientemente en forma fehaciente en los distritos mencionados (Venezuela y Cataluña), en donde el ciudadano común, lo único que le queda en claro es esto mismo; votando no se solucionan, no se arreglan, ni los problemas, ni tampoco se ejerce política, se obtiene libertad o se es más o menos democrático.
Así lo afirma el siguiente intelectual Catalán Joan Prats i Català que se especializó en los procesos políticos de América Latina y que seguramente, tanto él como sus aleccionados, deberán estar borrando el nombre de tal región para leer lo mismo, pero en sus propias plazas, espacios públicos o narices: “América Latina vive una profunda crisis intelectual y moral. Apenas se atisban proyectos de sociedad distintos a las propuestas de los organismos internacionales -y especialmente los bancos de desarrollo-, convertidos quizás sin pretenderlo en los intelectuales orgánicos de la región. Y, lo que es peor, las anomalías a esta regla asemejan esperpentos construidos con remedos de la peor tradición populista. La crisis moral es profunda también: las democratizaciones falentes, la globalización y las nuevas tecnologías en la mayoría de los países de la región se han correspondido con la pérdida de confianza en las instituciones políticas, bajísimos niveles de confianza interpersonal y en muchos países serias crisis de gobernabilidad. La década pérdida reinterpretada desde la agenda neoliberal no alumbró sino la ilusión de un desarrollo reencontrado en la primera mitad de los noventa, cuyo final nos ha despertado a una realidad sobradamente conocida en la que cada vez menos personas puede creer en proyectos colectivos. El horizonte se llena de rebeliones en busca de causa, de oportunidades en las redes ilegales globalizadas, de huidas hacia la emigración y, por debajo de todo, de mucho dolor humano principalmente concentrado en las mujeres, los niños y los grupos étnicos. Nuestras sociedades, siempre profundamente desiguales, faltas de proyecto nacional creíble, corren hoy un riesgo de fraccionamiento quizás mayor que nunca…”. Joan Prats i Català. Instituciones y desarrollo en América Latina ¿Un rol para la ética?”
El catalán que investigo la gobernabilidad y gobernanza en América Latina y que como expresamos, todo lo producido intelectualmente le sirva para comprender el propio proceso político del lugar que lo vio nacer, recostado teóricamente en Hume, desmenuza el encantamiento que genera lo democrático, es decir su capacidad de que es una sensación, lo que queremos creer, pero nunca lo que podrá ser. Prats, apunta con envidiable criterio, sostenido en Smith, que la columna vertebral de toda sociedad es la justicia, definiéndola magistralmente, saldando la deuda de Kelsen con su no respondida cuestión acerca de ¿qué es justicia?, como un sentimiento, al que naturalmente se inclina un corpus social cuando siente que le falta, que le falla o que no lo tiene adecuadamente, corrompiéndose.

Tal vez la disolución del poder judicial sea un camino. Sin embargo, la existencia de conflictividades entre ciudadanos y los ciudadanos y el estado, continuaría existiendo, por tanto el sendero tendría más razón de ser, sí lo dotamos de una institucionalidad republicana, que se corresponda con la realidad y no simplemente con una argumentación proveniente de una vieja teoría de división de poderes, enmarcada en la necesidad de aquel entonces, por la revolución planteado por los descubrimientos de Newton, principalmente su teoría gravitacional. Esta suerte de necesidad de que los “astros estén alineados” (usado en la actualidad por diferentes comunidades para expresar vulgarmente, que todo este ordenado como debe estar o como nosotros creemos que debería estar) generó la posibilidad, que a nivel político, las compensaciones estén alineadas en una tríada, destacando la importancia ritual y simbólico del tres en la cultura occidental, desde la concepción del padre, la madre y el hijo y luego sus ritualizaciones en el campo religioso.

Nuestro contexto físico (recordemos cómo afecto a las ciencias humanas también el contexto de la teoría de la relatividad de Einstein) se corresponde con los tiempos de las partículas elementales, el principio de indeterminación o de incertidumbre de Heisenberg. No por ser autorreferenciales, pero sí para rotular nuestro trabajo y dedicación de años, no hace mucho dimos a publicar el ensayo de filosofía “La democracia incierta”, señalando, como la gran mayoría de colegas y hombres dedicados a la cultura y la política, nuestra atención a los poderes legislativo y ejecutivo, para mejorar con las críticas y los aportes dimanados nuestra institucionalidad. Sin embargo, creemos que sólo lo lograremos sí analizamos, redefinimos y revocamos determinados aspectos del poder intocable, incuestionable, o inobservable; el judicial.

Sin que lo disolvamos, pero reconociendo, como Montesquieu, que es el más prescindible, deberíamos empezar a modificarlo en su constitución, en su conformación, más no así, todavía, en su funcionamiento en general. Por supuesto que eliminar la consideración procedimental, espirituosa e interpretativa de las leyes que generan la argucia para estar presos del laberinto y recovecos en donde se duermen los expedientes o las causas, a la espera de un dictamen, será un objetivo central, pero no por ello, tendremos razón sí es que eliminamos la posibilidad de que alguien tenga el derecho a realizar una denuncia contra el estado o contra un par, por considerar lesionado un derecho o que alguien falta a su deber.

Montesquieu, también afirmó, razonablemente, que el eje rector de una república, era el principio de la virtud. Principio que, obviamente no se cumple, en casi ninguna comunidad occidental y mucho menos en el ámbito o el poder judicial. Que las más altas magistraturas, sean ocupadas por quiénes, no solamente conozcan de derecho, sino de otras actividades (insistimos la letra de la ley, desde la perspectiva del judicial, debe ser juzgada, no interpretada o analizada) bajo la condición de que sean notables en sus desempeños (logros o distingos académicos o en sus trabajos, en sus emprendimientos, bajo logros reconocibles) podría funcionar tanto como cierta democratización en tal foro. Posiblemente no elegir, como otros cargos, a los jueces, pero sí que sean parte de aquellos que ya conformaron el ejecutivo o el legislativo (esto generaría que quiénes están en los anteriores poderes no se quieran perpetrar en ellos y ofrezcan su conocimiento anterior en elaborar o promulgar leyes, para luego juzgarlas) o generar el consejo de notables en donde no sólo participen los matriculados en derecho, sería un avance, en todo sentido, no sólo a nivel judicial, sino institucional.
Es decir, ni mediante elecciones, símiles o parodias de ellas, hemos podido convencernos de que jamás elegiremos por más que votemos, nos cabe o corresponde, antes que acabar con lo democrático, para redefinirlo, que repensemos, que redefinamos nuestras instituciones, independientemente de que ciudadanía tengamos (solo bastaría que estemos dentro del occidente democrático) o de la que sintamos y que dejemos de caer en la trampa de ir por los poderes harto exhibidos, como atacados, vilipendiados y confrontados (los legislativos y los ejecutivos); vayamos por el poder real, por donde anida, por donde se sostiene, de donde dimanan los restantes, tengamos de una buena vez, la toma de una decisión colectiva, que ponga como secundarias, todas y cada una de las diferencias con las que nos queramos diferenciar: Acabemos con las farsas instituidas como democráticas en nuestras institucionalidades, vayamos por la justicia ciudadana y pensemos y proyectos como organizarla y dotarla de un verdadero sentido democrático.



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