La Despedida

Witold Gombrowitz

Publicado el: 2002-10-09


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¿Qué ocurrió? Durante enero y febrero, los meses más cálidos del verano argentino, estuve en Uruguay, escondido entre los bosques de la costa oceánica con mi Cosmos, ya próximo al fin, ...



La Despedida
Berlín, 18 de mayo, 1963

Witold Gombrowitz
http://www.literatura.org/wg/diario3.htm

Escribo estas líneas en Berlín.

¿Qué ocurrió? Durante enero y febrero, los meses más cálidos del verano argentino, estuve en Uruguay, escondido entre los bosques de la costa oceánica con mi Cosmos, ya próximo al fin, pero aún irritante porque el final se negaba a revelarse; me parecía que en la última parte había que darle un empujón hacia otra nueva dimensión ?¿pero cuál??. Ninguna de las soluciones que se me ofrecían me resultaba satisfactoria.
El bosque, la monotonía de las olas y la arena, la despreocupación uruguaya sonriente y liviana me resultaban en esa ocasión propicias a mi trabajo; regresaba de la costa tembloroso de impaciencia para seguir esforzándome con el texto, lleno de esperanzas en que la forma, al crecer, venciera por sí misma las dificultades. Llegó el día de mi regreso a Buenos Aires. Media hora antes de mi salida... el cartero. Una carta de París en la que me preguntaban confidencialmente si aceptaría una invitación de la Fundación Ford para la estancia anual en Berlín.
A veces había experimentado esa niebla que invade, cegándonos, los momentos decisivos de la vida. Los partos prefieren la noche, y si los movimientos profundos del destino, los que anuncian El Gran Cambio, no acontecen en la noche, entonces, como intencionalmente, se forma a su derredor un caos extraño, borroso, dispersador... Esa invitación a Berlín me resolvía el viejo problema, amargamente rumiado, de terminar con la Argentina y regresar a Europa. Por momentos sentía que no había otra salida. Pero he ahí ya la primera complicación embrolladora y borrosa: la carta tenía fecha de un mes atrás, se había extraviado en la oficina de correos, y exigía una respuesta inmediata (pues tal invitación era una fortuna que muchos codiciaban con "los dientes bien afilados"). ¿Por qué se había extraviado la carta? ¿Por qué no enviaron otra? ¿Es que entonces, ¡Dios mío!, todo se había desvanecido y debía quedarme en Buenos Aires?
Cuando llegué a Buenos Aires encontré sobre el escritorio un telegrama que reclamaba contestación urgente. Pero el telegrama tenía ya dos semanas de haber llegado. Por una mezcla extraordinaria de descuido y mala suerte había sido aquel telegrama ?de entre toda la correspondencia recibida? el único que no me había sido reexpedido. Telegrafié que aceptaba... pero ya entonces no me cabía la menor duda de que todo sería en balde, que todo se lo había llevado el diablo, y que yo, ¡Dios mío! no podría moverme de la Argentina.
Sin embargo ya algo comenzaba a acontecer a mi rededor... en esos días de incertidumbre algunos aspectos particulares de la realidad argentina cobraron un súbito impulso, parecía como si aquella realidad al presentir un final próximo se hubiese empezado a acelerar e intensificar en todo lo que de específico contenía... esto se demostraba evidentemente en lo que se refiere a la juventud, la parte quizás más característica de mi situación.
Ellos, como si justamente hubieran percibido en esos días que algo como yo, no les sucedería todos los días: un escritor ya "formado", con un nombre ya conocido, que no trataba con personas mayores de los veintiocho años de edad, un artista con una rara estética personal, con un orgullo especial, que con desdén y hastío rechazaba a la gente "lograda" en la cultura para acercarse a los jóvenes, a aquellos a l"heure de promesse, los de la etapa inicial, los de la antesala literaria... vaya, ¡pero qué caso excepcional, sin precedentes! ¡Qué excelente oportunidad para atacar con este "joven-viejo" a manera de ariete, al beau monde literario de la Argentina, derribar las puertas, provocar la explosión de las jerarquías, causar escándalos! ?y he aquí que esos blousons noirs del arte, esos iracundos (una de sus agrupaciones se llamaba "Mufados", otra "Elefantes" ) me asaltaron, llenos de afán bélico, empezaron a elaborar apresuradamente las formas de introducirme a la prensa más importante. Miguel Grinberg, dirigente de los "Mufados" preparaba febrilmente un número de su revista combativa dedicado a mí ?¡movilización, movimiento, electricidad!? Yo miraba todo aquello con asombro... porque de verdad parecía como si presintieran ya mi fin cercano... y sin embargo, aún no lo sabían... Con asombro, y no sin placer, porque aquello halagaba mi terquedad innata, verá que a pesar de todo mi Grand Guignol (que me restaba seriedad entre los hombres de letras respetables), era yo ¡ ja, ja !, alguien muy serio y constituía un valor. Y el Grand Guignol propio de mi situación se inflamaba en esos días finales de una manera realmente insólita, a cada momento estallaba alguna excentricidad, en la prensa aparecían cada vez con mayor frecuencia noticias sobre mi "genialidad" reconocida, triunfante victoriosamente en Europa, y Zdzislaw Bau que redactaba la crónica social en el Clarín me hacía publicidad insertando alusiones graciosas sobre bailarinas seducidas por "Gombro" en los balnearios de moda. ¿Si este rumor llegaba a los salones europeos de Madame Ocampo, qué podían pensar sus respetables escritores? ¿Llegaba algo a penetrar en su Olimpo? ¿No se sentían acaso como Macbeth, al mirar desde el castillo de Dunsinan el bosque verde que iba aproximándose?... En aquel verdor acechaba la farsa, lo salvaje, la anarquía, la mofa, pero todo insuficientemente sazonado ("frito" y "cocido"), a un nivel inferior, "casi de sótano". Me olvidé dcl asunto de Berlín. Todo anunciaba una diversión formidable, tal como a mí me gustan, desconcertante, desequilibradora, a medio hacer.
De pronto la invitación oficial de la Federación Ford.
Mis pies tocaron tierra argentina el 22 de agosto de 1939. Desde entonces muchas veces me había preguntado: ¿cuántos años aún?, ¿cuánto tiempo? He aquí que el 19 de marzo de 1963 supe que llegaba el fin. Apuñalado por la daga de esta aparición me sentí morir por un instante. Sí, es verdad, toda la sangre me abandonó durante un minuto. Ya ausente. Ya acabado. Ya listo para el viaje. Roto quedaba el misterio entre yo y aquel lugar mío.
Aquel final exigía una comprensión, una toma de conciencia, pero ya me había arrebatado el torbellino exterminante y dispersador: documentos, dinero, maletas, compras, liquidación de todo; tenía frente a mí dos semanas escasas para despachar todos mis asuntos; me dedicaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche a arreglar, despachar, rematar a los amigos mediante una ternura ya ausente, terminar con mis sentimientos y agravios, lo más rápidamente posible: desayuno con Fulano, cena con Zutano, de prisa, debo aún recoger algunos paquetes...
Debo decir que en los momentos finales comenzaron a madurar flores y frutos inesperados, florecían las amistades, que por años enteros se habían mantenido en un estado de semisomnolencia, vi lágrimas..., pero ya no tenía tiempo de nada y fue como si aquellos sentimientos al demorar su realización hasta el ultimo momento se volvieran irreales. Todo para el último momento, todo en realidad ex post. Relataré una anécdota cómica: salgo un día a las siete y media de la mañana para arreglar once asuntos urgentes y me topo en la escalera con una joven, una beldad de dieciocho años, novia de uno de mis amigos estudiantes a quien él llamaba "la maleta",porque según lo que afirmaba, se andaba con ella igual que con una maleta. "La maleta" solloza derrama lágrimas, me declara su amor, ¡no solamente ella ?decía?, sino todas sus amigas estaban también enamoradas de mí Witoldo; ninguna se había salvado! Y así una semana antes de mi partida me enteré de aquellos amores virginales... ¡Sí, era gracioso, pero no tan gracioso! Aquel risible triunfo de la despedida me causaba escalofríos. ¿Así que aquellas jóvenes estaban también dispuestas a colaborar en mi drama? Muchas veces me sorprendió y horrorizó hasta lo inaudito la reacción violenta de la juventud hacia mis sufrimientos relacionados con ella. Y ahora sentía una especie de generosidad lamentable y desamparada, una mano amistosamente tendida, que ya no podía alcanzar. .. Aun otras flores y frutos se dieron en esos momentos de agonía en el jardín cultivado por mi drama desde hacía muchos años, sí, fue una maduración rápida e impetuosa, mientras yo, asceta, corría de un lado a otro haciendo compras. Todo estaba en movimiento, la presión tremenda del tiempo, acelerada por mi partida, era justamente como la que se presenta cinco minutos antes de la llegada del Año Nuevo: movimiento, presión, ya nada se podía captar, todo se me caía de las manos y desaparecía como si lo hubiera contempladoa través de la ventanilla de un tren. Nunca me había encontrado tan solo y distraído.
A pesar de todo intentaba ?a veces febrilmente? darle forma a mi éxodo. Había cierta analogía entre esos últimos días y los primeros, los de 1939, analogía formal únicamente, pero me aferré a ella, en mi caos y pude hasta llegar a encontrar el tiempo necesario para emprender la peregrinación a los lugares que habían sido míos; llegué por ejemplo a un gran edificio situado en la calle Corrientes número 1258, llamado "El Palomar", donde se cobijaba la más diversa pobretería, donde sobreviví quizás al período más difícil, aquel de fines de 1940, enfermo, sin un centavo. Subí al cuarto piso, vi la puerta de mi cuartito, los goznes conocidos, las raspaduras en la pared, toqué el picaporte, la barandilla de la escalera, sonó en mi oído la vieja e inoportuna melodía del dancing de abajo, reconocí el viejo olor... y por un momento, asido a algo invisible esperaba que ese regreso fuera capaz de darle forma y sentido al presente. No. Nada. Oquedad. Vacío. Fui aun a otra casa, en la calle Tacuarí número 242, donde viví en diciembre de 1939, pero esa visita resultó peor. Entro, abordo el ascensor para trasladarme al tercer piso, donde existió mi pasado, aparece el portero:
?¿A quién desea ver?
?¿Yo?... Al señor López. ¿No vive aquí el señor López?
?Aquí no vive ningún López. ¿Por qué se mete en el ascensor en vez de preguntar en la portería?
?Pensé que... en el tercer piso...
?¿Y cómo sabe que en el tercer piso si ni siquiera está usted seguro de que viva aquí? A propósito, ¿qué asunto le trae? ¿A quién busca? ¿Quién le dio la dirección?
Huí.



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