EL ESPÍRITU POST Y LA CULTURA COMERCIABLE II. POSMALIÓN

Samuel Pinazo

Publicado el: 22/02/2016


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Es evidente que existen las mismas posibilidades de que las cosas se hubiesen desarrollado más o menos así que de cualquier otra manera. Por ejemplo, un análisis psicológico del mismo período no podría eludir -o al menos no tendría problemas a la hora de defender- que fue el Discurso del Rabino, un pasaje de una novela de ficción, el acontecimiento que vino a hacer de detonante de las tramas principales de la historia social del siglo XX.



Es evidente que existen las mismas posibilidades de que las cosas se hubiesen desarrollado más o menos así que de cualquier otra manera. Por ejemplo, un análisis psicológico del mismo período no podría eludir -o al menos no tendría problemas a la hora de defender- que fue el Discurso del Rabino, un pasaje de una novela de ficción, el acontecimiento que vino a hacer de detonante de las tramas principales de la historia social del siglo XX.

En un mundo desmoralizado (angustiado) por la crisis del 29, se encuentra -en una novela- el objeto para transformar esa angustia generalizada en temor focalizado, es decir: se crea al enemigo. Se materializa algo contra lo que luchar (es evidente que la angustia no lo permite). Al focalizarse el enemigo en el pueblo judío, (es decir, al transformarse la angustia en temor), Alemania y España pueden permitirse unir sus fuerzas para luchar contra el enemigo común, ya que el fortalecimiento de los pueblos mediante los nacionalismos se basa en la legitimación automática que provoca la focalización psicológica de un objeto externo o diferente como enemigo, independientemente de que el objeto en sí presente una amenaza real o no.

Tal vez fueron los hermanos Kellogg los primeros empresarios en darse cuenta que vale más la pena invertir en publicidad mediante un acto comunicativo a través de la seducción que en el clásico intento de convicción mediante el mensaje informativo.

El marketing moderno usa la comunicación (el arte de trasmitir ideas y emociones) y no ya el de la información (referenciada, confirmada por testimonios indiscutibles) para llamar la atención sobre un producto u objeto y condicionar al mismo tiempo la prioridad que el cliente otorga al objeto en su escala personal de necesidades y deseos.

Podría ser que el motivo principal por el que a Freud no le entusiasmara citar fuentes esté relacionado con su confianza, precisamente, en la primacía de la fuerza comunicativa sobre la fuerza informativa.

Estaba Freud publicando El Malestar en la cultura en 1929 (las sociedades occidentales son neuróticas) y a la vez surgía len Alemania la Terapia Gestalt como segunda reacción al conductivismo científico, proponiendo una visión holística de los acontecimientos, donde “el todo es siempre más que la suma de los elementos”. Pero la terapia gestáltica no resultó un producto de aplicación comerciable, o al menos no tanto como sí lo logró desde el primer momento la aplicación freudiana a la joven ciencia publicitaria.

Al mismo tiempo, (1930, un año verdaderamente enloquecedor para la perspectiva psicoanalítica de la historia de las últimas décadas), se encuentra un anciano Nikola Tesla intentando convencer al magnate J. P. Morgan para que le financie el proyecto que cambiará el mundo: “Señor Morgan -dice Tesla- el problema está en la falta de comunicación entre los pueblos; un mundo comunicado terminará con las guerras y los conflictos, y yo sé cómo hacerlo; puedo crear una red de comunicación que conecte todos los rincones del planeta”. Pero el señor J. P. Morgan se niega a financiar el último delirio del hombre que inventó prácticamente todo lo que hoy tenemos a nuestro alrededor, y que terminaría sus días sin dientes y dedicado a dar de comer a las palomas con las que vivía en el Central Park de Nueva York.

¿Qué es todo este lío? Todo este lío sirve para acercarnos al estado psicológico de las sociedades occidentales donde se va a originar el movimiento intelectual de la segunda mitad del siglo XX.


Primero Heidegger (Ser y tiempo, 1927, “¿Por qué el ente humano ha olvidado el Ser para concentrarse en el dominio de lo material?”). Luego Strauss: “El hombre no es el centro, sino que forma parte de la estructura” (El Pensamiento Salvaje). Foucault: “El hombre ha muerto”, en una referencia directa a la consecución del pensamiento Nietszcheano. Y a finales de los 70 Lyotard con su Misiva a la Historia Universal, que llega en el momento justo para abrir en canal los cuatro grandes relatos o metarrelatos que forman nuestra Historia: el relato cristiano, el relato ilustrado, el relato capitalista y relato marxista.

Con la idea de que las tramas han muerto (para confusión de la estética de los nuevos artistas -relatos en pantallas donde no ocurre nada, un pianista que no toca una sola tecla, Cage, 4.33”) encuentra el hueco para su producción Michel Foucault: En las sociedades desarrolladas es donde más se acumula el saber, de manera que es donde más se acumula el poder, y entonces la misión teleológica de la historia es peligrosa, porque todos los relatos se dirigen a un fin y la interpretación de la historia legitima siempre algo, ya sea la revolución para alcanzar la plenitud social sin clases (relato marxista), la acumulación de capital para alcanzar plenitud social (relato capitalista) o la razón para alcanzar la plena felicidad (relato de la ilustración).

En esta nueva metafísica es donde se van a encontrar los primeros pensadores franceses licenciados en psicología, que empiezan a temer de verdad que el marxismo sea un buen lugar desde donde seguir criticando el pensamiento capitalista.

La cuestión, llegados a este punto: entre la filosofía estética de los posmodernistas y la clásica racionalidad hermenéutica, ¿es posible encontrar un hueco para la reflexión, para la elaboración de pensamiento en busca de conocimiento que no esté sometido a los intereses de los regímenes capitalista y comunista?

Aquí llega Vattimo y dice que “la historia es como el dialecto”: no hay un gran relato, sino dialectos que a veces convergen y otras se contradicen, en cualquier caso, una multiplicidad de hechos que sirven para expresar la realidad. Naturalmente, el tema de Cage al piano no tiene muchas posibilidades en el mercado, sin embargo, el éxito comercial de la filosofía de Vattimo resulta arrollador, ya que la retórica posmodernista en favor de la diversidad y el multiculturalismo es provechosamente capitalizada por el neoliberalismo para poner al día su ansiado proyecto de hegemonía cultural.

Con Derrida, último de los grandes filósofos franceses que vivieron el mayo del 68 y que moriría en 2004, llega el concepto de deconstrucción de la historia, tomando la totalidad de los grandes y pequeños relatos, como propone Vattimo, pero llegando a trasformar la multiplicidad en un caos vertiginoso de multiplicidades, cuyo ejercicio se llega a acusar de parecerse demasiado a un juego retórico de pretensiones meramente recreativas. Sin embargo, el juego de la deconstrucción como elemento creativo es también rápidamente acogido y distribuido gracias a su gran adaptabilidad lúdica a productos comerciables, desde un título para una obra de Woody Allen hasta la Matutano flotando en un huevo crudo o “tortilla de patatas deconstruida” del chef Ferrran Adriá.

Todo muy divertido. Hasta que el acontecimiento de las torres gemelas en 2001 barre de golpe la fragmentación propuesta por los posmodernos franceses, ya que el pragmatismo estadounidense sale a dejar claro que tras unas décadas de juegos poéticos y charlatanería europea, es más que evidente que sí existen hechos universales que determinan La Historia del Mundo, que la guerra es siempre un Choque De Civilizaciones, y que en nuestros tiempos se acaba de producir ese choque “entre el islam y el mundo libre occidental”; “Dios no es neutral, Dios está con nosotros”, dice Bush, queriendo ayudar.

Desde occidente, la gran mayoría de los individuos que ya hemos aprendido a no tomarnos en serio a las personas que ocupan cargos importantes en la política, defendemos que todo fundamentalismo es una negación de pluralismo; que todo fundamentalismo es la exaltación de una y solo Una Verdad. Y que Bush y el fundamentalismo islámico son exactamente la misma cosa y por lo tanto igual de peligrosos: posibilidad de un enfrentamiento entre la palabra de Alá y la ética cristiana. Sin embargo, el hecho de que Bush o cualquier otro presidente de nuestros días no posea las capacidades intelectuales suficientes para argumentar en contra de la gran mayoría de nosotros, no implica ni mucho menos que no debamos revisar las posibles fisuras de nuestra posición de defensa de la pluralidad y multiculturalismos frente a cualquier tipo de fundamentalismo: salta a la vista que hay una trampa en nuestra posición. Salta a la vista que no podemos imponer a nadie que pertenezca a otra cultura que sea “libre” como nosotros, precisamente porque nos amparamos en la defensa de la libertad. Si una mujer escoge libremente vivir sometida, ¿qué podemos hacer? ¿Curarla? Cuidado. ¿Y entonces?

Por supuesto que existe la tentación de la irresponsabilidad, con la que pretendemos no responsabilizarnos de nada, pero la verdad es que, desde aquí, desde nuestro primer mundo occidental, somos los responsables de todo. Y ya no podemos seguir engañándonos. O sí podemos, pero sin dormir tranquilos.


Posmalión. En democracia post (sistema por el que se accede al poder tras vencer en un ejercicio de competencia publicitaria por el voto) cada campaña política que compite niega los discursos o posturas ideológicas de sus adversarios no necesariamente porque sus contenidos sean menos oportunos o sus ideologías menos acertadas, sino porque son primeramente eso: adversarios a los que hay que, antes de nada, vencer en la lucha por el voto.
Lo primero es llegar. Posicionarse. Lo sabemos. Ya todos somos conscientes de que este es el funcionamiento. Y no es al hecho en sí, al funcionamiento en sí, sino a la conciencia de este hecho, a saber que así es como funcionamos, a lo que llamamos posmodernidad.

En lo individual, cuando escojo la palabra Posmalión para el título del artículo celebrando -antes de nada- la originalidad de la palabra tras haberla sometido al medidor de originalidades google, estoy actuando movido por mi deseo -antes de nada- de posicionamiento; lo primero es llegar. Después ya trataré de articular en mi discurso post la necesidad de mencionar el mito de Pigmalión.

Pero soy consciente de mi conducta, de los artificios previos y de la manipulación que realizo de los recursos publicitarios para ser escuchado, y soy consciente de que esto me inquieta. Y la someto a análisis; mi conducta. Abro un espacio para la autocrítica honesta, auto análisis experimental que no sé adónde me llevará. Y a este espacio que abro voluntariamente al tiempo que articulo mi discurso lo llamamos posmodernidad.

Si concebimos la posmodernidad no como una continuidad de la modernidad, sino como un espacio para pensar la modernidad, un espacio en el interior de la modernidad dedicado a la reflexión, una suerte de conciencia de la modernidad, y entendemos Modernidad como condición que rige nuestras conductas y decisiones cotidianas, entonces -mucho más allá de encontrarnos abriendo el período histórico de la filosofía francesa que abarca desde Lyotard hasta y Derrida-, lo que estamos haciendo al usar el inadecuado post- es manifestar nuestro deseo de someternos a un auto análisis experimental desde distintas perspectivas, y con el objeto de someter a control -si fuese necesario- no sólo los procesos racionales que rigen nuestra adquisición de conocimiento y de verdad, sino también -y sobre todo- la relación inapelable que solapa toda Verdad adquirida con la toma de poderes y las consecuencias, en todas sus manifestaciones, sobre el mundo actual.

Pigmalión fue el escultor que se enamoró de su obra, y cuenta Ovidio en sus Metamorfosis que de tanto amar a su mujer de marfil ésta terminó haciéndose mujer de verdad.
En psicología, el efecto Pigmalión (una persona consigue su propósito a fuerza de creer que puede conseguirlo) se sostiene sobre el teorema de Thomas (si defines la situación como real, las consecuencias serán reales) y su aplicación práctica podemos encontrarla bajo el rótulo de la profecía autocumplida como una brillante herramienta de explotación que abarca desde el ámbito educacional hasta el de la especulación financiera.

La cuestión es, o podría ser, si una vez que todos hemos tomado ya conciencia del mito, una vez que todos que hemos alcanzado a conocer las posibilidades prácticas del efecto Pigmalión, podemos realmente volver a ser el escultor Pigmalión -que debió de sorprenderse mucho con el desenlace de su propia historia- o si, por el contrario, el mismo hecho de conocer el mito y su utilidad, los efectos del teorema de Thomas, ya sólo nos permite someternos al vicioso juego del auto engaño y la auto expiación.

En otras palabras: es gracias al control de la historia racional sobre la historia empírica que desde el primer mundo occidental podemos seguir juzgando la desmesura del fundamentalismo islámico al tiempo que enarbolamos la bandera de la tolerancia. Es ya más que evidente que la bandera la agitamos para nosotros mismos y sólo para nosotros mismos, impulsados por la necesidad de auto convencimiento y auto expiación, para seguir convenciéndonos a nosotros mismos y justificando nuestras conductas, en el pasado, en el presente, y en el futuro. Nos mentimos, y sabemos que nos mentimos. Esta evidencia, inexorable, es lo que caracteriza la inquietud espiritual de la condición posmoderna, que nos impulsa a tratar de comprender o recrear la historia que nos ha traído hasta aquí.

Las religiones, así como las artes o las ciencias (las ciencias sociales como la historia, las ciencias médicas como la psicología), ofrecen apoyo existencial a las personas cuando sufren.

En nuestras revistas occidentales publicamos caricaturas provocativas de Mahoma al amparo de nuestro derecho a la libre expresión, pero parece que el derecho no nos alcanza para burlarnos de los tullidos o las gordas o de las señoras asesinadas por sus esposos. Que se conquisten ciertos derechos, como el de la “libertad de expresión”, no exime a nadie de comprender que hay ciertas burlas o provocaciones que son, cuando menos, inoportunas.

¿Por qué querría alguien ser inoportuno, provocar a alguien con una burla que era innecesaria? Es tentador contestar de la manera más sencilla: Por llamar la atención. Es de decir, para alcanzar fama o dinero, en definitiva, bienes materiales, que son precisamente para la cultura musulmana las tiranías a las que nuestras “libres democracias occidentales” viven sometidas. Riqueza material, éxito profesional, distinción, objetos a alcanzar en nuestra carrera hacia la Felicidad, objetos de adoración de los que en nuestras sociedades ilustradas nos libramos hace tiempo de la iglesia. Si el hueco de la culpa lo llenamos con la deuda, el hueco de la salvación también hubo que llenarlo con algo.

Por mucho que tratemos de mentirnos, o por lo menos de no ser francamente crudos con nosotros mismos, no podemos dejar de admitir que esos objetos con los que hoy ocupamos los espacios para nuestro apoyo existencial, para no sufrir, siguen siendo los principales motivos del daño, propio y ajeno. Y que es en esto, tal vez más que en ninguna otra cosa, en lo que todos los seres de todas las épocas y culturas somos idénticos.

El genio Tesla se equivocaba en los últimos años de su vida. Hoy vivimos en su soñado planeta intercomunicado y, lejos de haber acabado con los conflictos entre los pueblos, hemos acabado con los pueblos. Las multitudes actuales seguimos envueltas en los mismos conflictos, o en el gran conflicto, porque tal vez no haya dejado de ser siempre el mismo. La desaparición de las distancias físicas acabó con aquella bipolaridad de los dos enemigos claros, pero sólo para provocar la transformación del conflicto en una multiplicidad de focos preparados para la acción en cualquier rincón del planeta. A lo mejor ha llegado el momento de preguntarnos en qué lugar psicológico, entre la angustia y el temor, está situado realmente este nuevo enemigo, abstracto, que por el momento seguimos llamando terrorismo.



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