El espíritu post y la cultura comerciable

Samuel Pinazo
samuelpinazo@gmail.com
Publicado el: 03/10/2015


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Hoy nos hemos puesto de acuerdo en que los franceses ilustrados no se tomaron la tarea del desmantelamiento previo a la nueva construcción. Que decapitaron a los reyes y se esforzaron por crear la enciclopedia con la ilusión (ingenuidad, mirada desde nuestra época) de que todo el mundo pudiera acceder cuanto antes al Conocimiento, porque -pensaron, y muy razonablemente- que ese mundo de hombres nuevos y educados sería beneficioso para el bien común en el momento de la auto organización y la auto gobernación (es decir, para el bien del sistema democrático); esto implicó desplazar a la iglesia y lanzarse alegremente de cabeza al mundo de la ciencia y el razonamiento; una realidad nueva y llena de esperanzas, pero creada en el fondo con los mismos conceptos y materiales de construcción tóxicos del viejo mundo cristiano (culpa-deuda, W. Benjamin).



Hoy nos hemos puesto de acuerdo en que los franceses ilustrados no se tomaron la tarea del desmantelamiento previo a la nueva construcción. Que decapitaron a los reyes y se esforzaron por crear la enciclopedia con la ilusión (ingenuidad, mirada desde nuestra época) de que todo el mundo pudiera acceder cuanto antes al Conocimiento, porque -pensaron, y muy razonablemente- que ese mundo de hombres nuevos y educados sería beneficioso para el bien común en el momento de la auto organización y la auto gobernación (es decir, para el bien del sistema democrático); esto implicó desplazar a la iglesia y lanzarse alegremente de cabeza al mundo de la ciencia y el razonamiento; una realidad nueva y llena de esperanzas, pero creada en el fondo con los mismos conceptos y materiales de construcción tóxicos del viejo mundo cristiano (culpa-deuda, W. Benjamin). Cuando desde nuestra época, y estando entre colegas, hay que ponerse a juzgar a aquellos hombres, nos parece cada vez más justificable admitir que no sólo no se dieron cuenta, sino que estaban de verdad incapacitados para ser conscientes de esta dimensión de los acontecimientos que a nosotros nos ofrece el retrovisor con el que miramos la Historia.

¿Involución o progreso? El caso es que desde aquí estamos sujetos a pensar que se trata -como todo- de una cuestión de perspectiva, y que la pregunta contiene la trampa o el elemento tóxico heredado del pasado en forma de pulsión ancestral obsesionada con la idea de hallar una fórmula universal, una gran respuesta -y sola una- para cada una de las grandes preguntas del ser humano. Porque nosotros (que nos hemos auto definido “post” manifestando así nuestro deseo de diferenciarnos de los antiguos modernos), ya hemos aprendido -precisamente a costa de ellos- que las preguntas tóxicas se contestan de manera tangencial: que lo que no podemos eludir es que el mundo moderno basado en el conocimiento científico ha provocado -y en un período de tiempo realmente corto- al menos las tres últimas grandes revoluciones del planeta: en el XVIII con la máquina de vapor, a finales del XIX y comienzos del XX con la electricidad y la química, y a finales del XX y comienzos de 21 con la informática y el ciber-espacio, que una revolución tecnológica es un acontecimiento que condiciona siempre los comportamientos y modelos de conducta de la sociedad, y que deseamos creer que en líneas generales hoy somos más seres humanos los que vivimos más tiempo y en mejores condiciones que en todas las épocas anteriores de la historia de la hombre.

Pero si hay algún romántico en el grupo, porque siempre lo hay, arriesgará a añadir que el año 1914 supuso una interrupción en el largo período de evolución jurídica desde la primera abolición de la tortura al menos en un país occidental en la década de 1780. De hecho, al romántico posmoderno se le presenta el siglo XIX como un período de progreso material, intelectual y moral sin parangón en la historia de la hombre; que se va ir al garete precisamente con el estallido de la primera guerra mundial y las posteriores catástrofes acontecidas a lo largo del siglo XX como consecuencias del comportamiento humano.

Su colega, porque el romántico siempre va a todas partes con su colega, asiente y aporta lo suyo: que un momento crucial que va a servir para reflejar el carácter y la personalidad con la que se va a vestir el hombre del siglo XX, es la particular alianza que se produjo entre el capitalismo liberal y el comunismo, es decir, entre EEUU y la URSS, durante la década de los años 30, para acabar con el régimen fascista y la amenaza que suponía para el sistema democrático en el mundo occidental. Y una vez se terminó con el enemigo, los dos primeros mundos (EEUU y la URSS) se enfrascaron en una serie de guerras consecutivas practicadas en escenarios tercermundistas con vietnam encabezando la lista y con el resto del planeta acojonado durante varias décadas ante la posibilidad de una tercera guerra mundial con bombas atómicas.

Científicos no hay en el grupo, porque hace ya medio siglo que los científicos y los artistas no se hablan porque no se entienden. De manera que introducir a un científico en la reunión cervecera de románticos literatos y otros tipos de letras sería ya mucho imaginar. Pero, si lo hubiera, y además fuera un buen estudiante, nos ilustraría recordándonos que en cuanto a la ciencia el momento crucial del siglo XX está en la revolución de la física durante los años 1924 y 1928, con la Teoría de la Relatividad, que al defender que la luz es a la vez onda y partícula provoca ni más ni menos lo que va a ser la gran ruptura del camino que se venía construyendo mediante la ciencia mecanicista de Newton. Se crea entonces la nueva herramienta para el estudio de lo subatómico: la física cuántica, que va a tropezar demasiado pronto con el principio de indeterminación o de incertidumbre, y que, seguidamente, y como para buscar aliento, se va a fugar hacia el desesperado principio de complementariedad, mediante el cual la física y la matemática se planteaba seriamente y por primera vez abrirse ante la posibilidad de coexistencia de procesos contradictorios que expliquen la realidad; y esto es lo realmente revolucionario, ya que esta postura implicaba alejarse del sentido común y de los procesos de causa y efecto sobre los que se sostenía el método científico desde Descartes cuatrocientos años atrás. El caso es que durante las décadas siguientes el físico y el matemático van a empezar a imaginar, a inventar, a crear sistemas teóricos coherentes que sirvan para explicar el funcionamiento de la realidad que nos rodea, independientemente de que estos sistemas creados puedan ser contradictorios.
Pero, ¿no es esto precisamente lo que hace el artista? ¿Qué es un conflicto dramático, con el que se pretende imitar en la ficción los misterios de la realidad, sino una convivencia de sistemas coherentes contrarios en el interior de una comunidad o de un mismo ser humano?

El arquitecto (porque sí puede haber un arquitecto entre nosotros, tal vez un arquitecto con cierta curiosidad por el mundo de las finanzas) aprovecharía el momento para informarnos de que es en ese justo momento cuando la economía asume la posición teológica, justamente porque ella sí puede eludir los mecanismos de verificación. Efectivamente, retoma el otro; sin embargo, la ciencia no va a poder permitirse esto, porque, aunque a los físicos nos resulte muy estimulante (de modo que el estudiante es físico) ponernos a imaginar bellísimas ficciones matemáticas sobre el papel, los gobernantes que financian nuestras investigaciones van a necesitar que esas teorías sean útiles para la sociedad, es decir, que contengan un valor comercial, es decir, que se presten a pasar de la fórmula al objeto material, es decir, que posibilite la fabricación de un artefacto tecnológico vendible. Evidentemente, esto es así hoy y en aquellos años 50, pero en aquella época además la cosa parecía más urgente, ya que ambas súper potencias se encontraban enfrentadas también en la carrera espacial. Y el hecho de que los primeros cohetes tripulados enviados al espacio fueran soviéticos pone en evidencia la falta de contacto absoluto con respecto a la realidad que trataban de explicar las construcciones teóricas de los físicos occidentales durante aquellos años. (¿No es suficientemente ilustrativo que la palabra quark, escogida por los físicos estadounidenses para bautizar a una nueva partícula subatómica, fuera sacada del Ulises de Joyce?). Y es en este momento cuando aquellos hombres, que ya sólo se entendían entre ellos, se detienen un instante, se miran, y se preguntan: ¿Qué estamos haciendo? ¿Realmente estamos avanzando o nos estamos perdiendo? Porque aquí es donde surge de verdad la gran pregunta. Y posiblemente en un bar. O por lo menos a nosotros nos gusta imaginarlo así, en la misma mesa a la que se volvió el físico romántico Maddox con otra ronda de cervezas y, al ver la angustia en el rostro de sus compañeros, soltó aquello de: “todo depende de lo que uno quiera entender por encontrar”. Como para terminar de arreglar las cosas.
Alan Turing, el homosexual, no iba al bar. Todavía no se había suicidado, y se pasaba las horas en su habitación desgranando una teoría matemática que de verdad se pudiera aplicar para lograr algo útil en el mundo real; y lo consiguió: su herramienta teórica fue usada para descifrar códigos durante la época de espionaje de la guerra fría. Sin embargo, no llegó a ver cómo ese mismo código binario se convertiría en el ADN de la informática moderna que iba a provocar la última gran transformación del planeta. Se suicidó en 1954 tras haber sido procesado y condenado por gay. En la Nochebuena de 2013 la Reina Isabel II promulgó un edicto que anulaba todos los cargos en su contra.

Pero un poco más despacio, y ampliando la visión, con respecto al ámbito cultural:
Desde la primera guerra mundial y a través de la gran depresión se producen las vanguardias literarias del futurismo, el dadá -en la Suiza neutral de 1916- y el surrealismo en 1924. En España, la Generación del 27 surge influida por la vanguardia francesa como contrafigura de la angustia identitaria que caracterizó a aquella otra generación del 98 tras la pérdida de las colonias.
En 1945, al fin de la Segunda Guerra Mundial, Satre y Brecht tienen que salir a llamar un poco el orden a tanta vanguardia, recordando el compromiso político y la utilidad social que debe contener la literatura. Pero, ¿quién escucha a Sartre y a Brecht? Se les escucha. La pantalla aún no ha irrumpido en el mundo; aún no se ha retransmitido por televisión el primer mundial de fútbol, y los hombres todavía sacian la necesidad natural de colectividad o de pertenencia a un grupo en las tertulias políticas o en los sindicatos laborales, y no en los estadios deportivos, de modo que el intelectual aún ocupa un lugar privilegiado en la sociedad desde donde es capaz de hacerse escuchar a través de sus artículos y sus libros.

Sin embargo, la humanidad está a punto de entrar en otra fase: la fase más acelerada de la historia en cuanto a progreso que desde aquí se va a conocer como edad dorada, y que es la consecuencia directa de la carrera cientifico-tecnológica que -ya fuera con fines bélicos o por prestigio nacional- las dos súper potencias van a financiar durante décadas sin pararse a escatimar jamás en costes y que acabará provocando la última gran transformación de la realidad cotidiana del mundo a finales del siglo XX.

En el ámbito social, lo que va a provocar este período de treinta años de investigación científica y producción tecnológica a toda mecha, es el quiebre absoluto de la historia del hombre con respecto a su manera de estar y de comportarse en el mundo. Porque, tras la Segunda Guerra Mundial y con la introducción de las máquinas en el trabajo, se tecnifican los oficios: para manejar las máquinas hay que ser técnico, y para ser técnico hay que estudiar, de manera que se masifican las universidades. La necesidad de estudios secundarios de los hijos va a provocar la incursión de la mujer al mundo laboral para alcanzar a pagar la universidad con la suma de salarios conyugales: pistoletazo de salida a la lucha de la mujer por la igualdad con respecto al hombre de sus derechos laborales. El drástico cambio que se va a producir en la forma de comprender las relaciones conyugales se puede ver reflejado en la legislación de los divorcios de la época, que ascienden de una manera espectacular, pero al mismo tiempo se va a transformar también la relación generacional dentro del ámbito familiar, porque, por primera vez en la historia del hombre, el padre se va a encontrar aprendiendo del hijo.
Sin embargo, la consecuencia más importante de la prolongación de los estudios de los hijos será el nacimiento de un nuevo e importantísimo sector social: los jóvenes: un sector potencial de consumo que reclama un universo de productos diferentes mediante el cual definirse o diferenciarse del resto de la sociedad. Este es el origen de la espectacular industria del rock y del sinfín de productos personales (no ya familiares) que la ciencia publicitaria va a lograr asociar con la irreverencia de este nuevo carácter juvenil, generando un nuevo mundo “contra-cultural” de consumo mediante la elaboración de una serie de eslóganes progenitores de lo que será el género publicitario por excelencia vigente hasta nuestros días, a través de la promoción del individualismo implícito en el “sé tú mismo” y el “rompe las reglas” que los primeros jóvenes de aquellos años necesitaron para encontrar su lugar y reconocerse como sector distinto a los niños y los adultos.

Pero, a pesar de lo uno podría esperar, en este escenario de demanda insaciable con la mujer liberada y trabajadora y los jóvenes reclamando desesperadamente cualquier cosa que les sirva para diferenciarse de los que no son como ellos, el acelerador a fondo de la producción va a lograr abastecer a todos de coches, lavadoras y walkmans y no parece que el combustible económico se vaya a agotar jamás, debido a la permanente inyección de capital sin miramientos por parte los gobiernos de las dos súper potencias enfrascadas en su batalla por implantar su sistema a escala global.

Este es el momento de la historia en el que, si nos elevamos hasta el cielo para ampliar el campo de visión, ya podemos contemplar los primeros desplazamientos cruzados de masas humanas: del campo a las ciudades en busca de avance y progreso (los más nefastos por cierto de la historia de la arquitectura urbana, según el arquitecto sensible con su cerveza en la mano, con el levantamiento de portentosos bloques de edificios como consecuencia de la imparable subida del precio de los solares en los nuevos núcleos urbanos), y desde las ciudades al campo y a la playa para desconectar en vacaciones o durante los fines de semana.

En lo político, cuando estos jóvenes técnicos licenciados se incorporen al mundo laboral en su posición de técnicos superiores, sus intereses personales como trabajadores ya no serán los mismos que los del escalón inferior, los trabajadores manuales que no fueron a la universidad. Esta escisión del proletariado va a suponer el fin del socialismo real en el mundo occidental, o al menos el fin en cuanto al modo en que fue concebido. Cuando en los años 70 en España se restaure la democracia y se formen los tres principales partidos, es más que evidente que el mundo se encuentra en unas circunstancias en las que izquierda unida ya no va a tener jamás opción real de gobernar.

El colega físico, que siempre que regresa del baño trae algo que no le deja tranquilo, quiere decirnos que, aunque en aquellos años muchos físicos y matemáticos empezaran a inspirar en quienes los mantenían la misma desconfianza que lo artistas no útiles por andar envueltos en la creación de ficciones no comerciables, también hubo casos en los que terminó sonando la flauta y lo que en su origen pareció inservible para el mercado acabó transformándose en producto de masas y ocupando su lugar en la era del progreso espectacular: del láser en un laboratorio en 1960 al CD en los 80, de las técnicas para combinar ADN de distintas especies en 1973, a lo que se convertiría en la primera fuente de inversión en medicina y agricultura: la Biotecnología (ver Monsanto). Y a mediados de los 90 el código de barras, que se presentó como el primer sistema altamente sofisticado que combinaba un software y un hardware para la universalización de la forma de pago y que además cualquier trabajador podía manejar sin comprender absolutamente nada sobre el funcionamiento de la máquina que estaba manejando: nace el cajero de supermercado como primer analfabeto funcional.


En el ámbito cultural, el boom académico en el primer mundo a finales de los 60 va a permitir que los productos culturales no comerciables (productos que la mayoría de la población no está dispuesta a consumir por el motivo que sea) se sostengan al amparo de los salarios de los profesores literatos, que con sus talleres de escritura creativa promoverán la producción de una escritura académica para ser diseccionada en sus propios seminarios. Y el resultado será una buena cantidad de material de confusión para los colegas literatos reunidos en un bar nacidos varias décadas más tarde. El romántico del siglo 21, ya borracho, acusará a las artes creativas no comerciables de la segunda mitad del siglo XX de haber olvidado el impulso inicial que movió a los novelistas del siglo XIX a escribir -o a leer- una historia: “hoy el poeta ya sólo escribe para otros poetas o para que su obra sea discutida por otros especialistas”.

En realidad, es a partir de la irrupción de la televisión en el mundo cuando los productos culturales comerciables van a pasar a ser consumidos exclusivamente a través de las pantallas, mientras que los productos culturales menos comerciables se mantendrán en sus soportes clásicos: libros, salas de teatro, discos... etc. Y, de hecho, será esta distinción grupal la que marque la única diferencia importante en términos prácticos, volviendo obsoletas las antiguas distinciones entre productos culturales literarios y productos culturales científicos; y sólo en algunos círculos artísticos reducidos se empezará a hablar en términos de alta y baja cultura; un intento de distinción entre lo que que en realidad desde el mundo práctico ya tampoco se alcanzará a distinguir. Porque en este nuevo mundo práctico de la cultura, son los productos culturales científicos comerciables (ejercicios imaginativos que logran sistemas teóricos coherentes y además aportan una utilidad social en cuanto que son aplicables mediante su materialización en forma de productos comerciables) los que van a ocupar el nuevo espacio de divulgación cultural al adaptarse a todos los estratos que proporciona la pantalla como soporte de creatividad cultural, ya sea a través de la ciencia publicitaria (bífidus activos y omega3), de las ciencias de la información (satélites en Marte y conexiones neuronales) o de otras ficciones literarias (Odisea en el Espacio, Inteligencia Artificial).

Es significativo que la novela policíaca tenga su origen en un relato creado para las revistas por un poeta desesperado que necesitaba producir algo comerciable para su sustento en la Filadelfia de 1841, y que lo logró con la creación de un personaje que era una máquina humana de raciocinio y deducción. No debemos olvidar que nos encontramos en los EEUU de la revolución industrial, y que el escenario para el ejercicio deductivo de las novelas policíacas partirá ya para siempre de un orden absoluto establecido cuyo equilibrio ha sido roto. El caso es que ocho años antes de aparecer muerto en un callejón con aspecto de mendigo (tenía 40 años en ese momento), Edgar Alan Poe creó con Dupois el prototipo que más rendimiento va a producir mediante su explotación continua a través de los siglos, hasta el punto de acabar apropiándose de la totalidad de las ficciones comerciables de nuestros días, desde que Sherlok Holmes le tomara el testigo en 1887 (creado por un médico oculista que a pesar de todos sus intentos ya nunca iba a poder deshacerse de él a causa de la arrolladora demanda provocada con su éxito), el espíritu de Dupois iba a verse metamorfoseado en infinitas posibilidades sobretodo a partir del boom del libro de bolsillo que provocó el invento del paperback en 1946 y que posibilitó la venta de novelas en los kioscos a precio de una hora de salario. Novelas policiales en su inmensa mayoría. Con la llegada de la pantalla, al espíritu de Dupois tampoco le iba a costar adaptarse, primero a través del cine con el género negro y más tarde apropiándose también del formato de la teleserie, al recorrer todas variantes detestivescas y policiales para llegar, irónicamente, a la clínica del doctor House. Irónicamente, porque fue precisamente la interpretación de los signos con el objetivo de llegar a un diagnóstico (la semiótica) la herramienta que Poe recogió de la medicina clínica para trasladarla a la vida social y más concretamente a la escena del crimen (antes, por cierto, de que existiese en el mundo real la profesión del detective). Y, cuando ciento cincuenta años más tarde, en el mundo real ya dominado por la ciencia comerciable, la semiótica estuvo inevitablemente presente en todos los aspectos de la vida social, el espíritu ficcionado de Dupois regresó al cuerpo del doctor y al escenario de la clínica, que es efectivamente su entorno originario natural.

Así que el prototipo científico de Poe recorrió como paradigma de producto cultural comerciable primero un siglo cuya cultura estuvo sometida al libro, y después el siguiente cuya cultura pasará a estar sometida a las pantallas, primero a través del cine, que fue una pantalla para cada barrio, y luego con la televisión, que fue una pantalla para cada hogar.
Pero, inesperadamente, en 1990 se produce el fin de la guerra fría. Y con el fin del mundo gobernado por las dos potencias va a irrumpir en occidente un producto tecnológico de repercusiones aún más revolucionarias que todo lo acontecido con anterioridad: En el mismo 1991, con el desplome de la unión soviética y del régimen comunista, se produce la liberación de Internet desde los laboratorios de la CIA, poniendo al servicio del mercado una red de comunicación entre pantallas de consecuencias absolutamente impredecibles aún en nuestros días que va a provocar además la producción en cadena de un sinfín de artefactos (hardware), pero sobre todo de herramientas incorpóreas (software), mediante las cuales la sociedad va a volver transformar su manera de comprender y de comportarse en el mundo: windows y apple en 1992, yahoo en 1994 y google en 1998, wikipedia en 2001 y facebook en 2004.
Y este es el momento en el que la pantalla llega a su tercer estadio en calidad de soporte cultural: deja de ser familiar para convertirse en personal y de bolsillo. Pero, sobre todo, deja de ser interfaz unidireccional para pasar a ser interactiva.

Sin embargo, tampoco esta revolución iba a implicar que el lado más oscuro de las leyes de la economía global (amparadas en su sistema no científico) volviera a manifestarse de la noche a la mañana en forma de cataclismo inesperado, y en 2008 se produjo una crisis económica global de repercusiones sólo comparables a las del crack del 29.

Pero la diferencia fundamental que cualquiera puede encontrar entre aquella sociedad del mundo de los años 30 y ésta de la segunda década del siglo 21, es que, en el mundo actual, y sobre todo como consecuencia del período dorado de progreso del siglo XX, la población humana del planeta triplica la de aquellos días, a pesar de que en este mismo período de tiempo se ha matado o se ha dejado morir a un número de personas más elevado que en cualquier otra época de la historia.

¿Progreso o involución? La respuesta tangencial de moda en nuestra época post, no podrá evitar la expresión desarrollo sostenible. Lo malo es que esta respuesta se presta a ser apedreada desde el mundo práctico por su idealismo implícito. Porque parece ser que el desarrollo sostenible se basa en la idea de hallar un equilibrio entre la humanidad -los recursos que consume- y las consecuencias ambientales y sociales que conlleva dicho desarrollo humano en cuanto a la producción y consumo de esos recursos, y lo que parece ya indudable para todos es que el equilibrio no se logra en un escenario económico mundial basado en el crecimiento y enriquecimiento ilimitado. Pero es el mundo que tenemos. El mundo que hemos creado. De modo que en la respuesta dada estaría el mensaje de que habría que cambiar el mundo, refiriéndonos al ámbito de lo político y social. Puede que la respuesta sea efectivamente idealista. Como también lo es, y lo ha sido siempre, la pregunta.
Sin embargo, resulta que hoy el problema que contiene la cuestión del progreso o la involución está empezando a afectar de verdad al escenario real de lo político y lo social en occidente: un primer mundo envejecido y desconcertado ante su propia insatisfacción recibiendo hordas de jóvenes tercermundistas en busca de trabajo y desarrollo. Porque, a juzgar por las pantallas, este parece ser el escenario social del siglo 21.

Tal vez, en términos más realistas, entre un grupo de jóvenes post tomando cervezas en cualquier ciudad privilegiada del primer mundo, la cuestión que se proponga evitar una respuesta indirecta, tangencial o idealista, podría plantearse más bien así:
¿Entidad corporativa de filosofía empresarial (maximizar beneficios mediante la minimización de costes), o nos estamos imaginando como una organización cívica basada en realizar un bien moral (justificando los costes con capital público)?
A lo mejor sea esta la manera más realista de expresar la inquietud del espíritu del siglo 21.



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