De Mi Vida (6)

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Publicado el: 07/08/2014


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Para quien tenga alguna importancia tanto su propia evolución moral como el desarrollo de su espíritu, no puede ni debe carecer de interés el recuerdo de su vida pasada, ni tampoco la asociación de los acontecimientos más importantes de aquélla a determinadas reflexiones.



[Mayo 1861]

Mi vida [I]
Para quien tenga alguna importancia tanto su propia evolución moral como el desarrollo de su espíritu, no puede ni debe carecer de interés el recuerdo de su vida pasada, ni tampoco la asociación de los acontecimientos más importantes de aquélla a determinadas reflexiones. Pues, aunque las semillas de las disposiciones espirituales y morales se encuentran escondidas en nuestro interior y el carácter particular lo recibe cada hombre cuando nace, también acostumbra, sin embargo, la extraordinaria diversidad de los acontecimientos circunstanciales externos, que unas veces le afectan más profunda y otras más levemente, a configurar moral y espiritualmente su perfil humano. Los acontecimientos vitales favorables y los desfavorables pueden servir tanto de beneficio como de perjuicio, según se despierten con ellos los anhelos de las distintas semillas hacia lo bueno o hacia lo malo. Con cuánta frecuencia se califica a los ricos y famosos, a los mimados de la fortuna, de felices, y con cuánta frecuencia no maldicen precisamente éstos su posición, que les ha empujado a vicios y angustias e inclinaciones que se han despertado en ellos y que destruyen su alegría de vivir. Si fueran justas las acusaciones contra el des- tino y todos los reproches que se le hacen, entonces, ese poder distributivo tendría que ser ciego, o el principio de la injusticia. Así mismo, es tan im- pensable dejarlos intereses más grandes del género humano en manos de un ser incapaz de pensamiento y discernimiento como confiarlos a un algo primordialmente maligno. En efecto, un ser creador abstracto, no espiritual, puede tan poco como uno originariamente maligno conducir nuestro destino, puesto que, en el primer caso, es imposible que exista una substancia privada de espíritu -ya que todo aquello que es, vive- y, en el segundo caso, porque entonces sería inexplicable el impulso del ser humano hacia el bien. En todo lo creado hay escalafones que también tienen que extenderse a los seres invisibles, a menos que el mundo entero no sea el alma universal. Efectiva- mente, notamos una progresión de la existencia partiendo de la piedra y de todo género de cosas que son sólidas y rígidas hasta las plantas, los animales, el ser humano y, finalmente, la tierra, el aire, los astros del cielo, mundo y espacio, materia y tiempo. ¿Deben estar aquí el final y el límite? ¿Deben ser los conceptos abstractos los creadores de todos los seres? No; más allá de lo material, de lo temporal y lo espacial, se elevan las fuentes primigenias de la vida, que tienen que ser mucho más altas y espirituales; la capacidad de la vida es infinita, la fuerza creadora, ilimitada.

Otra escala la conforman las progresivas subdivisiones de las fuerzas espirituales. De entre todas las cosas visibles, el ser humano se sitúa en la cús- pide, pues él es quien posee mayor amplitud en este aspecto. Pero la imperfección y limitación de su espíritu, que tendría que penetrar con claridad en el mundo si fuera como el espíritu primigenio, conduce nuestra mirada hacia una fuerza espiritual más alta y sublime, fuente de la que fluyen todas las demás fuerzas como si de la más primordial se tratara. De este modo pueden encontrarse muchas escalas análogas, como el incesante progreso del ámbito de la materia, el tiempo, el espacio, lo moral, etc. Todas ellas -y esto es lo más importante- determinan, en primer lugar, la existencia del ser eterno; luego, además, sus particularidades. Sólo en un ser bueno y, precisamente, en un principio
de bondad, puede descansar la distribución de la historia sin que nos atrevamos a levantar temerariamente el velo que cubre el poder que gobierna nuestros actos. ¡Cómo puede pretender el ser humano, con los cortísimos alcances de su espíritu, penetrar los sublimes designios que el espíritu pri- migenio concibe y lleva a cabo! No hay casualidades; todo lo que acontece tiene significado. Cuanto más investiga e indaga la ciencia, mucho más diáfana aparece la idea de que todo cuanto es o sucede no es más que otro de los eslabones de una oculta cadena. Vierte tu vista sobre la Historia: ¿crees que las cifras se suceden unas a otras sin ningún orden? Observa el cielo; ¿crees que los astros siguen sus órbitas desordenadamente y sin ley? ¡No, no! No es por azar lo que sucede; un ser superior gobierna según razón y criterio todo lo creado.

Mi vida [II]
Experimento siempre una extraña impresión al recorrer con la mirada los años pasados y traer a la mente los tiempos que ya hacía mucho había olvidado. Sólo ahora reconozco cómo han contribuido a mi desarrollo algunos acontecimientos, cómo por medio de la influencia de los acontecimientos que me rodearon se han configurado el corazón y el espíritu. Pues si bien los rasgos fundamentales del carácter son innatos en todos los hombres, el tiempo y las circunstancias externas configuran la materia cruda imprimiéndole formas concretas que luego, con los años, adquieren consistencia, llegando a ser indelebles. Al observar mi vida descubro numerosos acontecimientos cuyo influjo sobre mi desarrollo es inequívoco. Tales casos, sin embargo, sólo para mí tienen importancia, care- ciendo de ella para los demás.

Mi padre era pastor en Röcken, una villa situada muy cerca de Lützen y que se extiende junto a la carretera comarcal. Lo circundan numerosos y grandes estanques y, en parte, bosques umbríos; pero, por lo demás, ni es bello, ni su situación es atractiva. Aquí nací el 15 de octubre de 1844 y, en homenaje al día de mi nacimiento, recibí el nombre de Friedrich Wilhelm51. Lo que sé de mis primeros años de vida es harto insignificante para contarlo. Algunos rasgos propios de mi personalidad se desarrollaron ya muy pronto: una cierta tranquilidad contemplativa y taciturna mediante la que fácilmente me alejaba de los demás niños y, a la vez, sin embargo, una pasión a veces desbordante.

El año 1848 fue para mí muy importante. Estuvo repleto de nuevas impresiones; conocí el ejército gracias a los acantonamientos de húsares de las cercanías. Nuestro pueblo se mantuvo a salvo de la revolución, que por todas partes se propagaba, pero todavía recuerdo bien haber visto pasar por la carretera muchos carros cargados de gente cantando, con enormes banderas de colores. El año fue aún más importante debido a la enfermedad de mi padre, que se prolongó hasta el siguiente y, después, fue la causa que aceleró su fin. Se trataba de una infección cerebral, extraordinariamente parecida en sus síntomas a la enfermedad de nuestro difunto soberano. A pesar de los excelentes cui- dados del consejero áulico Opolcer, quien fuera médico personal del Emperador de Austria, la enfermedad proseguía su curso inalterable. La ansiedad y la preocupación se adueñaron de nuestra casa, que, anteriormente, había sido morada de la más absoluta felicidad. Y, si bien yo no era consciente de la magnitud del peligro que se avecinaba, la atmósfera de tristeza e inquietud que me rodeaba debió de ejercer en mí una inquietante impresión. El sufrimiento de mi padre, las lágrimas de mi madre, los gestos llenos de preocupación del médico y los incautos comentarios de los lugareños debieron de advertirme de la inminencia de la desgracia que nos amenazaba. Y la desgracia llegó.

Ésta fue la primera época decisiva cuyas consecuencias cambiaron el curso de toda mi vida.

Mi vida [III]
Nací en Röcken, una villa cercana a Lützen y ubicada junto a la carretera comarcal. Se encuentra rodeada de sauces, álamos y olmos aislados, de modo que desde lejos sólo se ven sobresalir las elevadas chimeneas de piedra y el antiquísimo campanario sobre las verdes cimas. En el interior del pueblo hay anchos estanques que están separados unos de otros por estrechas franjas de tierra. En torno a ellos, verde frescor y nudosos sauces. Algo más arriba se encuentra la casa parroquial y la iglesia; la primera está rodeada de jardines y de prados arbolados. Muy cerca se halla el cementerio, repleto de lápidas semienterradas y de cruces. Tres olmos majestuosos de amplias ramas dan sombra a la propia casa parroquial, la cual, con su imponente estructura y su disposición interior, causa una grata impresión a quienes la visitan.

Aquí nací el 15 de octubre de 1844, y recibí, a causa del día de mi nacimiento, el nombre de «Friedrich Wilhelm». Lo que se sobre los primeros años de mi vida es harto insignificante como para contarlo. Varias características propias de mi personalidad se desarrollaron ya muy pronto. Así, una cierta tranquilidad y taciturnidad, mediante las cuales me mantenía fácilmente alejado de los demás niños, a la vez, sin embargo, una pasión a menudo desbordante. Sin influencia alguna del mundo exterior, vivía en el círculo de una familia feliz; el pueblecillo y sus alrededores constituían mi mundo, todo lo que se encontraba más allá era para mí un reino encantado que desconocía. El cielo sereno, que hasta entonces siempre me había sonreído, se vio turbado de improviso por negras nubes cargadas de desventura. Mi padre cayó gravemente enfermo, sin que fuésemos capaces de conocer la causa. La aguda perspicacia del consejero áulico Opolcer reconoció enseguida los síntomas de un reblandecimiento cerebral. Su estado iba empeorando cada vez más, volviéndose más preocupante. La intensidad de los dolores que sufría mi padre, la ceguera que le sobrevino, su figura macilenta, las lágrimas de mi madre, el aire preocupado del médico y, finalmente, los incautos comentarios de los lugareños debieron de advertirme de la inminencia de la desgracia que nos amenazaba. Y esa desgracia vino: mi padre murió.

Dejo a un lado mi dolor, mis lágrimas, el sufrimiento de mi madre, la profunda consternación de todos los habitantes del pueblo. ¡Cómo me impresionó el entierro! ¡Cómo me sobrecogieron las tétricas campanadas del funeral! Mi primera sensación fue la de ser huérfano, que ya no tenía a mi querido padre, que lo había perdido para siempre. Todavía conservo en mi alma su imagen llena de vida: era alto y esbelto, de rasgos delicados y de gran gentileza y amabilidad. En todas partes se le estimaba y era muy bien recibido, no menos por su brillante conversación que por su bondad conciliadora; los campesinos le honraban y le querían; como clérigo causaba un gran efecto benéfico con sus palabras y con sus actos. En la familia fue el más tierno de los maridos, el más bueno de los padres; era el modelo perfecto de un clérigo rural.
«¡Ay, vosotros habéis enterrado a un hombre de bien, pero cuánto más fue él para mí!»52
Algunos meses después me aconteció una segunda desgracia, la cual yo ya había presentido en un sueño muy singular. Era como si de la cercana iglesia oyese los sordos sonidos del órgano. Sorprendido, abrí la ventana que da a la iglesia y al cementerio. La tumba de mi padre se abrió y de ella salió una blanca figura que desapareció en la iglesia. La música, tétrica y desagradable, subió de tono; la blanca figura apareció de nuevo llevando algo bajo el brazo que yo no pude reconocer con claridad. El túmulo se abre, la figura desaparece, calla el órgano; me despierto. A la mañana siguiente mi hermano pequeño, un niño vivaz e inteligente, sufre un ataque de convulsiones y muere al cabo de media hora. Se le enterró directamente en la tumba de mi padre.

Se acercaba el tiempo en que debíamos dejar aquel querido lugar. Todavía recuerdo, con particular viveza, el último día y la última noche. Al atardecer jugué aún con muchos niños, consciente de que ésa era la última vez; después me despedí de ellos, al igual que de todos aquellos lugares que tanto había llegado a querer. La campana del atardecer esparcía su melancólico tañido por los campos; se cernía una espesa oscuridad sobre nuestra aldea, salió la luna y nos contempló, pálida, desde lo alto. No pude dormir; nervioso y malhumorado daba vueltas en mi lecho hasta que finalmente me levanté. En el patio se cargaban varios carros, la tenue luz de una linterna iluminaba la escena. Nunca como entonces me pareció mi futuro tan negro e incierto. En cuanto amaneció se engancharon los caballos; partimos en medio de la bruma matinal mientras dedicábamos un triste adiós a nuestra querida tierra.

Naumburg, la meta de nuestro viaje, causó en mí una extraordinaria impresión. Tantas cosas nuevas, las iglesias y las casas, las plazas y las calles, todo excitaba mi curiosidad y, ante todo, me confundía. También me atrajeron mucho los alrededores de la ciudad, que, con sus hermosos montes, sus valles, castillos y fortalezas, ensombrecían con mucho la sencillez pueblerina de mi tierra. Pronto comencé también con mi vida escolar y, tras una adecuada preparación, me llevaron al Instituto. Esa época fue muy importante para mí porque además, fue entonces cuando conocí a los dos muchachos con los que hasta hoy me mantiene unido una fiel amistad. En general, mis amistades se ampliaron; fui acogido muy cordialmente por varias familias y de nuevo empecé a sentirme confiado y bien. En el círculo de mis amigos viví horas muy alegres y felices; los mismos propósitos y las mismas ilusiones unían cada vez con más firmeza nuestras almas, de tal modo que todos gozábamos en común de las alegrías y conjuntamente soportábamos los pesares. Sin embargo, ¡qué insignifi- cantes parecen ahora los afanes de la infancia! Ligeras nubes pasajeras cubren el sol naciente; pero cuando el sol está bien alto y la tierra aparece yerma debajo, entonces sí que hacen falta verdaderas nubes pesadas y amenazadoras para cubrirlo. Muy pronto se me consideró ya suficiente maduro para enviarme al Gymnasium y entré en aquel lugar que desde hacía mucho tiempo miraba yo con desconfianza. Las tétricas aulas, los rasgos severos y doctos de mis profesores; mis compañeros, mayores que yo, que imbuidos del sentimiento de su propio orgullo apenas si prestaban atención alguna al recién llegado, todo esto me hizo temeroso y tímido, y tuvo que pasar algún tiempo hasta que con paciencia y mucha confianza me acostumbré a mantener firme mi posición. Al mismo tiempo surgieron en mí algunas de mis inclinaciones favoritas, que aún hoy perduran. Sobre todo, la pasión por la música, que aumentó con el curso del tiempo y que ahora se arraiga sólidamente en mi alma. Avancé regularmente hasta tercero, y había pasado ya todo el semestre en este curso cuando me ocu- rrió algo inesperado que, tanto física como espiritualmente, ejerció en mí una profunda influencia. Se nos ofreció una plaza escolar en Pforta; de mí dependía aceptarla o rechazarla. Ya antes había sentido inclinación por Pforta, en parte porque me atraía la buena fama de la institución y los nombres famosos de los hombres que allí habían estado o que allí estaban, y en parte porque admiraba su emplazamiento y el bello paisaje que la rodeaba. Enseguida decidí aceptar la plaza, y jamás me he arrepentido. Aunque al principio me pareció muy duro separarme de mi madre y mi hermana y de mis queridos amigos, pronto desapareció tal sentimiento, y enseguida me sentí aquí, otra vez, contento y bien. No desconozco la buena influencia que Pforta ejerce en mí, y sólo puedo desear que ya aquí, y mas en los tiempos futuros, me comporte como digno hijo suyo.



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