De Mi Vida (5)

Friedrich Wilhelm Nietzsche

Publicado el: 07/08/2014


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El centenario del nacimiento de Schiller había suscitado en todos los admiradores del gran alemán el deseo de realizar una fiesta de conmemoración en el mundo entero...



1859
La fiesta de Schiller en Pforta

El centenario del nacimiento de Schiller había suscitado en todos los admiradores del gran alemán el deseo de realizar una fiesta de conmemoración en el mundo entero. Y no solamente las clases cultivadas, también las capas sociales inferiores tomaron parte activamente en la celebración. El rumor se extendió más allá de las fronteras de Alemania, y naciones extranjeras, lejanos continentes, hicieron magníficos preparativos para ese día, por lo que bien puede afirmarse que ningún otro escritor ha despertado un interés tan grande como Schiller. Pero, ¿qué mejor honra para el poeta que la representación de sus grandes obras? ¿Qué mejor recuerdo que los productos de su espíritu, el espejo de su genio sublime? Y así, en conmemoración del gran día, todos los teatros sólo dieron obras de Schiller, también en sociedades privadas se recitaron las escenas más sobresalientes de sus dramas, y no es exagerado afirmar que casi en cada casa se festejó al poeta de alguna manera. Un sólo vínculo unió a todos los corazones, el del amor y la veneración por el gran hombre. Tampoco Pforta quiso quedarse atrás en medio de tanto afán universal: ya hacía mucho tiempo que se estaban haciendo preparativos para la ocasión. El miércoles tuvo lugar una ceremonia preliminar en el gimnasio, que había sido
8.12.59.

muy bien engalanado al efecto. Una gran cantidad de espectadores se había concentrado allí; el nombre «Schiller» corría de boca en boca y todas las miradas se dirigían a su busto coronado de laurel. En primer lugar, los de prime- ro leyeron los Piccolomini ; el profesor Koberstein interpretó el papel de Wallenstein. Ante nuestros ojos surgió la augusta figura del héroe que supera valientemente la angustia de la vida, aspirando a una única meta que descansa oculta en lo mas profundo del corazón y que guía y dirige todas nuestras acciones. A su alrededor se reunían cantidad de generales; algunos de ellos, cegados por el egoísmo que les dominaba, minimizaban la grandeza heroica de su señor; los otros le eran fieles y cuidaban de su bienestar como si de algo propio se tratara. Contra éstos apareció un cortesano imperial, experto en toda clase de sofismas e intrigas, pero destinado a fracasar ante la sublime majestad de Wallenstein. Sólo un Schiller fue capaz de perfilar de forma tan excelente el admirable carácter de este héroe que, elevándose orgullosamente sobre su tiempo, es capaz de desdeñar cualquier forma de bajeza.

La segunda parte de la fiesta preliminar la constituyó la representación de La campana, la obra compuesta por Romberg. Esta noble pieza nos transportó mediante la fuerza de sus notas a través de todas las situaciones y escenas cotidianas en las que la campana es protagonista. Sentimos pánico ante el tumulto del incendio, tristeza al escuchar los austeros cantos fúnebres, nos aterrorizaron las salvajes melodías de la revolución, hasta que otra vez se calmó nuestro ánimo con la dulzura de los coros de la paz. Apenas se habían desva- necido las últimas notas cuando salió al escenario el profesor Koberstein y cerró la ceremonia preliminar recitando el noble «Epílogo» de Goethe.

Al día siguiente se suspendieron las clases a causa de la festividad. A las diez hubo otra vez función en el gimnasio, que comenzó con dos coros de Schiller: «Arriba camaradas» y «Alegría, estros divinos». Luego, los alumnos de primero recitaron poemas compuestos en honor de Schiller, que alternaron con baladas y arias, hasta que el señor profesor Koberstein salió a escena y pronunció el discurso conmemorativo. Éste se remontó a la época anterior a la aparición de Schiller y, a continuación, ilustró su importancia literaria para la nación alemana, terminando con el pensamiento siguiente: «Esta celebración nacional es un precedente muy significativo para el recién despierto sentimiento nacionalista en Alemania, pudiendo asociarse a tal festividad bellas esperanzas para el futuro».
Tras el banquete hubo un paseo general hasta las tres de la tarde. Las horas que siguieron pudo pasarlas cada cual entregado a la lectura de las obras de Schiller, y demás; finalizado el baile, que duró hasta las diez, se clausuraron los actos del centenario. Los alumnos de primero todavía tuvieron otro baile hasta bien entrada la noche. La mañana siguiente nos devolvió a la ruta de la vida cotidiana; sin embargo, en todos nosotros permanecía la elevada y noble certeza de haber realizado una digna ofrenda a los manes de Schiller.

[Marzo, 1860]

Dime, caro amigo, ¿por qué hace ya tanto tiempo que no me escribes? He aguardado siempre, contando los días y las horas.

Pues un dulce consuelo es la carta enviada por el amigo,
Tanto como la cantarina fuente que calma la sed del caminante. Preciosas son para mí las nuevas de tu estado:
También yo he elegido tu mismo camino,
He compartido contigo dichas y penas,
Nuestra común amistad hizo más liviano lo arduo.
Bien sé que los años escolares son años difíciles.
Pero jamás temeremos tarea alguna, esfuerzo o trabajo.
A menudo desea el alma liberarse de estas cadenas que nos aprisionan, Viajar, entregarse en soledad a los anhelos del corazón;
Pero también esa opresión la alivia una amistad fiel,
Que, a nuestro lado está plena de consuelo, plena de exaltación.
Entre amigos no existe nada que uno oculte al otro,
Todo se lo comunican en íntima conversación.
Si uno de ellos está lejos, el amor surca los aires,
Y bajo la forma de una carta se acerca así al amigo solitario.
¡Caro amigo!. Se acerca el día en que volveremos a vernos,
Y la alegría de reanudar nuestros íntimos diálogos tanto tiempo deseados. Pero la alegría será corta, pues pronto huiré de nuevo,
No volveré a Pforta, donde sólo impera la severidad,
Tampoco a la montaña boscosa y oscura, no, ¡a casa!
¡Ah, cuánto tiempo hace ya que no saludo ese querido lugar!
Mas la distancia no impide el constante contacto de las almas.
¡Et manet ad finem longa tenaxque fides!46.

Mi viaje de vacaciones
Nietzsche.
Pf. 1860. Vacaciones estivales.
Nos levantamos temprano, a las tres; la mañana era fresca y el cielo estaba cubierto; se esperaba lluvia. Caminamos por el campo en silencio dirigiendo todavía alguna mirada hacia la querida casa que quedaba atrás. El cielo se ennegrecía a cada instante, las nubes parecían cada vez más amenazadoras; mientras cruzábamos el Saale comenzaron a caer los primeros goterones. Todavía teníamos diez minutos por delante hasta llegar al terraplén de la vía férrea. Comenzó a llover con violencia; avanzamos con paso firme.

Un ruido estrepitoso, y el tren pasa junto a nosotros con un rugido de trueno.
Llegamos sin aliento; el guardavías nos hace señas para que nos apresuremos; tomamos asiento; el tren se pone en movimiento. ¡Magnífico! Estábamos completamente mojados y totalmente cubiertos de sudor; pero todo prosiguió sin más contratiempos. A un lado dejamos Merseburg; en Halle nos detuvimos. Yo estaba asombrado del cambio que ha sufrido esta ciudad en el curso de tan pocos años: había bonitas y modernas casas y tiendas por todas Pf. d. 6. 3. 60. partes en lugar de los negros edificios de techos picudos y escaleras empinadas de antaño. Enseguida solucionamos un pequeño asunto que el tío47 tenía pendiente; luego nos acercamos a la parada de postas, donde registramos nuestros nombres. Poco después nos encontrábamos ante el coche y enseguida partimos hacia Eisleben. El cielo se había serenado. Largos y brillantes rayos de sol se extendían por los campos lejanos y entre ellos planeaban las sombras fugaces de algunas nubes presurosas. Largo tiempo se detuvieron nuestros ojos a contemplar el manicomio, al que tan fácil era asociar una cadena de tristes pensamientos. El largo edificio blanco destaca singularmente entre el verdor tierno y fresco que lo rodea. Después, la calle se volvió monótona; aquí o allá, una mirada a la desolada llanura sin cultivar; por lo demás, campos verdes, blancos o amarillos alternándose hasta el hastío. Comencé a catalogar a mis compañeros de viaje. Junto a mí se sentaba un hombre que parecía estar contento con todo y asentía sonriendo bonachonamente a lo que decía su vecino. Éste, en cambio, se mostraba constantemente excitado; nada podía impedir el torrente de su discurso. Se explayaba principalmente sobre sus asuntos comerciales; se trataba de un hombre con dinero, pero carente de cultura. Algo característico era que continuamente se refería al ministro B. H., atacándolo con suma violencia, pero añadiendo de pronto: «con todo, es un hombre excelente este B. H. ¡Anda que no es garboso el hombre!», y entonces narraba con toda clase de detalles los encuentros que había tenido con él. Me parecía que sólo se trataba de vanidad, pues el honor de haber estado tan cerca de un ministro no se le permite a cualquiera. En cuanto pasamos Langenbogen la comarca se volvió mucho más interesante. La carretera se hacía cada vez más empinada, ascendiendo a modo de caracola; de improviso, al tomar una curva, nos encontramos ante el amplio espejo del Lago Salado. A nuestro alrededor se extendían verdes cadenas de colinas y viñedos; entre las ondas del lago que refulgían al sol, emergía una lengua de tierra densamente poblada de bosque y denominada popularmente «El puente del diablo», que se asocia a una leyenda difundida por toda Alemania y que, en sus múltiples variaciones, se adapta tanto a otros puentes como a viejos molinos. Enseguida se repitió la bella panorámica: a nuestra derecha apareció el delicioso lago, que con las maravillosas y tranquilas aguas, el pequeño castillo lacustre, tan bien construido, y las verdes cadenas de montes que tan dulcemente se difuminan una en la otra formaba un cuadro hermosísimo. En este punto, el postillón, entonando sus propias melodías, despierta un eco puro y transparente que repite fielmente las frases enteras.

Ahora atravesamos un verde paisaje de colinas; inútilmente pregunté sobre Holzzelle, el lugar de residencia del tío de Immermann48; nadie supo darme cuenta de aquel escenario de tanta burla estudiantil, del que no puedo acordarme sin una sonrisa.

Finalmente llegamos a Eisleben. Descendimos en la parada de postas y entramos en una posada donde pudimos reponernos con comida y bebida. Junto a nosotros se sentó un hombre que parecía ser un parroquiano habitual; se permitió hacer comentarios inoportunos, y con sus desvergonzadas impertinencias pronto se adueñó de la conversación que no versaba más que
sobre cosas insignificantes. Nosotros nos mantuvimos muy tranquilos. Después, comenzó a incordiar de repente refiriéndose a la presencia eclesiástica, y de forma grosera a los curas, que «sangraban la nación», etc.

A las cuatro subimos otra vez al coche de posta. El camino conducía a Mannsfeld mediante eternas vueltas, tantas que casi nos movíamos en círculo; sin embargo, al final alcanzamos la meta. El castillo mismo está en vías de ser restaurado de forma espléndida por su nuevo dueño, el señor von der Recke. Tuvimos el placer de viajar con tan "distinguido y noble" señor, el cual conversó con nosotros amabilísimamente. El tío, de quien aquél es protector, no repara en alabarle en consideración a lo que concierne a sus profundos valores cristianos. - No nos entretuvimos en Mannsfeld. Mi impaciencia aumentaba a medida que nos acercábamos nuestra meta. Después seguimos a pie; la comarca era cada vez más hermosa. Cuanto más arriba ascendíamos -y el camino asciende casi sin interrupción- más nos adentrábamos en el bosque. Entretanto, de nuevo, trechos claros; pudimos observar que a nuestro lado se extendía un extenso monte de un verdor admirable; en los valles se veían campos fértiles y, a lo lejos, cadenas de montañas azules. Encontramos algunos hombres solos, ocupados en el desbroce; por lo demás, espesura, verde bosque.

Un paso y entramos en el pueblo y, en unos instantes, estábamos ya en casa del querido tío. La anciana ama de llaves, una naumburguesa, nos recibió llena de júbilo. Estábamos algo cansados, pero una sólida cena restableció nuestras fuerzas. Desde el principio me sentí aquí tan en mi propia casa como en ningún otro lugar. Tras la cena, el tío comenzó a tocar en su armonio. Espléndidas y diáfanas, comenzaron a oírse las primeras notas a las que siguieron los purísimos acordes y, de improviso, creció la armonía de forma maravillosa. Así, tan grave, tan sublime, surgida del sentimiento más íntimo, se precipitó una poderosa cascada de notas en el más puro estilo eclesiástico.

Al anochecer, aún cantamos todos juntos una canción sacra, para lo cual también se nos unió el ama de llaves. El tío pronunció después la oración de la noche. Esta costumbre tan hermosa no se descuidaba nunca en aquella casa.

El día siguiente lo pasé todavía descansando; el tío me enseñó toda su propiedad. La misma casa es sencilla, pero espaciosa, con varias habitaciones y cámaras, cocina, bodega y sótano. Un patio con varios edificios anexos, un granero y una pequeña huerta que el tío ha plantado con sus manos. Un pozo de exquisita agua fresca para beber. Delante, a unos pasos, se encuentra el gran huerto de frutales que forma un cuadrado perfecto de enormes di- mensiones. Allí hay toda clase de árboles y frutales y, entre unos y otros, también plantaciones de hortalizas; la cuarta parte la ocupa el jardín de las flores; el pequeño cenador cubierto de follaje que hay en el centro era casi siempre mi lugar preferido.
La vida era aquí mucho más agradable y sencilla en todos sus aspectos. A veces me entretenía en la planta de arriba, mientras el tío trabajaba en la de abajo. En ésta había magníficos libros. Más tarde, recibí también algunos de los que yo había enviado a parte, por correo. Allí pude dedicarme a lo que más me gustaba. Escribí y compuse mucho. También me entretuve interpretando en el armonio, un placer del que nunca me cansaba.

Al día siguiente recibí una carta de mi amigo W Pinder. Aunque las circunstancias le habían impedido encontrarse conmigo en Korbetha, aún tenía intenciones de venir. La noticia me agradó muchísimo. Con la esperanza de encontrarlo en Mannsfeld, en la parada de posta, me encaminé hacia allí para recogerlo. Pero me equivoqué: no vino. Así que me volví otra vez a casa solo, atravesando los hermosos bosques.
Era domingo. El tío estuvo muy atareado durante toda la mañana. Lo vi ya a la entrada de la iglesia. Ésta es pequeña, pero ha sido adornada con mucho esmero; visitarla merece la pena. ¡Y qué bien habló el tío! ¡Qué sermón tan vigoroso! ¡Qué profundas fueron sus palabras! Todavía me acuerdo de casi todo lo que dijo. Habló de la reconciliación, refiriéndose a la sentencia: «Cuando lleves tu sacrificio al altar, procura haberte reconciliado antes con tu hermano». Precisamente, éste era día de comunión; nada más acabar el sermón, acuden frente al altar dos funcionarios del pueblo, hombres de cierta cultura, y enemigos desde tiempo inmemorable, y se dan la mano para reconciliarse. ¡A esto se le llama un éxito! Tras la homilía permanecí aún junto al tío, pues aún había un bautizo. El organista bajó y vino a saludarnos. ¡Qué hombre tan amable! Una figura erecta y delgada, algo macilenta pero también robusta, con una cara muy simpática y el aire más satisfecho y pacífico del mundo. Era tan discreto, tan tranquilo, que cada día se le iba cogiendo más cariño. El tío le invitó a comer con nosotros. Tras la comida, se decidió qué era lo que podíamos ver aquella tarde. A las tres partimos y nos internamos en el alto bosque, verde y tupido. ¡Qué cúmulo de impresiones sublimes no nos suscita un paseo así por el bosque! De improviso salimos al descubierto y enseguida se extendió la panorámica en la lejanía. Ante nuestros ojos se ofrecía una pintura maravillosa. Nos encontrábamos en lo alto de una colina cubierta de hierba; frente a nosotros se abrían los campos dorados, el áureo Auen y, sobre todo, resaltaba claramente Sangerhausen con sus campanarios. Más lejos, detrás, Kyffháuser y, ya en el horizonte, la cadena azulada de la selva de Turingia. Monte y valle, bosque y campo, conformaban un vivísimo paisaje multicolor. Aquí nos detuvimos mucho tiempo. Después, regresamos a casa tomando otro camino distinto.

Al día siguiente volví a recibir una carta de W que me llenó de alegría. La lluvia que le había impedido emprender el viaje un día determinado, no le había quitado aún los deseos de venir, y anunciaba que llegaría por la tarde. Mandamos un muchacho a Mannsfeld, pero, no obstante, al atardecer decidimos salirle al encuentro. Le encontramos a la mitad del camino con el consiguiente regocijo de volver a vernos. El día entero transcurrió en animada charla.

También el martes transcurrió igualmente de forma muy agradable; a media tarde dimos todos juntos un maravilloso paseo. Al principio, el sol quemaba; por fin dejamos atrás el campo abierto y entramos en los frescos prados palpitantes de vida y, luego, en lo umbrío del bosque. Hicimos un alto en una cabaña carbonera. La construcción me interesó muchísimo, puesto que nunca había visto una igual. Troncos de árboles habían sido clavados en el suelo formando un círculo bastante espacioso, de tal forma que sus extremos coincidiesen; así, el conjunto presentaba la estructura de un tímpano aguilonado. Encima se había echado una capa de terrones de césped, gracias a lo cual quedaba bastante
protegida de la lluvia y el viento. En el interior de la cabaña se hallaban unos bancos; por lo demás, daba la impresión de que hacía mucho tiempo que estaba deshabitada. Muy cerca encontramos, además, varias carboneras. Pero no tuve la suerte de presenciar la quema, pues no era entonces la época apropiada del año.

Finalmente, dejamos el bosque y nos encontramos al borde de una ladera muy pronunciada; ante nuestra vista se extendían las montañas azuladas del Harz. Con el catalejo pudimos observar sus cumbres; pude distinguir la cruz sobre la Josepfshöhe. Luego, divisamos también la Viktorhóhe y el Brocken, todo muy bello y diáfano. ¡Qué gustosamente superamos con nuestro deseo las pocas millas que todavía nos separan de un lugar predilecto! El ojo lo ve primero desde lejos, pero el espíritu, sin embargo, ya está allí desde hace tiempo disfrutándolo, aunque el cuerpo fatigado sea incapaz de seguirlo.

Al día siguiente contemplamos, por fin, el punto más hermoso de la comarca vecina, el Rammelsburg. Dado que el tío tuvo que quedarse en casa al cuidado del ama de llaves, que se había puesto enferma, el señor organista, con su acostumbrada amabilidad, se ofreció para servirnos de guía.

Parecía que el tiempo iba a sernos desfavorable. Una tormenta se cernía sobre nuestras cabezas con un sordo borboteo. No nos dejamos amedrentar, sino que escogimos el camino más directo para llegar a nuestra meta cuanto antes. A la derecha se alzaban cumbres cubiertas de bosque muy tupido que se perdían ante nosotros en el bellísimo color azulado; de frente, un valle de magníficas praderas rodeado de una densa foresta. Nos internamos en ella; el camino nos condujo cuesta arriba; finalmente, llegamos hasta una preciosa casa conocida como «la casita suiza». Nos apresuramos a entrar en su interior, pero mantuvimos los ojos cerrados hasta llegar a la galería, desde donde se divisaba la comarca entera. ¡Qué espectáculo tan embriagador! Ante nosotros se hallaba el Rammelsburg situado en una montaña boscosa, muy por debajo de donde estábamos; a derecha e izquierda, por todas partes, cumbres cubiertas de espesos bosques, que se confundían unas con las otras y cuyo verdor me suscitaba la más grata de las impresiones. Al fondo, la cordillera del Harz. No podría imaginarse paisaje más bello: el contraste encantador entre montaña y valle, el vetusto castillo, el perfume que se esparcía por los bosques y, al fin, el cielo azul, que presidía todo, tan callado, tan pacífico. En el valle se sentía el murmullo del fondo; aparte de esto, todo era calma, no había un sonido. Nos ha- llábamos profundamente ensimismados con la panorámica; de pie, en silencio, embelesados, ¡qué íntima es la soledad de los bosques! Arriba, sobre las paredes de la casa, encontré escrito en color amaranto unos versos que parecían haber surgido de tal sentimiento. También encontré los nombres de mamá y Lisbeth, que ambas habían grabado aquí el año pasado. Escribí el mío a su lado. En este lugar nos entretuvimos una buena hora. Luego, según nuestro deseo, el organista nos condujo hasta el Rammelsburg. Para no tener que dar rodeos bajamos el monte directamente, cruzamos el rápido torrente, riquísimo en truchas, y ascendimos la ladera del otro lado. Todavía pudimos admirar muchos parajes románticos; así, de pronto, nos encontramos ante un precipicio, similar a un «atrapacaballos», que nos llenó de asombro y temor. Pero lo mejor de todo el camino lo vimos arriba: el valle del Bode en su conjunto con su al- fombra verde, las cetrinas y perfumadas cadenas montañosas a los lados; a los pies del monte, algunas casas que pertenecen a Rammelsburg, el arrollo con su hilo de plata en medio del verdor que, a lo lejos, desaparece junto a los prados y los bosques, todo ello me pareció el panorama más bonito que hasta entonces había visto. Todavía descansamos arriba algún tiempo; después, comenzamos el camino de regreso. El organista nos contó historias muy agradables de su vida, sobre todo de los años 1813-1815. ¡Qué pena me da haber olvidado ya casi por completo una hermosa historia de un cazador de Schill! Al atardecer, cenamos otra vez todos juntos; el tío estaba de muy buen humor y nos contó muchas cosas divertidas.

Por la noche llovió un poco; a la mañana siguiente vino el superintendente von Boneckau a inspeccionar la escuela. Nosotros nos entretuvimos en el huerto, donde asaltamos los cerezos, actividad que realizamos con sumo agrado.

El señor superintendente comió con nosotros, también nos invitó a viajar con él a Mannsfeld, pero el tío rehusó su invitación. A media tarde fuimos hasta la «Fuente de los huesos», que mana de una ladera en medio del bosque y cuyas aguas arrastran consigo pequeños huesecillos. Recogimos algunos, y yo traté de explicar el fenómeno con las más extrañas conjeturas; pero muy bien puede ser su explicación, como dijo un guardabosques, que se trate de huesecillos de rana que mueren aquí congeladas en el invierno y cuyos restos arrastra luego la corriente. El camino era algo húmedo.

El día siguiente nos condujo a otro paraje: Grillenburg, la fortaleza del bosque. Dejando a un lado el Luke, el camino conducía a través de un espléndido bosque de abetos, se perdía después un tanto en una espesa floresta y luego volvía a aparecer en un lugar soleado donde brotaban frambuesas. Después descendía un poco para volver a ascender enseguida de nuevo y, repentinamente, nos encontramos frente a un magnífico castillo muy bien situado. Inmediatamente nos encaramamos a la parte más alta del muro para gozar de la vista de los hermosísimos bosques que se nos ofrecían en bellísimos colores. Hacia la derecha la vista era más amplia. A nuestros pies se extendía una bonita aldea. Detrás, el dorado cauce del Auer. El horizonte estaba limitado por las alturas de la selva de Turingia. El tío nos contó la siguiente historia, que está relacionada con el castillo. Una vez, los señores de Grillenburg raptaron a la prometida de un conde de Mannsfeld. Este último, inconsolable por el suceso, se disfrazó de trovador y visitó todos los castillos de la comarca cantando siempre una canción, la cual, como él sabía, su prometida conocía muy bien. Por fin, llegó a Grillenburg; ante el muro comenzó a cantar tristemente su única canción. Entonces, de repente, una voz conocida comenzó a acompañar muy quedo la melodía. El alborozado y sorprendido cantor se apresuró a volver a Mannsfeld, por la noche asaltó con sus hombres el castillo de Grillenburg y, como más preciada recompensa, se llevó consigo a su prometida.
El día siguiente -era sábado- es memorable porque en él se tomaron las determinaciones concernientes a nuestros envíos mensuales y a nuestro fondo común49. W y yo fuimos al bosque; una vez allí, nos sentamos y discutimos el asunto. Inicialmente, el proyecto incluía sólo la poesía y la ciencia. La música
quedó entonces excluida. Entre nosotros surgieron diferencias a causa de algunas particularidades con respecto a obligaciones y condiciones. Finalmente callamos, y de mal humor y en silencio regresamos al huerto del tío. Allí se desataron nuestras lenguas, ambas partes nos habíamos vuelto mas complacientes. - Este día debe ser conmemorado anualmente con una gran fiesta, que celebraremos, además, en el Rudelsburg, y cada uno tendrá que enviar una composición escrita para la ocasión que se leerá ese día en lo alto de la torre.

Se acercaba ya el final de nuestra estancia en casa del tío. Era domingo otra vez y W quería marcharse el martes sin demora. Por la mañana asistimos de nuevo a un magnífico sermón. Al mediodía se invitó también a comer al organista. Tras haber estado todos juntos en la sacristía, donde el tío impartía catequesis a los niños, salimos los cuatro a dar un paseo. Esta vez buscamos los restos de un pueblo abandonado. El lugar se hallaba cubierto de bosque y floresta tan enmarañados que apenas si se podía penetrar en él. Todavía se reconocía el emplazamiento del cementerio; por lo demás, el resto de las ruinas se hallaban todas sepultadas por la maleza y eran irreconocibles. Después nos dedicamos a buscar fresas silvestres y encontramos una gran cantidad. De nuevo en casa, pasamos el resto del día en animada conversación. Me gustaría anotar aquí alguna de las hermosas historias que nos contó el tío, pero es que ¡todo lo escrito me parece tan pobre en comparación a lo dicho de viva voz! Cuando alguien nos cuenta una historia, enseguida se une a ella el propio interés personal; cuando falta éste, muchas cosas nos parecen entonces vanas y carentes de significado.

El día siguiente lo dedicamos a hacer nuestros equipajes. El tío estuvo ausente desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde a causa de la fiesta de cumpleaños de un clérigo vecino. Como nosotros preferimos quedarnos en casa a acompañarle, pasamos el tiempo entretenidos con la copia de bonitas poesías y canciones populares -que no habíamos visto nunca hasta entonces-, tocando el armonio y leyendo. Por la tarde aún visitamos al organista para despedirnos de el. Como siempre, fue extraordinariamente amable. Después salimos en busca del tío, pero apenas hubimos emprendido el camino, nos encontramos con él. El resto de la tarde transcurrió de forma muy agradable pues el tío nos contó aventuras de su vida que, en su mayor parte, le habían sucedido durante el curso de sus viajes; le escuchamos con el mayor interés.

Finalmente, llegó el funesto martes en el que teníamos que dejar Gorenzen; yo estaba muy triste y de buena gana hubiese permanecido allí toda vía un par de días más. ¡Pero de todos modos un día u otro habría que partir!

Nos levantamos con tiempo. Tomamos café y desayunamos y tras una larga despedida nos pusimos en camino. El tío nos acompañó aún un largo trecho. Cuando nos dejó me sentí muy triste. Las pocas palabras de agradecimiento que pude pronunciar eran harto inadecuadas para expresar la alegría y las maravillosas horas que habíamos pasado. Y, justamente ahora, cuando la casa del abuelo se me ha cerrado para siempre5°, aquel lugar tan querido me había hecho muchísimo bien, me había hecho muy feliz.

La primera parte del viaje fue maravillosa. Los prados en los que todavía brillaba el rocío matutino se alternaban constantemente con los oscuros bosques de abetos. ¡Cuántas veces volvíamos la vista atrás contemplando con melancolía la magnífica comarca!

A toda prisa nos acercábamos ahora a las llanuras de nuestra patria; esto lo notábamos debido a que descendíamos constantemente. Una blanca nebulosa brilló largo tiempo en el horizonte; era el dulce lago. Muy pronto nos saludaron desde lejos los campanarios de Eisleben. El sol quemaba ya un poco; yo tenía muchos deseos de llegar cuanto antes. En la parada de posta recogimos enseguida nuestros equipajes, acto seguido nos acercamos hasta una posada para comer cualquier cosa. Luego fuimos a la casa de Lutero guiados por un ho- nesto artesano. Allí nos recibió un seminarista que, en primer lugar, nos condujo a una sala en la que se encontraban numerosos recuerdos de Lutero. Manuscritos, los retratos de todos los príncipes electores de Sajonia pintados por Lucas Cranach, el sello personal del reformador y otras muchas cosas. La habitación contigua contenía cuadros antiguos muy valiosos: «El fin del mundo», «La crucifixión de Jesús», «La resurrección», varios de ellos de Lucas Cranach y los demás de otros maestros famosos. Después descendimos las escaleras y entramos en el cuarto donde nació Lutero, que también está adornado con varios cuadros. No teníamos mucho tiempo, por lo que nos apresuramos a visitar al pastor Jahr, que en otra época había sido superintendente de Naumburg. Nos recibió con suma cordialidad y quedó muy sorprendido de que nos marchásemos otra vez al cabo de media hora; también nos invitó amablemente a que nos quedásemos más tiempo. Su hijo, un chico de primero, nos acompañó a la parada de posta.

Partimos poco después. Me había sentido muy mal durante todo el día. En la aburrida y polvorienta carretera fue cada vez peor; intenté dormir, pero me despertaba enseguida debido al barullo que me rodeaba. Destacaba especialmente un joven ayudante de posta que, a pesar de sus muchos viajes, no había aprendido todavía que la vida no es más que un viaje, pero cuyo fin es una meta eterna.- Nos apeamos en Halle. Mi amigo tenía aún parientes que visitar; yo hice que un muchacho llevase mi equipaje a la estación de tren, a la que llegamos tras dar infortunados rodeos; desde allí me fui al hotel del ferrocarril, donde traté de calmar mi mal humor mediante la comida y la lectura. A las seis me dirigí a la propia estación y me llevé un susto cuando alguien me aseguró que el tren con destino a Naumburg hacía rato que había llegado. Por fin apareció mi amigo y, tras larga espera, también lo hizo el tren, que partió hacia Naumburg. Cuando llegamos allí, a las ocho y media, llovía con intensidad. Fue una verdadera alegría poder restablecer nuestros fatigados miembros y nuestro mortecino espíritu con un sueño reparador. Así terminó aquel viaje, que, en muchos aspectos, es el más grato de todos cuantos he reali- zado desde hace mucho tiempo. ¡Es una lástima que el último día de regreso fuera tan desagradable!

Al día siguiente mi amigo y yo escribimos enseguida al tío; volví a darle las gracias mil veces y le conté mi viaje de vuelta. ¿Qué más puedo decir? Mi trabajo ha finalizado, mi meta ha sido alcanzada.



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