En recuerdo de Juan Carlos Marín

Agustín Santella, para ANRed.

Publicado el: 14/05/2014


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Juan Carlos “Lito” Marín perteneció a la generación de intelectuales de los años 1960, manteniendo y renovando ese legado. Fue una persona destacada de una nueva elite político intelectual cuyo horizonte se ha propuesto eliminar la “división entre dirigentes y dirigidos” en la distribución del poder social. Formó parte del equipo que fundó la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires y fundó el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales. Falleció el viernes 2 de mayo.


El campo específico de la práctica de Lito se inscribe en la investigación científica social. Pero esta práctica iba de la mano con la participación política a partir de la movilización popular, directa o indirectamente en colaboración con organizaciones de nuevos sectores de izquierdas en distintos países latinoamericanos.

Juan Carlos Marín formó parte del equipo que fundó la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires hacia 1956 acompañando a Gino Germani. Este inmigrante italiano exiliado del fascismo, luego de realizar estudios formales en Filosofía, se propuso transformar lo que consideraba una sociología ensayística en una de tipo científico, trayendo los avances que en este sentido se realizaban en las universidades de los países capitalistas desarrollados (mayormente Estados Unidos).

Formado en este ámbito, Lito Marín practicó con pasión y originalidad la investigación social. Como parte de la generación rebelde, fundó el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO) en 1966, proponiendo una combinación de métodos sociológicos con la teoría marxista. Durante la ruptura con la sociología hegemónica aquí se recuperaron cuestiones clave como el método empírico, pero ahora como base para otra estrategia política intelectual.

El proceso de la investigación desde los 1960 a los 1980 acompañó el proceso revolucionario latinoamericano. Así se conceptualiza el ejercicio de la práctica combativa dentro del entendimiento de la formación del poder en términos sociales e históricos, pero también estratégicos. Esto se va haciendo en el camino de la radicalización política. Primero milita en el Partido Socialista, y es parte de la dirección de la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires) en los 1950s. Luego integra las fracciones de izquierda de este partido. De ahí en más colabora con formaciones radicalizadas en Chile y Argentina.

Marín investigó la toma de tierras en Chile entre los 1960 y 1970, antes y durante la Unidad Popular de Salvador Allende viviendo allí; las luchas armadas en Argentina cuando volviera durante la apertura de Cámpora. Antes había realizado un estudio sobre los constructores navales del puerto de La Boca (Buenos Aires) hacia los años 1950, en colaboración con el sindicato (de orientación sindicalista anarquista). Hacia 1967 participa como investigador miembro en una conocida investigación colectiva dirigida por Jose Nun sobre la marginalidad en América Latina, financiada generosamente por la Fundación Ford (asesorado internacionalmente por Hobsbawm y Touraine). Este proyecto tenía asiento en el Instituto Torcuato Di Tella, lugar de vanguardia en el arte y las ciencias por aquellos años. Por el origen de los fondos este proyecto fue cuestionado duramente por otros núcleos intelectuales como funcional a la inserción imperialista. Nos parece que la dinámica de los enfrentamientos en el Cono Sur no deja dudas sobre esta querella.

Posteriormente Lito publica una serie de cuadernos teóricos en CICSO (el más conocido es el “cuaderno 8”). También circularon varios cuadernos inéditos de intensa teorización sobre estrategia que suman cientos de páginas. Tan temprano como 1986 publicó “La silla en la cabeza”, una transcripción de una discusión pública con Thomas Abraham sobre los usos de Michel Foucault. La charla terminó acaloradamente: Lito amenazó a su adversario teórico con tirarle una silla por la cabeza. Desde los 1980 dirige una camada de nuevos investigadores hoy en actividad.

En una entrevista, cuando le preguntamos por las influencias teóricas en sus trabajos, Lito respondía que ellos simplemente tomaban a Marx para la investigación empírica. Sin embargo, para sus investigaciones y reflexiones teóricas tomaba no solo a Marx, sino también a Clausewitz o Foucault. Estas síntesis tenían un significado propio en la América Latina de aquellos años. No solo Argentina, sino Chile, y luego Centroamérica, fueron ejes de una práctica investigativa de lucha teórica (no diremos “práctica teórica”) en la que se unían las personificaciones del sociólogo y el “militante crítico”, al decir de Guillermo Almeyra. Pasó el exilio en México enseñando en El Colegio de México en su Centro de Estudios Sociológicos.

Vuelto a la carrera de Sociología en la segunda mitad de los 1980, Lito Marín desarrolló un nuevo programa de trabajo articulando la investigación en el Instituto Gino Germani junto con la docencia en talleres para estudiantes avanzados. En estos talleres el Profesor Marín usaba formas poco ortodoxas, experimentales. Uno de sus temas, casi obsesivos diríamos, hacía a la comprensión de las condiciones de posibilidad sociales de los genocidios, un tema directamente vinculado a la experiencia reciente. Esta cuestión se relacionó a la vez con un intento de formular el castigo o la represión como condición de la producción y reproducción de las sociedades (“de lo social”).

A modo de introducción, podemos seleccionar algunos aportes empíricos y conceptuales en su trayectoria. Realizó una contribución hacia la investigación empírica de las luchas de clases en torno de varios conceptos: fuerzas sociales, estrategias, enfrentamientos. Fuerzas sociales son los agrupamientos que se producen en los alineamientos en las luchas concretas. Estos agrupamientos comprenden a fracciones de distintas clases sociales. Aquí se intenta captar y reproducir empíricamente cierta complejidad de la formación de los actores sociales y políticos de la lucha de clases. La idea general es que los actores se definen por sus acciones, que estas son complejas (la acción nunca puede reducirse a la voluntad un único actor), situadas en campos de intereses relacionales. Estas relaciones no son solo materiales sino sociales y morales en varios aspectos. Incluyen las acciones de fuerzas opuestas. En síntesis, en esta conceptualización hay una convocatoria a la reproducción analítica de la complejidad de las luchas como parte de una totalidad social.

Las fuerzas sociales llevan adelante estrategias, las cuales no se reconstruyen por la conciencia discursiva de la práctica, sino por los ordenamientos de las acciones objetivas. La práctica son los enfrentamientos. Aquí hay un uso de la teoría de la guerra aplicado a los conflictos sociales. Los conflictos son encuentros de combate, unidades mínimas de análisis en el proceso de las guerras. Grosso modo así fue creando este marco analítico en el transcurso de los estudios sobre Chile y Argentina, luego conceptualizado en sus Cuadernos de CICSO, esto es desde fines de los 1960 a principios de los 1980. Es un marco que debía permitir el análisis sistemático concreto de los procesos específicos nacionales de luchas, “bajarlos” de conceptos metafísicos hacia conceptos operacionales, que llevaran a “mediciones” cruciales.

En el estilo de Lito Marín se expresaba el compromiso directo entre conocimiento y entendimiento práctico. No importa ahora el señalamiento de los límites que la burocracia investigativa (creo estos eran sus términos o se parecen) hacían a este compromiso. Era común la formación de “seminarios” con estudiantes críticos por fuera del plan oficial de estudios. Allí se echaba por la borda todo formalismo escolar. El uso de las estructuras de la organización académica era visto como una prolongación que podía servir a la investigación reflexiva práctica, sometida a un proceso de crítica y autocrítica prolongada. En estos talleres nos formamos varias generaciones. Supongo que en el centro de su proyecto estaba la formación del oficio de la investigación estrechamente vinculado a la transformación práctica social.

Por supuesto que todo esto contrae contradicciones (¿Qué práctica organizada no las tiene?). No obstante rescatamos esta guerra científica popular y prolongada, esta revolución investigativa permanente, este proceso de crítica radical de todo lo existente que somete a examen las verdades ajenas y propias en la esperanza de que ello contribuyera al avance de la especie humana. Así retomamos más o menos sus palabras.


Fuente: ANRed - L (redaccion@anred.org)



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