El cuerpo, territorio del poder

Juan Carlos Marín Gustavo Forte Verónica Pérez Gustavo Antón Franco Damiano Damián Pierbatisti Jorge Cresto Claudia Salud Leila Abduca Juan Miguel Ainora

Publicado el: 14/02/2011


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Los investigadores pertenecientes al Programa de Investigaciones sobre Cam- bio Social [P.I.Ca.So.] estamos actualmente concentrados en investigar hechos que constituyen y expresan procesos estructurantes de las dimensiones del poder en las sociedades. Es decir, nos interesa desentrañar los procesos que posibilitan cons- truir y prolongar una relación social mediante la cual unos construirán y ejercerán la capacidad de instalar y desencadenar formas de acción en otros. En esta direc- ción y articulada a nuestra meta más general, nos interesa comprender los efectos del proceso de sacralización del poder, el cual le otorga a quienes lo personifican la capacidad de generar ilusiones en aquellos que carecen de las condiciones y de la capacidad de realizar sus deseos.



Prólogo
Juan Carlos Marín
Los investigadores pertenecientes al Programa de Investigaciones sobre Cam- bio Social [P.I.Ca.So.] estamos actualmente concentrados en investigar hechos que constituyen y expresan procesos estructurantes de las dimensiones del poder en las sociedades. Es decir, nos interesa desentrañar los procesos que posibilitan cons- truir y prolongar una relación social mediante la cual unos construirán y ejercerán la capacidad de instalar y desencadenar formas de acción en otros. En esta direc- ción y articulada a nuestra meta más general, nos interesa comprender los efectos del proceso de sacralización del poder, el cual le otorga a quienes lo personifican la capacidad de generar ilusiones en aquellos que carecen de las condiciones y de la capacidad de realizar sus deseos.
Comenzamos nuestros avances de investigación, exploratorios y fuertemente empíricos, con la convicción de que el poder expresa una relación social entre los cuerpos.1 Localizar y comprender estos procesos requirió crear condiciones de in- vestigación. A partir de 1987, decidimos –junto a jóvenes graduados y alumnos de la carrera de sociología- fundar el Programa de Investigaciones sobre Cambio Social [P.I.Ca.So.]. Desde su inicio, asumimos que nuestra empresa investigativa no podría enfrentar sus metas con la sola fuerza de la disciplina sociológica. Para poder avan- zar en las investigaciones debíamos sumar esfuerzos del resto de las ciencias sociales, tanto de su diversidad teórica como de sus prácticas investigativas. A su vez, adverti- mos también, que nos sería imprescindible iniciar un proceso de investigaciones de base que nos ayudara a comprender de qué manera se instalaban en la territorialidad corporal de las personas las relaciones sociales constitutivas del poder.
1 Nuestro énfasis en el carácter de relación social acerca del poder debe ser comprendido como proceso que determina y define la identidad y los límites de una totalidad social. (JCM). Con relación a este tema ver Piaget,J., (1986 [1965]) La explicación en sociología, Parágrafo 2, Las diversas significaciones del concepto de totalidad social en Estudios Sociológicos, Barcelona, Planeta-Agostini.
Iniciamos nuestros trabajos exploratorios en muy diversos sectores sociales de la población, indagando cuáles eran las imágenes con las que se representaban la realidad social y cuáles eran las conceptualizaciones acerca del poder. Si bien en- contramos una gran diversidad cultural de representaciones acerca del poder, en todas ellas estaba presente, de forma totalmente natural y normalizada, la creen- cia del poder como una dimensión mensurable y atributo personal, es decir, la imagen diferenciada y jerarquizada del poder. Al hablar del “más o menos poder” de quienes lo personificaban, lo hacían expresando una determinada atribución a la identidad de esas personas. Así lo hacían, aunque no tuvieran conocimiento acerca de cómo lo hacían.
Desde nuestra perspectiva, pensamos que la diversidad que encontrábamos en el modo como las personas se representaban el poder en la realidad, sería expresión de un largo proceso socio cultural en correspondencia con la diversidad de las iden- tidades y las formas constituyentes de la historia del poder. Es decir, las diversas representaciones acerca del poder serían la resultante de los diferentes estadios evo- lutivos del proceso histórico social de formación del poder. A su vez, consideramos que esta diversidad de representaciones mentales, constituían una muy importante advertencia: la perdurabilidad y yuxtaposición de las diferentes etapas, identidades y formas en que el poder se realizó, y que aún se reproduce y realiza.
Llegado a este punto, conviene aclarar parte al menos, de las motivaciones centrales que el conjunto del equipo de investigaciones compartía y que desen- cadenaron nuestra determinación, razones que manifestamos en el documento fundacional de nuestro programa de investigación2: ¿cómo comprender y explicar el proceso genocida ocurrido en el país? ¿Cómo comprender el proceso de la obe- diencia debida y las justificaciones del “por algo será” con que la gran mayoría de la población soportó y justificó dicho proceso?
Contábamos como punto de partida con estudios e investigaciones realizadas sobre procesos relativamente análogos ocurridos en otros países durante el siglo XX; también, con una larga experiencia del equipo en investigaciones acerca de luchas políticas y sociales que transcurrieron mediante confrontaciones armadas. Pero la mayoría de ellas estaban referidas al modo en que se habían realizado confrontacio- nes mediante el uso de la fuerza material, entonces comprendimos que nos informa- ban acerca de la realización del poder pero no acerca de su proceso constitutivo.
La imagen de la obediencia debida como expresión y realización de una moral, y la creencia en una supuesta justicia inmanente presente en la expresión del “por algo será”, constituyeron dos atractores centrales en la elaboración de las primeras etapas de nuestros diseños de investigación. Nos era necesario conocer y com- prender la identidad moral operante para poder desentrañar la lógica de la acción
2 Ver Las razones de nuestro programa (1987). Archivos P.I.Ca.So. . 16
genocida. Para avanzar en esa dirección debíamos, al menos, conocer y poder articular dos procesos: investigar en qué estadios del proceso evolutivo del cono- cimiento y del control emocional se construye una moral que puede expresarse de manera alternativa en la ejecución de un genocidio. Pero a su vez, sabíamos que la construcción de un juicio moral depende de la existencia previa (instalación) de una determinada representación de la realidad del mundo. Esa representación constituye el escenario de las acciones posibles y necesarias de ser realizadas, im- pone la lógica de la acción que determina y realiza una moral.
Asumimos hipotéticamente que este proceso de instalación de una determi- nada representación y concepción del mundo es el modo instrumental en que se desencadenan y producen procesos expropiatorios del poder de los cuerpos, en todos los niveles de su identidad material. Que estos procesos expropiatorios cambian y se desenvuelven evolutivamente en correspondencia con los procesos de cambio y evolución de los órdenes sociales, y que, en cada momento de su desenvolvimiento, construyen las formas culturales de sus representaciones de la realidad y la normalización subjetiva de la identidad del poder. Asimismo, en nuestros avances exploratorios iniciales encontramos que gran parte de los proce- sos constitutivos y reproductivos del poder son inobservados y en consecuencia, tienden a constituirse en hechos inobservables para la mayoría de las personas.
Es conveniente aclarar que desde nuestra perspectiva, el proceso de investi- gación es la resultante de un proceso social y culturalmente complejo, cualquiera sea el campo del conocimiento involucrado. No se reduce ni trata de una empresa personal. No lo es así en ningún campo de conocimiento. Es verdad que el esfuer- zo individual es central para su realización pero lo es en tanto sea expresión de un proceso social y cultural creciente y acumulativo. Esta aclaración es necesaria e importante de hacerla pues quienes investigamos en este país lo hacemos a pesar de todos los obstáculos y represiones que hemos vivido y que afortunadamente, hoy están disminuyendo.
Vivimos y venimos de un territorio arrasado, el genocidio lo realizó en to- das las dimensiones de lo humanamente posible. Después de tantos años de re- presiones y restricciones, sobretodo en el campo de las ciencias sociales, muchas perspectivas de conocimiento sufrieron la clausura de su enseñanza y la pérdida definitiva de gran parte de sus investigadores. Concretamente la mayoría de lo que se había construido entre mediados de los años cincuenta y mediados de los sesenta desapareció. La vida intelectual y científica, cualquiera fuese el campo de investigación, lo sufrió también con mucha intensidad destructiva, cuyos efectos en parte, aún hoy sufrimos. Prácticamente, para poder investigar en la univer- sidad a partir de mediados de la década del ochenta, tuvimos que comenzar de cero. Lo poco que se reinstaló después del año 1984, tuvo que sufrir un largo
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período de restricciones ideológicas y presupuestarias tremendas porque ese fue, entre otros, el efecto inercial del genocidio en las universidades. Pues muchos de los que habían sido encubridores del genocidio perduraron en el andamiaje de las decisiones de la vida académica y científica.
A partir de mi regreso a la universidad de Buenos Aires, entre los años 1985 y 1986, pude retomar el ejercicio de la docencia. Concentré mis esfuerzos en la enseñanza y práctica de la investigación social mediante el trabajo en Talleres de Investigación que estaban destinados a los estudiantes que cursaban los últimos años de su licenciatura en sociología, a los cuales se les exigían horas de investiga- ción como requisito para dar por terminada su formación de grado. Ello permitió reconstruir condiciones mínimas para el trabajo de investigación. El trabajo en los Talleres permitió colaborar en la formación de jóvenes que fueron transformán- dose en investigadores y también compartir con muchos de ellos la diversidad de avances de investigación que la complejidad de las metas de nuestro programa nos exigía.
Afortunadamente, ese clima negativo ha comenzado a sufrir una derrota que esperamos se prolongue definitivamente. Espero que solo la determinación de una ética científica impere de hoy en adelante en la vida universitaria. Esta publica- ción, “Avances” de investigación, intenta afianzar esa determinación ética.
Juan Carlos Marín Agosto de 2010

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