EDGAR GARAVITO Y EL PROBLEMA DE DESPRENDERSE DE SÍ MISMO

Iván Galvis Gómez
erlik3@gmail.com
Publicado el: 14/07/10


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Al iniciar la tarea de acercarme a la filosofía de Edgar Garavito me encontré con la tarea de seguir una multiplicidad de líneas de fuga que hacían difícil el acceso al “filósofo cometa” –Incluso la última, y más solitaria de sus afirmaciones: “quiero morir.”





EDGAR GARAVITO Y EL PROBLEMA DE DESPRENDERSE DE SÍ MISMO

Por Iván Galvis Gómez, filósofo de la Universidad Nacional
erlik3@gmail.com
erlik3@hotmail.com
erlik3@yahoo.com.mx
El arte de crear conceptos

Al iniciar la tarea de acercarme a la filosofía de Edgar Garavito me encontré con la tarea de seguir una multiplicidad de líneas de fuga que hacían difícil el acceso al “filósofo cometa” –Incluso la última, y más solitaria de sus afirmaciones: “quiero morir.”

“Qué es hacer filosofía y qué importancia tiene esta tarea para el saber y la vida de los hombres” , sin duda, es una inquietud que encuentra eco por todas partes del pensamiento filosófico contemporáneo. Pensadores muy diferentes, y de generaciones distintas, coinciden en la necesidad de replantear tanto el estatuto de sus objetos como el lugar en que debe instalarse la praxis. Por ejemplo, según Foucault, el papel del intelectual, digamos en las luchas cotidianas, se funda en un nuevo modo de relación entre la teoría y la práctica. Los intelectuales –nos dice– ya no trabajan “en lo universal, lo ‘ejemplar’, ‘lo justo y verdadero...”, sino que han cambiado de posición, y ahora van más bien de un lugar especifico a otro, produciendo efectos de transversalidad y ya no de universalidad.

La filosofía de Edgar Garavito tiene como tarea fundamental crear conceptos. Según este pensamiento, “crear un concepto exige la tarea de conocer y transformar un material especifico: el saber o, más precisamente el conjunto de las “cosas dichas”. El concepto es el instrumento, la herramienta, del pensar filosófico. También “los conceptos cumplen una función social y política: un filósofo crea un concepto y los no filósofos piensan a través del concepto creado por el filósofo.” Por ejemplo, el pienso cartesiano (siglo XVII), el fenómeno kantiano (siglo XVIII) y la voluntad de potencia de Nietzsche (siglo XIX), son tres grandes conceptos que ante todo evidencian el carácter innovador y creativo del filósofo. Además, su marca durante importantes periodos en la historia constata la fuerza que tienen tales conceptos: “abriendo territorios de pensamiento sobre los cuales los no filósofos explican y transforman el mundo y su propia vida.”

Ahora bien, crear conceptos no es una tarea que se haga en el cálido interior de una conciencia ni menos en las comodidades acostumbradas en el mundo institucional. La tarea de un filósofo implica un ejercicio nuevo, superior y creador: –otras relaciones, formas o fuerzas capaces de transformar la sensibilidad y los afectos tanto individuales como sociales.

Esto quiere decir, que el concepto no es solamente logos o forma de la verdad. “La creación de conceptos como tarea fundamental de la filosofía es inseparable de (una) potencia vital o pathos...”, capaz de transformar “la sensibilidad y los afectos no solo del filósofo sino así mismo del medio social que recibe el nuevo pensamiento.” Es por eso, que “la filosofía no esta separada de la vida sino que, al hacer concurrir la sensibilidad y los afectos tanto individuales como sociales, es una tarea implicada en la vida misma.” Por otra parte, el nuevo concepto da lugar a una nueva manera de percibir el mundo y la existencia, es decir, el concepto abre una nueva perspectiva o eidos. (En esto consiste, precisamente, el perspectivismo nietzscheano. No como pretenden algunos profesores de filosofía, que suprimen la potencia en el nivel de la mirada, de modo que reducen esta noción a la hegemonía del YO, donde prima la forma lógica sujeto–objeto y la “validez” del juicio ‘varía’ según los lugares que ocupa un sujeto con relación a un mismo objeto)

La transcursividad

El concepto de transcursividad es el resultado de una filosofía-maquina-transgresora capaz de transformar la imagen que se tiene del entorno y de sí mismo, “la transcursividad será la escogencia permanente de una función transformativa” .

Mas allá de los límites de la conciencia está el transcurso, la línea de fuga que permite el abandono de las formas y el franqueamiento de la identidad, lo cual conlleva una pluralidad de voces y el instante secreto de una creación.

La Transcursividad es un libro polémico que desde sus primeras páginas se anuncia como permanente ruptura con todo intento de buscar y fortalecer la identidad, tanto a nivel individual como social y culturalmente. Puede decirse que la crítica demoledora que recorre sus páginas se inscribe en una necesidad primordial de la filosofía contemporánea: la repetición del instante trágico de la pérdida de identidad que da paso a múltiples transformaciones.

La transcursividad es un concepto múltiple que implica los conceptos de transcurso, transcurso monologal, transcurso dialogal y transcurso discursivo. Además se acompaña del anacoreta como personaje conceptual y traza un plano de inmanencia: el tiempo-fuerza y el espacio-fuerza, como dinamismo energético espacio-temporal que rebasa y destituye la identidad y la individuación.

El estudio progresivo del monólogo, del dialogo y del discurso conduce esta investigación a fundar el transcurso como práctica que apoyándose estrictamente en el poder de afección y en el conocimiento intuitivo, se levanta frente a estas tres formas de presentación del lenguaje que responden al ejercicio de la identidad. La transcursividad irrumpe entonces como transcurso monologal, transcurso dialogal y transcurso discursivo.

La originalidad en el análisis de los conceptos (si se me permite) alcanza una lucidez extraordinaria, especialmente en la nueva noción de transcurso, capas de destituir la identidad de quien habla a partir de una dimensión estética (relaciones espacio-temporales) que funciona con autonomía respecto de la identidad y de la individuación.

Desprenderse de sí mismo

En el contexto del pensamiento filosófico contemporáneo con apoyo en Nietzsche (el de Guilles Deleuze, el de J. Francois Lyotard, el de Félix Guattari, el de Maurice Blanchot, el de Michel Serres, el de Georges Bataille, etc.) y más allá de las reflexiones que se aproximan o se distancian de este pensamiento, Edgar Garavito se inscribe en una de las búsquedas fundamentales de la obra de Michel Foucault, puesta de presente en la introducción al Uso de los placeres: “no la que busca asimilar lo que conviene conocer, sino la que permite alejarse de uno mismo” Garavito puede afirmar entonces que a lo largo de los capítulos que componen La transcursividad ha buscado destituir el yo psicológico y sus limitaciones. “La critica que recorre estas páginas es la critica a todo intento de buscar y fortalecer la identidad, especialmente a nivel individual pero también a nivel social y cultural”

La Transcursividad nos propone un discurso sin autor, sin sujeto y sin identidad; nos propone pues un ejercicio superior del lenguaje llamado trans-curso. Se trata del agrietamiento irreductible de las formas del discurso y del sujeto de enunciación provocado por la fuerza de pulsiones impersonales. Más allá del monólogo, del diálogo y del discurso está el trans-curso. La Transcursividad es la experiencia de un universo pulsional e intuitivo que provoca transformaciones que pluralizan la identidad (afuera del yo psicológico), rompe el orden del discurso (afuera del lenguaje) y desmontan la forma del mundo (afuera del espacio formal y el tiempo formal). La fuerza pulsional al ser intuida por el sujeto de enunciación destituye las certidumbres del yo identificado, el orden del discurso organizado y la forma del mundo establecida, abriendo, a la vez, las posibilidades subjetivas a una pluralización del yo que hace posible otros devenires; las posibilidades enunciativas a una multiplicidad de voces que hacen posible la heteronomía del sujeto de enunciación y las posibilidades estéticas a un espacio-fuerza y un tiempo-fuerza que hacen posible los simulacros.

Transcursividad: una experiencia límite

La novedad de la filosofía de Edgar Garavito se halla en sus conceptos que son ante todo fuerzas, conceptos-fuerza. Es decir conceptos que intensifican la vida gracias a que movilizan afectos. La transcursividad, el transcurso monologal, el transcurso dialogal y el transcurso discursivo son conceptos que van más allá de la forma, de la simple función formal de la definición. La Transcursividad esta pues marcada por sus conceptos-fuerza. Quien lee la Transcursividad siente de alguna manera que sus conceptos agitan la vida en lo que ésta tiene de más radical: los acontecimientos de transformación. Si hoy la tarea de la filosofía es la de crear conceptos, Garavito es en ese sentido un filósofo contemporáneo, un creador de conceptos-fuerza.

El concepto de transcursividad en Garavito esta impulsado por una fuerza activa en sentido nietzscheano. Nietzsche distinguía dos tipos de fuerzas: las activas y las reactivas. Llamaba activas aquellas fuerzas que tienen la nobleza de la transformación y la capacidad de devenir por fuera de sí mismas. Por el contrario llamaba reactivas aquellas fuerzas inferiores que están dirigidas a conservar o perseverar en su identidad. En palabras de Garavito, la fuerza de dejar de ser lo que se es pasando por un estado donde la primera identidad ya no se reconoce es expresada en el lenguaje gracias a un prefijo de forzamiento: el prefijo “trans” Los conceptos de transcursividad, transcurso monologal, transcurso dialogal y transcurso discursivo que aparecen en la Critica de la identidad psicológica llevan dicho prefijo en inmanencia y dan cuenta de un esfuerzo por destituir la identidad que, según procesos objetivos, no depende directamente de la identidad de un sujeto. Tales procesos objetivos son aquellos que se producen a nivel de la imagen del pensamiento (pensamiento nómade o pensamiento del afuera) y a nivel del tiempo y del espacio (espacio-fuerza y tiempo-fuerza).

Un transcurso esta compuesto por “el conjunto de fuerzas y elementos que permiten la transformación que conduce a desprenderse de sí mismo” Es pues el trance permanente de hacer una escogencia vital sin pasar por ninguna identidad. En este sentido, el transcurso como experiencia límite se convierte en figura paralela de la muerte del yo. La muerte del yo es la muerte de la identidad y la armonía que la sustenta. Y también es la muerte del otro. La transcursividad es una escogencia permanente de transformación, ligada a la muerte de la identidad y de la armonía.
Con el transcurso Garavito vive el trance de una experiencia-límite. Es la experiencia de salvar lo insalvable, de hacer decir lo que no fue dicho, de acceder a lo inaccesible. Es la experiencia en la cual vive la aventura del afuera.

Podríamos decirlo aún con mayor precisión si consideramos la relación entre lenguaje y pensamiento: el límite es el lenguaje; el pensamiento se adentra más allá del lenguaje una vez que presiente que el lenguaje domesticado es incapaz de decir aquello que no ha sido dicho. Desposeído del lenguaje, el pensamiento asiste a un grito filosófico: no se puede seguir pensando así, es necesario destituir la imagen del mundo atada a la identidad del sujeto de enunciación. Y vive entonces la experiencia límite: hay un fondo pulsional e intuitivo que toma por asalto tanto al discurso como al yo provocando transformaciones de la identidad.

Garavito al igual que Foucault presiente que ese lenguaje límite donde lo impensado alcanza su enunciación positiva, no es un lenguaje discursivo, no define el sujeto que lo enuncia, no esta orientado necesariamente según una racionalidad o una lógica, no funciona tampoco como información o comunicación, no exige un referente. Y sobre la posibilidad de tal lenguaje según Foucault “vale más intentar hablar de esta experiencia, hacerla hablar en el hueco mismo del desfallecimiento de su lenguaje, allí donde precisamente las palabras faltan, donde el sujeto que habla viene a desvanecerse”

La Transcursividad lo mismo que la “Transgresión” de Georges Bataille anuncia la destitución del sujeto de enunciación a partir de la relación del lenguaje-límite con el pensamiento del afuera. Hay una separación creciente entre el habla y aquel que habla, con lo cual se asiste al tormento del sujeto de enunciación. ¿Dónde queda entonces la promesa occidental de la adquisición triunfal de una unidad subjetiva? Según este pensamiento asistiríamos más bien a un acontecimiento inesperado: “un lenguaje capaz de devenir por fuera del control de un sujeto que presume de autor”

¿Quién habla? es una pregunta de origen nietzscheano. Desde la perspectiva abierta por la transcursividad se puede decir que quien habla no es un sujeto, no es un yo, no es no es un autor. “Habla una dispersión, el desmoronamiento de la subjetividad en el interior de un lenguaje que la multiplica” De repente el discurso es invadido por una diversidad de enunciaciones entre las que se abren múltiples agrietamientos. En consecuencia el transcurso es la irrupción de enunciaciones-acontecimiento que al agrietar el yo implican su muerte.

El transcurso procede del afuera, agrieta el discurso y vuelve al afuera. Pero no hay un agrietamiento fundamental; el transcurso es múltiple: se reparte y se agita entre los enunciados, las frases y las proposiciones. El es el ahuecador clandestino; funciona como una fuerza impersonal y preindividual. Es como si cada enunciado, frase o proposición contuviera en su interior un transcurso que continuamente perfora la arquitectura rígida del discurso domesticado. Como destitución de los límites del discurso, el transcurso se expresa en el mundo lenguaje como silencio, seducción y muerte.

El transcurso responde por lo tanto a las preguntas qué es hablar y quién efectivamente habla. En palabras de Garavito: “Hablar es provocar una violencia original al lenguaje, forzar el lenguaje establecido para volverlo extraño a sí mismo. Hablar, como ejercicio superior, es romper la domesticidad impuesta por el lenguaje establecido. Hablar es, entonces, dejar entrar el pensamiento del afuera” Y añade siguiendo a Blanchot: “La única manera como puede irrumpir el pensamiento del afuera para desconstruir la domesticidad del lenguaje es silenciando el sujeto psicológico” La pregunta ¿quién habla? es respondida por Garavito diciendo “habla la diversidad contenida previamente en el sujeto” Es el abandono de toda personología. El yo y el tú dejan de ser las instancias privilegiadas del discurso.

Lo sublime es sin duda uno de los temas más próximos a Garavito. Cuando Garavito afirma una desarmonía inherente al transcurso señala que ya en la “Critica del juicio” Kant había establecido en la problemática de lo sublime una fuerza que interrumpía la armonía de la síntesis perceptiva y que parecía proceder de un fondo o caos. Kant plantea lo sublime como la percepción de una desarmonía entre las facultades de un sujeto. Sin embargo, el mismo Kant da pie para afirmar una desarmonía presubjetiva y preindividual que viene más allá de la suspensión del sujeto. Al hablar de la comprensión estética Kant “dice que ésta es la captación de un dinamismo, de un ritmo que escapa a toda medida racional de los fenómenos” Y, según siempre Garavito, “un ritmo es un dinamismo espacio-temporal capaz, en el límite, de desarticular la armonía de lo bello” De nuevo un presupuesto kantiano es propuesto desde la perspectiva de la transcursividad: quizá el fundamento de la sublime esta más allá de la desarmonía entre las facultades, como una desarmonía a nivel estético entre el espacio y el tiempo. Quizá el dinamismo del espacio-fuerza y del tiempo-fuerza es lo que provoca la desarmonía propia de lo sublime.

Notas:

Edgar Garavito. Escritos Escogidos. Editorial Universidad Nacional de Colombia. cede Medellín, 1999. Medellín, p. 141.
Ibid. p. 56.
Michele Foucault. “Un Dialogo Sobre el Poder”. Alianza Editorial, Madrid 1998, p. 138.
Edgar Garavito. Escritos Escogidos. Ob. cit. p. 60.
Ibid.
Ibid. p. 61
Ibid. p. 63
Ibid. p. 142.
Mientras que sobre la línea horizontal del discurso elaborado y controlado desde la conciencia “hay vigilancia y encadenamiento del discurso, sobre la línea transversal se despliega, en cambio, el secreto mundo de los simulacros.” (Edgard Garavito, La Transcursividad. Universidad Nacional de Colombia, cede Medellín 1997. p. 90)
Michel Foucault. Historia De la sexualidad II, el uso de los placeres. Editorial Siglo XXI. México 1986. Introducción, p. 12.
Edgar Garavito Ob. cit. p. 17.
Ibid. p. 40.
Michel Foucault. De lenguaje y literatura, prefacio a la transgresión. Paidos, Barcelona. P. 132. La cita es de E. Garavito (Ver Escritos escogidos. O b. Cit. p. 191)
Edgar Garavito. Escritos Escogidos. Ob. cit. p. 193.
Ibid. p. 194.
Ibid. p. 199.
Edgar Garavito. La transcursividad. Ob. cit. p. 198
Ibid.



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