EL HOMBRE DE LA VERDAD Y LA VERDAD DEL HOMBRE.

Jaume PATUEL i PUIG
jpatuel@copc.es
Publicado el: 26/10/09


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Tenemos un juego de palabras que tiene el nombre de quiasmo en literatura. Pues bien, el artículo de hoy intentaré elaborar uno y tanto el lector como la lectora sería conveniente que lo acabasen. El quiasmo no será disyuntivo, una cosa o la otra. El juego de palabras nos hace reflexionar que las dos frases aunque diferentes no llevan al mismo lugar de profundidad, de interioridad del ser humano. Son precisas las dos frases dado que lo que se quiere indagar es sobre la verdad. Una no es suficiente puesto que la do son la dos caras de la misma moneda, inseparables.





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Jaume PATUEL i PUIG
Pedapsicogog i psicoanalista
jpatuel@copc.es


EL HOMBRE DE LA VERDAD Y LA VERDAD DEL HOMBRE.

Tenemos un juego de palabras que tiene el nombre de quiasmo en literatura. Pues bien, el artículo de hoy intentaré elaborar uno y tanto el lector como la lectora sería conveniente que lo acabasen. El quiasmo no será disyuntivo, una cosa o la otra. El juego de palabras nos hace reflexionar que las dos frases aunque diferentes no llevan al mismo lugar de profundidad, de interioridad del ser humano. Son precisas las dos frases dado que lo que se quiere indagar es sobre la verdad. Una no es suficiente puesto que la do son la dos caras de la misma moneda, inseparables.

Efectivamente, el hombre de la verdad, el hombre que siente y vive la verdad. El problema se encuentra en la palabra verdad. Para diferenciar el contenido, diría que una es en minúscula, la verdad que cada hombre se hace, se cree, se imagina. El hombre de la verdad. En el fondo esta verdad para que tenga peso va a depender de qué hombre la manifiesta, la expresa. El testimonio va a ser esencial.

La otra Verdad, en mayúscula. Aquella Verdad que cada persona tiene, posee en su profundidad interior. Podríamos indicarlo con el término esencia. La Verdad que es válida para todos. La Verdad del hombre, lo que lo constituye. Es una Verdad vivida, vivenciada.
Ahora bien, la persona que conjuga ambas verdad, que es un Maestro, no impone sino que expone. No dirige sino que indica. No habla ni escribe sino que vive y hace. Hay toda una coherencia en él. Todos tienen en su interior este Maestro. Sólo e preciso despertarlo.

En el siglo XXI es muy posible tener en cuenta estos grandes Maestros, pero sabiendo al mismo tiempo que cada época tiene sus propios Maestros. Difícil de ver porque son coetáneos nuestros, coincidimos en el tiempo y en el espacio. El tiempo permite tomar distancia y constatar quienes han sido estos Maestros. Tenemos muchas resistencias interiores para aceptar que alguien, otro ser humano, nos pueda indicar la Verdad del hombre.

La Verdad del hombre. Lo que hace que el hombre sea hombre, es decir, que el ser humano devenga lo que es. Una Verdad que no viene caída del cielo, ni indicada por nada del otro mundo. Esta Verdad del hombre es aquella que ale del fondo del hombre de la verdad cuando es capaz de escucharse silenciosamente su interior.

Por eso, como indicaba antes, ¿el hombre de la verdad o la Verdad del Hombre? No hay una alternativa sino las dos deben ir juntas par que haya un compromiso y una coherencia de vida. Ciertamente con todas las limitaciones, defectos de estructura de la personalidad de cada sujeto puesto que es un sujeto de necesidades




Pero la Verdad, con mayúscula, es por otra parte, una búsqueda no de estar en este mundo sino de ser del mundo. No hay una dualidad de aquí o allá sino que todo es ahora-y-aquí. Ciertamente que la vorágine de nuestra sociedad de la informática. De la innovación, del conocimiento técnico no permite ver qué es esta Verdad, el Ser del ser humano sino todo lo contrario. Pera el hombre de la nueva sociedad, hacer es ser. Trabajar es ser. Ir de prisa es ser. Tener es ser. Sin abandonar el aspecto depredador, llevado de forma sutil y sofisticado, que también está en la base de toda criatura biológica. Además, no hay tiempo para nada puesto que es la gran búsqueda fuera de uno mismo, de aquello que se tiene y se es dentro del ser humano.

Entonces, en esta situación de estrés, de agotamiento, de competitividad, de prepotencia, de preponderancia, de egocentrismo, de tantas cosas en el ego, el gran yo hinchado, en el fondo un profundo narcisismo, enamorado de si mismo, la Verdad del hombre se mantiene, pero escondida. Y surgen, entonces, los hombres de la verdad. Unidimensional.

El problema importante que emerge es que la palabra Verdad, con mayúscula, es como una caja. ¿Qué hay dentro? Aquí se encuentra la paradoja. El silencio interior será quien nos lleve a saber vitalmente qué hay dentro de esta palabra, Verdad. La vivencia silenciosa y llena no es posible formular. Y si se hace es reductora. De aquí la dificultad de expresar en palabras la Verdad del hombre. .

Por el contrario, el hombre de la verdad nos dirá qué hay. A nosotros nos tocará expurgar, discernir, interpretar qué clase de verdad quiere que escuchemos. También esta escucha va a depender de nuestro silencio interior. ¿Qué captamos, cómo resuena?

Ciertamente, ahora, el lector como la lectora, debiera continuar no tanto la reflexión sino dejar que resuene este quiasmo en su interior y permitir que no sea un enigma sino una paradoja.

El enigma es resolver un problema, encontrar una solución haciendo uso de la razón, como la esfinge de Delfos en el saber que quiere decir “Conócete e a ti mismo”. Modelo del mundo occidental.
La paradoja interpela, descoloca, obliga a resolver la contradicción, que ha removido nuestro interior, como lo hace el mundo Oriental.

Una frase del gran científico Alberto Einstein nos puede ayudar en nuestra búsqueda e iluminarnos: El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse mejor sería estar muerto porque sus ojos están cerrados.



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