CRITICA DEL PENSAMIENTO CONSERVADOR CONTEMPORÀNEO

Roberto Villa del Prado

Publicado el: 22/08/08


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En los discursos de la derecha podemos encontrar expresiones doctrinarias antiguas y otras más recientes, por eso los analistas suelen hablar de familias de ideologías de derecha (Altamirano, 1989). Este artículo es un estudio descriptivo-comparativo que intenta una primera aroximación a la explicación del tema.


CRITICA DEL PENSAMIENTO CONSERVADOR CONTEMPORÀNEO

Roberto Vila De Prado

En los discursos de la derecha podemos encontrar expresiones doctrinarias antiguas y otras más recientes, por eso los analistas suelen hablar de familias de ideologías de derecha (Altamirano, 1989). Este artículo es un estudio descriptivo-comparativo que intenta una primera aroximación a la explicación del tema.

Como en otras corrientes del pensamiento político, la ideología conservadora ha sido elaborada por intelectuales, recogida por los dirigentes de diferentes partidos y divulgada por políticos que, al mismo tiempo, cooptaban algunas reivindicaciones de las capas sociales subalternas que conforman su electorado.

No existe una filosofía política común a todos aquellos que se autodefinen o son definidos como “conservadores”. El término ha sido utilizado en el lenguaje corriente para designar una actitud, pero en el campo de la teoría “conservadurismo indica aquellas ideas y actitudes que apuntan al mantenimiento del sistema político existente y de sus modalidades de funcionamiento, y se ubican como contrapartida de las fuerzas innovadoras” (Bonazzi, 1997: 318).

I. LA IDEOLOGÍA CONSERVADORA EN EL PRIMER MUNDO

1. Antecedentes: El conservadorismo europeo

Uno de los principales pensadores de la corriente conservadora fue el liberal irlandés y parlamentario inglés Edmund Burke (1729-1797), quien critica a los revolucionarios franceses por pretender diseñar al Estado sobre la base de abstracciones, actuando como si los países fueran hojas en blanco en las que se pueda escribir de acuerdo con el parecer de cada uno. Contrapone a esta concepción, la sabia evolución inglesa basada en la armonía de las costumbres y las instituciones inglesas producto de la sabiduría depositada a través de los siglos.

También forman parte del pensamiento de la derecha Joseph de Maestre (1753-1821) y Louis Gabriel de Bonald (1754-1840), quienes retoman las críticas de Burke insertándolas en otra construcción doctrinal. Para ellos, la historia está subordinada a la Providencia y la política a la religión católica. A esta corriente se la suele denominar “contrarrevolucionaria”, para distinguirla de las formas de conservadurismo que abogan por una síntesis entre la monarquía y las reformas de 1789.

S. T. Coleridge (1772-1834) es considerado el pensador más importante del siglo XIX. Hay tres ideas clave en su concepción de la política (Negro Pavón, 1980):

- la educación, que debe ser impuesta coercitivamente por la religión, cuya ausencia tiene como consecuencias a la anarquía o la sumisión a un déspota;
- la integración, es decir una forma de lealtad común que permite la existencia de una sociedad política; y
- la cohesión social, que se basa en la solidaridad y que hace que nadie se sienta extranjero.

En la década de 1830, en Gran Bretaña, el parlamento había comenzado a promulgar leyes regulando los horarios y las condiciones de trabajo. La legislación social fue creciendo a medida que avanzaba el siglo. El sector agrícola siempre fue mayoritariamente conservador, a él se agregaron los obreros que veían a su gremio más protegido por un gobierno conservador que por los liberales que representaban a los industriales. La extensión del voto a vastos sectores del proletariado industrial, a partir de 1867, fue creando un electorado muy preocupado por los salarios, los horarios y las condiciones laborales. La democracia tory de Disraelí se transformó en una fuerza “real, aunque temporal” (Sabine, 1992: 511). Los liberales tuvieron que adoptar también esta política social para obtener el apoyo de los obreros y esta corriente se convirtió así en un partido nacional, cuya función iba más allá del ejercicio del rol de vocero de los intereses industriales.

Hasta mediados del XIX el conservadurismo fue antiestatizante, pero en el último tercio del siglo se fue tornando nacionalista a medida que se iban entrelazando las ideas conservadoras con el tradicionalismo contrarrevolucionario. El conservadurismo cosmopolita y aristocratizante devino en nacionalista y burgués. Esta tendencia comienza en Francia tras la derrota miliar (1870) y continúa en Alemania con la política bismarkiana de gran potencia. También el partido tory y parte de los liberales asumieron posturas nacionalistas vinculándolas con la grandeza imperial (Leixà, 1996: 114-117).

Armin Mohler, en Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932, evitando las instancias religiosas del pensamiento contrarrevolucionario, se apoyó en los autores que rechazaban los valores de la revolución francesa y ensalzaban el rol de la germanidad en el pensamiento europeo. Rechazaba tanto la visión lineal de la historia como la visión cíclica del tradicionalismo; no creía en las doctrinas políticas universalistas, sino en las personas que las encarnaban, en personalidades carismáticas capaces de abrir nuevos caminos en la marcha de la humanidad. Entre las principales figuras de este movimiento se encuentran Oswald Spengler (1880-1936), Ernst Jünger (1895-1998) y Carl Schmitt (1888-1985).

En algunos de estos pensadores, influidos por la obra de Le Bon (1841-1931) y Ortega y Gasset (1883-1955), se manifiesta un fuerte pesimismo y el temor a las masas, las que al querer imponer la nivelación social más allá de la igualdad jurídica, impulsarían la intervención estatal hasta límites insoportables.

A partir de la revolución rusa, la lucha entre conservadores y liberales (propia del siglo XIX) va desapareciendo, a medida que el liberalismo progresista se imbrica con el conservadurismo para enfrentar a las corrientes socialistas. Después de la Segunda Guerra Mundial, el pensamiento conservador se actualiza y va adquiriendo un carácter racionalista y tecnocrático, característico de los managers, bajo el influjo de la ciencia y la tecnología.
2. El neoliberalismo
El término “neoliberalismo”, por su etimología, significa “nuevo liberalismo”. Con él se intenta diferenciar al liberalismo económico anterior a la Segunda Guerra Mundial con las tendencias liberales surgidas durante la llamada Guerra Fría. Se trata de un término fundamentalmente ideológico que es utilizado frecuentemente por los medios de comunicación y los políticos. Algunos economistas cuestionan su uso por considerar que no corresponde a ninguna escuela bien definida.
Las características de un sistema de políticas neoliberales pueden resumirse en dos grandes grupos:
- En política interna promueven la mínima intervención de los gobiernos en los mercados, la privatización de las empresas públicas y el desmantelamiento del Estado de Bienestar.
- En política internacional ponen énfasis en el libre comercio y especialmente en la libre circulación de los capitales, argumentando que esto beneficiará principalmente a los países pobres.
Se suele identificar a las políticas neoliberales con las recomendadas por el llamado Consenso de Washington. Se trata de un conjunto de medidas en materia de política monetaria y fiscal recomendadas por los organismos internacionales con sede en Washington (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.).
3. Los neocons estadounidenses
El neoconservadurismo es una corriente estadounidense . El término “neocons” es utilizado más por quienes se oponen a esta política que por quienes adhieren a ella. Por lo general, los neocons son miembros del Partido Republicano. Esta denominación se utiliza para etiquetar a quienes apoyan una política global agresiva contra el extremismo islámico, y también a los partidarios de la política unilateral de los EEUU cuando se aparta de tratados internacionales y acciones de la ONU, por ejemplo, en materia de conservación del medio ambiente o para evitar las explosiones nucleares y la fabricación de armas biológicas. Se acusa a los neocons de creer que saben qué es lo mejor para el mundo y por la aplicación de la “ley del más fuerte”.
Las raíces más próximas del pensamiento neocons son las ideas de personajes como George Kennan, Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski. Estos intelectuales, en el contexto de la Guerra Fría, aconsejaron la acumulación de un poder nuclear suficiente como para amenazar con la aniquilación al enemigo soviético, así como la diplomacia apoyada en presiones económicas, las guerras a través de terceros países limitadas a teatros regionales secundarios y las alianzas con potencias regionales emergentes.
Para el ideólogo germano-estadounidense Leo Strauss (1899-1973), uno de los autores más importantes de los neocons, el mantenimiento de un orden político social requiere que un credo ético-político esté internalizado en la mayoría de los miembros de la sociedad; y este credo tendría su forma más eficaz en las grandes religiones monoteístas. Para impedir el resquebrajamiento de estas creencias, algunos se inclinan por la práctica de las “mentiras nobles” para reforzar las ideas dominantes. Mientras los ciudadanos comunes deben estar dedicados a los negocios y las relaciones familiares, los intelectuales académicos (filósofos) que cultivan el placer intelectual deben asistir en calidad de “consejeros del príncipe” a los estadistas.

Las ideas de los neocons se combinan de diversas formas con el fundamentalismo . El presidente Reagan llamaba a la URSS “el imperio del mal”, Bush se refiere al terrorismo islámico como “el eje del mal”. Ambos coinciden en la rebaja de impuestos, el aumento del gasto público, el consiguiente aumento del déficit y en su posición fuerte en relaciones exteriores. En los últimos 25 años, el fundamentalismo se ha convertido en una fuerza política importante. Es una forma de rechazo a los cambios propios de la modernidad y una estrategia para desplazar el foco de interés de gran parte del electorado de temas que realmente afectan sus intereses (la salud, la educación, los asuntos económicos, los salarios) hacia cruzadas religiosas para bloquear la enseñanza de la evolución y los derechos humanos.

Las nuevas técnicas permiten a los oligopolios transnacionales transmitir imágenes y sonido de alta calidad y desde sitios insospechados con contenidos que crean en el público satisfacción y sensaciones de cierta libertad, con la excusa de educar y entretener; cuando lo que en realidad buscan es que la mayoría de la gente sienta, piense y se comporte como lo pautan las instituciones. Los neocons han utilizado eficazmente estas tecnologías.

Cuando planeaba la invasión de Irak, el gobierno estadounidense montó una gigantesca campaña de propaganda para que la opinión pública aprobara una guerra innecesaria, ya que sabía que el enemigo no poseía armas de destrucción masiva. Los medios de comunicación fueron cómplices activos de esta maniobra porque no cuestionaron a las fuentes gubernamentales y censuraron las opiniones contrarias a la guerra (Souza Santos, 2008).

4. La “Nueva Derecha Francesa”

La Nueva Derecha francesa (NDF) parte de una crítica de los grandes relatos similar a la que realizan las corrientes posmodernas (Lyotard, Foucault, Deleuze y Guatari):

“Este ideal de racionalización utilitaria del mundo [la de la Modernidad] va de la mano con una concepción lineal de la historia, supuestamente dotada de un principio (estado de naturaleza, paraíso terrenal, edad de oro, comunismo primitivo) y de un final (sociedad sin clases, reino de Dios, estadio último de progreso, entrada en la era de la de la pura racionalidad transparente e irónica) ambos igualmente necesarios” (de Benoist, A.& Champetier, 2000).

Las ideas de la NDF sobre lo político se basan en la creencia de que las finalidades de la vida social son siempre múltiples, lo que supone la coexistencia de diferentes visiones del mundo. La democracia es preferible a otras formas de gobierno porque reconoce la pluralidad y la diversidad de proyectos y se propone organizar la confrontación política de quienes sostienen diferentes posiciones en todos los niveles de la sociedad.

Ante la diversidad que se manifiesta en una pluralidad de etnias, razas, lenguas, costumbres y religiones, la NDF afirma que existen dos posiciones:
- La de quienes intentan reducir a los hombres a aquello que tienen en común, lo que produce una serie de efectos adversos: etnocentrismo, colonialismo, derechos humanos.
- La de quienes consideran que la riqueza del mundo es la diversidad de las culturas y pueblos. Para la NDF, las diferencias son una riqueza que conviene preservar y cultivar.

Curiosamente, identifica como enemigo principal al liberalismo, por estar dominado por una pulsión individualista y economicista que viene acompañada de una visión darwinista de la vida social. Su oponente, el Estado Providencia no sería sino una reacción a los desmanes del mercado pues, recurriendo a la redistribución, evita la explosión social y garantiza las condiciones necesarias para el librecambio, reforzando de esta manera al liberalismo.

La NDF se manifiesta tanto en contra de la homogeneización sin precedentes propia de la globalización como de las tribalizaciones salvajes que desencadena como reacción (nacionalismos chauvinistas, irredentismos sangrientos). Frente a estas dos tendencias, ella afirma las diferencias étnico-lingüísticas y políticas; adoptando un antirracismo diferencialista que es distinto al antirracismo universalista. Aquél reconoce la irreductible diferencia de la humanidad como su principal riqueza; este último hace hincapié en la común pertenencia de los pueblos a la especie humana, y considera a las identidades específicas como transitorias o secundarias.

Uno de los puntos más criticados de la ideología neoderechista es su ataque a la igualdad de derechos. Ella opone la igualdad política a la igualdad de derecho. Los hombres no son naturalmente iguales – afirman-, los ciudadanos son políticamente iguales porque pertenecen a la misma polis. Se trata de una igualdad basada en la pertenencia, distingue por lo tanto entre ciudadanos y no-ciudadanos. En la ideología de los derechos humanos subyace la idea kantiana de la existencia de una concepción unitaria de lo justo. No hay ningún derecho, según la NDF, “si no hay un contexto específico para definirlo, una sociedad para reconocerlo y para sentar su contrapartida en deberes, y unos medios de coacción suficientes para que tal derecho sea aplicado” (de Benoist & Champetier, 2000).

Enemiga del apartheid y del melting-pot, aconseja una política restrictiva de inmigración. Considera que la inmigración es mala tanto para el migrante como para el país receptor, y aboga por un incremento sustancial de la cooperación con los países del Tercer Mundo.

La NDF se manifiesta también en contra de la Nueva Clase, es decir de aquella que basa su legitimidad en la manipulación abstracta de los signos, aspira al crecimiento ininterrumpido del capital y al definitivo reinado de la ingeniería social, que es la estructura ideal de las grandes organizaciones públicas y privadas: transnacionales, estatales, organismos internacionales, etc.

“Cuanto más se aleja del poder al ciudadano, menos siente aquél la necesidad de justificar sus acciones y legitimar su orden; cuanto más se propone la sociedad tareas impersonales, menos se abre ésta a los hombres de calidad; cuanto más se somete lo público a lo privado, menos reconocimiento general se otorga a los méritos individuales; cuanto más preciso se hace cumplir una función, menos posible resulta jugar un papel” (de Benoist, A.& Champetier, 2000).

En el planeta mundializado, el futuro pertenece a los conjuntos de civilizaciones capaces de organizarse y resistir la influencia de los otros. La civilización europea debe construirse reconociendo la autonomía de sus componentes y organizando la cooperación de regiones y naciones. La clave debe ser el principio de subsidiariedad: “en todos los niveles, la autoridad inferior no delega su poder hacia la autoridad superior más que en los terrenos que escapan a su competencia”. Como la unidad política deriva de una diversidad reconocida, se debe aceptar la “opacidad” de lo social, la transparencia es un mito que favorece la vigilancia totalitaria (de Benoist, A.& Champetier, 2000).

La democracia, para la NDF, está amenazada por desviaciones y patologías. Los partidos están convertidos en máquinas electorales, no se consulta al pueblo en la toma de las grandes decisiones, preponderan los lobbies que defienden intereses particulares sobre el interés general. El debate democrático desaparece: “no se discute, se denuncia; no se argumenta, se acusa; no se demuestra, se impone”. Además, se acepta la desaparición de la libertad de opinión y toda “desviación” del pensamiento único es acusada de simpatía con ideas presentadas como repelentes; lo que empobrece el espíritu crítico.

El pensamiento de la NDF se ha expandido por toda Europa Occidental mediante la creación de grupos de estudio e investigación, publicaciones y editoriales . Sus dirigentes están convencidos de que las grandes transformaciones políticas obedecen a revoluciones ideológicas. Su estrategia (denominada metapolítica) pone gran énfasis en la acción cultural y se basa, en gran parte, en la teoría de la hegemonía de Gramsci (Vásquez Márquez, 1990: 27).

5. El neopopulismo conservador europeo

Uno de los rasgos fundamentales del populismo es la pretensión de desplazar a los partidos políticos, obviando las mediaciones parlamentarias para establecer una relación plebiscitaria entre el líder y las masas. Como método, apela a los prejuicios más arraigados en las masas, como la xenofobia y la desconfianza hacia los políticos.

En los orígenes del neopopulismo conservador contemporáneo se encuentra el qualunquismo. Este término se puso de moda después de la Segunda Guerra, cuando resurgen los partidos políticos, después de la caída del fascismo. Su doctrina se basa en la interpretación de las ideas del hombre común (uomo qualunque). A esta corriente adhiere principalmente la clase media italiana formada principalmente por profesionales y pequeños comerciantes que habían pertenecido al fascismo por conformismo antes que por convicción.

5.1. Berlusconi
La democracia representativa se caracteriza por una diferenciación funcional entre el poder político, el poder económico y el informativo-cultural, los que corresponden a tres sistemas. El sistema político, cuando es democrático, se diferencia cualitativamente de los otros sistemas, pues se eleva por encima de ellos para producir las normas que regulan a la sociedad; y, haciendo esto, impide la plena intercambiabilidad entre los otros sistemas, al tiempo que les confiere legitimidad El caso Berlusconi expresa una ruptura de este modelo En la lógica berlusconiana el sistema político adopta la lógica del sistema económico. La forma de gobierno se basa en la identificación del partido, del país y del Estado.
El sistema informativo-cultural se torna intercambiable con el sistema económico, porque el primero es colonizado por el segundo y sometido a la lógica del mercado. A su vez, con la creación del partido Forza Italia se efectúa la fusión perfecta entre lo político y lo económico utilizando como plataforma operativa a lo informativo-cultural. “Forza Italia es la extensión política de Fininvest que se lanza al mercado de consumo simbólico, en el que los ciudadanos ceden su protagonismo a los consumidores/telespectadores y donde la política surge como un nuevo producto de la más variada industria cultural patrocinada por Fininvest” (de Almeida Santos, 2005).
El antes y después de este proceso fue expresado por Musso (de Almeida Santos, 2005) en la siguiente tabla:
Antes Ahora
Ciudadano-elector Telespectador consumidor
Estado-Nación Estado-Empresa
Político Manager
Partidos y sindicatos Partido-empresa
Hegemonía del Estado Patriotismo mediático
Modo de producción industrial Modo de producción simbólico
Ideología Publicidad
Fábrica Bolsa
Intelectual moderno / tradicional Intelectual posmoderno
Televisión pública Televisión privada
Paleotelevisión Neotelevisión
Este proceso fue posible en la medida en que hay un cambio en la clase dominante, en cuanto clase que cooptaba demandas de otras capas sociales y asumía el interés general, y paralelamente se produce la emergencia de un empresariado financiero marcadamente corporativo, apoyado por una clase media qualunquista muy fragmentada, masificada y anónima, sin identidad propia.
Una de las ideas centrales del qualunquismo es la afirmación de que el Estado ideal debe ser puramente administrativo y basado en criterios de sentido común, sin la mediación de partidos políticos.
La televisión desempeña en este cambio un papel esencial. Berlusconi traslada su éxito en la conquista del auditorio de la televisión privada a la expansión del “producto” Forza Italia. La televisión tiene una notable capacidad para “ficcionar” la realidad social. Más que la manipulación en sentido estricto que utiliza en abundancia, se trató de incorporar el discurso televisivo al ámbito político mediante la importación al campo de la representación política de las técnicas de escenificación y de programación de la televisión comercial. De esta manera, Berlusconi amplió su “gama de productos” al espacio público.
5.2. Sarkozy
Guy Sorman se pregunta: ¿En qué posición política está ubicado Sarkozy? Respondiendo que cambia constantemente de posición. La prensa opositora lo considera neoconservador, pero esta ideología es considerada por algunos como exclusivamente estadounidense.
“Ahí está el origen de la victoria de Sarkozy. La personalidad de quien no tiene otro programa que su ambición está suficientemente vacía de convicción para poder a la vez impregnarse de las ideas de Le Pen, adular a los chiraquianos, tender la mano a los centristas, hacerse el campeón del valor trabajo, de la Francia de las revoluciones y las contrarrevoluciones, para acabar comprando algunos tránsfugas” (Tribuna Samir Naïm, 2008).
En su primera conferencia de prensa, el presidente Sarkozy (2008) la emprendía contra la deshumanización de las relaciones sociales, el individualismo salvaje y la pérdida de los sentimientos de solidaridad colectiva:
“Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada”
En materia de política económica, Sarkozy aboga por un capitalismo sin excesos y critica la independencia del Banco Central Europeo. Esto lo diferencia de los neocons, para los cuales la moneda es intocable. Por otra parte, no aboga por un Estado mínimo sino por un Estado eficaz. Sin embargo, ha desmantelado los organismos del Estado orientados a lo social y aprobado medidas fiscales que favorecen a los sectores más acomodados de la población.
En el plano internacional, resulta difícil evaluar las consecuencias del acercamiento de Francia a la política estadounidense. Mientras el gobierno aboga por la paz y la solidaridad, el apoyo al presidente Bush contribuye al debilitamiento de la nación iraquí y al crecimiento del terrorismo. Los neoconservadores consideran que lo más urgente es combatir al totalitarismo, antes la URSS y hoy el fascismo islamita, y al mismo tiempo practicar un seguimiento de Rusia y China considerados países no democráticos. Aquí, tienen fundamental importancia los valores judeo-cristianos y el capitalismo. En estos aspectos, la ideología de Sarkozy se asemeja a la de los neocons.
Un aspecto que separa a Sarkozy de los neocons, es que aquel no dispone de una red de fundaciones, grupos de presión y empresas editoras que le sirvan de infraestructura ideológica.
5.3. Putin
El partido de Putin (Rusia Unida) sólo quiere dinero no tiene ideología. Todo su accionar es parte de una estrategia para poder desarrollar sus negocios . Sobre la base de un grosero pragmatismo se manipula a la población recurriendo al racismo y la xenofobia a través de los medios de comunicación. El profesor Jeff Mankoff (Universidad de Yale) ha puesto de manifiesto las formas de racismo violento impulsadas desde el gobierno. Otro profesor de la misma universidad, Paul Kennedy, muestra su preocupación por el adoctrinamiento ideológico de los jóvenes, especialmente en la organización denominada Nashi (Lo Nuestro), que actúa como fuerza de choque, guiada por la rusofilia, la defensa de la Madre Patria y la tradición patriarcal rusa (Vargas Llosa, 2007).
Los empresarios y administradores de Putin tienen su base en empresas del Estado. Gaspron, por ejemplo, es el monopolio paraestatal del gas. El año pasado esta empresa creó Gaspron-Media y adquirió las tres televisoras nacionales que no controlaba el gobierno y el diario Izvestia. Al respecto, es necesario aclarar que el 70% de los rusos se informan por televisión y que sólo un 20% compra periódicos.
Todo indica que estamos frente a un régimen proto-fascista que evoluciona hacia el totalitarismo.
5.4. Rasgos comunes
Las ideologías hasta aquí estudiadas pueden ser denominadas conservadoras, porque buscan mantener valores y formas de vida considerados muy valiosos y que estarían perdiéndose con la transformación de las sociedades.

Hoy, en los países ricos, el mundo gira hacia la derecha. La extrema derecha ha encontrado ubicación en el seno de la derecha conservadora. Las manifestaciones más evidentes son la xenofobia, el racismo, la violencia contra el diferente, en suma la incapacidad de diálogo y el desprecio por la democracia. Esta nueva forma de totalitarismo utiliza como herramienta principal al monopolio de los medios de comunicación y de producción de representaciones, difundiendo una forma de pensamiento único que justifica la irracionalidad del sistema.
II. EL PENSAMIENTO CONSERVADOR EN LATINOAMERICA
América Latina es la región más injusta desde el punto de vista de la muy desigual redistribución del ingreso entre sus pobladores. Aunque se habla en todos los países de priorizar la lucha contra las desigualdades, hay obstáculos que impiden que las nuevas democracias políticas se transformen en democracia social. La descomposición de los partidos tradicionales y la organización de los movimientos sociales han permitido el acceso al gobierno de partidos populares, frente a los cuales el pensamiento conservador ha respondido a través de la acción de las corporaciones y el empleo de operativos de prensa.

1. Antecedentes: Liberales y conservadores en América Latina

En el siglo XIX y parte del XX, el ámbito político estuvo dominado por liberales y conservadores. La participación en las decisiones estaba limitada a sectores minoritarios del país, que alternaban en los salones, los clubes sociales y en las tertulias de familiares y amigos. Las relaciones familiares y de amistad que conformaban lazos informales estaban, con frecuencia, por encima de las diferencias ideológicas.

Si bien existían diferencias ideológicas, que variaban según las características sociales de cada país, las lealtades personales eran más importantes que la pertenencia a uno u otro partido.

Los partidos pronto se convierten en maquinarias para ganar elecciones. En el siglo XIX predominó el liberalismo manchesteriano; aunque algunos librecambistas se tornaron proteccionistas cuando la defensa de sus intereses así lo exigía.

En líneas generales, el conservadurismo defendía la tradición hispánica, la religión y el militarismo. Los liberales eran partidarios de la secularización de la sociedad y de limitar el poder del gobierno a través de la defensa de las libertades individuales. Hasta los años cuarenta, el conservadurismo actuó sin una doctrina demasiado elaborada porque, al basar su práctica política en el ejercicio del poder, tampoco la necesitaba demasiado. Ambos partidos tuvieron una amplia gama de matices, hasta el punto de confluir en algunos casos en un liberalismo conservador basado en el positivismo.

Algunas corrientes del conservadurismo se fueron acercando a posiciones de tipo nacionalista, inspirándose principalmente en autores como Barrès y Maurras.

2. La nueva derecha latinoamericana

En aquellas sociedades en que el ingreso, el conocimiento y la capacidad de organización están mejor repartidos, la sociedad civil es democrática y se diferencia poco del “pueblo”.

Por lo expuesto, es fácil advertir que, en América Latina en general, existe un gran desfase entre sociedad civil y pueblo. Los individuos que poseen más capital, conocimiento técnico, capacidad de organización y el control de los medios de comunicación tienen también más poder que los individuos comunes. El pueblo no siempre tiene una ideología democrática, pero demanda transformaciones sociales. La parte más organizada de la sociedad civil, en cambio, tiende a ser más conservadora.

“En una región donde los procesos de diferenciación y exclusión social son complejos y persistentes, la pobreza en realidad es una condición pre-ciudadana” (Calderón, s/f: 24).

Si bien los derechos fundamentales están reconocidos por la constitución y las leyes en la mayoría de los países, su aplicación suele estar regulada por un código no escrito que establece normas de subordinación y exclusión. Sobre este respecto, las relaciones entre los ciudadanos y los funcionarios públicos revisten tanta importancia como la relación jurídica entre las personas elegibles y el Estado Nación.

El uso del término “nueva derecha”, como hemos visto en el caso europeo, designa a corrientes ideológico-culturales que han intentado revitalizar el espíritu capitalista. Para ello han combatido al comunismo, a la socialdemocracia, al Welfare State y, en términos generales, a todas las políticas que suponían la intervención estatal del mercado en beneficio del interés general. Ecos de estas ideas pueden encontrarse en casi todos los países, con las variaciones que imponen las condiciones del contexto nacional.

Después del desplome del llamado socialismo real, en el mundo de los intelectuales, surgieron los conversos dedicados difundir el neoliberalismo y condenar los errores de la izquierda, como Vargas Llosa, o bien a reflexionar sobre el totalitarismo, como Octavio Paz.

Tradicionalmente, cuando los sectores económicos más poderosos no encontraron una opción partidista capaz de acceder electoralmente al gobierno, prefirieron apoyar a golpes militares afines a sus intereses. Después de los crímenes de los gobiernos militares, los golpes no son viables. En esta coyuntura, las corporaciones hicieron ingresar a sus representantes en los partidos políticos. Esto condujo al descrédito de la democracia, pues no tiene sentido votar si una vez electos, los políticos aplican políticas que empobrecen a la población siguiendo las recetas de los organismos financieros internacionales.

El descrédito y desgaste de los partidos políticos, impulsó el surgimiento de gobiernos tenuemente populistas, de orientación nacionalita-popular reformista (NPR), empeñados en políticas de redistribución de la riqueza. Y, si bien las elecciones otorgan legitimidad a los gobiernos que resultan elegidos, una vez éstos asumen necesitan del voto de confianza de la sociedad civil, y los sectores más derechistas suelen rechazar las políticas redistributivas fuertes y exigir el respeto irrestricto a la propiedad (Bresser Pereira, 2006: 126 -127).

La reducción de las desigualdades implica la adopción de medidas que van a perjudicar a los sectores privilegiados; frente a estas medidas, la oposición alega que “el presidente debe ser presidente de todos”, lo que supone que se debe mantener el statu quo e invisibilizar el conflicto social. Los gobiernos NPR deben entonces confrontar a la oposición y al mismo tiempo concertar con ella reglas que sirvan de base a la legitimidad del Estado. En la primera operación actúan como una parcialidad, en la segunda deben garantizar la democracia para el conjunto del sistema.

Dada la ineficacia de los partidos tradicionales, los sectores opositores pasan a ser representados por las corporaciones gremiales y los medios masivos de comunicación que le facilitan la gestión del consenso.

Los conservadores fundamentan sus posiciones otorgando la primacía explicativa a la ideología jurídica, esgrimiendo, en cada momento, “aquella parte de la biblioteca” que avala sus posiciones. En un segundo plano del discurso, está la política económica concebida como la necesidad de ofrecer todo tipo de ventajas a los inversores y garantizar la seguridad jurídica . Sin reparar que la inseguridad, en parte, es causada por la acción directa de la oposición o por las respuestas –casi siempre verbales- a dichas maniobras de los gobiernos reformistas.

Las luchas por la redistribución giran en torno al reparto de rentas extraordinarias causadas por el aumento de los precios de los commodities. Los grupos más poderosos utilizan su capacidad de movilización y su influencia sobre los medios para presionar al Estado recurriendo a formas de acción directa (lockouts, bloqueos de caminos, paros) que no son siempre legales. Estos grupos son representados por corporaciones gremiales que tienen menos habilidad para negociar que los partidos, además de una escasa predisposición a ceder en algunas de sus posiciones, lo que impide cualquier negociación. Sus dirigentes, apoyados por los medios, afirman que la solución está siempre en manos del poder ejecutivo, el que no tendría más remedio que “solucionar” el conflicto aceptando las medidas propuestas por quienes defienden intereses sectoriales y/o locales, medidas que son presentadas como coincidentes con el interés general. De esta manera, los conflictos se prolongan sin que se desarrolle una cultura realmente deliberativa y de negociación pacífica.

Hay contradicciones evidentes, como la de responsabilizar a los gobiernos por la inflación, reclamar soluciones inmediatas y al mismo tiempo oponerse a las medidas de control de las importaciones y exportaciones. Por otra parte, a las afirmaciones populistas de algunos funcionarios que señalan a los empresarios como culpables de los aumentos de precios, se les responde que los precios los fija el mercado internacional, considerándolos una variable no controlable .

Hay dos formas discursivas fundamentales para difundir el pensamiento de la nueva derecha latinoamericana: la invención histórica y la propagación del pensamiento único conservador a través de los medios masivos de comunicación.

2.1. La invención histórica

Es frecuente escuchar la expresión “el juicio de la historia”, pero la función del historiador más que juzgar consiste en comprender lo que ha ocurrido. Y esta tarea exige un análisis sistemático de los procesos y actores bajo estudio, los cuales deben ser evaluados teniendo en cuenta los sistemas de valores, las categorías mentales y las condiciones materiales propias de cada época. Se apartan de esta regla los “historiadores ideólogos” que juzgan el pasado sobre la base de las preferencias y prejuicios existentes en nuestro tiempo, tratando de encontrar argumentos valederos para terciar en los debates contemporáneos. De esta forma, se realiza un uso instrumental del ayer y se hace una distinción entre buenos y malos que se supone válida tanto para el pasado como para el presente.

Generalmente, los hechos se analizan desde el presente o considerando sus consecuencias, pero se debe tener en cuenta los necesarios controles epistemológicos. Lo peligroso es reinventar un pasado a la medida del historiador y destituir cualquier otro relato.

El historiador-ideólogo reconstruye el pasado de manera que sirva de justificación a situaciones presentes. Un político o una tendencia contemporánea es identificada como sucesora de personajes o grupos que actuaron en los primeros tiempos de la república y, entre ambos polos, hay toda una serie de eslabones que conforman una cadena que divide al mundo en réprobos y elegidos. En cada época se identifican héroes y villanos, siendo estos últimos objeto de una crítica implacable.

Algunos historiadores se ocupan de temas que requieren el conocimiento de ciencias sociales como la economía, la ciencia política y la sociología. En estos casos, es necesario que posean los conocimientos básicos de estas disciplinas. Con frecuencia, encontramos obras donde se utilizan grandes teorías y modelos, en base a los cuales se encorsetan los hechos de una manera forzada sin reparar que dichos esquemas no se ajustan a la realidad estudiada. En el extremo opuesto, están los que tratan de hilvanar hechos en forma lineal –con gran acopio de nombres y fechas-, los que son interpretados de manera ingenua a partir del sentido común, dejando de lado las orientaciones procedentes de la epistemología y de la lógica.

2.2. El comportamiento de los medios de comunicación

Más allá de la intelligentsia (y de los discursos ilustrados), se observa la labor de periodistas que transforman las ideas del neoliberalismo en fórmulas de sentido común, a través de entrevistas radiales o televisivas y, en menor grado, en comentarios escritos.

Según Eco (2007: 167), el político que da declaraciones en televisión puede contradecirse sin temor, “porque es una virtud de los medios que quien los sigue (y no lee la prensa) olvida al día siguiente qué le habían dicho el día antes”.
Los medios de comunicación y las corporaciones gremiales han reemplazado a los partidos políticos tradicionales en algunos países de América Latina. En Venezuela y Ecuador, por ejemplo, luego del desplome de los viejos partidos, las voces de los dirigentes fueron sustituidas por los medios de comunicación volcados decididamente a la oposición.
En la Argentina hay una lucha comunicacional donde se juega la suerte de cada medida de gobierno. En el Brasil, los viejos partidos no han muerto pero los medios asedian sistemáticamente al gobierno con el propósito de debilitarlo.
Los medios fueron siempre una instancia en la construcción de la agenda política. En Nuestra América han sido importantes canales para difundir el pensamiento de las elites dirigenciales. Por lo general, prestaron su apoyo a los gobiernos militares y se convirtieron en fuertes opositores de los gobiernos NPR.
En la mayoría de los países latinoamericanos se observa la concentración de las empresas de comunicación, la debilidad del sistema estatal y comunitario, y el vacío normativo en el que se desarrollan estas actividades.
En la actualidad, la carencia de ideas y programa que aqueja a la derecha en la oposición ha sido sustituida por la lógica de la comunicación de masas. En la cual los medios presentándose como independientes y objetivos simulan no hacer política cuando en realidad hacen la política cotidiana.
Expresar la realidad en palabras supone imaginarla, y esto es propio de lo ficcional. Todo discurso es siempre, y en alguna medida, también ficción. Si partimos de la idea de que todo acto de habla contiene un componente de ficción, lo que hay que analizar son los grados en la que la ficción está presente en dichos actos.
Se ha observado una creciente ficcionalización de los noticieros y espacios periodísticos. Este comportamiento tiene como objetivos mantener e incrementar las audiencias conformando amplias plateas para difundir la publicidad y también la propaganda -.no siempre manifiesta- a favor o en contra de determinadas ideologías.
Estos fenómenos acentúan lo que Walter Lippman llama la “fabricación del consenso”. Un hecho no es verdadero porque su formulación haya sido efectuada siguiendo criterios rigurosos y verificados, sino porque otros medios los repiten: “Si la televisión (a partir de una noticia o una imagen de agencia) emite una información y si la prensa escrita, y la radio, la retoman, es suficiente para acreditarla como verdadera”. La repetición en diversos medios produce como efecto la “confirmación” de la noticia (Ramonet, 1995). Los periódicos importantes del mundo, controlados por los grandes grupos financieros- dicen lo mismo con las mismas palabras.
La verdad periodística –en cambio- se basa en la recopilación que ha realizado el investigador y la metódica que ha empleado en la tarea, por ejemplo, la revisión de la documentación y la utilización de testimonios directos. Ahora bien, la narración del acontecimiento depende desde dónde se relata, desde dónde se enuncia y de quién es el relator. Por otra parte, el analista verdadero debe interpretar los signos evidentes del acontecimiento, las circunstancias, el momento histórico y las condiciones en que se produjo. Es esta lectura profunda la que permite lograr un análisis acertado.
El noticiero es utilizado como instrumento de difusión mediante el armado de la noticia, promoviendo una ideología de “crítica popular” bajo la apariencia de neutralidad ideológica. Al mismo tiempo, los presentadores de noticias se han convertido en denunciantes, fiscales y jueces que emiten fallos condenatorios o absolutorios inapelables. En otros espacios, se difunden las voces de ciertos personajes que, utilizando el rótulo de “analistas”, emiten opiniones que simulan ser imparciales juicios de expertos, cuando en realidad adhieren a una línea conservadora. Por otra parte, dichos analistas se encargan de manipular los dichos, de hacer preguntas capciosas sin derecho a réplica y de interpretar a su antojo cualquier discurso.
J. A. Marina (2000: 36-37) dice que muchos de los personajes que actúan en los medios son “predicadores de la simpleza” porque a pesar de que no leen, ni estudian, ni saben, contaminan con sus creencias nuestro medio ambiente cultural; y dichas creencias influyen sobre nuestras aspiraciones y criterios, así como sobre nuestro modo de relacionarnos con la sociedad. No cumplen la función de informar y tampoco la de educar.
El mundo de la ideología y la cultura está dominado por las empresas de comunicación, donde surge una pseudo-intelectualidad que expresa el pensamiento de la derecha inundando el sentido común. Por lo que puede afirmarse que no habrá democracia en América Latina sin la democratización de los medios. Lo curioso es que los medios se sienten agredidos cuando pasan de ser sujetos denunciantes a ser objeto de análisis y se parapetan tras el argumento de la libertad de prensa.
En este contexto, el lenguaje y los modos expresivos significan más que las palabras pronunciadas. Hay una dislocación entre las palabras y los hechos. No sólo los símbolos han quedado librados a nuevas capturas de significados, sino que palabras heredadas de otras corrientes discursivas han sido objeto de confiscación por parte de los medios de comunicación. Con absoluta falta de escrúpulos han tomado a préstamo de la memoria colectiva palabras que eran la expresión de las luchas por un ideal democrático popular, para sostener las posiciones de los grupos de poder.

Por ejemplo, si la policía militar custodia un edificio, se afirma que la institución de que se trate está “militarizada”. Se tilda de “totalitarios” a gobiernos débiles, asediados por los medios y permanentemente desacatados por los grupos de poder , que renuncian al empleo de la fuerza pública para evitar derramamientos de sangre.

De esta manera, se establece una amalgama entre los medios de comunicación y el “sentido común” (sin que los ciudadanos logren percibirla) que se propaga especialmente en los sectores medios, y que hace que el público llegue a confundir intereses sectoriales con el interés general. Se supone que la realidad es transparente y que la gente común puede comprenderla sin dificultades, y que por lo tanto son inútiles e innecesarias interpretaciones basadas en teorías que se alejan de la verdad de las “cosas sencillas de la vida”.

Si se acepta que la escena la construyen los medios, es más importante saber qué realidad construyen antes que saber qué es lo que ocultan. Las discusiones de fondo son ocultadas intencionalmente. Los conflictos del presidente con sus familiares o con sus colaboradores, adivinar las intenciones que lo animan pero que no ha manifestado y el grupo étnico al que pertenecen los miembros del gabinete, son temas que invaden el espacio analítico, desalojando a los asuntos importantes. Los noticieros quedan aprisionados en una cultura clip, donde se dice cada vez más para que se comprenda menos.

Las empresas de comunicación manifiestan que aquellos medios que asumen una posición crítica no son beneficiados con la publicidad oficial, pero es difícil que un gobierno NPR aporte a los ingresos de dichos medios, cuando los mismos tienden a desestabilizarlo a través de la manipulación informativa o creando lo que ha dado en llamar un “clima destituyente”. La oposición afirma que quieren que los presidentes constitucionales terminen sus mandatos, pero siempre que estén sometidos o condicionados por los grupos de poder.
No se trata de ser tolerantes con la ineficacia o el dolo de los gobernantes, sino de saber imputar las responsabilidades. Sin esconder por mala fe que ciertas falencias son crónicas (como la inseguridad ciudadana), y que no se puede asignar las culpas a autoridades que llevan apenas un período en el gobierno, cuando deben luchar a brazo partido para adoptar medidas contrarias a los defensores de los intereses creados.
Los ciudadanos deben gozar del derecho a la información, que forma parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su vigencia requiere medidas legislativas que los garanticen. América Latina se encuentra rezagada en este aspecto. Distinta es la situación de los países de la Unión Europea o Canadá. En EEUU, una misma empresa no puede ser propietaria de un diario y de un canal de televisión o una radio en el mismo mercado.
Existe un antiguo imaginario acerca de la libertad de prensa, según el cual ésta se basa en los principios de la libre competencia en el mercado y contra el intervencionismo no deseado del Estado. Sobre esto dice Juan Bonilla (2007: 11) que “evoca una época de panfletos hechos a mano, periódicos baratos, tratados científicos y morales de edición limitada y una creencia extendida en la competencia descentralizada como principal antídoto contra el despotismo político”. Esta visión del problema ignora los peligros originados por la concentración de la propiedad de los medios.

El Tribunal Constitucional de la República Federal Alemana considera que la libertad de prensa no sólo protege la libertad empresarial, sino también la libertad de opinión:

“Los argumentos se aclaran cuando se habla y se contesta, adquieren contornos nítidos y facilitan al ciudadano la formación del juicio y la decisión. En la democracia representativa, la prensa es el órgano de control y de conexión entre el pueblo y sus representantes en el parlamento y en el gobierno…” (Kriele, 1980: 477).

Los medios de comunicación no pueden quedar en manos de los intereses del poder político o económico. En aquellos países donde las leyes impiden la concentración de la prensa, o que ésta caiga en pocas manos, se limita la libertad del editor, pero lo hacen para mantener a la libertad y la democracia (Kriele, 1980: 477).

III. CONCLUSIONES

Las pautas políticas y sociales que se describen en la sección anterior pueden observarse en la mayoría de los países latinoamericanos, pese a las diferencias que presentan sus estructuras socioeconómicas. Esto supone semejanzas en el comportamiento de los actores políticos, el mismo discurso en los medios y corporaciones, con una casi idéntica retórica; por lo que el presente trabajo no se refiere a un país en particular.

En el recorrido de las diferentes formas discursivas del pensamiento conservador se ha pasado revista a discursos elaborados y racionalmente fundados que orientan el accionar de los dirigentes políticos, que al mismo tiempo se difunden en los diferentes niveles de la sociedad e incorporan reivindicaciones de los sectores populares que los apoyan.
El pensamiento conservador contemporáneo, en cambio, se basa en un grosero pragmatismo que es muy fácil de derrotar en el campo de la deliberación por su debilitad teórica, pero difícil de combatir a nivel de las masas debido a que manipula sentimientos profundos e irracionales, y al constante refuerzo de las construcciones ficcionales de los medios de comunicación . Es evidente que los discursos mediáticos son cada vez más simples, efímeros y fragmentados.
El buen funcionamiento del sistema democrático necesita de la crítica fundada, aunque provenga de personas con otras orientaciones valóricas, y la existencia de un proyecto político alternativo viable y coherente.

Un conservador no es necesariamente un reaccionario, por ejemplo, Winston Churchill era un conservador de ideas liberales y antitotalitarias. Dwight D. Eisenhower, un presidente estadounidense de sólidas convicciones morales, dejó una advertencia a su país sobre el peligro que significaba el complejo industrial-militar.

Junto al conservador reaccionario que aspira a volver al pasado, y al que procura mantener el statu quo, está el conservador reformista que desea que las transformaciones sociales se realicen gradualmente.

Si las naciones subsisten, aún cuando la unión nacional sea un estadio provisorio de fuerzas, es porque existen fórmulas de convivencia verosímiles, aceptables grados de equilibrio, conflictos entre las partes (más o menos institucionalizados) y debates sobre la interpretación del pasado.

El ritmo político de una nación con un sistema en equilibrio es alternativo, “con sus momentos progresistas de movimiento social y distribución económica, y sus momentos conservadores de acumulación económica y social” (Grondona, 1978: 101). En América Latina, el momento conservador se manifestó mediante la irrupción de los militares en el gobierno. En cambio, en países con una democracia madura, como EEUU y Suecia se da la continuidad en el cambio, en tanto los mecanismos de la estructura política permiten las transformaciones.

Un partido político de centro-derecha, cualquiera sea la denominación que lleve, contribuiría a lograr el equilibrio político y reduciría la posibilidad de golpes de Estado o empantanamiento, si tiene la posibilidad de competir electoralmente y alternarse en el ejercicio del gobierno.

Este partido debería estar dirigido por personas acostumbradas a desempeñar responsabilidades en diversas esferas (económicas, políticas, etc.) con el apoyo de parte de los sectores medios de la ciudad y del campo, con facilidad para moverse geográficamente y capacidad para recibir en forma automática el apoyo de sus partidarios en momentos de crisis.

Por otra parte, para pensar a largo plazo y formar escuela, es necesario superar el qualunquismo manipulado por operativos de prensa. Los grandes expositores del conservadorismo (clásicos como Edmund Burke , Oswald Spengler y Carl Schmitt o en nuestros días Joseph Michael Oakeshott) son leídos atentamente en las universidades, aún por quienes no comparten sus ideas debido a la profundidad de su pensamiento, de la misma manera que la Nueva Derecha Francesa recurre con frecuencia a Gramsci. Se trata de conocer el pensamiento de los adversarios, practicar una lectura clínica de las doctrinas y de los dispositivos que permiten vislumbrar (Moulier Boutang, 2004).

El conservadurismo no sólo se manifiesta en el plano doctrinario. Basta mencionar al pragmático Diego Portales, constructor de la institucionalidad chilena; o bien, en nuestros días, a algunos de los Partidos Populares Europeos o al político sudafricano Frederik de Klerk.

Un partido basado en la irracionalidad o en el sólo uso de la fuerza no puede perdurar como organización, y con el transcurso del tiempo está condenado a perder vigencia.

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