Lilith, la madre que las parió

Teodoro Boot
mendoromero@hotmail.com
Publicado el: 22/08/08


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Historias reales que son de no creer.
A lo largo de la historia de la humanidad no fueron pocas las mujeres que tuvieron conductas impropias de su condición, y recibieron el debido castigo. Algunas hicieron de la necesidad virtud asumiendo alegremente la categoría de putas. Otras fueron quemadas por practicar la brujería y cohabitar con demonios. A muchas se las tuvo por herejes, frígidas, ninfómanas, neurasténicas, feas o marimachos. Cualquier estigma es siempre útil para condenar a las inadaptadas, pero seguramente ninguna de ellas recibió más agravios e injurias que Lilith, madre de los demonios, señora de la noche y primera mujer de la Creación.


15 de julio de 2008
Lilith, la madre que las parió
ANIMAL PLANET
Por Teodoro Boot
mendoromero@hotmail.com

Historias reales que son de no creer.
A lo largo de la historia de la humanidad no fueron pocas las mujeres que tuvieron conductas impropias de su condición, y recibieron el debido castigo. Algunas hicieron de la necesidad virtud asumiendo alegremente la categoría de putas. Otras fueron quemadas por practicar la brujería y cohabitar con demonios. A muchas se las tuvo por herejes, frígidas, ninfómanas, neurasténicas, feas o marimachos. Cualquier estigma es siempre útil para condenar a las inadaptadas, pero seguramente ninguna de ellas recibió más agravios e injurias que Lilith, madre de los demonios, señora de la noche y primera mujer de la Creación.
La contradicción principal
El Génesis contiene dos pasajes distintos referidos a la creación de la humanidad. En I: 27 dice “Creó Dios al hombre, a su imagen y semejanza. Hombre y mujer lo creó”, y en II (18-24) contradice: “Encontró que el hombre se hallaba solo, y ninguna de las bestias del paraíso le era un eficaz ayudante” y fue así que “sumiendo a Adán en un sueño profundo retiró de su cuerpo una costilla, y con ella le hizo una mujer y se la trajo al hombre”.
Los libros sagrados están plagados de contradicciones, superposiciones y relatos que se repiten con variantes una y otra vez, quizás con el fin de dar pie a esas arduas y tediosas polémicas de hermeneutas y teólogos que eventualmente se animan cuando alguno de ellos acaba en la hoguera. Pero la de estos pasajes no es cualquier contradicción sino, como dirían Pléjanov y san Agustín de Hipona, la Contradicción Original: por la grieta entre los párrafos, surgen multitud de variables interpretativas respecto a la igual o distinta jerarquía de las relaciones que hombre y mujer tienen entre sí y con su Creador.
Y también surge, apoyada en decenas de tradiciones, la historia de Lilith, La Rebelde, la Suprema Ramera, la Madre que las parió a todas, la primera mujer en términos absolutos, que se negó a yacer bajo Adán, engañó y rechazó a Dios, fue, y seguramente sigue siendo la amante de Samael, se inmortalizó como poderoso demonio, matriarca de los vampiros y con el correr de los años, icono de algunas posturas extremas del feminismo.
Si lo dice san Pablo...
La flagrante contradicción original desveló a los estudiosos de las Escrituras, convencidos de la naturaleza infalible del Creador de Todas las Cosas: o sobraba un capítulo del Génesis o, entre uno y otro, había desaparecido una hembra.
Tomando las palabras en su sentido más literal –“varón y hembra lo creó”– quieren algunos tratadistas que en su primer versión Adán haya sido un ineficiente andrógino: su compañera, una réplica femenina de sí mismo, estaba o bien a su lado, o pegada a su espalda.
A favor de Dios, cabría destacar que siendo para ese entonces un Creador inexperto, resulta comprensible que se mostrara algo chapucero. Ahora bien, por más bobalicona que pueda ser una segunda mujer, confeccionada a partir de una simple costilla, va de suyo que no iba a aceptar como si tal cosa a un compañero de cama con una hembra adherida a modo de joroba. Entre los dos primeros capítulos del Génesis, algo debió haber pasado.
Una vez más, los cabalistas acudieron en ayuda de Dios: parece ser que, advertido de las consecuencias (o no consecuencias) de su distracción, Jehová dio en corregir el error separando ambas caras de ese extraño ser. La explicación resulta satisfactoria en un sentido, en tanto nos tranquiliza saber que la cópula entre Adán y su costilla no habría sido un escandaloso menage a trois, pero sigue sin aclarar qué ocurrió con la mitad femenina de Adán.
El Alfabeto de Ben Sira, que recoge antiguas leyendas rabínicas (Midrash), trata de explicárnoslo. Sin dar mucho crédito a la idea del carácter andrógino de nuestro predecesor, asegura que fueron dos los seres creados por Jehová y que para ambos se valió del mismo material, detalle que a la postre daría lugar a enojosas situaciones.
Sin embargo, san Pablo, padre indiscutido de la misoginia eclesiástica, se apresuró a curarse en salud, primero, castrándose, para luego afirmar que el primer capítulo del Génesis no quiere decir en absoluto lo que dice, esto es, que Dios crease al mismo tiempo ni con los mismos materiales a ambos humanos, sino que mientras el hombre estaría “…hecho a imagen y semejanza de Dios, para Su gloria”, la mujer fue “creada a semejanza del hombre, para la gloria del hombre”. Y chupate esta mandarina y andá a lavar los platos.
Desde luego, nada en el texto citado respalda el aserto de san Pablo, pero san Agustín sí se respalda en san Pablo, santo Tomás de Aquino en ambos, y en santo Tomás holgazanea una muchedumbre de teólogos no sólo católicos sino de casi todas las confesiones protestantes, para dar por probada La Verdad.
Contrario sensu, las feministas creyentes, que, como las brujas, las hay, reivindican Génesis I en sentido directo y literal, y rizando el rizo, sostienen que, en el segundo relato, “costilla” es una traducción limitada –por error o, más probablemente, mala voluntad machista– de lo que bien entendido, dice “costado”.
Así corregidos los textos, ciertamente relatarían que Adán fue creado a Su imagen y semejanza, hombre y mujer a la vez, puesto que Él comprende todos y cada uno de los sexos posibles.
Pero dada la soledad que le tocó en suerte, un sexo o tres a la extraña criatura le harían la misma (poca) gracia. Por lo que Jehová se apiadó de Su humano, lo puso a dormir y extrajo de su costado a una hembra; es decir, lo dividió en las mitades que ahora somos unos y otras.
Antes de contarla, repasemos
La historia de Lilith es una tradición popular muy difundida a través de canales que, partiendo probablemente de un mismo origen, no volvieron a cruzarse. Lilith parece derivar de Lilitu, que en acadio –la lengua del primitivo Summer–, significó en sentido amplio, viento, aliento o espíritu.
Su nombre aparece en los mitos religiosos y folclores de judíos y musulmanes de Palestina, con difusión en todo el cercano oriente, y también entre las creencias vulgares de los primitivos cristianos coptos de Egipto y Etiopía y los mazdeístas de la antigua Persia. Ha sido descripta, y su rol en el plan divino analizado por exegetas de estas confesiones, en particular los hebreos.
La mayoría de los textos en que Lilith figura son posteriores al siglo V, como es el caso del Génesis Rabbá, colección de comentarios talmúdicos que tendría gran influencia en los cabalistas europeos. Los textos sagrados cristianos, tal como los delimitan las grandes corrientes católica y protestantes occidentales, dejaron de modificarse por lo menos cien años antes, por lo que no hay en ellos, excepto un oscuro párrafo de Isaías, casi ninguna referencia a la misteriosa primera mujer.
Sin embargo, el boca en boca mantuvo vivo el mito también en el Oeste, mezclando a nuestra heroína con figuras similares de una decena de mitologías, algunas tan al poniente como la germana, la vasca y la astur, pueblos a los que Lilith llegó incluso antes que los Evangelios Debidamente Expurgados.
Por nuestra parte, procedimos a mezclar las fuentes y ensamblar las versiones, a los fines de no fatigar a los lectores con citas que de cualquier modo no prueban nada, y sobre todo, para relatar los hechos como mejor nos place.
Divina incompetencia
Aunque se presume que los cinco libros que forman el Pentateuco –los primeros de la Biblia–, fueron dictados por Moisés, hay coincidencia entre todos los especialistas –excepción hecha de los que creen en la literalidad estricta de la Palabra–, en que el Génesis fue el último en volcarse por escrito y agregarse a la serie (los otros cuatro son Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, es decir, el compendio de la historia y la ley religiosa y civil de los hebreos). Pensado de antemano como una especie de somero prólogo a los otros, el Génesis escrito, tal como lo conocemos, data de después del primer cautiverio en Babilonia. También hay consenso en que por lo menos el segundo relato de la Creación deriva de los correspondientes mitos sumerios.
En el relato oral que incorpora a Lilith, simplemente se trata de que fue ella, y no Eva, la primera mujer hecha por Dios; y no a partir de un pedazo de macho, sino del mismo polvo. Algunos de los comentarios talmúdicos antes citados se apresuran a negar que el material fuera exactamente el mismo; Dios la habría hecho en segundo lugar y en base a inmundicias y excremento.
Inmundicias y excremento.
Extraordinaria devoción la de estos creyentes que para maldecir a una mujer indefensa no vacilan en dejar al Señor como un incompetente y desaseado aprendiz.
Del misionero al mono
Hasta aquí, dejamos al hombre y la mujer, solos en el paraíso terrenal, donde todo estaba permitido excepto probar el fruto del árbol del conocimiento.
Y hete aquí que por algún motivo alejado de nuestra comprensión y que ni el Génesis ni los escritos rabínicos aclaran satisfactoriamente, al macho de la pareja se le metió entre ceja y ceja que durante el coito la hembra debía yacer debajo suyo. Y a la hembra se le dio por el mismo empecinamiento, aunque en sentido contrario. –No yaceré debajo –se indignó ella–. Somos iguales pues ambos fuimos creados de la tierra.
La pobre ignoraba lo que los comentarios talmúdicos sabían sobre la incompetencia divina, pero esto carece de importancia al momento de tratar de entender las razones del capricho de Adán.
Si se nos permite algún desvío, hay versiones de la tradición que dicen que antes de tener mujer, Adán habría probado copular, con invariable mala fortuna, con cada una de las hembras animales a las que él mismo había puesto nombre. A eso se referirían los versículos No es bueno que el hombre esté solo. Le haré ayuda idónea… (G.2:18) y Puso nombre Adán a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo. Mas para él no halló ayuda idónea (G.2:20) No está claro si el padre de la humanidad pretendió hacer la del misionero con monas, cabras y terneras, sin contar los reptiles y las gallinas (lo que explicaría la pobreza de resultados) o si la pose se le ocurrió al ver por primera vez a Lilith, pero cuando intentó prevalecer por la fuerza, ella invocó el nombre mágico de Dios, lo que le dio el poder de volar, según algunas versiones convertida en lechuza.
Habida cuenta que la unión de esa yunta primigenia no se había consumado, podría decirse que, al menos desde un punto de vista teólogo-cronológico, el divorcio antecede al matrimonio.
(Continuará)

Lilith, la madre que las parió (Ultima parte)
Por Teodoro Boot
ANIMAL PLANET
mendoromero@hotmail.com

Historias reales que son de no creer.
En la primera parte de este artículo dejamos a Lilith huyendo de Adán convertida en lechuza luego de pronunciar el nombre de Dios.
¿Cómo sabía esta hembra el verdadero, impronunciable nombre de Dios?
La más blasfema y arriesgada de las interpretaciones, la que sólo las lamias baskas se atreven a cuchichear en sus aquelarres, es que, además de a Adán, Lilith también sedujo al Creador de Todas las Cosas, pero tal extremo debiera ser tenido apenas como un rumor de comadres.
Como sea, la primera mujer escapó del Edén (por propia voluntad, no como algunos que esperaron hasta ser echados) volando sobre sus muros y fue a morar al Mar Rojo, una región infestada de fantasmas y demonios. En camino, parió a los lilims, gnomos peludos que también descienden en parte de Adán.
Su itinerario se cruzó con el del arcángel Samael –siempre regresando derrotado de su atemporal combate contra la Tiranía, siempre en trance de convertirse en Satanás–, y bajo las sedas de su tienda de campaña hizo con él todas las figuras y piruetas que Adán desdeñó. Del Príncipe de las Tinieblas comenzó a parir súcubos –demonios femeninos– con tanta fecundidad que pronto fueron millares, animando de modo apreciable la vida social de la región.
Los hombres me han hecho así
Si bien los escritos rabínicos dan diferentes versiones del destino de Lilith, en general tienden a convenir que, en efecto, encontró refugio en una cueva a orillas del Mar Rojo, donde se habría abocado a fornicar con quien pasara por la puerta de la gruta, por lo general, demonios.
Para la Cábala, no sólo se acostó, sino que desposó a Samael y engendró a Asmodeo; según otros, permaneció soltera. La Biblia de Jerusalén la menciona en una única oportunidad, en el libro de Job, sin dar mayores detalles, mientras el Talmud de Babilonia la describe como una desmelenada criatura con tendencias ninfomaníacas. De todas, la que arraigaría con más fuerza en la creencia popular, dando forma a algunos ritos de uso común, es la que la hace asesina de niños recién nacidos, que deben ser cuidados especialmente y puestos bajo la protección de tres santos innombrables; los varones, durante ocho días hasta la mañana de la circuncisión mientras que el plazo con que Lilith cuenta para llevarse a las niñas es de veinte días, sin que nadie alcance a explicar en forma satisfactoria el por qué de semejante desigualdad de oportunidades para niños y niñas.
Para las feministas que han hecho de Lilith su numen, de eso justamente se trata: el mito de Lilith, la mujer que se concibe en pie de igualdad con el hombre y por eso acaba convertida en engendradora de demonios y asesina de niños, no es más que bíblica mierda machista.
El fruto prohibido
Aunque no figura para nada en el dogma católico, Miguel Ángel representó a Lilith en el techo de la Capilla Sixtina, integrada con la serpiente tentadora, mujer de la cintura para arriba y larga cola enredada en el árbol del Bien y del Mal, ofreciendo la manzana de la tentación a Eva y trasmitiéndole consignas libertarias en el oído.
Es sólo una opinión, aunque la curiosa primera persona del plural que Dios utiliza en Génesis 3:22 es muy sugestiva: "Ahora que ya tiene conocimiento del bien y del mal, no vaya a ser que extienda su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre y sea igual a nosotros". No queda claro a quien se refiere ese “nosotros”, que Yahvé no utiliza habitualmente.
En el principio del libro de Job hay un uso parecido, en ese caso referido a Lucifer, que tiene un trato con Dios entre la camaradería y una cordial rivalidad. Pero en el Génesis, Lucifer ni siquiera ha sido nombrado y el otro único personaje relevante de la narración es la serpiente misma.
Las y los postulantes de un panteón divino compuesto principalmente por féminas y derrocado cuando terminó una supuesta primera era de matriarcado, creen ver aquí una prueba de la divinidad de Lilith, convertida luego en un demonio (como suele ser el destino de los dioses derribados) pero no en el principal, rol reservado también a un ejemplar masculino. Asimismo, hay una versión según la que Eva no fue sino la tercera mujer de Adán: entre ella y Lilith habría habido una segunda, llamada Ianamam, que también habría repudiado al hombre para unirse a su predecesora.
No son más que digresiones sobre una digresión. Hasta donde llegan nuestros informes, desde que reside en el Mar Rojo Lilith sólo sale de gira en tren de venganza. Judíos y cristianos coptos coincidieron en imaginarla como un espíritu nocturno que secuestra o asesina a los bebés en sus cunas; pero este furor sólo la acometió tras haber sido agredida.
No somos ángeles
Sucedió que al enterarse Dios de su paradero por el quejoso Adán, les encargó recobrarla a tres arcángeles del alto mando leal llamados Senoi, Sansenoi y Semangelof, gente que muy probablemente usted jamás oyó nombrar y enseguida comprenderá por qué.
Los enviados la hallaron en su cueva. Le dijeron que Yahvé le ordenaba retornar, y que se expondría a su peor ira si no lo hacía de inmediato. Por de pronto se proponían matar un promedio de cien súcubos diarios, sus hijas, hasta que se decidiera. Además, a partir de entonces menstruaría chillando de dolor una vez por semana, cada Sabath.
Aún así Lilith rechazó de plano volver a someterse a ese tonto pedante, que se creía –no sin algún asidero– el único hombre en la tierra, y pronunció, en presencia de los mensajeros del Señor y en voz alta, un complicado contrajuramento de venganza.
A partir de ése día, acecha a los hijos y descendientes de su ex cónyuge. Además de atentar contra los lactantes, sostiene coitos con los adultos, engañando a unos, tentando a otros y corrompiendo a todos.
En casos, posee los cuerpos de las esposas castas, proponiéndoles dulzuras y bajezas que ellas nunca podrán replicar, tal vez ni siquiera imaginar, una vez vueltas en sí. En otros, incita los sueños blancos de los hombres privados de compañera, si son sacerdotes de Yahvé, mejor, y en todos aprovecha el semen robado para producir otras crías, en reemplazo de las asesinadas. Y hay ocasiones en que se presenta en todo su esplendor, a cara descubierta –lo que en este caso es un eufemismo– para seducir, humillar y aplastar al enemigo.
No sólo eso: en su juramento Lilith maldijo muy especialmente los nombres de los tres ejecutores de Dios, prohibiendo su conocimiento. En adelante, allí donde viera expuesto cualquiera de esos nombres, atacaría a todos los que habitasen el hogar, o frecuentaran el templo, o leyeran el libro o este artículo en cuestión.
Delicias del infierno
Si dejamos por un momento a Lilith retozando en el Mar Rojo y nos enfocamos en ese sumiso huesito hecho carne y glándulas mamarias, veremos cómo esta supuesta Madre de la Especie, seducida por una serpiente que en el mejor de los casos sería Lilith, induce a Adán a perpetrar la única trasgresión que podía expulsarlo del paraíso, donde todo parecía estar permitido –hasta la zoofilia– excepto justamente lo que se le ocurre a Eva.
Cuando son expulsados y Adán debe ganarse el pan con el sudor de su frente y Eva parir con dolor, ella ya lleva en su seno la semilla del mal: Caín, que acabará asesinando a su hermano. Quieren las escrituras que sea este fratricidio lo que mueva a Adán a apartarse de Eva, culpándola de la desgracia. Una acusación que parece caprichosa, si ignoramos que según el libro de Zohar (3: 76b-77a) la relación entre Eva y la serpiente había ido mucho más allá de una simple conversación.
Adán permanece separado de Eva durante 130 años, que se le deben haber hecho muy largos, en especial, si se tiene en cuenta que ya no se encontraba en el paraíso, donde las hembras de las bestias se mostraban más complacientes que las de este valle de lágrimas. Para la Cábala, es entonces que Lilith hace su reentrada, convertida en un súcubo que mitiga anormalmente sus insaciables apetitos sexuales y engendra demonios con el fruto de las masturbaciones de primer hombre.
A lo largo de los 130 años de poluciones voluntarias e involuntarias de Adán, Lilith concibió miles de descendientes, herederos de las costumbres maternas. Desde entonces, las noches están pobladas de súcubos atentos a cualquier chorrito de semen que ande en el aire y de íncubos que corrompen a las descendientes de Eva mediante el comercio sexual, para lo que no trepidan en adoptar las más sorprendentes formas físicas: desde las de machos cabríos, gatos negros o gigantescos mastines con que se solazaban las brujas del medioevo a, ya más modernamente, los strippers que desquician a las actuales.
Es por culpa de Lilith que el mundo se ha convertido en un auténtico infierno. Ya no tiene remedio, pero, con suerte, también tendrá su lado bueno.




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