Contribución al debate “no matarás”

Roque Farrán
roquefa@yahoo.com.ar
Publicado el: 16/08/08


       Facebook               Texto en Word 


    


En una carta escrita hace más de un año (me) exponía, al afirmar que alguna vez deberíamos –y me refería a un nosotros indefinido, en proceso de construcción, aunque ligado principalmente a mi generación: nacidos en la dictadura del 76’-, que haría falta elaborar una lectura propia de lo acontecido durante los convulsionados 60’s y 70’s. Esta reflexión era producto de cierto malestar, de cierta incomodidad profunda acerca del tono mismo por el que se deslizaba un debate sobre la violencia y la responsabilidad por la muertes ocasionadas en aquéllos años; debate que incluía mayormente a figuras ‘importantes’ del campo intelectual de izquierda (o al menos progresista, si eso quiere decir algo), algunas cuyos nombres aparecerán en el siguiente texto. Quisiera transcribir esta carta (publicada por la revista La intemperie) con algunas modificaciones y comentarios agregados a posteriori, a fin de volver sobre aquél debate inconcluso.


En una carta escrita hace más de un año (me) exponía, al afirmar que alguna vez deberíamos –y me refería a un nosotros indefinido, en proceso de construcción, aunque ligado principalmente a mi generación: nacidos en la dictadura del 76’-, que haría falta elaborar una lectura propia de lo acontecido durante los convulsionados 60’s y 70’s. Esta reflexión era producto de cierto malestar, de cierta incomodidad profunda acerca del tono mismo por el que se deslizaba un debate sobre la violencia y la responsabilidad por la muertes ocasionadas en aquéllos años; debate que incluía mayormente a figuras ‘importantes’ del campo intelectual de izquierda (o al menos progresista, si eso quiere decir algo), algunas cuyos nombres aparecerán en el siguiente texto. Quisiera transcribir esta carta (publicada por la revista La intemperie) con algunas modificaciones y comentarios agregados a posteriori, a fin de volver sobre aquél debate inconcluso.
I.
Quisiera comenzar –pienso que alguna vez deberíamos hacerlo- por elaborar una lectura que se desprenda tanto de la gravedad del sentido en general como del peso insoportable en particular, de algunas de las expresiones vertidas en torno al testimonio H. Jouvé. El peso, que no es sólo moral, viene agravado por un paradigma de pensamiento que ya no se sostiene; es más, que se ha convertido en un depósito en ruinas, inhabitable, aunque algunos sigan creyendo que es un buen lugar desde el cual y en el cual debatir. En esta cita se condensa y resume parte de la gravedad del asunto (las negritas son mías):

“Héctor Jouvé, el amigo sabio (por intensidad de vida) que cito al comienzo, durante dos números consecutivos de La Intemperie, nos ha relatado en una larga entrevista la experiencia, por momentos desoladora, por momentos desgarradora, siempre valiente, honesta, transparente, del EGP, el Ejército Guerrillero del Pueblo, la patrulla de Massetti y del Ché en Salta. Sus temas nos deberían haber convocados al diálogo, nos deberían haber exigido un ejercicio de pensamiento crítico. Cada palabra de Jouvé está cargada de temas que la izquierda debe asumir y reflexionar. Sin embargo, produce la reacción de Oscar del Barco, a quien tanto debemos precisamente en esos menesteres del ejercicio del pensamiento crítico, para plantear ahora desde un fundamentalismo místico, desde fuera del mundo, del tiempo, de la historia, pero recuperando la palabra como puñal, la exigencia de una suerte de “harakiri” previo, que cierra con su condena toda posibilidad de diálogo. No se puede, no hay posibilidades de diálogo, cuando lo que expresa no es un razonamiento, como él mismo lo reconoce, sino un acto de contrición, que es una experiencia personal e intransferible de un particular estado espiritual, respetable como acto humano, pero que además se lo exige con desbordada violencia verbal a todos los protagonistas y no sé por qué razones no reveladas en especial al poeta Juan Gelman. El relato de Jouvé hubiera merecido mejor destino. El tema central de la violencia en la teoría y en la práctica de la izquierda merecía un marco de análisis más sereno, menos retórico. Tengo esperanzas todavía que nos animemos”.1
¿Qué ha sucedido aquí que aquéllo que “nos debería haber convocado al diálogo”, a la reflexión, al pensamiento crítico, etc., ha devenido todo lo contrario: el cierre sobre sí, el juicio taxativo, la “desbordada violencia verbal”? Hay algo sumamente sospechoso en estas “reacciones”, sobre todo viniendo de aquéllos que esperaríamos el supuesto “ejercicio del pensamiento crítico”.

Habría que analizar esta extrema dificultad para elaborar el duelo y extraer de este proceso algo que fuera minimamente transmisible y transferible de lo aprehendido en la experiencia política. Se nos plantea, de este modo, el desafío extremo que entraña para un pensamiento post-secular articular la verdad de una situación que, en tanto real, es esencialmente in-sensata; pero aún así, quizás sea más factible de ser transmitida desde un pensamiento que acuda a una ontología matemática (exenta de juicios y sentidos teleológicos) como la propuesta por Alain Badiou para sostener abierta la problemática; que desde uno metafísico-religioso (en dónde la búsqueda de un sentido genera la “guerra de interpretaciones”) como la que parece esbozar del Barco. Se plantea a todas luces la dificultad de los militantes y/o simpatizantes de izquierda de asumir la responsabilidad por la posición absolutamente singular ante la “pasión por lo real” que despertó el siglo XX2, la dificultad de sentir algo de pudor –o de expresarlo simplemente- ante el obsceno goce que había subido a escena –para usar la terminología psicoanalítica: el acting-, en lugar de acentuar el sentimiento cristiano de culpa y extenderlo a un supuesto “nosotros” – sujeto colectivo de enunciación- que ya no existe (pero ¿alguna vez existió?). Dice Del Barco:

“Los otros mataban, pero los "nuestros" también mataban. Hay que denunciar con todas nuestras fuerzas el terrorismo de Estado, pero sin callar nuestro propio terrorismo. Así de dolorosa es lo que Gelman llama la "verdad" y la "justicia". Pero la verdad y la justicia deben ser para todos”.3

Más que un ‘harakiri’, como le ha llamado Rodeiro, se trata de un asesinato en masa que incluye a Todos ya que, en lugar de asumir la responsabilidad ante algunos otros en la asunción de la más absoluta soledad que entrañaría tal acto, busca extender y homogeneizar la culpa hacia toda la multiplicidad de posiciones subjetivas implicadas. El problema fundamental, que forma parte de esta ruina del pensamiento, radica en la lógica del “para todos” enunciada desde un lugar excepcional (trascendente) en la cual se diluyen las diferencias reales4. Es la paradoja del juicio moral, por la cual el enunciador si bien se incluye a si mismo como objeto del juicio se excluye, al mismo tiempo, como un gran Super-yo que abarca la totalidad de los seres sobre los que se pronuncia. Si la carta de Oscar Del Barco se hubiera detenido en la expresión de sentido que entrañan las primeras líneas, quizás hubiera sido un verdadero acto de responsabilización:

Al leer la entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción ustedes publican en los dos últimos números de La Intemperie, sentí algo que me conmovió, como si no hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia (muy tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido durante la breve experiencia del movimiento que se autodenominó "ejército guerrillero del pueblo". Al leer cómo Jouvé relata suscinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que llamaban Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que habían matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo y dónde lo habían matado, era yo mismo. En ese momento me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado.

Sin embargo en las próximas líneas, y hasta el final de la carta, despliega toda una serie de razonamientos, entre ellos las famosa “teoría de los dos demonios”, que diluyen su responsabilidad en múltiples otros (principalmente el poeta Juan Gelman).

Pero no se trata sólo de asumirme como responsable en general sino de asumirme como responsable de un asesinato de dos seres humanos que tienen nombre y apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna manera lo apoyamos, ya sea desde dentro o desde fuera, somos responsables del asesinato del Pupi y de Bernardo.

Así, en lugar de un verdadero acto de constrición, como le llama, se acerca más a una verneinung freudiana (denegación): “esto no es un razonamiento”, acto seguido escribe “Yo parto del principio del "no matar" y trato de sacar las conclusiones que ese principio implica”; por eso, porque no se desprende de esta forma tradicional de razonamiento es que no llega a alcanzar el estatuto paradójico o contra-fáctico (no genera el golpe del sinsentido que gestaría un efecto nuevo de sentido) que le atribuye Tatián5.

Dice Tatián:
¿Es posible sustraerse a la guerra de las interpretaciones –que es potencialmente infinita, por más que como en cualquier guerra haya vencedores y vencidos? ¿Hay manera de salir de la guerra? De la respuesta a esta pregunta –que no es epistemológica, ni tampoco solamente teórica- depende la posibilidad de producir una comprensión más extensa y más intensa de las implicancias que reviste actuar con otros y contra otros –eso que llamamos política. Tal vez ese tránsito ha comenzado, muy lentamente, a tener lugar. Si no me equivoco, la carta de Oscar del Barco –con independencia de si acordamos o no con ella- se orienta en esa dirección. Otras cuestiones, tal vez indecidibles en lo profundo, son convocadas aquí ¿Es posible la transmisión en política? ¿Es posible la experiencia y una acumulación de la experiencia? ¿Afecta la voluntad de quienes repiten el anhelo de cambiar el mundo la palabra decantada y desencantada de los que la han malogrado –o la historia ha malogrado- y sólo disponen de su lucidez? Las respuestas no son obvias. Lo que se halla en juego es el problema del legado y su posibilidad. Ese legado, si es posible, deberá estar a la altura del deseo, la experiencia y la derrota de lo que tal vez haya sido la mayor y más extraordinaria voluntad de justicia vivida por la historia.

Entonces, cómo no evocar aquí ante la riqueza de los interrogantes abiertos el libro de Alain Badiou “El siglo”, en donde devela la “pasión por lo real” que incitó a los militantes durante el siglo pasado -entre los cuales él mismo se cuenta, haciéndose cargo de su responsabilidad pero no de forma reactiva- en los campos del arte, la política, la ciencia y el amor; y todo su intento de elaboración de un legado –más allá de cualquier supuesta lucidez que se le pueda suponer- que esté a la “altura del deseo” y que además sea transmisible para algún “nosotros” incipiente (lo que vendría a ser lo mismo puesto que el deseo es ‘deseo de deseo’).

II.
De cada carta leída, en respuesta más a Del Barco que a Jouvé lamentablemente6, se pueden extraer elementos para pensar la política, y no sólo la que se dice de izquierda sino la política como núcleo aporético donde falla lo social y convoca la invención, cada vez. De cada exposición es posible retomar elementos para el análisis del saber y la praxis, no obstante, se vuelve evidente, por su misma reacción, que continúan inscribiéndose en un paradigma de pensamiento cuyas “mínimas diferencias” ya no reciben consistencia de lo real, en tanto aporético e imposible, y aparecen más bien como opiniones de disgusto o amonestaciones personales, más allá de las citas y ademanes teóricos.
Considero que si nos proponemos pensar de nuevo y hablar seriamente de “lucha armada” como práctica política, así como de cualquier otro tema, es necesario reducir – hasta el equívoco, hasta agotar las alusiones trascendentales- la gravedad del sentido y de las significaciones tanto históricas como metafísicas; es necesario poder establecer series paradójicas divergentes y convergentes donde los sentidos se inviertan y se dupliquen a partir de puntos móviles paradójicos (la lógica del sentido deleuziana, por ejemplo)7. Pensar esas muertes como series de acontecimientos, y no sólo la muerte de los fusilados, sino también aquéllas de la caída por el barranco, es decir, la muerte del compañero de Jouvé y su propia cuasi-muerte; de la cual lo que escribe Deleuze esclarece:
Cada acontecimiento es como la muerte, doble e impersonal en su doble. [y citando a Blanchot] “Ella es el abismo del presente, el tiempo sin presente con el cual no tengo relación, aquello hacia lo cual no puedo arrojarme, porque en ella yo no me muero, soy burlado del poder de morir; en ella se muere, no se cesa ni se acaba de morir.”8

En fin, mostrar como toda justificación a priori de la acción no puede evitar engendrar sus propias contradicciones, es la “lógica del todo” llevada al extremo de su patetismo. Esas muertes como acontecimientos no son particulares ni generales9, es decir, no corresponden a algunos ni a todos como pretende Del Barco, exigen, más bien, asumir el sin-sentido inherente a la situación para producir alguna donación de sentido que extraiga de aquélla su verdad. Sería interesante pensar caso por caso, situación por situación, si hubo procesos de subjetivación, de responsabilización, y de decisión sobre cuestiones indecidibles no reductibles siempre al mandato inapelable de la Historia o, más simplemente, del partido o de su representante.

Claro que el tema clave en todo este asunto es el de la “responsabilidad”, pero no la responsabilidad general abstracta como dice – que no es- Del Barco, ni tampoco la particular concreta como no dice –aunque termina diciendo en su verneinung- Del Barco (la de la izquierda como conjunto cerrado y definido por él); sino la responsabilidad que puede asumir un sujeto cualquiera que se ha constituido por la asunción del equívoco fundamental de la razón o del lenguaje (y de la imposibilidad de cerrar mediante un juicio), no por fallas o errores contingentes, un sujeto que “bien dice” su deseo (balbuciente y a media voz como dice Tatian) y trasmite algo de eso real imposible que porta la política como cualquier pensamiento.

No pareciera, por ejemplo, que el dictum “no matarás” estuviera al mismo nivel de elaboración que la expresión “no hay relación sexual” (di)vertida por Lacan, puesto que de tal enunciado Lacan asumía solitaria y tozudamente su enunciación, mientras que Del Barco le demanda a otros más que se hagan cargo del suyo. Se podrá aducir que no hay punto de comparación entre uno y otro, de eso se trata justamente en el pasaje de un discurso a otro: no hay relación; hay apuesta, en el mejor de los casos.

Escribe Del Barco:
Sé, por otra parte, que el principio de no matar, así como el de amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también sé que sostener ese principio imposible es lo único posible. Sin él no podría existir la sociedad humana. Asumir lo imposible como posible es sostener lo absoluto de cada hombre, desde el primero al último.

Lacan también sabe que es imposible amar, pero el saber del psicoanalista no se ampara en ningún principio trascendente, se inscribe en lo que se suele llamar “fórmulas de la sexuación” y es factible de transmisión aunque su efectivización se produzca singularmente, es decir, caso por caso. Para Lacan lo imposible tiene como correlato antinómico lo contingente, por tanto, algo de eso (amor o no-muerte) puede pasar sino lo obstaculiza un mandato. Mientras que lo posible tiene como correlato lo necesario y, por lo tanto, para que todo funcione algo no debe hacerlo en absoluto, de ahí a que tome formas proposicionales tan determinadas como “no matarás” resulta dudoso y no dice mucho sobre a qué uno debe atenerse en relación a eros y thanatos.
III.
Finalmente, el problema que suscita un discurso como el de del Barco, mas aún enunciado en su punto de mayor conmoción (como el confiesa), es que no nos transmite la deuda simbólica a partir de la cual una nueva generación de pensadores (y ‘políticos’ en ese sentido) pudiera sentirse comprometida en su deseo a re-pensar las aporías e impasses que engendra lo político, y que se manifiesta sintomáticamente, como ya lo dijo Freud, en el ‘malestar en la cultura’ contemporáneo. La obturación de la deuda simbólica (al contrario de la apertura de un pensamiento critico) obedece a la referencia a un mandato religioso, amparado en la certeza de sentido que ofrece el predicado: ‘no matarás’, que no aporta nada nuevo al pensamiento de lo actual.

En este sentido es que algunos de los autores mencionados: Deleuze, Badiou, Lacan entre otros, y más allá de sus diferencias puntuales, aportan una serie de recursos discursivos para pensar el núcleo real de lo político, entendido como la imposibilidad última de sutura del orden social, por tanto como malestar que retorna recurrentemente y demanda ser pensado; de este modo podemos prescindir de las posturas metafísicas o religiosas que suponen un punto de cierre definitivo.

1 Rodeiro, L., En torno a Del Barco, Keshishián y La dificultad del diálogo y algunas precisiones, en Revista “La intemperie”.
2 Así denomina Badiou en su libro “El siglo” a las posiciones militantes artísticas, políticas, científicas y amorosas que se asumieron en el siglo XX.
3 Del Barco, O., “Carta de Oscar del Barco”, publicada en Revista “La intemperie”.
4 La diferencia real no obedece a principios lógicos ni dialécticos de la Historia, a ninguna justificación racional de las posiciones, es en la falla misma de la razón y del sentido donde se expresa el goce singular y donde cada sujeto debe hacerse responsable para constituirse como tal. Quizás la generalización de la verneinung haya sido un síntoma capital de aquella época, y es lo que daría cuenta de la dificultad de hacerse responsable en nombre propio de aquello.
5 Si el dictum “no matarás” fuera efectivamente paradójico no estaría tan cargado de sentido y, en lugar de juzgar desde un lugar religioso, permitiría actuar retroactivamente sobre aquellos acontecimientos produciendo, quizás, una donación de sentido, es decir, extrayendo algo transmisible de allí.
6 Se pueden encontrar en http://www.elinterpretador.net/ensayos_articulos_entrevistas-numero15-junio2005.htm
7 Mi tesis es que por el lado del lenguaje nos encontramos, en su extremo, con la lógica paradójica del sentido que nos presenta Deleuze; luego, en situaciones concretas, el sentido ha de poder captarse como siendo básicamente doble sentido, y, finalmente, hay que decidir reconociendo la indecidibilidad bajo los términos de la situación. Aquí es donde pasamos al montaje badiouiano de los modos de intervención-nominación del acontecimiento, más allá del lenguaje y del sentido, en la insensatez de las fórmulas y los pathemas.
8 Deleuze, G., La lógica del sentido, Paidós, Bs, As., 2005, pag.160
9 Escribe Deleuze. “...no hay acontecimientos privados, y otros colectivos; como tampoco existe lo individual y lo universal, particularidades y generalidades. Todo es singular, y por ello colectivo y privado a la vez, particular y general, ni individual ni universal.” Ibid., op. cit., pag. 160.



Opiniones sobre este texto:




Condiciones de uso de los contenidos según licencia Creative Commons

Director: Arturo Blanco desde Marzo de 2000.
Antroposmoderno.com © Copyright 2000-2017. Política de uso de Antroposmoderno