Comentario sobre el artículo de E. Laclau “Ética del compromiso militante”

Roque Farrán (CONICET)

Publicado el: 08/04/08


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El primer problema que surge de la crítica que realiza Ernesto Laclau a la ética de las verdades de Alain Badiou en este artículo, es que no tiene en cuenta la triple conexión entre: la ontología matemática (los límites y alcances de la axiomática conjuntista), los desarrollos conceptuales (en su intrincada relación con lo anterior) y la discusión con otros pensadores (historia de la filosofía).


Comentario sobre el artículo de E. Laclau “Ética del compromiso militante”

Roque Farrán (CONICET)

El primer problema que surge de la crítica que realiza Ernesto Laclau a la ética de las verdades de Alain Badiou en este artículo, es que no tiene en cuenta la triple conexión entre: la ontología matemática (los límites y alcances de la axiomática conjuntista), los desarrollos conceptuales (en su intrincada relación con lo anterior) y la discusión con otros pensadores (historia de la filosofía). La importancia de este ternario es señalada por el mismo Badiou en el prólogo de “El ser y el acontecimiento” como modo fundamental de lectura para situar, minimamente, las coordenadas de su pensamiento. Laclau mismo admite que no aborda en profundidad la ontología que Badiou propone, pero, aún así insiste en tomarla por un sesgo reduccionista: la dualidad vacío-pleno, y no puede dejar de evidenciar la ausencia de una lectura más detallada de las múltiples y complejas conexiones entre los tópicos señalados, lo que hace –justamente- de Badiou un autor interesante para discutir y pensar problemas político-filosóficos derivados como, en este caso, el de la ética. No se puede efectuar una crítica rigurosa de las concepciones filosóficas de Badiou desde un sesgo tan reducido sin perder la amplitud y extensión del sentido que entrañan, tal como sucede por ejemplo en las oposiciones duales que señala Laclau entre vacío y plenitud, o simulacro y verdad, formal y concreto, etc. Está claro que Badiou utiliza estos términos –y que en particular en el articulo sobre la ética se relacionan de manera un tanto simplificada- pero sino se contextualizan en relaciones sistemáticas con los demás conceptos, axiomas de lo múltiple puro y comparaciones teóricas, sus derivaciones inevitablemente se banalizan, reducen y, además, empobrecen. Una crítica seria tiene que partir de un límite interno a la obra misma a analizar y desde el interior mismo de ella, sin eludir su complejidad, situar los impasses encontrados. De otro modo se trata de una simple diferencia de principios establecida a priori, lo que impide pensar conjuntamente con el autor, tal como

1 Véase http://www.eol.org.ar/virtualia/012/default.asp?notas/laclau-01.html
2 Disponible en Internet: http://www.elortiba.org/badiou.html

termina admitiendo Laclau al final de su escrito: prefiere una ontología lingüística a una matemática, aunque todavía no pueda, según nos dice, desplegar sus razones (que deja para otra oportunidad).
Laclau reacciona principalmente contra la formalización, la numeración y lo sustractivo propio de la ontología matemática que despojaría de sus cualidades particulares a las situaciones analizadas: “Es necesario olvidarse de los contenidos materiales, ónticos, de la situación, y reducirla a un principio definitorio puramente formal (la organización de lo contable, lo diferencial como tal)”(p.2)
Ahora bien, lo que no puede captar es que esta descualificación es propia de un pensamiento riguroso que hace justicia a la singularidad propia de una situación, sin establecer juicios a priori sobre sus cualidades (materiales) imaginarias. Si lo material es el resto irreductible a todo orden discursivo (lógico-conceptual), con lo cual por momentos acuerda Laclau, entonces no puede confundirse con lo definido en una situación cualquiera dada.
Por otro lado, el olvido no se impone como un mandato, se trata de circunscribir “lo diferencial como tal”, es decir, lo que pertenece al registro simbólico, para no caer en diferenciaciones imaginarias que corresponden al registro ideológico propiamente dicho que se ignora como tal y “naturaliza” lo dado.
Por tanto, se detiene en una crítica a la diferenciación “formal” entre situación y acontecimiento -que lee en Badiou- que no permitiría diferenciar nítidamente el simulacro de la verdad, llega a decir incluso que esto es imposible dentro del marco teórico de la filosofía de Badiou. En su análisis evidencia la falta de una lectura más atenta de la obra de este autor, dado que lo primero que se encuentra al leer “El ser y el acontecimiento” es (si vamos más allá del titulo y su conjunción binaria) una multiplicidad de relaciones entre lo que corresponde al orden acontecimiental (sitio, intervención, fidelidad, verdad) y lo que corresponde al saber sobre el ser ( axiomas, números, lo constructible y lo genérico); relaciones de suplementación, de indecidibilidad, brechas y fallas, elecciones y nominaciones, es decir, toda una serie de temáticas y operaciones que complejizan y enriquecen los análisis conceptuales y de ninguna manera se trata de simples oposiciones duales formales. Dice Laclau:
“Si tratamos de definir su relación con la situación, solo podemos decir que el acontecimiento es una sustracción con respecto a ella.”(p.2)
“¿Es suficiente un acontecimiento, que se define exclusivamente por su capacidad de sustraerse de una situación, para fundamentar una alternativa ética? ¿Es la distinción vacío/ pleno un criterio suficientemente sólido para discriminar acontecimiento y simulacro? ¿Es la oposición situación/acontecimiento suficientemente nítida como para atribuir al campo del acontecimiento todo lo necesario para formular un principio ético? Mi respuesta a estas tres preguntas es negativa.”(p.2)

Al realizar su análisis en términos lógicos duales-opositivos empobrece y reduce las relaciones conceptuales desplegadas por Badiou. En este otro caso entre “lo formal” y “lo concreto”:
Sin embargo, en tal caso, el único contenido posible del acontecimiento como pura sustracción es la presentación o la declaración de lo irrepresentable. En otras palabras, también el acontecimiento sólo puede tener un contenido puramente formal. De allí que la fidelidad al acontecimiento (el contenido exclusivo del acto ético) también tenga que ser una inyunción ética completamente formal. En tal caso, ¿cómo diferenciar la ética del simulacro? Como el propio Badiou deja claro, el simulacro -como una de las figuras del Mal- solo puede surgir en el terreno de la verdad. Así, si Badiou va a ser fiel a sus premisas teóricas, la distinción entre acontecimiento y simulacro debe ser una distinción formal -por ejemplo, tiene que surgir de la forma del acontecimiento como tal, independientemente de su contenido concreto.
¿Qué es lo concreto? Parece increíble que después de su lúcida crítica a la entificación de las formaciones discursivas recaiga en la ilusión de “concretitud” de las cosas. ¿Habría conceptos más concretos que otros? ¿Dependería acaso de la formación del pensador, o de su gusto?
La distinción simple entre formal/concreto desconoce la tipología triple del ser de lo múltiple: lo normal, lo singular y lo excrecente; mediante la cual Badiou muestra que la dislocación entre lo que se presenta y lo que se representa en un orden discursivo dado presenta diversos y complejos matices. Es decir que las situaciones ónticas “concretas” pueden ser de distinto tipo pero sólo en las singulares o históricas es posible que se produzca un acontecimiento en tanto conforman propiamente su sitio; sin embargo el acontecimiento en si, que no tiene ninguna forma ni sigue ninguna norma, es un suplemento o exceso indecidible en la situación.
Luego agrega Laclau:

“la distinción verdad/simulacro no puede formularse porque no encuentra ningún lugar de enunciación viable dentro del edificio teórico de Badiou (al menos, en esta etapa de su elaboración [5]). En el sistema de Badiou, sólo hay dos lugares de enunciación: la situación y el acontecimiento”.

El término que olvida Laclau es la “intervención interpretante”, que liga el acontecimiento –en tanto indecidible- a la situación mediante un forzamiento, este sería propiamente el lugar de la enunciación que, supuestamente, faltaría en Badiou. La verdad, en tanto procedimiento genérico, permanece indiscernible en la situación, pero se circunscriben sus condiciones, se produce así una pulsación temporal entre el cierre local de las conexiones (indagaciones) y la apertura hacia la infinitud del proceso (fidelidad); ésta es la diferencia fundamental con las posiciones totalitarias que aseguran una verdad absoluta, cerrada y en una situación completa, clausurando toda temporalidad singular o rigidizándola en un cronograma normativo.
Se vuelve a equivocar cuando afirma:
En el discurso de Badiou, "situación", "acontecimiento", "verdad", "proceso genérico", tienen status ontológico [9].(p.4)

Badiou diferencia claramente el estatuto ontológico de la situación, su estado, el proceso genérico, etc., es decir todo aquello que pertenece a la ciencia del ser-en-tanto-ser, de: el acontecimiento, la verdad y la fidelidad que corresponden a lo que no es el ser-en-tanto-que-ser. Y esta diferencia es importante puesto que aquí es fundamental el papel del sujeto ético militante, en tanto interviene ligando dos órdenes heterogéneos. Este sujeto, que decide la pertenencia del acontecimiento a una situación dada forzando su modificación en otra por-venir, sería el “tercer discurso” supuestamente no teorizado por Badiou según Laclau.
Laclau sustenta su crítica en la concepción de crisis orgánica de Gramsci, la cual plantearía situaciones de desestructuración social extremas, mostrando así que no diferencia claramente el concepto de estado de situación o meta-estructura del de situación o estructura propiamente dicha en Badiou. Cualquier situación por más caótica que se presente ante un analista desorientado presenta una mínima estructuración, que es la presentación misma de los múltiples en juego (si esto no fuera posible estaríamos ante una desorganización psicótica), aún cuando lo que falle sea la meta-estructura es decir lo representacional, y se produzcan continuas faltas y excesos en ese orden “normalizador” que es propiamente el estado de una situación. Escribe Laclau:

“El Ser no es uno -la unicidad es para Badiou una categoría teológica-, sino múltiple. Una multiplicidad presentable o consistente corresponde, esencialmente, al campo del conocimiento, de lo enumerable, de lo discernible. El conjunto de distinciones objetivas corresponde a un principio estructurante que Badiou llama estado de la situación. Lo que comúnmente denominamos moralidad -el orden normativo- forma parte de este estado y está organizada por este principio estructural. Hay que distinguir aquí entre la presentación de una situación en la que la estructuración -orden- se muestra como tal, y la representación, el momento en el que lo que está en primer plano no es la estructura sino lo estructurante.”(p.2)

Hay aquí una confusión entre estructura y meta-estructura, por desconocimiento del concepto matemático (de Bourbaki) del primer término. La estructura (cuenta-por-uno) es inherente a toda experiencia (hasta el delirio), lo que puede fallar es la meta-estructura (cuenta estatal), por lo tanto el acontecimiento no se opone simplemente al principio contable estatal, sino que es el efecto mismo de que exista cuenta-por-uno (estructura), es el retorno de lo real excesivo, supernumerario.
A Laclau se le vuelven a pasar las sutilezas de las distinciones al rigidizar los conceptos y su dinámica interna; el acontecimiento no es lo opuesto a lo calculable, por tanto sucede, precisamente, cuando se vuelve incalculable el principio de calculabilidad mismo (cuando falla la cuenta estatal), que es lo que esgrime Laclau para cuestionar la ontología matemática sin conocer su especificidad, y confundir lo que se cuenta (representacional-imaginario) con la cuenta propiamente dicha (presentación-simbólica). Lo real en tanto exceso aleatorio puede decirse incalculable, lo cual no dice nada especifico porque se lo define por oposición a lo que se imagina que puede ser calculable, pero lo cierto es que se trata de la falla misma del principio de calculabilidad. Laclau no diferencia correctamente lo que pertenece al orden imaginario de lo simbólico, por eso confunde estas instancias.
De todos modos la afinidad entre el pensamiento de Laclau y Badiou es mucho más estructural de lo que el primero admite en el articulo comentado. El tema es que la mayoría de los conceptos que despliega Laclau para dar cuenta de los procesos sociales -recurriendo en gran medida a la lógica del discurso analítico- pueden ser articulados de una forma más compleja y más vasta en el dispositivo teórico de Badiou. Desde mi punto de vista no tiene importancia discutir a priori que ontología conviene más, si una lingüística o una matemática, sino más bien qué disposición conceptual puede dar cuenta de manera rigurosa y flexible de la complejidad inherente a nuestra época.
Propongo una crítica interna a ciertos impasses intuidos por Laclau en la obra de Badiou. Esto configura un working progress del que aquí sólo presento un esbozo.
Para diferenciar una verdad de un simulacro, o un acontecimiento de un pseudo-acontecimiento, es necesario poder romper con las “circularidades” propias del pensamiento. Badiou lo hace en su articulación meta-ontológica de lo múltiple genérico donde recurre –siguiendo el procedimiento matemático- a la estratificación que permiten los ordinales. El problema se plantea en otras situaciones no ontológicas, donde este recurso a los múltiples naturales o normales plantea el siguiente interrogante ¿no se recae en una “normalización” de

3 Véase por ejemplo:
http://www.psikeba.com.ar/articulos/RF_Logica_Acontecimiento_Badiou_y_Tiempo_Logico_en_Lacan.htm

los múltiples singulares históricos, si se estratifica en función de lo que el estado de situación designa de modo estable? Es decir, si se toma como referencia en las situaciones ónticas a los múltiples presentados y representados (normales), para resolver las aporias y tautologias de la situación, la nominación del acontecimiento se parecerá demasiado a los nombres comunes y será contado en la estructura anulando su eficacia re-estructurante. Estos impasses del pensamiento son difíciles de resolver sin el recurso de una lógica ternaria que permita situar más de dos opciones de manera articulada y rigurosa.
En la ontología, en tanto se opera con múltiples puros, el rigor del orden de los números, vacíos de toda cualidad, permite romper con las circularidades imaginarias, pero en las demás situaciones el problemas es de otro orden; se trata de poder llevar la cuenta hasta tres, aquello que el ejercicio de la cuenta estatal en su reduplicación de la cuenta primera forcluye y olvida, es decir, el tercero. El nudo borromeo de tres consistencias (presentado por Lacan en su última enseñanza) muestra que es posible esta articulación en la que tres círculos se interrumpen entre si localmente (en los entrecruzamientos) lo que, a su vez, constituye en conjunto aquello que los sostiene en continuidad global. Es decir que lo mismo que rompe la circularidad específica de cada uno, en su continuidad local (dual), efectúa la articulación con los otros en una continuidad global (ternaria en principio). El nudo muestra la alternancia entre rupturas y continuidades, donde el posicionamiento es relativo. Cada uno determina a los otros y es determinado también por los otros.
Hay que localizar, entonces, al menos tres instancias para no caer en una reducción normalizadora: el orden imaginario-simbólico (el Sentido) del estado de situación, el acontecimiento real (su sitio y su nombre) que irrumpe en la normalidad, y por último, un orden más riguroso que el primero que lo subvierte y lo trastoca al articular –con cierta pérdida de sentido- tanto lo real del acontecimiento como lo imaginario y lo simbólico de la situación de un modo diferente. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en los cambios de paradigma científicos (pero también en el arte, la política, el amor) cuando una nueva teoría muestra que puede articular de un modo distinto y riguroso los términos utilizados para explicar tanto los hechos conocidos como las anomalías o hechos que permanecían inexplicados o que requerían de excesivas hipótesis ad-hocs, aunque el sentido sea difícil de captar en un principio. Fue el caso de la teoría de la relatividad en su momento, cuando se decía que solo dos o tres personas (entre ellos Einstein por supuesto) la entendían en el mundo, hoy, después de algunos años se pueden contar por miles. La ruptura con el orden hegemónico del sentido no implica una renuncia a la escritura lógica de otras consistencias. Es esto lo que se puede aprehender del fracaso de cualquier forma totalitaria (política, religiosa, científica, etc.)



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