Prólogo para un libro no escrito

HERNÁN MONTECINOS
hernancho210@hotmail.com
Publicado el: 16/11/07


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Parafraseando uno de los escritos de Nietzsche, enviado como regalo a Cósima Wagner, a fines del año 1872 (“Prólogo para cinco libros no escritos”), con el título del encabezado, he querido dar inicio a lo que tendría que ser el corpus central de mi próximo nuevo libro (mi 5° ensayo). El propósito de este prólogo es el de adelantar en él algunas ideas centrales que necesariamente tendré que desarrollar en el mismo. Un prólogo para un libro que, si bien todavía no lo he escrito, sin embargo, su temática e idea general me ha venido rondando la cabeza desde hace ya un tiempo.





PRÓLOGO
PARA UN LIBRO NO ESCRITO

(Aproximaciones entre el pensamiento
de Marx y Nietzsche)


HERNÁN MONTECINOS
Escritor-ensayista


Parafraseando uno de los escritos de Nietzsche, enviado como regalo a Cósima Wagner, a fines del año 1872 (“Prólogo para cinco libros no escritos”), con el título del encabezado, he querido dar inicio a lo que tendría que ser el corpus central de mi próximo nuevo libro (mi 5° ensayo). El propósito de este prólogo es el de adelantar en él algunas ideas centrales que necesariamente tendré que desarrollar en el mismo. Un prólogo para un libro que, si bien todavía no lo he escrito, sin embargo, su temática e idea general me ha venido rondando la cabeza desde hace ya un tiempo.

En efecto, la idea de hacer un acercamiento, una aproximación, entre las ideas de los filósofos Carlos Marx y Federico Nietzsche, es un tema que me ha estado haciendo guiños hace ya bastante rato. Un tema que, en su sólo mérito, se me ha aparecido apasionante por los derivados que de allí se pudieran desprender para una base hermenéutica que sirva para futuras nuevas investigaciones. Y más que eso, tema apasionante al fin, por tratarse de una relación poco conocida, poco investigada y que, en virtud tal, resulta ser un verdadero desafío, un interesante reto para el ensayista, entendiendo a éste como aquel que incursiona por interregnos desconocidos, o se interroga, como es el caso, respecto de nexos y relaciones sobre los cuales poco, o casi nada, se ha investigado.

Hasta hoy, se ha hablado tanto sobre Marx y Nietzsche que parecería difícil agregar algo sobre sus respectivos pensamientos y obras que no suene a gastado, repetido o retórico. Esta idea fue precisamente lo que me mantuvo, en un principio, un tanto prejuiciado para dar inicio a mi acariciado proyecto en el sentido ya indicado. Sin embargo, después de haber tomado conocimiento de un sin fin de interpretaciones, apologías y desprecios, tanto de uno como de otro filósofo, finalmente caí en la cuenta que en el fondo de sus ideas subyace un manantial inagotable en el que siempre encontraremos disponible un rico material filosófico, histórico, epistemológico, cultural, etc., susceptible de servir al enriquecimiento de futuras hermenéuticas, de aquellas que pudieran advenir relacionados con el tema.

Ahora bien, en el mundo de la filosofía, todo ha hecho pensar que las ideas de Marx y Nietzsche son contradictorias e irreconciliables. Esa es la idea generalizada que se ha tenido sobre ello, no sólo en el campo filosófico propiamente tal, sino también, y sobre todo, idea que se encuentra muy arraigada en el imaginario colectivo del hombre común. En lo que a mi respecta, debo confesar, que habiendo tenido la oportunidad de estudiar y conocer el pensamiento de ambos, nunca pude estar de acuerdo con la socialización de esta idea, al contrario, desde el primer momento, más bien, tomé una posición en contrario.

Por cierto, son muchas las razones que se han tenido para llegar a pensar que sus ideas son contradictorias e irreconciliables, entre otras, a mi juicio, la más fundamental, el hecho de que mientras Marx aparece ofreciendo una teoría para el “hombre social”, Nietzsche, en cambio, en Sils María, a 6.000 pies de altura, parece alejado de aquello ofreciéndonos una teoría de la individualidad, al reivindicar una especie de darwinismo social a favor de los hombres más fuertes, en detrimento de los más débiles. Así, mientras Marx toma posición contra la explotación y opresión de una clase por otra y trabaja, lucha y vive en función de legar una teoría de liberación del proletariado, éste último, parece considerar al hombre a partir de su estado fisiológico, exaltando lo que dio en llamar la “aristocracia del espíritu”, reservada sólo para unos pocos (el genio, el superhombre, etc.), anteponiéndolo al “espíritu de rebaño”, o al “espíritu de esclavo”, títulos estos que reserva para la gran mayoría de la masa ( masa que no identifica con el pueblo). Cristaliza su idea filosófica derivándola al surgimiento de un hombre superior el “Superhombre”, ser transfigurado, único capaz de estar lo suficientemente preparado para poder aceptar y, más que eso, superar el devenir incesante de la existencia, así como también, la finitud de la vida en todo el ámbito en que ésta se desenvuelve.

Sin embargo, y aquí es donde está el quid del asunto, esta antinomia, estas dos ideas que aparecen a simple vista tan contradictorias e irreconciliables, hay que reflexionarlas en toda su amplitud y profundidad, no olvidando por ejemplo, que así como en el “Manifiesto Comunista” Marx y Engels planteaban que en la futura sociedad comunista “el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos”, así también, Nietzsche, ya tempranamente en su primera obra, “El origen de la tragedia”, planteaba la necesidad de una unidad dialéctica entre la individuación apolínea y lo colectivo dionisiaco. Este hecho, entre tantos otros, que necesariamente tendré que pasar a exponer en forma extendida, constituyó el primer toque de alerta, la primera pista que logró estimular mi curiosidad respecto de ciertos supuestos atribuidos tanto a Marx como a Nietzsche, no pocos de los cuales se han seguido manteniendo hasta nuestros días, aún incluso por aquellos filósofos considerados de los más reputados. Así, de la simple curiosidad a la investigación profunda había un solo paso, de cuyas conclusiones nace este libro en el cual daré a conocer mi opinión en cuanto a que todo lo que se pensaba respecto a este tópico y otros, no son tan así como se ha acostumbrado a pensarlo y decirlo en las interminables líneas hermenéuticas que hasta aquí hemos conocido. Y si bien es cierto, no tengo ni la suficiente arrogancia ni tampoco la suficiente soberbia para atribuirme tener razón en todo lo que pasaré a exponer, ello no invalida el mérito de aportar diversas nuevas pistas que, a lo menos, influya en las nuevas investigaciones para darle más vuelta a este y otros asuntos que iré develando.

Así, por tanto, bajo la convicción de que una revisión más a fondo y exhaustiva de los propósitos que ambos se propusieron, nos permitirán vislumbrar acercamientos y similitudes en varios aspectos epistemológicos, históricos y culturales, aún pese a todas la diferencias que podamos identificar entre un pensamiento y otro, daré curso a este trabajo bajo las premisas fundamentales ya enunciadas. Ahí están, por ejemplo, sus inicios poéticos, sus estilos polémicos y arrogantes, su admiración por la antigüedad clásica, su concepción de un no Estado, sus críticas demoledoras a la metafísica, sus radicales críticas a la religión, sus constantes invocaciones a favor de la naturaleza, su esteticismo en la invocación de un hombre nuevo superior (El Superhombre, el hombre comunista), sus críticas y oposiciones a la moral. De igual modo, ambos nos legaron una demoledora crítica de la cultura de su época, etc. No en vano, han sido reconocidos en el mundo intelectual, junto a Freud, como los “filósofos de la sospecha”. Sobre la modernidad y su cultura, han hecho carne de aquel dicho “dudar más que Descartes”, más allá de la duda metódica, una crítica radical en todos sus aspectos. Esta cercanía resulta insoslayable pese a que la crítica de Marx no es tan nihilista como la de Nietzsche, en tanto recoge de toda la tradición filosófica anterior lo mejor de ella para reposicionarla en un nuevo mundo filosófico. En fin, pienso que en este trabajo muchos otros acercamientos podrán quedar develados, aproximaciones que en mi opinión, han pasado desapercibidos para la mayoría de los investigadores y hermeneutas. En el transcurso del desarrollo de esta investigación, pretendo ir descubriendo y develando estos y otros acercamientos, cerrando así una tarea que dejé inconclusa, aquella que ya había adelantado a manera de esbozo en un anterior ensayo.

En efecto, en mi último ensayo “Nietzsche, un siglo después: Filosofía y política para el nuevo milenio”, destiné uno de sus capítulos (Capítulo X) a hacer una aproximación entre los pensamientos de ambos. En búsqueda de aquello me aboqué a investigar los posibles nexos de relación que pudieran existir entre un pensamiento y otro, fundamentalmente, en lo que dice relación con los grandes fines que ambos se propusieron. Desde un principio, estuve consciente que la tarea propuesta me iba a resultar ardua, en la medida que daba inicio a un discurso que necesariamente tenía que ir a contrapelo con la idea generalizada que se había tenido sobre el tema. Y si bien, estaba consciente que entre un pensamiento y otro habían elementos sumamente contradictorios, poco a poco, se me fue arraigando la íntima convicción de que entre éstos, existía un humus que los ponían muy cerca el uno del otro. Supuse entonces que en ese campo había una deuda intelectual que había que abordar, campo en el cual no se había investigado correspondientemente, a lo menos, en mi opinión, con la profundidad que el tema ameritaba. Así, entonces, allí en donde los demás parecían ver sólo diferencias, mi investigación se iba adentrar por el camino opuesto.

Por cierto, en mi ensayo anterior no logré profundizar demasiado sobre esta idea, en tanto ello implicaba alejarme del tema central propuesto y que, entre otros, decía relación fundamentalmente, con desmitificar las grandes barbaridades que se habían dicho sobre la obra y pensamiento de Nietzsche. Así y todo, el germen de esta idea había quedado allí lanzada a modo de adelanto, de lo que supuse tendría que ser necesariamente tema obligado de mi próximo libro. Razones de tiempo, derivado de mis actividades literarias y culturales no me permitieron, por un buen momento, empezar a acometer aquella acariciada idea la que, sin embargo, nunca dejó de rondar mi cabeza. Ahora con las primeras líneas que aquí escribo, acometo definitivamente aquello que, en su estado embrionario, había dejado pendiente e inconcluso.

Ahora bien, el ensayista cuando se predispone a acometer un proyecto, el primer problema que debe enfrentar es el por donde empezar a contar su cuento. Para dicho propósito recurre, como es de suponer, a las más diversas fuentes y echa mano a los más inimaginables de los recursos. Puesto ante esta disyuntiva, en mi caso, lo primero que se me ocurre hacer, es recurrir a mis más cercanos amigos, de aquellos vinculados con el mundo literario e intelectual, para darles a conocer mi proyecto y poder recoger así ideas que me puedan servir de orientación a mis propósitos. En este ir y venir, entusiasmado, de un lado para otro, contando mi proyecto a quien quisiera escucharme, recogí distintas opiniones y otros tantos puntos de vista. Estando en estos preámbulos, algunos de mis amigos, y otros no tanto, me escuchaban con cierto escepticismo respecto de lo que yo me proponía. Más de alguno, sin poderse aguantar, me hacía saber su lapidario juicio: mis pretensiones eran un imposible, por la simple razón de que no se podía “mezclar el aceite con el vinagre”. Sin embargo, a pesar de estos juicios, supongo, dichos con la más buena fe e intención, yo seguí adelante con mi idea, más convencido que nunca, de que entre los pensamientos de Marx y Nietzsche había más acercamientos que distancias.

Por cierto, estos propósitos no nacían por un impulso terco, ni menos de ensimismamiento, respecto de algo que yo creía tenía que ser así y sólo así. No, nada de eso. Mi íntimo convencimiento más se me iba haciendo carne, en la medida que iba avanzando en mis reflexiones y, sobre todo, con el avance de mis investigaciones, lo que me permitió ir acumulando un valioso material en mi computador, mudo testigo este último de mis aventuras ensayísticas. Así, por tanto, entre aquellas actividades, que me mantenían ocupado, siempre me fui dando maña para ir dejándome pequeños espacios de tiempo, para acometer mi acariciada idea que, a decir verdad, nunca dejé abandonada.

Ahora bien… ¿Por qué Marx y Nietzsche? ... ¿Qué razones me asistían para hacer un paralelo entre ambos filósofos?... Una pregunta que puede tener varias respuestas. Podía ser una corazonada, una intuición o algo parecido a eso. Sin embargo, cualquiera haya sido la consideración que me haya influido, lo cierto es que lo que más me motivaba era mi más íntima convicción de que Marx y Nietzsche eran las dos más altas cumbres intelectuales de la modernidad, e incluso, me atrevería a sostener, las dos más altas cumbres de toda la historia de la humanidad, esto último, claro está, con todas las excusas que tenga que pedirles a filósofos de la talla y estatura de un Platón o un Aristóteles o un Kano o un Hegel, por nombrar sólo a algunos de los más destacados. Como antecedente adicional, puedo decir que el hecho de haber tenido el conocimiento de una encuesta hecha por radio 4 de la BBC de Londres, que preguntaba a sus oyentes, cuál había sido el filósofo más importante que había conocido la humanidad, para sorpresa de no pocos, la respuesta fue contundente en favor de Carlos Marx, la que se hizo inequívoca al ocupar el primer lugar de las preferencias muy alejado de quien le siguió en el segundo orden. Y aunque a Nietzsche se le ubicó en un cuarto o quinto lugar, esto último no desmerecía en absoluto la idea que tenía arraigada en lo más íntimo de mi ser, respecto a la primerísimo importancia que yo les asignaba a ambos, en el lugar que ocupaban en toda la historia de la filosofía.

De otra parte me motivaba, y motiva, un hecho filosófico no menor y que considero de capital importancia. Tal hecho no es otro que, hasta antes de Nietzsche y Marx, la filosofía había devenido sólo especulativa y abstracta. Los ejemplos a través de la historia de la filosofía se muestran bastante demostrativos al respecto: la “idea” de Platón, el “imperativo categórico” de Kant, la “duda metódica” de Descartes, o “el espíritu absoluto” de Hegel, y así sucesivamente. Marx y Nietzsche, en cambio, rompen radical y definitivamente con la filosofía tradicional, abstracta, para dar cuenta ahora, a través de ella, de la existencia de la vida real. Desde entonces, y sólo con ellos, la filosofía viene a posicionarse en otro estadio, lo que no por casualidad ha llevado a que el mundo filosófico identifique la filosofía de Nietzsche como “filosofía de la vida”, y para el caso de la filosofía de Marx, como “filosofía de la praxis”. Este punto quedará definitivamente rubricado cuando Nietzsche sentencia que, “mi filosofía es un platonismo al revés”, y Marx, por su parte, con su famosa expresión, “hasta ahora los filósofos han utilizado la filosofía para contemplar la realidad cuando lo que se trata es de transformarla”.

Se desprende de lo dicho, que Marx y Nietzsche coincidirán en sus críticas a la filosofía puramente metafísica. Para uno y otro, los mundos fantasmales creados por la imaginación humana son sólo eso, mundos ilusorios alejados de la vida real. Por cierto, que la historia de la filosofía ha dado cuenta de no pocos críticos de la filosofía metafísica, desde Heráclito en el pasado, que con su idea del “fluir”, desplaza el Ser metafísico por el devenir (idea retomada, más tarde por Nietzsche), hasta el pesimismo de Schopenhauer, quien tempranamente se aleja de la tradicional controversia respecto de la pregunta primera de la filosofía, que oscilaba entre la idea y la materia, anteponiendo una nueva categoría, la “”Voluntad”, impulso originario, no consciente, extraño a la razón misma. Así y todo, en mi opinión, es con Marx y Nietzsche que la crítica a la metafísica llega a su punto más alto de cristalización.

Hay algunos otros aspectos cuyos puntos de encuentro aparecen más escondidos y poco soslayables. Tal es el caso, por ejemplo, el hecho que ambos teorías contienen una coincidente visión histórica, pero no en el sentido tradicional, sino que en la línea de producir una gran escisión en la historia de la humanidad. Como sabemos Marx anticipa una escisión futura, la que vendrá con la sociedad comunista, punto de quiebre en donde recién comenzará la verdadera historia dejando definitivamente la prehistoria atrás. Sabemos que Marx divide el curso de la humanidad en dos épocas: la prehistoria y la historia. La primera época se caracteriza por ser el reino de la necesidad ciega, de los procesos económicos irracionales, caóticos, de llagas que se cubren con velos místicos, de época en que las fuerzas cósmicas son hostiles al hombre, en que el ser humano se encuentra desgarrado por la lucha de clases, sumergido en la miseria. La segunda época, la de la sociedad comunista, es el reino de la libertad, de la plena razón, el mundo en que están ausentes la alienación y enajenación, en que la naturaleza sometida al hombre le sonríe con destellos poéticos.

Nietzsche, en cambio, esta escisión la vio surgir ya en el pasado, justo en el momento en que surge la moral, pero no cualquier moral, sino la moral cristiana. Es en ese momento en que la humanidad ha quedado “dividida en dos”. Ya más adelante avanzaré en esta idea, por el momento, y a manera de esbozo, bien vale escuchar las propias palabras de Nietzsche:
“¿Se me ha entendido?- No he dicho aquí ninguna palabra que no hubiese dicho hace cinco años por boca de Zaratustra. El descubrimiento de la moral cristiana es un acontecimiento que no tiene igual, una verdadera fuerza mayor, un destino - divide en dos partes la historia de la humanidad- Se vive antes de él, se vive después de él. El rayo de la verdad cayó precisamente de lo que más alto se encontraba hasta ahora: Quien entiende qué es lo que aquí ha sido aniquilado, examine si todavía le queda algo en las manos” (E.H. 8. Por qué soy un destino).

Otra tarea que me propongo, es de poder desmitificar aquella otra idea, también generalizada, de que mientras Marx, aparte de filósofo se preocupó también preferentemente de los temas políticos, Nietzsche en cambio, nada tendría que ver con esto último. Sin embargo, una investigación más atenta y pormenorizada sobre este asunto, nos tendría que llevar a concluir, que esta es otra de las falacias que se ha logrado socializar en el inconsciente político e intelectual hasta nuestros días. Afirmo esto, en tanto no se ha puesto la debida atención respecto a la idea que tiene Nietzsche sobre la política, a la que prefiere llamar “Gran Política”, para diferenciarla de aquella otra política, la contingente, la que hemos conocido y conocemos como práctica habitual tendiente a institucionalizar el poder de acuerdo a parámetros teorizados por grupos muy diversos. Esta idea, por cierto, entreverada y compleja, soslayada por la gran mayoría de los hermeneutas, será motivo también, de una atención muy especial en mi nuevo trabajo.

Por último, no podría dejar de expresar también, la importancia que adquiere, en los actuales momentos, un trabajo teórico de esta naturaleza, pues no me cabe duda que desde el poder explicativo del pensamiento de Marx y Nietzsche podremos tener un mejor entendimiento de lo que aconteció en el pasado, lo que está aconteciendo en el presente., y lo que nos podrá seguir aconteciendo en el naciente milenio que nos encontramos viviendo. El método o estrategia que seguiré para mis propósitos ya enunciados, será el de extrapolar e interconectar los pensamientos de uno y otro, desde una narrativa apoyada en mi interpretación marxista de la filosofía, la historia, la ciencia social, etc. Desde ya puedo anticipar, al calor de lo que será mi investigación, de que las coincidencias entre los propósitos de ambos nos resultarán sorprendentes, y sus diferencias comprensibles. Con todo, encontraremos en los cuerpos filosóficos de ambos un gran poder visionario en relación a nuestra situación política/social/existencial y una comprensión más cabal respecto de los por qué de la gran involución societaria a que nos ha estado llevando el sistema neoliberal presente.

A manera de conclusión quiero decir que habiendo producido los pensamientos de estas dos cumbres intelectuales una variada y rica gama de líneas hermenéuticas, muchas de éstas han mostrado la tendencia a visionar a ambos con una visión no abierta, sino claramente reductivista. Por este camino se ha llegado fácilmente a la estigmatización de uno y otro, achacándole todos los grandes y ominosos hechos que convulsionaron a la humanidad en el siglo que recién terminó. Así, mientras a uno se le ha responsabilizado por ser el “mentor teórico” del estalinismo, en la ex Unión Soviética, al otro se le ha responsabilizado ser el “mentor teórico” de las barbaridades del nazi-fascismo. Por la vía de la reducción se ha logrado implantar imágenes de Marx y del marxismo que sólo tienen ese valor, vale decir constituir imágenes, las que como sabemos, aún instaladas como tales, no responden a la realidad. A Nietzsche con su ensalzamiento de la “bestia rubia”, o con la famosa frase “la muerte de Dios” se le han construido figuras abominables que ponen muy en entredicho la reflexión filosófica que debe estar revestida de una mínima seriedad.

Ahora bien, y desprendido de lo anterior, se podrá comprender que se me haría imposible emprender mi trabajo en la línea propuesta, sin antes tener que entrar a desmitificar muchas de las falsas imágenes que se han dicho sobre uno y otro filósofo, sobre todo, el sinnúmero de supuestos y tergiversaciones que se le han atribuido a sus pensamientos. Esta acción previa fluye de suyo natural, puesto que un trabajo de esta envergadura, y que dice relación con confrontar un pensamiento de otro, con el fin de buscar sus posibles nexos de relación y sus posibles coincidencias, no podría hacerlo sobre bases falsas que se han instituido erróneamente como ciertos. Ya en mi anterior ensayo emprendí el trabajo de entrar a desmitificar las múltiples reducciones y tergiversaciones de que había sido objeto el pensamiento de Nietzsche. Por necesidades y requerimientos del trabajo que ahora inicio, tendré que volver a retomar algunos de los elementos allí ya expuestos. Fundamentalmente, entonces, tendré que forzar mi investigación para despejar ahora los supuestos y tergiversaciones de que ha sido objeto el pensamiento de Marx. Así, puestos el uno y el otro en su verdadera dimensión, sólo entonces, mi investigación podría tener sentido. No hacerlo así, me podría inducir a continuar una línea errónea que se ha mostrado repetitiva hasta el cansancio.




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