Meditaciones en torno a Castaneda

Francisco Lira Ahumada
franciscolira2006@gmail.com
Publicado el: 16/11/07


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Una de las lecciones de Juan Matus que más importancia reporta para nosotros los occidentales es, precisamente, abandonar el ego: la noción yoica que forma el centro de nuestra epistemología, moral, ética y política. Sin duda la exaltación del sujeto y la noción de “persona humana” tiene vastos y antiguos resabios de la ilustración europea.


Meditaciones en torno a Castaneda

Francisco Lira Ahumada

“ (…)Mientras te sientas lo más importante del mundo, no puedes apreciar en verdad el mundo que te rodea. Eres como un caballo con anteojeras: nada más te ves tú mismo, ajeno a todo lo demás” Juan Matus

“La serpiente que no puede mudar su piel, perece. Los espíritus que no pueden cambiar de opinión, dejan de ser espíritus” Nietzsche

Perder la importancia:

Una de las lecciones de Juan Matus que más importancia reporta para nosotros los occidentales es, precisamente, abandonar el ego: la noción yoica que forma el centro de nuestra epistemología, moral, ética y política. Sin duda la exaltación del sujeto y la noción de “persona humana” tiene vastos y antiguos resabios de la ilustración europea. No quiero describir “in extenso” algo que ha provocado mucha bibliografía sino más bien, remitirme a una específica forma de concebir la arrogancia y el yo transmitida por Carlos Castaneda (1) .

(1) Juan Matus es una ficción literaria de un indio que hipotéticamente existió. La existencia real de este personaje es algo que no he investigado; sin embargo existe una clara analogía entre los diálogos platónicos y la novela de Castaneda. El encuentro intertextual radica en la forma dialógica en la cuál se expresan las enseñanzas y la figura idealizada del maestro: se oculta todo defecto o realidad contingente de su existencia.
(2) Zweig, Stefan; Federico Nietzsche o “El combate con el demonio”, (1932), Ediciones Nueva Época: Santiago de Chile, página 53
(3) Castaneda, Carlos; El viaje a Ixtlán, (1994), Santiago de Chile, editorial: fondo de cultura económica Chile S.A. Primera edición en espanól: 1975 (FCE, México), pp 41- 52
La noción de separatidad se puede explicar en los siguientes términos:

La necesidad evidente de “perder a importancia” esta vinculada, a mi parecer, con ser capaces de abandonar la excesiva importancia que damos al reconocimiento ajeno, al “ser alguien” social. Una de las más altas metas espirituales e intelectuales que se puede tener es, precisamente, reconocer la fuerte implicancia social que tiene el “éxito personal”, es decir “nuestro ser alguien”. Si consideramos que la historia de la humanidad como especie biológica es bastante corta en relación a procesos geológicos que dan origen a los ecosistemas que rodean nuestras ciudades y habitats humanos, nos daremos cuenta de la levedad del ser del “hombre” y la mujer.


En definitiva, nuestras adaptaciones biológicas han sido casi suprimidas por formas instrumentales de habitar en el mundo. La debilidad del ser humano está en la terrible capacidad de destruir lo que se ha constituido a través de milenios de evolución, tanto orgánica, como geológica. La raíz del problema radica en que nuestras formas culturales de pensar y sentir se encuentran cimentadas en la noción de persona y de yo que excluye la dimensión biológica de lo humano; lo más común es pensar que somos superiores a las demás especies vivas y que éstas deben servirnos para nuestros fines.

La noción tradicional de conocimiento y acción centrada en un yo idéntico, que emerge tras un proceso de nihilización, es decir de negación del objeto dado (el mundo y sus componentes) respecto de nosotros, es una actitud natural. Se puede explicitar este razonamiento de la siguiente forma: “yo no soy el mundo, luego puedo conocerlo”. La actitud pragmática frente al conocimiento nos conduce a la manipulación egoísta de las cosas, los demás seres vivos y nuestros semejantes. La desventaja evidente es “el dolor” y la “angustia”.

Dolor y angustia son emociones que tienen, precisamente, su génesis en el exacerbo del yo. Fromm a descrito el proceso de individuación circunscrito a la noción de separatidad(4) . La necesidad de religar, de “re-unirnos” con otros y ser amados por ellos es uno de los pilares que sustentan nuestros miedos y angustias frente a la separatidad como proceso de maduración.

El reconocer la contingencia y la fragilidad de nuestra persona, junto con nuestra profunda filiación con la naturaleza y nuestra propia biología (la situación del observador enunciada por Maturana y Varela)(5) y la relatividad de nuestros propias ideas es un esfuerzo que vale la pena. De buenas a primeras, renunciar a los puntos fijos desde los cuales observamos la realidad, pareciera ser una empresa absurda y fragmentaria, en tanto que sume nuestras relaciones sociales en la anarquía.

(4) La noción de separatidad se puede explicar en los siguientes términos: separatidad es la paulatina conciencia de nuestra individualidad respecto del medio circundante; la separtidad aumenta en razón de nuestro crecimiento y desarrollo social. Para ahondar en este punto se invita al lector a revisar la obra “El arte de amar” editada por Páidos.
(5) Ver: Maturana.H y Varela.F; El árbol del conocimiento, Santiago de Chile, Editorial Universitaria.

Lo que se propone aquí es una orientación mucho más alentadora: perder la importancia es una forma armónica de relacionarnos con la naturaleza y nuestros compañeros de especie, sobre la base de una “simetría existencial”. La simetría es una noción que implica directamente la proporcionalidad, la equidistancia, etc. En tanto humanos, tenemos un lugar similar en el cosmos. Se entiende que el cosmos (la ordenación general de los existentes) no tiene una jerarquía dada, de facto, la ordenación jerarquica de los seres es “a posteriori” en relación a la experiencia fenoménica.

A simple vista la argumentación se cierne sobre contradicciones, pero estas desaparecen si evidenciamos la naturaleza lingüística de las distinciones jerárquicas en las cuales situamos nuestra existencia en el “mundo”. Digamos también que la noción de “mundo” al ser trascendente (más allá de la inmediatez perceptiva) implica una conciencia lingüística capaz de traer “un mundo a la mano”. En definitiva: perder la importancia es cambiar nuestros supuestos y nuestros relatos.

El cambiar de piel y de opinión es una herramienta de realización que genera aperturas ante la variabilidad impredecible de nuestro entorno humano y ecológico. Es, en definitiva, la constitución esencial del espíritu en tanto razón dialógica. La meditación Nietszcheana gira en torno a la abolición y re-creación perpetua de los valores. Yo me animo a extender dicho intento al terreno epistemológico, aunque con ligeras variaciones conceptuales.

A diferencia de los valores, las percepciones sensoriales no son del todo “creadas”, sino más bien obedecen a reacciones fisiológicas “subpersonales” (6). Aún así, el sentido (syntha y sensus) de lo percibido es una creación individual y social.(7) Llegamos al meollo de está meditación: a) “mientras más importantes nos sintamos, menos podremos ver lo que nos rodea” b) “ la raíz más extensa del dolor humano radica en la “excesiva importancia que nos damos”c) es posible vivir en armonía dándole una valoración simétrica a todas las cosas, en tanto partícipes de la misma contingencia existencial.

(6)Se entiende el concepto de “subpersonal” como proceso que escapa al dominio volitivo conciencia narrativa, al menos de forma “parcial”.
(7) Dirección y significado (referente fenoménico específico)

Perder la importancia conlleva una conciente y disciplinada transición entre la rigidez de nuestra identidad yoica, el alejanmiento reflexivo que hacemos de ésta y su desmitificación. ¿A qué nos referimos con desmitificar al “yo”? desmitificar al yo es dejar de considerar el yo como punto de unión entre planos de realidad antitéticos; el yo es el relato de continuidad que hace de lo vivido un contínuo mundo-vida, frente al cual tratamos de emerger como permanencia –trascendente o, en términos sartreanos: como “en- sí”-valor (aspiración de ser). En definitiva el esfuerzo de situar físicamente (fisiológicamente o psicológicamente al yo, ha sido y es esfuerzo de la psicología científica y el psicoanálisis, sin mayores adelantos.

El yo y sus atributos no deja de existir en un plano narrativo, por lo cuál, se constituye como metáfora o acceso indirecto a la realidad senso-motriz y aperceptiva. Perder la importancia en ese sentido, es reconocer que lo que "somos” en términos sociales y en la íntimidades y debe ser un relato cambiante, una perpetua creación y destrucción de sí; si somos demasiado importantes, trataremos de apoyarnos y conservar una integridad autoperceptiva en demasía frágil- el orgullo como antítesis es el sontén emocional de lo que se describe- frente a lo adverso y frente al cambio, por lo cuál, acarrea dolor.

El perder la importancia es un pequeño cambio de foco, es asumir la contingencia de nuestro existir y el carácter lúdico de nuestro ser social, es decir, lo efímero y plástico de nuestra existencia en la condición humana. El hombre es un niño que se olvidó de serlo y paga el pato de querer darle seriedad a sus juegos (de inversiones, laborales, etc) mostrando siempre en su discurso lo duro de la vida, el esfuerzo necesario para poder subsistir, etc. No niego que en el ámbito de la convivencia social, no nos veamos condicionados a asumir cierta seriedad en los roles que ocupamos; sin embargo “condicionados” no significa “determinados” como en algún lugar lo señaló Freire.

Perder la importancia requiere de la más aguzada inteligencia y capacidad de autognosis y auto reflexión, en términos de que debemos saber discriminar los márgenes y reglas que hacen de nuestra existencia un “rol” inseparable de la participación social mediada por éste. Saber este hecho y conservar en la vida el carácter lúdico de lo que somos, es parte del saber-vivir; en términos experienciales, el carácter contingente y lúdico de lo que somos nos permite re-conocernos a través de otros, en otros y con otros que en apariencia son diferentes de nosotros mismos, pero que conservan el rasgo de estar sujetos a la condición humana.

Perdiendo la importancia, no perdemos nuestro papel en el mundo (totalidad de lo existente tanto fáctica, como eidéticamente) sino que por el contrario, acentuamos y debemos acentuar nuestra responsabilidad sobre lo que vemos, hacemos y donde nos situamos. Hacerse responsable y perder la importancia son dos actitudes que van íntimamente vinculadas -como señala Juan Matus en otro capítulo- entre sí, en una relación de codeterminación: para poder jugar en la vida, hay que ser conciente de que se juega y responsable de “qué” se juega y receptivo frente a las reglas.

Receptivo, no implica pasividad, sino capacidad de observación y asimilación; en gran medida, observar y asimilar requieren un “extrañamiento” un “salir-de” lo dado, la situación y uno mismo. Perder la importancia nos permite evitar la trampa de la enajenación propia de quién desempeña su rol “seriamente” haciendo de esta máscara social que es su hacer, el centro y el pilar del universo. Ser espíritu es carecer de importancia y vanidad, es capacidad de renuncia frente a la mundanidad con sus afanes, es flexibilizar nuestra opinión abrirnos al devenir considerándonos “un pequeño suspiro del universo”. En resumen, perder la importancia nos lleva a cambiar de piel y a aceptar arrastrarnos a aceptar el miedo y el dolor, para superarlos: perder la importancia, es un acto de suma inteligencia







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