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¿QUÉ SUCEDE EN LA ESCUELA HOY?

Hernán Montecinos
hernancho210@hotmail.com
Publicado el: 16/10/07

    

“¿De qué modo se vinculan los estudiantes a la universidad?, es la pregunta que se hacía en su época el filósofo Federico Nietzsche…Ante esta pregunta, respondíase a si mismo… “Por la oreja”.

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¿QUÉ SUCEDE EN LA ESCUELA HOY?
(Versión actualizada)

Por: Hernán Montecinos


“¿De qué modo se vinculan los estudiantes a la universidad?, es la pregunta que se hacía en su época el filósofo Federico Nietzsche…Ante esta pregunta, respondíase a si mismo… “Por la oreja”.

En efecto, el estudiante es un auditor nada más que por la oreja. En nuestras escuelas asistimos a un ritual en donde mientras el profesor habla a los estudiantes, éstos escriben mientras escuchan. Por esta vía llegamos a la conclusión numeral de que en el aula, mientras una boca habla, muchas orejas escuchan y la mitad de las manos escriben. Es este el aparato académico exterior. Sin embargo, el poseedor de la boca poco tiene que ver con los poseedores de las orejas, por lo que se enfrenta en los claustros una doble autonomía; doble autonomía sumamente ensalzada bajo la denominación de libertad académica. Se cierra el ciclo con la presencia del Estado, quien situado detrás, a una distancia conveniente, con su rostro tenso de supervisor, nos recuerda a unos y a otros que Él es el fin de toda esta actividad y la quintaesencia de estos procedimientos de audición y oratoria.

Estos son conceptos de Nietzsche, en una de sus cuatro conferencias sobre “el porvenir de nuestros establecimientos educacionales” haciendo una abierta y contundente crítica a la filosofía "académica" de su época. También el filósofo Schopenahuer, conocido por su “pesimismo filosófico”, lanza condenas y diatribas en contra de la filosofía académica. Y no dejan de tener razón, cuando hoy día los egresados universitarios en las cátedras de filosofía, en su gran mayoría, son sólo “profesores de filosofía”, pero en ningún caso filósofos. Se remiten, en el ejercicio de su función educadora (pero no formadora), a repetir y enseñar a sus alumnos lo que dijo Platón o lo que dijo Aristóteles, o bien lo que dijo Kant o lo que dijo Hegel, y así sucesivamente. Es decir, son meros repetidores de lo que dijeron otros, pero en ningún caso capaces de reflexionar para crear nuevos pensamientos. Como sabemos, para Nietzsche, el verdadero filósofo debe ser un auténtico creador, y no un mero repetidor, constante ésta que es la que se ha dado y repetido en las actuales aulas de clases.

Sin duda, en sus juicios críticos contra el academicismo, estos filósofos tuvieron a la vista, en su sentido más general, los conceptos primarios que organizaron el proyecto moderno de la burguesía que tuvo su origen en la Ilustración. Proyecto histórico que sirvió, en su primer momento, para combatir el orden feudal, en el que apenas si podía desarrollar su incipiente poder económico y desplegar el acrecentamiento de su actividad comercial, y después, para desarrollar y defender el nuevo orden capitalista. Este nuevo orden al que se dio por llamar Modernidad, desde un principio arrastró la bajeza de sus orígenes, creando nuevas formas y relaciones para afianzar su poder, dentro del cual cabe destacar, entre otros, el trazado y difusión de una figura mitificada, idealizada, casi sacralizada de la figura moderna del “Educador”, como sujeto y actor que permanece en el sustrato de la “ideología pedagógica occidental”. A partir de entonces, se internalizó en la sociedad moderna el concepto de educación con el convencimiento íntimo de que a través de ésta estábamos trabajando para la “buena causa”, para la “causa noble”, la causa justa de la Humanidad.

Sin embargo, más de cien años después de la muerte de estos filósofos, sus ideas sobre las falencias de la filosofía académica de su época, mantienen una asombrosa actualidad, no sólo en lo que respecta al modo actual en que se imparte la enseñanza de la filosofía en liceos y universidades, sino también en todas las materias y ramos que enseñan los establecimientos educacionales en sus distintos grados y estamentos (básica, media y universitaria). En efecto, donde quiera que miremos, en todas las aulas se repite el mismo fenómeno: mientras el profesor habla por la boca los alumnos escuchan por los oídos mientras escriben con las manos. Lo que importa es cubrir los temas o materias del programa a como venga y rápidamente, y después examinar a los estudiantes, de manera tal que el requerimiento principal que persigue el educador es la memorización de la información por parte de los alumnos.

Y no sólo filósofos como Schopenahuer y Nietzsche empezaron a llamar la atención con sus críticas a la manera en que se impartía la educación desde la naciente modernidad. También los poetas románticos y malditos no cayeron embelezados ante el atrayente garlito que significaba en su esencia la “ideología pedagógica occidental”.Para Lautréamont, por ejemplo, el educador es un embrutecedor y su relación con el joven sólo puede concebirse en términos que hoy designaríamos como relación “sadomasoquista”. El mismo Oscar Wilde definió al educador como “el azote de la esfera intelectual”: “así como el filántropo es el azote de la esfera ética, el azote de la esfera intelectual es el hombre ocupado siempre en la educación de los demás”, rubricaba este hombre de letras.

Románticos y malditos tenían más razón de la que ellos mismos eran capaces de imaginar. Hoy, en el contexto histórico de la crisis indefectible del Proyecto Moderno, bajo las coordenadas de lo que algunos autores denominan como reflujos de la Modernidad”, o si se quiere, Posmodernidad, todas las ideas y todas las figuras heredadas de la Ilustración decimonónica son sometidas a una crítica radical. Es en este orden que Ulrich Beck estima que vivimos rodeados de “zombis”, atrapados en categorías e instituciones “zombis”, realidades que están, a la vez, vivas y muertas. La familia, la clase, el sindicato, etc. son ejemplos de “instituciones zombis”. También la Escuela es una institución “zombi”; y la figura moderna del Educador, desde el punto de vista de la teoría crítica y de la praxis contestataria, está asimismo “más muerta que viva”, aunque vive de hecho.

Como sabemos, la universidad durante la modernidad fue la institución del saber, de la formación de intelectuales, científicos, ideólogos. La universidad posmoderna devino en formación de técnicos. Lo que tenemos en la universidad privada son industrias que modelan técnicos estandarizados –o un proletariado letrado- bajo un modelo de mercado. Este mercado universitario, sin embargo, está regido más por la oferta que por la demanda; de otro modo no serían necesarias las ingentes inversiones publicitarias. No son los futuros estudiantes o el campo laboral el que orienta este mercado; son decisiones comerciales, acaso de gestión, al interior de las propias instituciones. Es un producto sin satisfacción garantizada que puede, como todos aquellos artefactos de plástico desechables, generar externalidades negativas. La saturación de profesionales en tantas áreas de la producción es una muestra palmaria de la distorsión de este sector.

La publicidad universitaria se nutre de un imaginario colectivo que no tiene asidero en los cambios de la sociedad. Las instituciones privadas se presentan como la escalera de ascensión social, la que permitirá al futuro estudiante ingresar en las elites del saber, acaso de la producción. ¿Publicidad engañosa? Si nos rigiéramos por las estadísticas laborales, lo que tendríamos es una hueste de proletarios asalariados. No sólo tenemos una trampa publicitaria. El mercado puede también ser intrínsecamente perverso. Tal como sucede en la salud, sector liberalizado que hoy está en manos de un oligopolio. Tres grupos económicos farmacéuticos barrieron con la competencia y hoy detentan el 95 por ciento de las facturaciones. Control total sobre el mercado y, por cierto, sobre los precios de los medicamentos. Son los amos y señores de nuestra salud.

Esta misma lógica aplicada a la educación llevará a los mismos resultados. Ya tenemos antecedentes con la saturación de algunas carreras y con las debilidades financieras de algunas instituciones. Sólo falta que ingrese el capital internacional y también saque del escenario a los más frágiles. Como en todo sector expuesto al libre mercado, tarde o temprano tendremos una concentración, un virtual monopolio. Si en salud ha sido nefasto, en educación sería funesto. No sólo por los efectos sobre los precios, sino por el sesgo ideológico que ya expresan los financieramente más poderosos.

Cabe recordar que aquí en Chile, hacia el primer tercio del siglo veinte el historiador Francisco Encina reflexionaba sobre la proliferación de abogados y médicos, proceso que podría llevar, especulaba, a una sociedad mórbida y pendenciera. Sus aprensiones quedarían cortas al observar nuestra contemporaneidad. Hoy podríamos alertar de la emergencia de un ejército de disciplinados tecnócratas inhibidos de la capacidad de reflexión. Sin lugar a dudas, si Francisco Encina viviera hoy frente a la caótica proliferación de carreras universitarias, muchas de ellas de dudosa utilidad, simplemente estaría anonadado.

Por eso, afirmar hoy que la educación chilena –y la enseñanza superior en particular-, está en crisis se ha transformado en un lugar común. Los constantes conflictos del Estado con los profesores y las movilizaciones estudiantiles de las diversas universidades tanto particulares como públicas que desde 1997 se vienen produciendo en el país así lo confirman. Ello también se ve reflejado en las elecciones de autoridades en las distintas universidades, donde nuevamente el tema central es el tipo de universidad que se quiere construir y el rol que deben jugar en el desarrollo cultural del país.
?A su vez, el estudiante universitario, esclavo estoico, sujeto a un proceso performativo antes que formativo, se cree tanto más libre cuanto más lo ligan las cadenas de la autoridad. Al igual que su nueva familia, la Universidad, se tiene por el ser social más "autónomo" mientras que representa, directa y conjuntamente los dos sistemas más poderosos de la autoridad social: la familia y el Estado. Él es su hijo sometido y agradecido. Siguiendo la misma lógica del hijo sumiso, participa de todos los valores y mitificaciones del sistema, y los concreta en sí mismo. Lo que eran ilusiones impuestas a los empleados, se convierte en ideología interiorizada y conducida por la masa de futuros pequeños cuadros. Si la antigua miseria social ha producido los mayores sistemas de compensación de la historia (las religiones), la miseria marginal estudiantil no ha encontrado consuelo más que en las imágenes más desfiguradas de la sociedad dominante, la repetición burlesca de todos sus productos alienados.

El estudiante universitario, ese subproducto de enseñanza superior, no se da cuenta de que la historia altera su irrisorio mundo "cerrado". La famosa "crisis de la Universidad" parte de una crisis más general del capitalismo moderno; sigue siendo el objeto de un diálogo de sordos entre diferentes especialistas. Dicha crisis traduce simplemente las dificultades de un ajuste tardío de este sector especial de la producción a una transformación de conjunto del aparato productivo. Los residuos de la vieja ideología de la Universidad liberal burguesa pierden importancia en el momento en que desaparece su base social. La Universidad ha podido disfrutar de un poder autónomo en la época del capitalismo librecambista y de su Estado liberal, que le dejaba una cierta. libertad marginal. De hecho, dependía estrechamente de las necesidades de este tipo de sociedad: dar a la minoría privilegiada que estudiaba la cultura general adecuada, antes de que alcanzara las filas de la clase dirigente de la que apenas habla salido. De ahí el ridículo de los profesores nostálgicos, amargados por haber perdido su antigua función de perros guardianes de los futuros amos por esa otra, mucho menos noble, de perros de pastor, siguiendo las necesidades planificadas del sistema económico, guiando las hornadas de "cuellos blancos" hacia sus fábricas y oficinas respectivas. Son ellos quienes oponen sus arcaísmos a la tecnocratización de la Universidad y continúan suministrando imperturbablemente las sobras de una cultura llamada general a futuros especialistas que no sabrán que hacer con ella.

Las diversas facultades y escuelas, todavía adornadas de ilusiones anacrónicas, son transformadas de dispensadores de la "cultura general" a la medida de las clases dirigentes en fábricas de enseñanza rápida de cuadros inferiores y de cuadros medios. Lejos de oponerse a este proceso histórico que subordina directamente uno de los últimos sectores relativamente autónomos de la vida social a las exigencias del sistema mercantil, nuestros progresistas protestan contra los retrasos y desfallecimientos que sufre su realización. Son los defensores de la futura Universidad cibernetizada que ya se anuncia aquí y allí. El sistema mercantil y sus modernos servidores, he aquí al enemigo

Lo que se publicita no es un conocimiento o una técnica; es un gran simulacro –que es lo más falso de lo falso- del saber. Los alumnos son clientes que adquieren un producto o servicio y ambos actores están regidos por las leyes del mercado. La universidad es una frase publicitaria, un eslogan. Las estrategias de venta no difieren en mucho de las de un plan de salud, un seguro de vida, un cementerio privado… un automóvil.

Quizás la más evidente de las manifestaciones de esa crisis es que nuestras universidades se han ido llenando de propuestas profesionales “especializantes” que tienden a satisfacer las necesidades de la sociedad chilena globalizada en la perspectiva del neoliberalismo excluyente y marginalizador, que por exigencias del mercado obliga a las instituciones de enseñanza superior –Centros de Formación Técnica, Institutos Profesionales y Universidades y los pre y post grado correspondientes- a ofrecer contenidos avasallados por el pensamiento lineal de corto alcance y estrecho con predominio en la repetición de lo ya sabido, donde hay ausencia de desarrollo de nuevos conocimientos sobre la base de un pensamiento global, sistémico y crítico. Son profesionales “eficientes” y hábiles en la solución de problemas locales pero sin la perspectiva y la visión de lo global, dándole además la espalda a los problemas sociales que la introducción de los nuevos paradigmas tecnológicos le imponen a nuestras sociedades.

Es en este contexto, que la educación en nuestro país se presenta cualitativamente más deficitaria que nunca. No de otro modo se explica que los egresados de las escuelas, en sus diferentes niveles, presentan serias deficiencias en su formación académica. De partida hay encuestas muy decidoras al respecto. Concluyen que los jóvenes no saben comprender lo que leen, ni escribir correctamente lo que piensan. Aún más, no saben expresar y argumentar verbalmente sus ideas, se muestran incapaces de pensar por sí solos creativamente. Magros resultados para una educación que desplaza el estímulo a la creación por la mera memorización y su consecuente posterior repetición.
?Pero la crisis en la educación no sólo se da en el estamento universitario, sino que la misma no es más que el punto de cristalización respecto de una crisis que viene desde mucho más atrás. En efecto esta crisis ya se manifiesta en la educación parvularia, formación deficitaria que se asoma ya patente en dicho estamento.

En efecto, desde muy temprana edad, el niño, ese alumno recipiente de información, tiene poco o nada que ver con el niño que llega al pre-escolar, con ojos brillantes y curiosos, imaginativo e indagador. Sólo por un muy breve tiempo de su vida logra retener esas maravillosas cualidades para luego, gradualmente, comenzar una declinación de sus energías intelectuales, y la pérdida de la curiosidad y la exploración. Poco a poco, ese niño párvulo, por naturaleza activo e inquisidor, en los momentos que está abriendo los ojos al mundo, poco a poco deviene pasivo en la escuela. De este proceso se tiene que la escuela desarrolla y mantiene vigente un proceso de aprendizaje no pro-activo, sino pasivo e irreflexivo a la vez.

Todos nos hemos enfrentado alguna vez con situaciones que carecen de sentido y podemos atestiguar cuan perturbadora experiencia puede ser ésta. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a algo sin sentido, si estamos en imposibilidad de hallar indicaciones, lo evadimos o pedimos ayuda, en cambio, ante la misma situación el niño no sabe a quien volverse, simplemente porque él es enviado “allí”, y debe permanecer en aquel lugar junto con los otros. La escuela se convierte así en fuente de frustración de una necesidad importantísima. Pero es el caso, que por su naturaleza el niño desea una vida con experiencias significativas.

De otra parte, no es difícil observar que, en el aula, los docentes dedican mucho de su tiempo a “mantener la disciplina”, sobre todo en la enseñanza básica y media. Un grupo de alumnos callados, que no hagan muchas preguntas, que estén atentos y casi sin moverse, se considera como un grupo ideal de aprendizaje. Los supuestos subyacentes a este escenario son claros: al docente se le encarga que enseñe y tiene la responsabilidad que los alumnos aprendan. Los estudiantes tienen que atender permanentemente al profesor, quien es el poseedor del conocimiento, como algo externo y terminado, que el alumno debe “adquirir” a través de los sentidos: el oído predominantemente.

Así, en el aula, mientras los alumnos se sientan en sus pupitres, son inundados por una copiosa información sobre distintas asignaturas. Algunos minutos de matemáticas, otros de castellano para continuar con biología y así sucesivamente. De este modo, durante el día son sometidos s un intenso bombardeado de información sobre una y otra cosa sin la más mínima conexión, desconectado todo ello de la vida real. Al final el alumno sale con una embrolladera en la cabeza, incapaz de asumir la compleja realidad del mundo de afuera.

Tenemos que reconocerlo, la nseñanza tal cual se imparte en nuestro país adolece de serias deficiencias que caen dentro del ámbito descrito. No por casualidad los resultados de las últimas pruebas “Simce”, muestran estancamientos y retrocesos respecto de anteriores pruebas, no sólo en lo que respecta a los resultados de conocimientos y habilidades propiamente dichos, sino que, más grave aún, la distancia de rendimientos entre los sectores pobres y los opulentos se profundiza.

Y no podría ser de otro modo, porque las reformas que se han hecho a la educación han sido sólo eso, meras reformas que no atacan los fallos estructurales habidos en las orientaciones de los sistemas pedagógicos. No se fomenta la curiosidad para que el alumno aprenda por sí solo y logre ser más creativo. El niño se remite a apuntar y memorizar, sin que piense o analice para sintetizar la información. El uso de internet, que pudiera ser una gran ayuda, siempre se usa en el sentido puramente mecanicista para encontrar tal o cual dato que se le pide en la escuela. Pero es el caso que ese dato sólo se copia y se pega para presentarlo al profesor, muchas veces sin siquiera leer su contenido y para que decir, sin reflexionarlo, sin recrearlo, y tampoco sin criticarlo ni menos para dar curso a la creación a partir del dato obtenido. Toda la información que se entrega o recibe el alumno ya se encuentra cocinada, suprimiendo así la iniciativa de éstos a aprender a inferir y a relacionar los datos por su propia cuenta

De este modo, la manera de hacer aprender es la repetición: copiar, escribir, tomar apuntes del profesor todopoderoso; el lema ya no es "la letra con sangre entra" sino "la letra, por repetición entra". La creatividad queda amputada dejando paso al individualismo, la competitividad y la obediencia. Son los primeros pasos que se inculcan desde la infancia para que el niño devenga en un ser alienado, amputado de la posibilidad de sus propias dotes creativas, las cuales son opacadas, minimizadas por un sistema educacional que se vuelve mecanicista, eminentemente repetitivo. En este orden, los halagos y premios no son pocos para los "niños buenos", que son los más sumisos, hasta hay un porcentaje de la nota para castigar a los rebeldes y premiar a los que obedecen sin rechistar.

Ahora bien, si bien es cierto, aportar más recursos económicos, construyendo más escuelas y comprar más computadores, es una necesidad que requiere nuestro sistema de enseñanza, la crisis de la enseñanza en los colegios de nuestro país tiene raíces más profundas. Esto quiere decir que no basta tal o cual reforma, sino un cambio radical en los parámetros fundamentales que la sustentan. Por de pronto, volver al antiguo modo de formación del profesor, es decir a partir de un sentido verdaderamente vocacional, la que se impartía a través de las “escuelas normales” y los institutos pedagógicos. Ahora, existe una proliferación de universidades particulares que imparten pedagogía, muchas de ellas entregando una dudosa formación profesional en lo que importa es la rentabilidad. Proliferan las universidades de pura tiza y pizarrón en que la vocación poco importa, y la formación se reemplaza por la “enseñanza de repetición”.

Y no sólo están los problemas propios que hacen deficitario los sistemas de enseñanzas; eso es sólo la punta del iceberg de un problema mucho mayor que está constantemente presionando sobre ella. En este punto necesariamente tenemos que denunciar el sistema capitalista que nos enmarca y las profundas diferencias sociales intrínsecos a dicho sistema. Para nadie es misterio, que en las escuelas de nivel básico muchos de los niños asisten sólo bajo el interés de acceder a un desayuno y un almuerzo; en lo tocante a la enseñanza propiamente dicha, “no están ni ahí”. ¿Cómo incorporar realmente a estos niños?... ¿Cómo encantarlos? A decir verdad, si provienen de hogares destruidos, en que los padres son alcohólicos y drogadictos, y más aún se encuentran cesantes, y peor aún, si han caído en el mundo de la delincuencia, no hay sistema educacional alguno que pueda incorporarlos realmente en el actual sistema imperante. Un proceso educativo para que pueda ser entregado, efectivamente, dentro de un concepto de igualdad de oportunidades, requiere para ello que el problema deficitario económico, social y cultural en las familias chilenas se atiendan y resuelvan radicalmente y no formalmente con meras reformas.

Sabemos que las exigencias provenientes de los sub-sistemas sociales, comenzando por el económico, han planteado demandas precisas de tipo cualitativo al egresado de la educación. Se hace hincapié en la necesidad, cada vez más apremiante, de contar con individuos reflexivos y creativos para la toma de decisiones cada vez más complejas que impone la cada vez más aguda competencia entre países y bloques económicos. Los problemas de carácter global, por su carácter, imponen y exigen la reflexión y la creatividad para enfrentar a gran escala temas como el daño ambiental, la sobrepoblación, y sobre todo, las expectativas crecientes frente a los recursos en disminución, y la competencia económica con énfasis en la calidad.

Esto quiere decir que las exigencias sociales externas presionan al sistema educacional en todos los niveles, siendo el más sensible el universitario, seguido del técnico profesional intermedio, pues son niveles terminales en relación directa con las exigencias del mercado de trabajo. La universidad y la escuela técnica presionan sobre el nivel secundario intermedio con exigencias precisas de calidad y el eco resuena alcanzando a la básica, donde descansa la formación de habilidades básicas para la lectura, escritura y matemática. Los errores y déficit en el nivel primario se pagan a lo largo de toda la enseñanza, aunque sean suplidos posteriormente.

Así, en América Latina la tarea educacional tiene un doble carácter; por una parte, se necesita resolver los problemas de injusticia social, derivados de las condiciones socio-económicas vigentes, y de otra, avanzar hacia el objetivo mundial de desarrollar la calidad de la educación. En este empeño gran parte de los intentos de corrección de las deficiencias educativas, que han actuado con un carácter remedial, deben su menor éxito a la parcialidad y asistematicidad de las modificaciones introducidas. Cambios ejercidos de manera fragmentada sobre distintos componentes del proceso.

Es en este orden que es importante atender a aquello que señala la ensayista argentina Beatriz Sarlo respecto a los parámetros esenciales que deben estar explícitos en los sistemas educativos en todos sus niveles: "...la escuela -dice- no debe ser sólo una prolongación de la vida cotidiana, que fluye sin cortes entre la calle y el aula, sino un lugar donde la cultura cotidiana, de algún modo, se interrumpe para que puedan entrar otras culturas, otros saberes y otras actitudes. La escuela es lo otro del mundo del juego e idealmente debería ser lo otro del mundo de la necesidad y la carencia. Los chicos van a la escuela porque deben apropiarse de algo que es completamente diferente a ellos, a sus costumbres y, en general, a sus inclinaciones trabajadas por los diferentes medios que consumen tanto en Palermo Chico como en la villa. Si la escuela no ofrece los elementos para realizar ese corte y no le da a los chicos algo distinto de aquello que traen de otra parte, no está cumpliendo con su función”.

Claro está, que estas premisas básicas señaladas para el proceso educativo van a encontrar su gran dificultad por la forma en que se encuentra estructurada la sociedad actual, y con ello el modo como influyen los organismos e instituciones creadas desde los grupos de elite que se encuentran en el poder. Ya Michael Foucault (2000) sostenía la existencia de una sociedad disciplinaria que desarrolla una tecnología más que una ideología, y ello instaura una identidad homogénea entre sus miembros. La sociedad disciplinaria ha instalado máquinas de producción de sujetos, las instituciones modernas, las cuales disciplinan a hombres y mujeres generándoles hábitos, respuestas inconscientes a normas abstractas y positivas, a un deber ser que los marca y los crea. En lugar de reprimir, forma, conforma y habitúa. El principio de esta sociedad es la norma, y cuando el sujeto se desvía de la misma, aun sin conocerla, es castigado configurando así su aprendizaje e interiorizando la normatividad en su propio cuerpo. Los sujetos se tornan en instrumentos dóciles, obedientes, aptos para trabajar, al disociar las fuerzas corporales, aumentarlas en su sentido económico y disminuirlas en su sentido político. El cuerpo será, así, un objeto útil, ya que todas sus fuerzas estarán dedicadas a la producción y el trabajo, lo que le restará potencia para oponerse y resistir.

El control y el aprendizaje comienza en la familia, continúa en la escuela, se extiende a la fábrica, la colonia, las zonas de esparcimiento, de diversión y de juego y puebla las calles de la ciudad. Es casi imposible no estar sometido a algún tipo de normalización e institucionalismo; es poco probable que logremos ser entes individuales con identidad propia. Según Foucault: el individuo “no posee un pensamiento propio, ya que es el lenguaje que otorga la red a través de la cual piensa, red que lo atraviesa y lo obliga a pensar en cierta forma; tampoco tiene palabra, la palabra siempre es ajena; no posee un cuerpo propio, sino que fue inventado por la sociedad disciplinaria” . Y de esta realidad -al que acertadamente apunta Foucault-, la escuela y el profesor difícilmente pueden desaprenderse, por el contrario, se encuentran prisionero de ese fatal círculo.

Es en este contexto que el profesor viene a ser un eslabón más constituyente de un cuerpo social que se encuentra alojado en la escuela. Por más que lo desee, el profesor no podrá desembarazarse de la realidad estructural asfixiante que lo rodea. Por eso, y excúseme el profesor, esa autoridad al que el niño y adolescente debe seguir ciegamente, no sería ninguna mentira decir que casi la totalidad de los profesores están aborregados pedagógicamente. Y no es que ellos conscientemente quieran estarlo, sino que las estructuras del sistema capitalista, quiéranlo o no, lo determinan en tal condición. Es decir, que el profesor como parte constituyente de la escuela, como un eslabón más que forma parte de las instituciones societarias creadas a modo de reproducir las condiciones existentes en la sociedad de clases, poco o nada podrán hacer para romper ese acerado corsé sobre el cual se encuentran prisioneros. Con todo, lo poco o más que se pueda hacer para romper esta condición, está en manos del profesor poder así hacerlo quien por su situación privilegiada (intelectualmente hablando), es el que puede hacer el aporte mayor, si es que orienta su quehacer no sólo en el sentido estrictamente pedagógico educativo, sino que priorizando el proceso formativo del educando.

Esa es la cruda realidad,… ¡y aún más! En la escuela los burgueses aplacan uno de sus peores miedos: la lucha de clases. En efecto, al niño se le enseña a respetar la autoridad, a ser amigo del que le oprime; el profesor sería como el patrón, como el burgués y el alumno como el obrero, si de pequeño nos enseñan a ser amigos de los que nos joden, si de pequeños nos enseñan que la rebeldía es mala, si desde pequeños aplacan nuestra curiosidad, nuestra creatividad y nuestra libertad mental. Entonces, es hora ya de empezar a pensar en un cambio radical en el modo de impartir las enseñanzas en los colegios. Una reformita por aquí, y otra por allá, un computador por aquí y dos computadores más allá, son meros paliativos y nada más que eso

A manera de conclusión termino con una reflexión de Pedro García Olivo, introducida en “Reflexiones en torno a la figura moderna del Educador”, en la que señala lo siguiente: “ En un célebre pasaje “anti-humanista”, Foucault sugería que, frente a todos los que todavía nos quieren hablar del Hombre, de sus necesidades, de su condición, de sus miserias y hasta de su liberación, sólo cabe oponer ya una “sonrisa”, una “sonrisa filosófica” y, en cierto sentido, silenciosa. A mí me anima un temperamento distinto: ante el Educador, que sigue siendo el especialista en hablar del Hombre, en trabajar para el Hombre, en obtener sus medios de subsistencia y sus claves de reconocimiento social a partir de una labor infame sobre la conciencia ajena y un parloteo adormecedor en torno a la “verdadera humanidad de los seres humanos”, ante esa figura moderna de la colonización mental y de la heteronomía moral, en absoluto voy a responder con una “sonrisa”, y mucho menos con una u otra forma de “silencio”. Contra el Educador, frunciré el ceño, al modo del “filósofo del martillo” (Nietzsche), y levantaré airada mi voz”….
… “A la crítica de la figura moderna del Educador pretendo contribuir, mostrando su pertenencia a una lógica tardo capitalista de la dominación que se manifiesta en las más diversas esferas sociales: mundo del trabajo, prisiones, relaciones familiares, etc. Lógica que oculta o disfraza el ejercicio del poder, dulcifica las relaciones de explotación y convierte al objeto de la opresión en sujeto de la misma, en garante de su propia subordinación.


FUENTES:

**El azote de la esfera intelectual. Reflexiones en torno a la figura “moderna” del Educador (De Pedro García Olivo). Publicado en www.lahaine-clajadep.org

** Sobre la miseria en el medio estudiantil. Varios autores. (Barcelona, Icaria, 1977)

**¿Qué sucede en la escuela hoy?. Versión original (De Hernán Montecinos)

** El porvenir de nuestros establecimientos educacionales (Federico Nietzsche).

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