Memoria que necesitamos todos

Juan Carlos Marin

Publicado el: 11/09/07


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Creo oportuno como piedra fundacional de este Centro, recordar a todos aquellos que lucharon antes, durante y después de los acontecimientos de setiembre de 1973. Aquellos que lo hicieron por lograr una creciente igualdad social en la conquista y defensa de una democracia para todos.


Memoria que necesitamos todos

Les agradezco a todos la decisión de hacerme presente aquí, iniciando las actividades de este Centro de Estudios de la Memoria y los Derechos Humanos.

Espero no defraudarlos.

Creo oportuno como piedra fundacional de este Centro, recordar a todos aquellos que lucharon antes, durante y después de los acontecimientos de setiembre de 1973. Aquellos que lo hicieron por lograr una creciente igualdad social en la conquista y defensa de una democracia para todos. Fueron muchos. Para nosotros, aún lo siguen siendo. Los tenemos presentes a todos, en la complejidad y la diversidad de sus luchas. Deseamos compartirlos con todos los que de la necesidad de un conocimiento riguroso del pasado perfilan el arma de la crítica radical del presente.

Que nadie se equivoque, no es la nostalgia de nuestro pasado la que nos convoca, es nuestra disconformidad con el presente la que nos ha reunido aquí en la tarea de construir y hacer presente la memoria.

Necesitamos recordar para comprender y superar en el presente la aparente contradicción entre el ocaso de las ilusiones del pasado y la determinación de prolongar las luchas por lograr un presente más humano. Todos somos la resultante de nuestro pasado. Necesitamos comprender la raíz de nuestra diversidad y la determinación y legitimidad de nuestra disconformidad con el presente. La historia no se repite pero siempre nos alcanza en su resultante.

La construcción de un conocimiento del pasado no es una tarea sencilla. Mucho menos aún cuando se trata de un pasado tan cercano, que casi coincide con lo inmediato. Las experiencias personales fundadas en el dolor no son buenas consejeras. Pertenezco a una generación que tuvo que hacerse y construirse en medio de inhumanos y formidables exterminios y convivir con ellos. Costaba admitirlo pero así era: la brutalidad nos rodeaba y había que comprenderla pero también enfrentarla para superarla y seguir viviendo. Pero ahora, reconozco con humildad y debo decirlo, que si bien el recuerdo del dolor y el sufrimiento es dignificante no es la mejor forma del conocimiento con que debemos construir nuestra memoria. Porque una memoria solo personal, fundada sólo en el recuerdo del dolor y el sufrimiento no alcanza, no es suficiente ayuda para enfrentar el conocimiento de todo lo aberrante que hemos vivido. Tal vez incluso sea al contrario: es posible que ante la más mínima amenaza de retorno de una situación semejante, el recuerdo del dolor y la actualización de nuestros sufrimientos nos aterroricen y nos lleven a desear firmemente el olvido de todo ello, a intentar fugarnos de lo inmediato y, con ello, sin saberlo, ampliar nuestra indefensión ante la amenaza de una reiteración del horror.

Como ustedes saben, el recuerdo y la memoria dependen sobremanera del modo y del grado de nitidez de nuestro conocimiento actual acerca de esas experiencias.

En otras palabras, asimilamos los golpes y los acomodamos en función de lo que ya sabemos acerca de ellos: nos sorprende, sin duda, cuando se producen, pero de inmediato los incorporamos, a veces para tranquilizarnos, a veces, como ahora, para hacer algo respecto de ellos. En ese sentido, el conocimiento de las condiciones y modos constitutivos de masacres como por las por ustedes sufridas, no nos es inmediatamente dado, no es un producto, una resultante directa a partir de nuestra experiencia de esas situaciones. Ni aún en nombre de la experiencia vivida de aquellos que la padecieron de manera inmediata y directa y lograron sobrevivir a su brutalidad. Porque antes de la masacre, cuyo recuerdo y exigencia de justicia nos convoca aquí, vivimos y oímos de muchas otras... Es decir, las asimilamos y acomodamos – las normalizamos- a dichas experiencias en función de nuestros sistemas de construcción y asimilación de conocimientos acerca de ese tipo de procesos.

Me pregunto, en esos momentos dramáticos del pasado, ¿estábamos en condiciones de reconocer la amenaza que nos acechaba? ¿Nos habíamos preparado para ello?

¿Conocíamos y sabíamos reconocer las condiciones en que se generan esas masacres? ¿Estábamos alertados?

En verdad, podríamos comenzar a intentar responder a estos interrogantes instalándonos en lo que era, en esos momentos, nuestra historia más cercana y universalizada

¿Nos era tan lejano el genocidio sucedido en Europa en la llamada segunda guerra mundial? Y también las referencias a los exterminios sucedidos en Yakarta, cuyas palabras fueron escritas en las paredes de las calles de Santiago mucho antes de septiembre del 73. ¿No constituían una advertencia nítida y clara acerca de la masacre que nos amenazaba?

Acaso el proceso que en Alemania llevó finalmente al genocidio de judíos, ¿no había comenzado con el aniquilamiento previo de todos aquellos que luchaban por construir condiciones de vida más humanas e igualitarias para todos?

Una sociedad que se funda crecientemente en la injusticia social, ¿no es acaso el territorio natural de las luchas sociales y políticas por lograr condiciones humanas para todos?

Cuándo los que combaten por crear condiciones más humanas de vida, son aniquilados, ¿no se están creando acaso las condiciones de un próximo y generalizado exterminio de todos los que luchan por humanizar el orden social?

Si no registramos esos procesos, si ellos no se constituyen y se integran como conocimiento acerca de la génesis de las masacres y los genocidios, nos estamos desarmando; y con ello, preparamos nuestra impotencia para reconocer una, al menos, de las condiciones de la próxima masacre.

Vivir, convivir con y aceptar la injusticia social como una forma natural de vida es, tarde o temprano, crear las condiciones de una próxima catástrofe. Es una cuestión de responsabilidad. Por eso me atrevo a señalar que las masacres y los genocidios que se han producido en nuestros territorios y que residen en nuestra memoria también ocupan un espacio sustantivo en el complejo proceso social en el que se desenvuelven las luchas sociales libertarias.

No constituyen necesariamente un efecto buscado por quienes ejercen y prolongan esas luchas libertarias. Pero así lo suelen entender quienes en nombre de la defensa del orden y de la obediencia debida combaten a esas luchas; ellos asumen el exterminio como el instrumento finalmente categórico del combate.

Es en esa cultura genocida y en las condiciones sociales que la reproducen y buscan ampliarlas, en dónde debemos concentrar nuestra capacidad de observación y reflexión para orientar nuestra capacidad de investigar y conocer la génesis de esos procesos y sus modos de desenvolvimiento.

Me solidarizo con ustedes en vuestro reclamo de construir un conocimiento fundante de una memoria que necesitamos para luchar hoy. Pero no quiero olvidar que la precondición de esa lucha por el conocimiento y la memoria, es nuestra más profunda solidaridad con la lucha de todos los desposeídos, estén donde estén. Una memoria activa nos exige no sólo reclamar justicia sino también saber más de todo esto... para no desarmarnos ante lo que no ha dejado de producir injusticias ni nos ha dejado de amenazar.

Quiero hacer presente y recordarles a todos, la declaración que nos hicieran los participantes del XXII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, realizada en Concepción/Chile en 1999,

"los científicos sociales no pueden limitarse a la realización de un diagnóstico de sus sociedades, sin conocer y enfrentar las múltiples dimensiones en que se ejerce de manera inhumana y arbitraria el monopolio legal de la violencia en nuestro continente. Postulamos así la urgencia de colaborar en la construcción de un juicio moral que haga posible la ruptura con las formas de obediencia acrítica a la autoridad, haciendo observable y promoviendo la desobediencia debida a toda orden de inhumanidad."

Este orden social, este, en el que vivimos, construye todos los días y durante todas sus horas victimarios potenciales. Con o sin uniformes, eso no es lo sustantivo. Lo sustantivo, del ordenamiento social dominante, es el mandato moral que logra instalar en cada uno de nuestros cuerpos una moral de la obediencia anticipada a ejercer el castigo. Lo instala en un proceso social normativo en muy diversas escalas de la vida social, de manera constante y lo hace de modo tal que no es evidente para la gran mayoría: normaliza la moral de la obediencia y el castigo como instrumento central de la reproducción de su ordenamiento social.

Es una moral de la obediencia anticipada con que cuentan los poderes establecidos. Es, a su vez, una moral del ejercicio del castigo. Es una moral que actúa instantáneamente, no necesita reflexionar; ha sido construida con una sensibilidad de reflejos inmediatos, a obedecer y a castigar. Dos caras de una misma moneda de la normalización del autoritarismo social. Al mismo tiempo que construye la capacidad y la normalización del orden social, construye la capacidad de que todos sean gendarmes de ese orden social, con o sin uniformes.

Actúa inmediatamente ante todo indicio de resistencia humana a la inhumanidad de nuestro orden social. Es un operador exitoso, cuya historia es más que milenaria, permanentemente actualizada en el desenvolvimiento evolutivo de todas las formaciones sociales que hemos conocido y que aún se fundan en el monopolio del ejercicio de la fuerza material.

Debemos aprender a desarmar esa moral. Debemos conocer sus raíces y sus modos de irradiación en los cuerpos. Debemos estudiar e investigar de qué manera construir y difundir una moral de la desobediencia a toda orden de inhumanidad.

Para ello, es imprescindible reconocer que sabemos poco y necesitamos saber más acerca de esos procesos y del modo en que se intentaron resolver, en el pasado, las contradicciones del orden social. Comprender que no podemos convocar y acudir a una memoria que ha demostrado ser indefensa en su capacidad de reconocimiento anticipatorio del desencadenamiento de una complejidad social cuya resultante ha sido una tragedia.

Una memoria activa solo puede constituirse a partir de avanzar en la construcción de investigaciones que logren un conocimiento riguroso que nos ayuden a desentrañar cuáles fueron los procesos constitutivos que desencadenaron y originaron estas resultantes trágicas. Que también nos ayuden a comprender como operan hoy día sus efectos. Pues a nadie puede –ni debe- escapársele que, sin este conocimiento, corremos el riesgo de normalizar el pasado.

Lo que sucedió aquí en Chile, no puede ni debe ser subsumido con relación a lo que ocurrió en gran parte del territorio latinoamericano en esas décadas. Sería caer en el campo de las analogías falsas por supuestas y aparentes semejanzas. Es verdad que en todos los casos tuvimos en común a muchos de nuestros victimarios extranjeros y eso nos puede llevar al error de creer que sucedió lo uno y lo mismo en cada uno de nuestros territorios. Pero las fuerzas victimarias que operaron del campo internacional lo hicieron en nuestras historias y estructuras sociales muy diversas preexistentes en nuestros países.

Importante aclarar que no produjeron cuantitativa ni cualitativamente la misma identidad de victimas en cada uno de nuestros territorios ni la resultante de dichos procesos son comunes. Es imprescindible rescatar la identidad y la singularidad de cada uno de estos procesos vividos en el marco nacional pero que expresaron parte de un proceso internacional de enorme complejidad de mediados del siglo XX. Formaron parte del modo en que se resolvieron contradicciones inmanentes del proceso de crecimiento y expansión territorial de la formación social capitalista a escala mundial.

Solo es cierto, con certeza, que en todos los casos, el carácter capitalista de nuestras sociedades crecieron cualitativamente en la instalación de nuevos modos y nuevas formas de relaciones sociales dominantes a partir del dominio que otorgó la indefensión ciudadana que crearon. En la actualidad el costo de esas resoluciones de las contradicciones inmanentes aún las estamos pagando.

Espero que la decisión de todos ustedes de crear este Centro nos dé no solo la alegría de encontrarnos en tareas semejantes sino también la certidumbre de contar en breve con la fuerza de un conocimiento acerca de lo sucedido en Chile, con el cual puedan pertrecharse todos los que luchan hoy, por el ejercicio de una moral justiciera y libertaria de los derechos humanos.

Deseo y espero que logremos avanzar de manera solidaria con la fuerza de la razón que nos une, en nuestra convicción, de que el uso de la violencia en cualquiera de sus formas es inhumana para quien la recibe e irreversiblemente destructiva de la humanidad de quien la ejerce. Que quienes trabajen en esta empresa de la Memoria y los Derechos humanos puedan instalar con claridad la importancia de no caer en la trampa de la espiral de la guerra. Ayudar a que se comprenda que el uso de la fuerza moral es -en realidad- la única forma de acción que tiene la capacidad de transformar la inhumanidad de las condiciones materiales y sociales. Que se comprenda que la capacidad de construir esa fuerza moral se funda en la radicalidad posible de avanzar en la construcción del conocimiento de las condiciones que reproducen incesantemente a esta inhumanidad. Que el uso reflexivo -colectivamente realizado- de ese conocimiento es el que genera la posibilidad de encontrar las acciones con capacidad estratégica de construir y usar la fuerza material de una moral capaz de colaborar incesantemente en la humanización de nuestra especie.

Por último, quiero terminar, recordando a dos grandes luchadores en la historia de nuestra humanidad, en primer lugar, recordando con sus palabras a quién nos anticipó y advirtió acerca de la fuerza material de esta dimensión moral de la realidad social que nunca debiéramos olvidar,

"Cierto es que el arma de la crítica no puede suplir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrotado por el poder material, pero también la teoría se convierte en poder material cuando prende en las masas. Y la teoría puede prender en las masas a condición de que argumente y demuestre ad hominen, para lo cual tiene que hacerse una crítica radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo."(Marx, K, 1834/44). ?
Y ahora sí, finalmente y para evitar malentendidos acerca de mis determinaciones y convicciones que espero poder compartir con ustedes, decirles y hacerles presente las palabras –que también hago mías- de un gran luchador como lo fue Mahatma Gandhi, quien siempre luchó con la fuerza de sus razones y la fuerza de esas razones en la presencia de las masas, nos dijo Gandhi,
?"No tengo ningún reparo en decir que, cuando sólo es posible elegir entre la cobardía y la violencia, hay que decidirse por la solución violenta (...) Preferiría mil veces correr el peligro de recurrir a la violencia antes que ver cómo castran a una raza" (MKG) ?
Espero no haberlos defraudado, gracias,

Juan Carlos Marín
Septiembre 11 de 2007



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