Fronteras y enemigos

Javier Saenz

Publicado el: 07/07/07


       Facebook               Texto en Word 


    


El Estado atesora con cariño discursos, datos, monumentos, y leyes para mostrarnos que tiene una esencia, una unidad que conservar a toda costa; la verborrea franquistoide de nuestros gobernantes actuales sobre la integridad de la Patria es una pequeña muestra de este antiguo afán.


FRONTERAS Y ENEMIGOS

Javier Sáez

La búsqueda de la famosa identidad da lugar a comportamientos casi patéticos. La identidad nacional siempre se configura por medio de la delimitación arbitraria del terreno y del señalar a "el otro país" como el enemigo, el diferente, el coco que nos quiere comer. Esta ficción de las identidades se reproduce al menos en tres registros: el Estado, el sujeto y la lengua, y en los tres muestra siempre el mismo fracaso.

El Estado atesora con cariño discursos, datos, monumentos, y leyes para mostrarnos que tiene una esencia, una unidad que conservar a toda costa; la verborrea franquistoide de nuestros gobernantes actuales sobre la integridad de la Patria es una pequeña muestra de este antiguo afán. Ello fundamenta una doble segregación: hacia fuera (el enemigo, los moros que nos van a invadir) y hacia dentro (los independentistas que quieren romper la eterna e inmutable unidad de la Patria). Mi país contra "los extranjeros".

El sujeto, en otro registro, padece una enfermedad parecida, que no se llama patria sino "el yo". El descubrimiento freudiano puso de manifiesto que el sujeto no nace con un "yo", sino que éste se configura en su historia de forma imaginaria. Esta ortopedia para intentar consolidar el "yo" pasa por el nombre, el sexo, los ideales, las creencias, la esperanza, la religión y otras estrategias que intentan suturar la ausencia de ser propia del sujeto. La psicología y la psiquiatría trabajan sobre el sujeto para reforzar el "yo", y mantenerlo en la ignorancia sobre su deseo. Este proceso produce otro fundamento de la segregación: hacia fuera, contra los que no son como "yo", al otro, al diferente; hacia dentro, contra sí mismo, al no querer saber nada de que no hay saber sobre el sexo. Yo contra "el otro".

El discurso sobre las lenguas es otra práctica similar: la lingüística se ha encargado a lo largo de la historia de compartimentar las lenguas, de ensalzar algunas como "verdaderas" y de sentenciar a otras como "degeneradas variantes o dialectos", de imponer un bien hablar, una gramática, una ortografía. Esta política ha contribuido a la extinción de muchas lenguas, y a acomplejar a los hablantes cuya lengua no coincide con la "verdadera". El diferenciar de forma estanca las lenguas atrofió la investigación, pues cada lingüista se dedicaba a marcar las diferencias en vez de estudiar lo que tenían entre sí. Gracias a Chomsky sabemos que el inglés o el castellano no existen, son manifestaciones a nivel superficial de principios gramaticales universales. Esta concepción revolucionaria permite por un lado respetar a todas las lenguas, y por otro cuestionar la segregación hacia "el que habla otra lengua". Mi lengua contra "las otras lenguas".
Serres dice que no hay nada más ingenuo e inútil que poner nombres a los mares para intentar delimitarlos. El agua fluye por todo el territorio y no respeta fronteras, como el conocimiento y los saberes. Separarlos -la labor de la universidad- sólo puede conducir a la ignorancia. Del mismo modo, el deseo de consolidar Estados, sujetos y lenguas verdaderas tiene más que ver con la muerte que con otra cosa.


GENEALOGÍA DEL RACISMO.


¿Dónde encontrar un análisis del racismo que no nos remita a cuestiones como la ideología, el miedo al otro, el capital, el fascismo o la religión? En la obra de Foucault, en el recorrido que, por medio del método genealógico, realiza a través de la historia para recuperar su memoria y articularla con las luchas que han tenido lugar en ella. Este itinerario desemboca en la noción foucaultiana de "biopolítica", que posibilita la aparición de un nuevo funcionamiento del racismo. Éste no será ya un fenómeno lateral, sino un mecanismo fundamental del Estado desde el siglo XIX hasta hoy. Esta nueva concepción del racismo aparece vinculada a la aparición del primer discurso histórico-político de Occidente, la contrahistoria, que concibe la política como la continuación de la guerra por otros medios. Foucault analizó el origen de este discurso y sus implicaciones en el curso que impartió en el Collège de France en 1976, y que ha sido publicado recientemente bajo el título Genealogía del racismo.


1. Genealogía y poder: la guerra como principio de análisis del poder.

Foucault sitúa el origen de la genealogía en la confluencia de unos saberes que habían estado sometidos hasta hace poco y que inician lo que él denomina una "insurrección". Hay dos tipos de saberes sometidos: los contenidos históricos que fueron marginados por las grandes teorías globales de tipo funcional o sistemático (la erudición será el instrumento de aparición de estos contenidos), y los saberes "bajos", descalificados por incompetentes: se trata del saber del enfermo, del delincuente, del psiquiatrizado, etc. El acoplamiento de estos dos tipos de saberes es la genealogía , "redescubrimiento meticuloso de las luchas y memoria bruta de los enfrentamientos" .

En contra de las teorías del poder que identifican a éste esencialmente con la represión (de instintos, de una clase , de individuos, etc), hay otro planteamiento que concibe el poder en términos de lucha, de enfrentamiento. Desde este punto de vista, el poder es básicamente guerra, de manera que queda invertida la afirmación de Clausewitz según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. A partir de aquí encontramos una desvalorización del concepto de represión, ya que para Foucault los mecanismos de las formaciones de poder van mucho más allá de esta simple noción; en su lugar, elige la guerra como principio de análisis de las relaciones de poder, poniéndolo en relación con el Derecho y con la verdad (entendida como efecto producido por el poder).

La genealogía, que Foucault ya ha empleado en Vigilar y castigar y en El orden del discurso , supone una nueva concepción del poder basada no en criterios de soberanía y Estado, sino de técnicas y tácticas de dominación diversas. En este marco, destaca un nuevo tipo de poder que surge en el siglo XVII -y que llega hasta nuestros días-, el poder disciplinario, que se aplica sobre los cuerpos para extraer de ellos tiempo y trabajo por medio de la vigilancia. Por otra parte, en el siglo XIX se configura otro poder cuyo discurso que no es el del Derecho, sino el de la regla natural, el de la norma; el código de la normalización, distinto y complementario del de la disciplina, fundamenta las ciencias humanas, por medio de un saber de tipo clínico. Dos son pues los campos donde se despliega el poder: el de la soberanía y el de la disciplina. El efecto que le interesa a Foucault de estos dispositivos de poder es el de "la fabricación de sujetos" .

2. De la guerra de las razas a la protección de la raza.

El estudio de los operadores de dominación desemboca en las relaciones de fuerza, y éstas, en la relación de guerra. Foucault no intenta demostrar que se deban explicar las relaciones sociales en función de la guerra. Lo que va a hacer es poner de manifiesto la aparición de discursos que han mantenido esta posición, la emergencia de un nuevo discurso histórico-político sobre la sociedad, y sus implicaciones. Para este discurso, nacido a finales del siglo XVI, la guerra es una relación social permanente, la base de las instituciones y de las relaciones de poder. Y es además un discurso ambiguo, ya que será utilizado en Inglaterra por grupos burgueses y populares como instrumento de lucha contra el poder, y en Francia por los aristócratas como reacción contra la monarquía absoluta. También los biólogos racistas de fines del XIX apelarán a un sustrato de guerra.

Según este discurso la ley nace de conflictos, de la violencia de las luchas, de la guerra, que continúa viva incluso después del establecimiento de los Estados. Una consecuencia importante de esto es que entonces la sociedad está atravesada por esta lucha, ya no hay un sujeto neutral, sino que el que enuncia la historia está dentro del proceso bélico, defiende una posición u otra según su lugar en la batalla. El origen de la historia queda remitido a hechos de tipo violento, caracterizados por el vigor, la fuerza, la presión de una raza sobre otra, en definitiva, por una relación binaria que organiza la guerra de las razas.

Esta teoría de la guerra de razas va a desarrollarse en dos direcciones, una biológica y otra de clases. Lo que le interesa a Foucault es mostrar cómo un discurso que inicialmente apareció descentrado, como ataque al poder establecido, es adoptado con el tiempo por este poder, es incorporado y utilizado desde el centro. Pero antes se ha producido un cambio fundamental: de un planteamiento inicial que distinguía una raza exterior y otra interior (en el caso de Inglaterra, la de los normandos invadiendo territorio habitado por sajones; en Francia, la de los germanos contra los galos), se pasa a la idea del desdoblamiento de una misma raza dentro del cuerpo social en una super-raza y en una sub-raza, es decir, hay una raza verdadera (vinculada al poder y a la norma) y una "contra-raza" que amenaza el patrimonio biológico: aquí toman asiento los discursos biológicos del XIX sobre la degeneración, que avalan la segregación de todo lo que puede poner en peligro a la sociedad. El salto que supone esta nueva concepción es importante porque fundamenta la aparición, a comienzos del siglo XX, del racismo de Estado, "de un racismo que una sociedad ejercerá contra sí misma, contra sus propios elementos, contra sus propios productos, de un racismo interno -el de la purificación permanente- que será una de las dimensiones fundamentales de la normalización social" .

Foucault sitúa la aparición del racismo en sentido propio en el momento en que se produce esta reconversión del discurso de la lucha de razas en un discurso biológico de lucha por la vida. La sociedad antes dividida internamente por cuestiones de raza lo está ahora por la amenaza de elementos heterogéneos, los desviados que produce accidentalmente la sociedad. Así, el Estado cobra un nuevo papel: el de protector de la integridad social, el de gestor de la pureza de una raza en singular, verdadera, patrimonio precioso que las técnicas médico-normalizadoras deben conservar. Esta nueva función higiénica de la ciencia comienza a manifestarse a finales del siglo XIX, y sus efectos perduran hasta hoy.

3. Racismo y Estado homicida.

Fue la emergencia del biopoder lo que permitió que el racismo se insertara radicalmente en el Estado. Para comprender este hecho, Foucault destaca que en el siglo XIX "el poder se hizo cargo de la vida" , la antigua soberanía sobre el individuo se transformó en una soberanía sobre la especie humana, sobre "la población", concepto nuevo que será fundamental para la biopolítica. El soberano tenía el derecho de "hacer morir o de dejar vivir"; ahora el nuevo derecho consiste en "hacer vivir o dejar morir", por medio de una nueva tecnología de poder que se aplica sobre el hombre viviente como masa; aparecen entonces la demografía, el control de nacimientos, la preocupación por el índice de mortalidad, la higiene pública, la seguridad social..., todo lo que abarca a los seres humanos como especie es objeto de un nuevo saber, de una regulación, de un control científico destinado a hacer vivir. Fuera de los márgenes de este nuevo poder queda la muerte individual; dentro de ellos, la mortalidad (lo global). La medicina tiene un papel fundamental en el proceso: "La medicina es un poder-saber que actúa a un tiempo sobre el cuerpo y sobre la población, sobre el organismo y los procesos biológicos. En consecuencia la medicina tendrá efectos disciplinarios y efectos de regulación" .

La estrategia de la biopolítica decide lo que debe vivir y lo que debe morir: el racismo es lo que permite fragmentar esta masa que domina el biopoder, dividirla entre lo normal de la especie y lo degenerado; así se justifica la muerte del otro, en la medida en que amenaza a la raza (no ya al individuo). Se puede matar lo que es peligroso para la población: "La raza, el racismo, son -en una sociedad de normalización- la condición de aceptabilidad de matar" . El Estado, en el siglo XX, funciona teniendo como base el biopoder; a partir de este hecho, la función homicida del Estado queda asegurada por el racismo. Es importante una matización que introduce Foucault sobre el verbo "matar": "Que quede bien claro que cuando hablo de "matar" no pienso simplemente en el asesinato directo, sino en todo lo que puede ser también muerte indirecta: el hecho de exponer a la muerte o de multiplicar para algunos el riesgo de muerte, o más simplemente la muerte política, la expulsión" .

Hacía falta un discurso sobre el racismo revelador, sutil y subversivo como el de Foucault. Durante estos últimos años, los políticos y los medios de comunicación (valga la redundancia) dirigen su atención -y por tanto la nuestra- al "problema del racismo" en Europa ; conmovidos, señalan con el dedo las pandillas de neonazis que apalean emigrantes, previniéndonos contra la "posible extensión del racismo". El racismo no es algo accidental que se extiende por Europa, sino que es el fundamento de sus Estados, y en especial del Macroestado de la Comunidad Europea, la nueva raza que debe sobrevivir.



Opiniones sobre este texto:




Condiciones de uso de los contenidos según licencia Creative Commons

Director: Arturo Blanco desde Marzo de 2000.
Antroposmoderno.com © Copyright 2000-2017. Política de uso de Antroposmoderno