Catástrofe genésica: crisis y creación en el moderno sistema mundial y las ciencias sociales.

Mauricio Márquez Murrieta

Publicado el: 11/07/07


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Nos hallamos ante un desconcierto generalizado que cobra a veces la forma de un pesimismo nostálgico, y a veces la de un patéticamente miope optimismo, porque los cimientos que habían sostenido la confianza en la ciencia en la que se fundaba la creencia en el progreso irreversible del hombre, parecen estar no tanto desmoronándose como disipándose.





Catástrofe genésica: crisis y creación en el moderno sistema mundial y las ciencias sociales.

Mauricio Márquez Murrieta

“La idea de catástrofe, aunque recoge la idea de un evento explosivo,
se identifica con el conjunto del proceso metamórfico de transformaciones
desintegradoras y creadoras. Ahora bien, este proceso prosigue todavía hoy.
Tampoco vamos a circunscribir la catástrofe como un puro comienzo.
Es el origen, explosivo o no, de nuestro universo,
que forma parte de una catástrofe, y ésta prosigue todavía hoy.
La idea de catástrofe es inseparable de todo nuestro universo”.

“¿Cómo no quedar consternado ante la homología de las catástrofes de la ciencia, de la sociedad, del cosmos? ¿Por la impresionante coincidencia de la crisis del orden social y la crisis del orden cósmico?¿E incluso entre la crisis del cosmos en su conjunto y la crisis de la humanidad en su conjunto? Uno y otro devenir parecen sufrir la misma ambigüedad radical. No se sabe si la diáspora cósmica va a sumergir los archipiélagos organizados o si estos van hacia desarrollos superiores que les permitirán superar la diáspora generalizada. No se sabe si la humanidad está abocada a la dispersión o si encontrará una comunicación organizadora; no se sabe si las aspiraciones cada vez más profundas y múltiples de una sociedad radicalmente nueva y distinta serán barridas y dispersadas… En uno y otro caso, la crisis del antiguo orden es muy profunda, pero la nueva organización es incierta. En uno y otro caso, lo que muere muere, y lo que nace no nace. En uno y otro caso, lo peor es estadísticamente probable, pero en uno y otro caso todo lo que ha sido creador y fundador ha sido siempre estadísticamente improbable…”

Edgar Morín, El Método I. La naturaleza de la naturaleza.
El desconcierto

Estos más bien largos epígrafes ejemplifican perfectamente la situación intelectual y existencial que se vive actualmente, tanto en la sociedad como en el mundo del conocimiento. Nos hallamos ante un desconcierto generalizado que cobra a veces la forma de un pesimismo nostálgico, y a veces la de un patéticamente miope optimismo, porque los cimientos que habían sostenido la confianza en la ciencia en la que se fundaba la creencia en el progreso irreversible del hombre, parecen estar no tanto desmoronándose como disipándose. Y esto sucede paradójicamente en el momento en el que el movimiento creciente de las sociedades humanas se antoja irrefrenable, y en el que la tecnología parece estar traspasando todos los límites que algunas vez se imaginaron fantásticos, si no es que fantasiosos. Hoy lo nuevo es cotidiano, tanto que comienza a ser viejo en el mismo instante de su surgimiento, y el descubrimiento y la invención sólo nos sorprenden por el hecho de que ya no nos resultan sorprendentes. Y sin embargo…
Y sin embargo, la vida en la tierra no parece estar en peor momento, ni parece estarlo la situación del hombre en ella: el crecimiento de la población amenaza con finalmente llegar a sus límites; la desigualdad económica nunca pareció ser más grande ni crecer tanto; enormes y antes casi prístinos ecosistemas están a un paso de superar su capacidad de regeneración; la capa de ozono no parece tener solución y el calentamiento global está finalmente derritiendo capas de hielo que habían durado millones de años congeladas; un número creciente de especies naturales están al borde de la extinción; en fin, la promesa de la Ilustración que todavía animaba a la generación de nuestros padres está más cerca de convertirse en un gran chasco que de acercase a su cumplimiento.
Paradójicamente, todo lo anterior es resultado del éxito de la modernidad y no de su fracaso. Nos acercamos a lo que para pensadores como Wallerstein, Arrighi, Prigogine, Latour y muchos otros, es la bifurcación del sistema del que hemos formado parte desde hace por lo menos 500 años y, de ser así, nuestras posibilidades de incidir sobre el devenir del cambio están en situación de multiplicarse, siempre y cuando logremos visualizar adecuadamente las oportunidades que la permutación estructural está ofreciendo y para ello, como lo propone Wallerstein, lo primero que tenemos que hacer es impensar las premisas sobre las que descansa nuestro razonamiento. Precisamente él, nos ha ofrecido un itinerario que vale la pena revisar a fin de estar en la posibilidad de por lo menos darnos cuenta de la manera en que nos hemos dado cuenta de las cosas hasta hoy, y repensar lo que en ello por evidente quedaba oculto y por inconsciente quedaba sin poderse realmente pensar.

La crítica
La mirada sobre la mirada
¿Qué es lo que está en crisis? ¿El paradigma del pensamiento que nos ha servido para pensar la realidad? ¿La realidad misma que intentamos pensar? ¿Cómo cambiar la forma de pensar la realidad que es producto de esa misma realidad y que contribuye, a su vez, a producirla? ¿Desde dónde sino desde ese mismo pensamiento en crisis producto y productor de una realidad en crisis? Nuestro punto de vista está hundido en aquello que deseamos esclarecer. No parece haber un lugar firme que nos otorgue seguridad, una vez que el suelo mismo sobre el que descansaba nuestro pensamiento fue sustituido por una delgada capa que amenaza con desvanecerse de sólo mirarla. Como dice Pierre Bourdieu:

“El hecho de que estemos implicados en el mundo es la causa de lo que hay de implícito en lo que pensamos y decimos acerca de él (…) lo inconsciente es la historia: la historia colectiva, que ha producido nuestras categorías de pensamiento, y la historia individual por medio de la cual nos han sido inculcadas. (…) [Estas] estructuras objetivas y subjetivas (clasificaciones, jerarquías, problemáticas, etcétera) (…) siguen orientando, mal que nos pese, nuestro pensamiento” (Bourdieu, 1999: 23).

Pero debemos empezar por algún lado. Wallerstein nos propone retrotraernos, como en las películas de ciencia ficción, al momento mismo del nacimiento de nuestra mirada. Deconstruir nuestro pensamiento para volverlo a edificar sobre nuevos cimientos, desde otros ángulos de los que surjan nuevas panorámicas que nos permitan ver y pensar lo que hasta ahora ha permanecido oculto, fuera de foco o demasiado cerca para poder ser contemplado.
Nuestra mirada es la de las ciencias sociales, ¿a partir de cuándo podemos hablar del surgimiento de esta forma de pensar y cuestionar la realidad y cómo llega a surgir?

El surgimiento de lo pensado
Wallerstein ubica la emergencia las ciencias sociales como una consecuencia de los cambios sistémicos ocurridos tras el advenimiento de dos sucesos de envergadura mundial, mismos que después se encarga de ubicar como momentos dentro de las transformaciones ocurridas en la economía-mundo capitalista: la Revolución Francesa y la Revolución Industrial.
Estos dos acontecimientos estuvieron íntimamente interrelacionados entre sí y tienen que ver con los cambios que se estaban observando a consecuencia de la lucha entre Francia e Inglaterra durante el largo siglo XVIII por la hegemonía de la economía-mundo capitalista tras el declive de Holanda; la cual culminó con la derrota de Francia y el ascenso de Inglaterra a la posición de nueva potencia hegemónica.
Para Wallerstein, las reflexiones entorno a la Revolución Francesa y a la Revolución Industrial, normalmente pasan por alto sus causas y efectos sistémicos y omiten considerar las consecuencias que ambas tuvieron de manera integral sobre la geocultura capitalista predominante hasta finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo XX. Misma que, junto con el sistema al que pertenece, ha entrado en una severa crisis que bien podría culminar en su declive final, o, en palabras de Wallerstein, en una transición hacia otro sistema, cuyas condiciones y características nos es imposible prever con seguridad.

“[l]a Revolución Francesa y su continuación napoleónicas aceleraron la transformación ideológica de la economía-mundo capitalista como un sistema mundo y crearon tres escenarios o conjuntos totalmente nuevos de instituciones culturales que desde entonces han sido una parte crucial del sistema-mundo” (Wallerstein, 1999:15) .

Estas tres instituciones culturales fueron las ideologías, las ciencias sociales y los movimientos sociales. Curiosamente, estas instituciones son vistas hoy –por Wallerstein así como por otros autores –, desde las perspectivas que ellas mismas instituyeron, aunque sea en forma modificada por el tiempo y por la crisis que el sistema ha comenzado a sufrir.
La clave para entender estas tres instituciones es la entonces recién conquistada perspectiva sobre la normalidad del cambio, que había surgido de las barricadas de París y de los campos de batalla napoleónicos, último capítulo de la larga lucha por la transición hegemónica.
Esta nueva normalidad del cambio se convirtió, para la naciente geocultura, no sólo en normal sino también deseable; si, además de ello –como se estaba empezando a aceptar tras los logros de las ciencias naturales y de las técnicas y tecnologías que de ellas se derivaron –, el hombre comenzó a ver crecer su poder de dirigirlo hacia un progreso y un desarrollo siempre mayores mediante el uso de la razón para comprender la “mecánica” de la naturaleza y, por qué no, del sí mismo y su sociedad, resultó lógico pensar que lo que había que hacer era organizar a la sociedad, y al mundo entero, para alcanzar el futuro promisorio que le había sido destinado al ser humano –y en particular al europeo – por la Creación.
En el preludio de su deceso, Dios, metamorfoseado en Razón, aún lograba hacerse omnipresente, al cumplirse las profecías que en el Génesis había dictado a su rebaño: el hombre sería su criatura indiscutible sobre la tierra y tendría la libertad de disponer a su antojo de todo lo que la tierra y la naturaleza pusieran a su alcance, para su felicidad y beneficio.
En el contexto de la época, y ante el empuje del espíritu revolucionario, este cambio incuestionable imponía varias preguntas y problemas: ¿qué tanto y hacia dónde? ¿Quiénes lo debían dirigir? ¿Cómo había que conducirlo y con basé en qué? ¿Qué hacía de él un progreso y un desarrollo para los pueblos y, por lo tanto, qué transformaciones había que impulsar –incluso imponer –, tanto en los países centrales como en el resto del mundo, para alcanzar el tan anhelado avance? ¿Cuál debía ser la nueva estructura social y qué lugar le tocaba ocupar a cada grupo, clase, etnia y nación? Si bien se asumía el grito de batalla revolucionario de igualdad, libertad y fraternidad, no quedaba claro cuál de estos valores universales era más importante y determinante para alcanzar todos, ni hasta dónde era sano impulsar a cada uno.
Alrededor de estas preguntas se organizaron las tres ideologías principales, conservadurismo, liberalismo y socialismo. Cada una, de acuerdo con la posición de las clases y grupos que se definieron respecto de ellas al tiempo que las creaban, proponía caminos y alcances distintos para el cambio: el menos posible, controlado y sin modificar en mayor medida las estructuras, era la postura de los conservadores; progresivo, modificando paulatinamente las estructuras pero sobre la base de libertades e igualdades abstractas dictadas por la Ley, anteponiendo la libertad a la igualdad, la de los liberales; y, revolucionario, modificando profundamente las estructuras con base en la garantía de igualdades y libertades universales ante las cuales cualquier Ley debía supeditarse, tanto en lo político como en lo económico, y privilegiando la igualdad y la fraternidad sobre la libertad, que era la postura de los socialistas.
De estas tres, la ideología triunfante resulto ser el liberalismo, lo que trajo importantes consecuencias para el posterior desenvolvimiento del sistema y para el papel jugado por la categoría de desarrollo en el mismo. Ya que, en adelante, el desarrollo, como palabra clave de la prácticas modernizadoras que los países centrales del sistema mundo impondrían al resto del mundo, tendría un rol estratégico en el proceso desterritorializador y reterritorializador mediante el cual la economía mundo ‘integraría’ cada vez más regiones del globo a sus procesos productivos y de acumulación del capital hasta abarcar al mundo entero. Así mismo, el desarrollo sirvió para justificar, tanto a los ojos de los dominantes como de los dominados, las modificaciones de las estructuras sociales existentes que se comenzaron a realizar en beneficio de un solo sistema mundial. La ideología liberal y su caballo de batalla, el desarrollo, presentaron el proceso modernizador como un proyecto civilizatorio que habría de derramar los beneficios del progreso capitalista sobre los pueblos del mundo, gracias a un conocimiento objetivo y neutral del hombre y la naturaleza generado por la nueva ciencia racional.
Al ignorar la sobredeterminación ideológica del término d desarrollo, o incluso de otros similares y complementarios al discurso en que se inscribe, como el de modernidad, nos impedimos incluir en el análisis lo que el término oculta. El discurso del desarrollo se utiliza muchas veces con intención normativa y descriptiva, haciéndolo pasar por neutral y universal, como una mera herramienta conceptual que apunta hacia la consolidación de prácticas que no tienen otro fin aparente que el de su significado más básico: el desarrollo como crecimiento y desenvolvimiento de potencialidades intrínsecas que no se quiere más que fortalecer, asociado directamente al desarrollo de un ser vivo.
En el contexto de las turbulencias que siguieron a consecuencia de los crecientes enfrentamientos entre estas tres ideologías y con la presión de los movimientos antisistémicos que habían nacido de la mano de la geocultura emergente, surgieron las ciencias sociales para dotar al cambio social del fundamento empírico y racional que había probado su eficacia y su legitimidad en el campo de las ciencias naturales.

“La ciencia social es una empresa del mundo moderno; sus raíces se encuentran en el intento, plenamente desarrollado desde el siglo XVI, y que es parte inseparable de la construcción de nuestro mundo moderno, por desarrollar un conocimiento secular sistemático sobre la realidad que tenga algún tipo de validación empírica” (Wallerstein, 2006:4)

Las nuevas ciencias sociales se hallaron desde un principio profundamente marcadas por la influencia del prestigio adquirido por su ‘hermana mayor’, la ciencia natural con su cimiento en el paradigma newtoniano. La fuerza del conocimiento científico natural y, sobre todo, la fuerza que éste otorgó a quienes lo explotaron tecnológicamente, fue de tal magnitud que prácticamente resultó imposible resistirse a sus premisas y evitar ser atraído hacia la órbita de su modelo.

“La ciencia pasó a ser definida como la búsqueda de leyes naturales universales que se mantenían en todo tiempo y espacio. (…) La palabra operativa paso a ser progreso –dotada ahora del recién adquirido sentimiento de infinitud, y reforzada por las realizaciones materiales de la tecnología” (Wallerstein, 2006:5)

De la mano de las ciencias naturales y su modelo newtoniano – aunque en mayor o menor medida distanciándose de éstas con el pretexto de las diferencias entre sus objetos respectivos –, las ciencias sociales se encontraron con la necesidad de delimitar los campos que habrían de estudiar, comprender y explicar. Así, bajo el influjo de los acontecimientos que estaban dando forma al mundo moderno y a la especificidad que éste creyó percibir en sí mismo respecto del resto de los pueblos, culturas y civilizaciones del mundo que su expansión por el globo le hizo encontrar, aquéllas fueron conformándose sobre ejes divisorios que se impusieron como fundados en la realidad tal cual, y no como construcciones de la ciencia misma y de la racionalización del mundo que estaban contribuyendo a crear.
Estos ejes se constituyeron modificando la vieja división del conocimiento que sobrevivía en la “moribunda” institución universitaria medieval, sobre la base de la nueva hegemonía crecientemente ganada por el modelo de la ciencia natural. Las viejas facultades (teología, filosofía, derecho y medicina) fueron modificadas hasta llegar a la creación de dos grandes divisiones, “dos culturas”, mismas que se gestaron a partir la vieja facultad de filosofía. Ésta fue dividida primero en disciplinas científicas y humanísticas, dando lugar después a las disciplinas sociales, ubicadas, en principio, a medio camino entre las dos primeras, con inclinaciones hacia una u otra dependiendo en si se veían a sí mismas como más nomotéticas o más ideográficas.
Para Wallerstein, la influencia y prestigio del paradigma newtoniano terminó por imponerse a las ciencias sociales, inclinando a la mayoría de los nóveles científicos sociales hacia él. Ello influyó en una parcelación del conocimiento social de acuerdo con las divisorias principales impuestas por la reorganización del sistema-mundo moderno.
La primer división se percibió como interna a la economía mundo-capitalista y a sus nuevas instituciones sociales: el mercado, el estado y la sociedad, a la que se correspondieron la economía, la ciencia política y la sociología, respectivamente; la segunda obedeció a la percepción del cambio continuo y causal, oponiendo pasado y presente, las disciplinas ya mencionadas se dedicarían al presente y la historia tal cual fue, al pasado; y, una tercera división que, siguiendo la lógica de las diferencias civilizatorias y la ruptura de la modernidad europea, opuso al “mundo moderno y capitalista” con el resto del mundo, al cual a su vez dividió: las culturas primitivas o sin historia, se volverían objeto de estudio de la antropología, y las otras civilizaciones, que habían qudádose atrás pese a sus evidentes avances culturales, caerían bajo el manto de los estudios orientales.
El impacto sobre la conformación del mundo, y sobre el conocimiento que de él se generó por parte de las ciencias sociales, que resultó de tal parcelación del conocimiento, difícilmente puede minimizarse.
Antes que nada, el sistema interestatal generado por la economía-mundo capitalista, esencial para su reproducción y para la disimulación de la lógica mundial de los procesos de acumulación del capital y su reproducción ampliada, al privilegiar la percepción estatal de la realidad social, conformó unas ciencias sociales miopes a la preponderancia de los procesos del sistema-mundo que sobredeterminaban a los nacionales, lo que a la postre desembocó en sesgos sobre las unidades de análisis que había que adoptar como objeto de estudio sistémico y sus procesos relevantes.
Entre las implicaciones de lo anterior, una de las más influyentes en el devenir de las diferentes sociedades que conforman a la sociedad mundial, resulta de la concepción del desarrollo que la parcelación de los fenómenos sistémicos en fenómenos inter e intra estatales favoreció. Al respecto Wallerstein realiza una verdadera genealogía del desarrollo que muestra cómo la concepción de la Revolución Industrial, en tanto que transformación llevada a cabo por una nación, Inglaterra, y posteriormente emulada por otras naciones resagadas como Francia, su más cercano contrincante, sirvió para legitimar las subsecuentes reconfiguraciones del mundo que obedecían a transformaciones requeridas por la economía-mundo de acuerdo con su lógica inmanente, guiada por el imperativo de la acumulación ampliada del capital. La ciencias sociales, por su ‘disciplinarización’ original, se movieron casi siempre dentro de la lógica y los límites impuestos por la economía-mundo, siendo como fueron y son, instituciones de la geocultura capitalista; lo que las inclinó, en el mejor de los casos, a minimizar o pasar por alto, los procesos sistémicos que son la verdadera fuerza estructuradora del moderno sistema mundial.

La crisis
Del deconcierto por lo que se pierde...
Mientras la economía-mundo capitalista se hallaba sana y fuerte y sus contradicciones no alcanzaban a socavar sus cimientos lógicos, epistémicos y sistémicos, las ciencias sociales tuvieron relativo éxito para explicar los sucesos visibles de la realidad social. Sin embargo, tanto la propia lógica del sistema, como la lógica misma de las ciencias (de ambas) fueron evolucionando hacia la exacerbación de las contradicciones en el primer caso, y hacia el cuestionamiento de los propios supuestos epistemológicos, lógicos y ontológicos, en el segundo.
La confluencia sistémica y del conocimiento hacia la bifurcación, llevó a las propias ciencias a pararse sobre arenas movedizas. Dado que la realidad, el conocimiento y su interrelación mutaron paralelamente, hay desconcierto sobre dónde está el problema: en la calidad del conocimiento, en su naturaleza, en los aparatos conceptuales de los que surge, en sus limitaciones, en sus presupuestos, en su carácter social, en las propias limitaciones mentales y psico-emocionales de la especia homo sapiens, en el antagonismo radical que subyace a cualquier sistema social, en las contradicciones particulares del sistema mundo capitalista, en su evolución sistémica… La incertidumbre y la indecibilidad han invadido a la antes omnipotente ciencia y hacen menguar la Luz de la Razón que la alimentaba; la roca de la convicción moderna se resquebraja y la seguridad que el hombre moderno tenía sobre sí mismo parece perderse para siempre.
Esto sucede en un momento en el que –con seguridad a consecuencia de las señales de flaqueza y de duda que muestran los otrora invencibles modernos– el mundo de los otros, el de los que a penas y habían merecido ser beneficiados con los secretos del desarrollo y con la comprensión y la piedad respectivas de la antropología y la caridad cristiana, irrumpe intempestivamente tanto allá, en sus lugares de origen, a una distancia más o menos segura, como acá, en el epicentro civilizatorio, a una distancia tan pequeña que causa escalofríos y hace renacer en el ser civilizado y condescendiente en que se había convertido el hombre moderno, el fantasma reaccionario de la intolerancia, el racismo y la barbarie que tiempo ha se pretendía olvidado. La torre de Babel del conocimiento científico se ve ahora castigada, como la de sus ancestros, con el virus de la confusión y la plaga de los múltiples lenguajes inconexos.
Esta coyuntura, en la que el desarrollo ya no es la palabra bondadosa y caritativa que pretendía y en la que las ciencias sociales parecen perderse de nuevo en la multiplicación disciplinar de las diferencias multiculturales y multidisciplinarias, no es, sin embargo, la consecuencia de ningún fracaso ni de ningún destino manifiesto. Con otra vuelta de turca, el caos de la multiplicidad posmoderna y la caída de los meta relatos, parecen, no obstante, poder ser superados, aunque ya nunca más ignorados.
De la ciencia social de los padres fundadores no todo está perdido. Si la ciencia natural entró en una espiral autocrítica, parece comenzar a salir de ella fortalecida. La economía mundo capitalista muestra en los intersticios de sus fracturas sistémicas los pálidos esbozos de las oportunidades probables que subyacen a su inminente bifurcación. Más que nunca urge realizar la tarea propuesta por Wallerstein: impensar las ciencias sociales.

…a la incertidumbre de lo que habrá llegado a ser
Impensar no equivale a perder, significa, más bien, recuperar desde otra perspectiva. ¿Cuál? La que el análisis del sistema mundo nos deja entrever, la que el examen de los ciclos sistémicos de Arrighi permite prospectar.
Pero antes se hacer necesario volver sobre nuestros pasos. Las ciencias sociales surgen como respuesta a las necesidades de resctructuración del sistema mundo capitalista, pero, como todo acontecimiento, también generaron una crítica al mismo. Existen sesgos intrínsecos a cualquier narrativa, y la de Wallerstein no es inmune a ello: en su desarrollo el relato narrativo se ubica en un tiempo y una perspectiva imposible, la del observador que mira desde un punto que se sustrae a lo mirado, y bajo la necesidad de ubicar un sujeto del enunciado se tiende a reificar, sin querer, las categorías que surgen únicamente como medios explicativos. En la realidad los sucesos y los actores responden a los constreñimientos derivados de sus propias características iniciales, de sus inercias y de las características estructurales y sistémicas de los procesos en los que interactúan y que son producidos por la misma interacción llevada a cabo en condiciones influidas por los efectos estructurales mismos.
¿Qué con esto? Primero que las propias ciencias sociales se han ido dotando de conceptos, instrumentos, habilidades, teorías, instituciones y organismos que están activos en la producción intelectual que realizan. Conservan, así mismo, como legado, principios, estructuras organizativas (perfectibles), fines y perspectivas culturales que siguen siendo vigentes y siguen ofreciendo un horizonte, tal y como Wallerstein lo hace ver en El Legado de la Sociología, la promesa de la ciencia social. Los axiomas mencionados por él en esta obra, aparte de seguir gozando de validez, continúan aportando directrices sólidas sobre cuyos ejes hilar las nuevas maneras de (im)pensar el sistema social que, si nos atenemos la introducción del Moderno Sistema Mundial (1999:7-18), sólo puede serlo el sistema mundial.

“Fue en ese momento cuando abandoné definitivamente la idea de tomar como unidad de análisis tanto al Estado soberano como ese otro concepto aún más vago, la sociedad nacional. Decidí que ninguno de los dos era un sistema social y que solamente podía hablarse de cambios sociales en sistemas sociales. En este esquema el único sistema social era el sistema mundial” (Wallerstein, El moderno…, 1999:12).

Por otro lado, Giovanni Arrighi, en el Largo siglo XX, conceptualiza el cambio dentro de la economía mundo capitalista como uno cuyas etapas analíticas esenciales estarían constituidas por los ciclos sistémicos de acumulación. El conjunto de estos ciclos esenciales del sistema mundial capitalista, implicarían la sucesión de cambios continuos y cambios discontinuos que involucrarían rupturas y reestructuraciones mediante las cuales el sector monopólico que actúa en la zona del antimercado, “el verdadero estrato capitalista”, se ha reconstituido en unidades cada vez de mayor tamaño hasta llegar al actual. El desarrollo en este escenario nunca es estatal y depende sólo parcialmente del Estado, y esto sólo en la medida en que sea funcional para que el sector monopólico del estrato superior capitalista reproduzca en forma ampliada su libertad de decisión para la acumulación creciente del capital. En este sentido, al igual que para Wallerstein, el desarrollo regional depende del lugar ocupado por tal o cual región dentro de los procesos de los ciclos sistémicos; no tomarlos en cuenta hace de las acciones de promoción del desarrollo tan inútiles como cortar una ola de mar por la mitad. Esto no significa que las dinámicas regionales no sean relevantes sino que hay que entenderlas respecto de dimensiones más amplias siempre integradas a un sistema social que, repitiendo a Wallerstein, no puede ser más que mundial.
Para volver al principio, la bifurcación que se avecina no sólo ya llegó y tiene la forma de una catástrofe entendida de la manera descrita en el epígrafe inicial, inició con el surgimiento del sistema mundo y está culminando en un proceso en el que las nuevas formas se están creando al mismo tiempo, y bajo el mismo influjo, de las que se están disipando, al igual que en la creación/destrucción del universo y sus sistemas estelares; con una diferencia, las partículas elementales de los sistemas sociales que somos los individuos tenemos la capacidad de reflexionar sobre el sistema e influir en su devenir mediante decisiones fundadas en una mejor y mayor comprensión de su funcionamiento, misma que nos permitirá identificar los límites de nuestra capacidad de influir en él. Como lo dice la frase de Prigogine citada por Wallerstein: “Nos encontramos justo en el principio, en la prehistoria de nuestro discernimiento” (1999:43).
La libertad para decidir sobre nuestro futuro radica, en gran medida, en nuestra capacidad para identificar los constreñimientos a los que estamos sujetos y los márgenes de maniobra que tenemos para actuar con autonomía y, algunas veces, para modificar a nuestro favor los mismos constreñimientos que nos constriñen. Sólo si conocemos y somos conscientes de nuestros límites determinantes, podemos evitar vernos irremediablemente arrojados a uno de los peores determinismos, el que es producto de la ignorancia que se vive a sí misma como dueña de su destino y a su existencia como el producto puro de su libertad.



Bibliografía



Arrighi, Giovanni, El largo siglo XX, Madrid, Ed. Akal, 1999.
Bourdieu, Pierre, Meditaciones pascalianas, Barcelona, Anagrama, 1999.
Morin, Edgar, El Método I. La naturaleza de la naturaleza, Madrid, Ed. Cátedra, 2001.
Wallerstein, Emmanuel, Impensar las ciencias sociales, México, Siglo XXI-UNAM- CIICS, 1999.
_________, El moderno sistema mundial. Tomo I, La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, México, Siglo XXI, 1999.
_________, El legado de la sociología, la promesa de la ciencia social, Caracas, Ed. Nueva Sociedad, 1999.
_________ (coord), Abrir las ciencias sociales, México, Siglo XXI, 2006.



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